Guerrero es un niño sano, fuerte y feliz. Es mi orgullo y mi motor. Pero a veces también es un poco mi penitencia. Trato de relativizar y pensar que en unos años se instalará el silencio, que no oiré los 18.000 mamás diarios, ni sus historias rocambolescas y me apena. Trato de pensar que en unos años mi casa no será un caos con hojas por el suelo, la goma de borrar dejada en el baño y el lápiz en la cocina porque mi hijo dejará de inventar mil historias que se le pasan por la cabeza. Y me apena. Trato de tener eso en mente para no quejarme, más de lo que ya lo hago, de la intensidad de mi hijo.
La mente de mi hijo va a mil por hora. No sé de quién lo habrá heredado (ejem, ejem) y en su mundo hay mil historias que merecen ser contadas. El problema es que en su cabeza todo suena mejor y merece menos esfuerzo y la mayoría de cosas quedan en el tintero (ejem, ejem, a quién habrá salido). Ha inventado su propio idioma dos veces (guerrerés), ha creado en su habitación una empresa con un empleado ficticio que lo contrata cuando estamos de vacaciones, crea películas con muñecos, crea canciones, ha creado un hotel en casa llenándome las paredes de carteles tipo recepción, spa, comedor...
¿La última? Ha movido a media familia para un mega evento: ¡La boda de su empleado! Con camarero con catering y baile nupcial. Por supuesto, ha creado un podcast (con intención diaria) para contar las aventuras del viaje de novios de su empleado que manda al Whatsapp familiar.
Yo es que no puedo con sus ocurrencias y me maravilla que viva así de feliz. Y no, no os creáis que está en casa demasiado, que hace dos deportes, va a música y a inglés, siempre que se puede hay parque y salimos lo que mi trabajo nos deja. Pero él siempre aprovecha esos tiempos para crear. Y menos mal porque sino estaría todo el día con las pantallas.
Ojalá no perdiese esas ganas y esa felicidad por lo que hace nunca.