Mostrando entradas con la etiqueta prohibidiux. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta prohibidiux. Mostrar todas las entradas

marzo 09, 2012

Mariposas amarillas, dice Gabo...

"Hoy se me ha pegado la gana pensar en él y recordar las mariposas", me dijo N tomándome por sorpresa.
¿Las mariposas?, pregunté. "Sí, las chingadas mariposas que se sienten en las rodillas cuando te traen de un ala y te comen las ganas", me dijo, llevándome a ese sitio del pasado que tanto me cuesta ya recordar...
Las mariposas, que ella dice sentir en las rodillas y que muchos aseguran que se posan en la panza, yo siempre las sentí en la mitad de la espalda y me hicieron cometer estupideces mayúsculas pero memorables, de modo que cuando N las mencionó, captó mi atención de inmediato.
"Tú sabes bien cómo resultó aquello, pero es que últimamente es imposible no pensar en todas esas cosas que ni siquiera probamos y que me dejaron temblando de deseo", me dijo.
Hace unos días, la misma N me había confesado que la rutina la había atrapado y que extrañaba ese tiempo en que todo era tan sencillo como cambiar de cama y de bragas, y que le hacía falta un poco de "movimiento" a su "muy encharcada vida".
"Es que ya estoy hasta la madre de tanta pinche calma", me dijo mientras revolvía el café; "yo no puedo seguir así, nomás deseando y con las ganas bien puestas para mandarle un mensaje suplicando que sea mi amante".
La relación entre N y su calamidad había sido una montaña rusa, una serie de apasionados encuentros combinados con fieros arrebatos, un 'te amo-te odio-te deseo' que los mantenía al borde de la silla y los amarraba al otro de una manera casi envidiable. Yo, que me creía experta en relaciones tormentosas, veía con expectación cada capítulo de esta novela de encuentros y desencuentros, fascinada por la intensidad con que se ¿querían?, ¿deseaban?, ¿pertenecían?
Cuando todo se terminó, luego de un centenar de intentos por ambas partes para dejarse ir, yo recibí a una chiquilla moquienta y maldecidora que juraba que jamás nunca en la vida volvería a pensar en él y sus "pinches mariposas", que tantas molestias le habían causado.
Ambas supimos, por supuesto, que mentía.
Fue por eso que cuando llegó a contarme de las 'chingadas mariposas' y me dijo que estaba resuelta a pensar en él, pronostiqué que más tarde o más temprano llegará a decirme que había hecho caso de García Márquez y había decidido ser infiel, pero jamás desleal.
Y es que en su código ético el Gabo tiene preferencia, así que no puedo hacer nada más que recordar mis propias mariposas y sentarme a esperar el momento en que sus historias me hagan volver a ese tiempo de sonrisas inexplicables y pensamientos prohibidos.
Espero, entonces, de pie a causa de las mariposas de mi espalda, sabedora que no tardará mucho en ellegar ese momento...

