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sábado, 1 de agosto de 2009

2009 de cosecha para Pablo Albo


La narración oral es una siembra, un aprendizaje quizá lento y sin duda continuo. Pablo Albo lleva muchos años de siembra y de cosecha oral, pero si 2008 fue un año de premios, parece que 2009 está siendo para él un año especialmente cargado de libros, en troncos muy diversos y con la compañía o el canto de ilustradores asimismo diversos. A falta de Diógenes, y solo en estos meses de 2009:
  • La sopa quema, ilustrado por André Letria, OQO
  • Melena, ilustrado por Riki Blanco, Factoría K
  • Inés Azul, ilustrado por Pablo Auladell, Thule
  • Marabajo, ilustrado por Jesús Aguado, Anaya
  • El último canto, ilustrado por Miguel Ángel Díez, OQO
  • 37 tortugas, ilustrado por Inés Vilpi, Mil y un cuentos

martes, 5 de mayo de 2009

Marabajo, de Pablo Albo


Para Pablo Albo, Marabajo es un libro sin pies ni cabeza (ningún libro los tiene). El autor se concentró en hacer un uso creativo del lenguaje, abusar de los juegos de palabras y buscar las situaciones más descabelladas posibles, aunque para ello tuviera que incluir historias de amor o aspectos que pudieran resultar entrañables. Con tanto lío olvidó dar prioridad a la educación en valores, incluir aspectos edificantes, conductas ejemplares y... en fin, ya me entienden.

A decir del jurado es "una historia ingeniosa, divertida, ágil, con un estilo narrativo propio y personal, un buen gusto por jugar con las palabras y utilizar el lenguaje como divertimento, lenguaje abierto que, en cierto modo, invita a la participación del lector".

Cuenta la expedición emprendida por entre veinte y treinta cangrejos y un calamar gigante que nació prematuro en busca del dueño de una bota que cayó en el mar. En el trayecto se verán afectados por los acontecimientos que ocurren mar arriba y mar abajo. Pedirán consejo al mejillón más anciano del océano, conocerán a las tres gambas rojas más filósofas del mundo, descubrirán perlas transparentes y vivirán lluvias de pétalos de margarita y otras cosas que callamos, siempre bajo la mirada atenta y vigilante de los erizos de mar. Al final acabarán en la Bahía de los Doce Puentes (de donde es originario el autor y que es uno de los mejores sitios para estar). Allí tiene lugar el desenlace que no desvelamos.

Pablo Albo reconoce que en el proceso de escritura se decía a menudo a sí mismo: "¿A que no eres capaz de dejar eso" y le daba la risa y se le olvidaba borrarlo.

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