octubre 16, 2009

Cinco sentidos: vista

"Hay mucha gente viéndonos", le dije cuando puso su mano sobre mi cadera y comenzó a jugar con el elástico de mi ropa interior.
Llevábamos todo el día jugando a seducirnos: mensajes tibios, palabras trazadas en la piel y un montón de miradas que hablaban por sí mismas; por eso no me sorprendió que me detuviera un segundo para decirme que le encantaría robarme en ese instante.
"Me encanta cuando te pones falda... luces sexy, cachondísima...".
"Cachondísima", pensé... Por primera vez en la vida, la palabra me quedaba exacta.
"Nos están viendo", le repetí cuando sentí sus dedos subir por mis muslos y supe que, si no se detenía, sería mi mirada la que nos delatara.
-No seas paranoica, nadie nos ve, todos están en lo suyo...
Sus dedos, tibios, suaves, subían y bajaban por mis piernas, dibujaban círculos, espirales ascendentes que me provocaban sensaciones encontradas y que, finalmente, terminaron por hacer que diera un paso atrás...
-No te vayas... no haré algo que no quieras...
-Que nos están viendo...
-¿Y? ¿A poco no disfrutas sabiendo que mientras yo te acaricio, todo el mundo hace un sacrificio por no voltear?
Tenía razón, lo disfrutaba. En un par de ocasiones había volteado a ver las caras de quienes nos rodeaban: tensas, llenas de nerviosismo, curiosas... y me había excitado aún más, de saber que aunque todos querían saber qué era lo que pasaba debajo de mi falda, nadie se atrevería siquiera a moverse.
Ahí estaba yo, que durante tanto tiempo había huido de sus manos, dejándome seducir por ellas frente a todo el mundo, arqueando la espalda por la cascada de sensaciones que tenía... apretando los ojos, con la cabeza echada hacia atrás, las uñas clavadas en su brazo izquierdo...
-Ya me voy, dije bajito mientras daba un paso hacia atrás para liberarme del deseo. Ya me voy, repetí...
Solté su mano y alisé mi falda, respiré profundo... giré.
Caminé hacia la salida como si hubiera ganado una batalla: con la frente en alto, las piernas apretadas, el cuerpo palpitante, el aliento vivo... Pude sentir cada una de sus miradas, como hierros calientes, grabándome la palabra "puta" sobre la espalda; el peso de sus ojos cayendo sobre mí cuerpo, la fuerza de sus palabras no dichas...
Y me sentí feliz.... feliz por saber que era a mí, a nadie más, a quien pertenecía mi cuerpo...
...
"Nos vieron", escribió más tarde. "Nos vieron, y me creció el deseo".

agosto 15, 2009

E-le-men-tal...

La calamidad prohibida hizo su reaparición...
Bastó un mensaje de seis palabritas para hacerlo volver, de la santidad de su hogar, a mis dominios.
Menos de tres minutos después de haber enviado el mensajito famoso, mi celular comenzó a vibrar.
Era él, con sus frases subidas de tono y sus propuestas abiertas, con su sabor a té de menta y sus caricias estremecedoras, con su deseo desbordante y su mujer sobre los hombros... él.
Mentiría en decir que me tomó por sorpresa. No. Su llamada fue una de las ochenta cosas que sé que hará por irse conmigo a la cama y volver a soltarme el cuento del amor eterno, los hijos y la casa.
Pobrecita calamidad prohibida... es tan elemental...
Cuando lo conocí, pensé que sería diferente: un hombre casado, quince años mayor que yo y con un largo historial de conquistas podía ser cualquier cosa, menos elemental.
Obvio, me equivoqué.
Comenzamos a coquetearnos un día en una biblioteca, ante la mirada de mis amigas M e I, que se cansaron de decirme que enredarme con él era un error, una falta a la moral y las buenas costumbres, y un peligro en el que no me iban a dejar meterme.
"Pero es casado", me dijo M cuando le dije con toda la honestidad de que soy posible, que me gustaba.
"¿Y...?", le contesté con una liviandad de la que aún ahora me sorprendo.
-¿Cómo que "¿y...?"? ¡Es casado!
Por días, semanas quizá, trataron de convencerme de que era una mala idea... pero yo ya lo traía metido en la cabeza y no pensaba soltarlo.
"Mira", les dije un día, un poco cansada de su insistencia de dejarlo por la paz, y cuando ya llevaba un buen camino de investigación sobre él y su vida. "No lo quiero para casarme con él; me gusta, es todo".
-Pero tiene esposa.
-Sí, Hillary ahí está... pero no le pienso decir que la deje...
-Pero, ¿no te da cargo de conciencia, pensar que le estás quitando algo?
-Mmmm... NO. El punto es que, si lo vemos objetivamente, yo no le estoy quitando nada... que ella no haya perdido antes.
Hasta unos meses antes de que él apareciera en el panorama, la simple idea de enredarme con un casado em parecía imposible, casi antinatural... "Con un casado, jamás", dije una y otra vez.
Luego algo pasó, y entendí que somos adultos y sabemos lo que hacemos, y que, mientras guardáramos las proporciones, no había nada de malo en que tuviéramos una aventurilla.
-Donde vea que te clavas.... me dijo una coworker cuando se enteró del numerito.
-¿Cómo se te ocurre?, es imposible que me clave con un tipo como él...
-Te gusta mucho, eso es suficiente para que te claves...
-No... no lo es...
-Te doy seis meses, escúchame bien: SEIS MESES. Luego voy a empezar a joderte con que lo dejes...
"Dame nomás tres...", le dije en medio de sonrisas cuando salía de su oficina. "Nomás tres...".
Tener una affair de esa clase implicaba, sí, mucho riesgo para mi necio corazón, que de pronto se cree campeón de plataforma 10m... Sin embargo, había una parte de la historia, una que me sonaba a novela moderna, que me tentaba más de lo que podía resistir: hombre casado+mujer independiente+esposa ejemplar+deseo ardiente+relación prohibida+ex cercano+inspiración renovada... era algo que no podía dejar pasar.
-Te va a partir la madre; me dijo M cuando le dije que mi decisión era definitiva: me enredaría con él.
-Sí, te la va a partir completita; coincidió I. Y entonces vas a venir llorando y te vamos a tener que decir que te lo dijimos.
Nunca pasó...
Resulta que luego de un par de ocasiones, a la calamidad prohibida le dio por decirme "te amo", hablar de amor eterno, casas, niños, mañanas juntos y hasta funerales... y yo perdí el deseo por completo.
"O sea, ¿en serio cree que cuando tenga cuarenta voy a seguirme acostando con el mismo casado de mis veinticinco?", le pregunté a mi sis tras mostrarle un mensaje.
-Sí, eso cree... me contestó entre risas.
-Pendejo... elemental... cabrón... me quitó las ganas...
-Suele pasar, es como encontrarte a tu mamá en plena peda: te la baja.
-Aguafiestas... tan bien que íbamos...
Luego de esa vez, no quise saber más de él... y él tampoco intentó acercarse.
Hoy, bastantes meses después, a mis hormonas queridas se les antojó ronronear... y mandé mensaje de saludos...
Pobrecita calamidad prohibida, tan elemental...
-Te he extrañado, preciosa...
-¿Sí?, dije con una voz de gato que ni yo me termino de creer, pero que sé que lo pone súper hot...
-Sí... mucho. Quiero verte...
-Mmmmm.... me habías olvidado...
-Jamás, preciosa... jamás podría olvidarte...
¿Ven a qué me refiero? Es una ternurita, ¿no?
Tan delicado, tan decente, tan caliente, tan elemental...
Pero no le hace, a veces uno necesita regresar a lo básico... al poder...

agosto 08, 2009

Mensajitos tibios

Desde que nos conocimos, la calamidad espejo y yo fuimos buenos amigos.
Hoy por la mañana recordé un montón de momentos que compartimos, y lamenté haberlos perdido.
Recordé, por ejemplo, una tarde que nos pronosticamos el futuro en Ciudad Universitaria... otra en la que me arrasatró hacia adentro de una sex shop y me hizo recorrerla como si fuéramos amantes experimentadísimos en esa clase de instrumentos; otra en la que, frente a su entonces novia, hizo un comentario que casi me hace escupir el café sobre la mesa... recordé...
Y, como es normal, me dio por extrañar...
De todo lo que pudo haberme robado un par de lagrimones, hubo algo que me provocó un particular sentimiento de nostalgia...
La calamidad espejo y yo tuvimos una comunicación maravillosa desde la primera vez que cruzamos palabra; podíamos pasar horas platicando de cualquier cosa, desde libros y maestros, hasta fantasías sexuales y tabúes...
Hablar con él me descubría. Nunca me he sentido tan cómoda hablando de mí y mis deseos, como cuando hablé con él... por eso esta mañana extrañé con tanta fuerza...
Hace tiempo, entre una teleconferencia sobre guilty pleasures y la primera vez que sentí sus labios en el elevador de un auditorio, comenzamos a mandarnos mensajes.
Al principio eran coquetones, del tipo de "eres la mujer más sensual que conozco" vs "para qué me lo dices, si nomás me emocionas?". Luego empezamos a quitarnos la vergüenza y fueron subiendo de tono hasta que se convirtieron en un brasero...
Y es que la calamidad espejo y yo nos trajimos ganas desde el principio, para qué mentir. La amistad, que existía de la manera más honesta, era como la otra cada de la moneda... pero lo que se nos ocurría de vez en vez era algo innegable.
Por años, los mensajes fueron y vinieron de manera intermitente. De pronto era él, de pronto era yo quien iniciaba la cadena, pero fuera como fuera, era inevitable que alguno de los dos terminaría sudando...
La calamidad y yo nos queríamos, sí, pero también nos deseábamos...
La última vez que nos escribimos, soñé con él...
"Quisiera verte", tecleé, "se me han ocurrido un par de ideas".
Unos minutos más tarde llegó su respuesta. "A mí también, ni te imaginas..."
Los mensajes, cada vez más descriptivos y tentadores, me hicieron, dos horas después, ofrecerle a la vida mi dedo meñique por tenerlo frente a mí...
Esa noche, nos retiramos a media madrugada con la respiración entrecortada...
No volvimos a escribirnos, no así...
Hoy, el recuerdo de esos mensajes me hizo sentir nostalgia... y tecleé...
"Extraño ser tu amiga... extraño tener línea directa..."
No lo envié... aunque daría mi dedo anular por recuperar eso que tuvimos una vez...

mayo 26, 2009

Bibidi-babidi-bum!

Hay calamidades prohibidas a las que uno, de plano, ni debería entrarle...
Yo, como no soy normal, le entro.
Resulta que hubo una vez una calamidad prohibida que cualquiera diría que, por donde la viera, debía estar vetada. La calamidad en cuestión es uno de esos hombres de esos que me gustan de repente y que no quisiera tener para mí solita: con cabecita Chippendale, besos de calentura influenciosa, manos suaves, edad como para que sepa qué hace y qué no... en fin, un súper especímen para coleccionar.
El fulanito dividía las noches y los días entre Hillary y yo, y no me importaba mayor cosa... bueno, quízá sólo cuando me decía que me amaba...
Solía decirlo por las noches, cuando su voz se podía quedar retumbando en mi pecho. Entonces le decía que no se fuera, que no la tocara, que no la tuviera...
Obvio, me arrepentía después (después de todo, ¿quién era yo, que no quería tenerlo para mí solita, para decirle cuándo sí y cuándo no?)...
La calamidad prohibida y yo tuvimos un romance fugaz, de esos que pintan para novela erótica y que hacen suspirar a las locas como yo, a las que les entusiasma la aventura.
En el romance nos compartimos todo (menos la cama), hasta que se le ocurrió decir "te amo" y empezar a hablar de casa, niños, perros, gatos, pericos, bibliotecas, camionetas y hasta funerales...
Y ahí torció el rabo la marrana... Cuando al fulanito se le ocurrió que era "buena idea" andar por el mundo diciendo "para siempre", inmediatamente me petrifiqué... me volví sorda, ciega, muda, manca y frígida... ni un beso más quise darle, ni una caricia, ni una promesa: NADA...
No quise verle más, y él no volvió a buscarme...
Desde entonces huía de mí, me sacaba la vuelta y caminaba rápido... hasta hoy.
La calamidad y yo tuvimos un encuentro en las escaleras que hizo que mis amigas se pusieran rojas, siguieran de frente y me hicieran burla todo el día.
"Te desapareciste...", me susurró al oído luego de abrazarme, "no me volviste a contestar las llamadas, ni los mails, ni nada".
Obvio, yo nunca recibí una llamada, una mail o un mensaje de humo y, obvio, a mí no me importó. Claro, le contesté con voz de gatito ronroneante que jamás había recibido nada, y me dejé querer por un momento, mientras recuperaba el control de la situación.
"Te he extrañado", me dijo. "¿Puedo volver a llamarte?", susurró sin soltarme.
-Llámame -le dije yo en el oído, zafándome de sus brazos-... Llámame y vemos...
Desde entonces, dicen mis amigas que traigo una sonrisa perversa que les dice "recuperé el control". Yo, que no creo en lo de "perversa", sí ando viendo cómo, cuándo y dónde, me aviento un viajecín al mundo de la novela, a ver que nueva historia me sale de ahí...