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viernes, 18 de septiembre de 2020

Bestialmente libre... (relato de despedida)

Arte digital de Noell Oszvald



Desde mi llegada al pueblito, cada día el cielo bajaba a la tierra como si descendiera por una escalera de peldaños azules. Esa tarde me acerqué a la costa, ocre y rocosa. En las colinas a mis espaldas se despeñaban las casas seculares. Ante mí el mar, glauco y prepotente, balanceaba su solidez contra los acantilados. Hacia la izquierda estaba el puerto y los barcos de pescadores; a la derecha, lo que parecía perderse en el infinito, terminaba en el norte de África.

No era mi lugar en el mundo, pero lo hubiera elegido con gusto. Mi padre había nacido en la isla y me emocionaba escuchar por las callecitas clivosas el dialecto cerrado, del que captaba algunas de las expresiones que él habitualmente decía.

Estaba de pie sobre un peñasco elevado y divisé una silueta menuda. Corría como un animalito temeroso que, cada tanto en su escape, voltea la cabeza para comprobar si lo persiguen. Era una sombra diminuta que por momentos se confundía con las rocas por las que trepaba. Un sendero, como una serpiente inmóvil, hacía más fácil subir o bajar, pero él no lo usaba.

Cuando el niño me descubrió, se detuvo. Leí el miedo en sus ojos moros. Le hablé en un tono calmo, acompañando mis palabras con gestos que querían expresar confianza. Me di cuenta, por la negación espasmódica de su cabeza, que no entendía el idioma.

Unas voces, distorsionadas por el viento, se acercaban. El niño parecía paralizado, hice señas para que llegara hasta mí, le indiqué el sendero. Él prefirió ascender por las piedras. Sostenía algo indefinido en una mano, un paquete, tal vez. Con la otra se apoyaba en los peñascos.

Las voces se corporizaron en varios hombres con uniforme. El chico debía ser un migrante ilegal, llegado en alguna barcaza precaria. 

No sé por qué huía. Después supe que había también un comercio oscuro con los niños.

Empecé a bajar con lentitud, mis sandalias no eran adecuadas para ese terreno irregular. Pude ver el color caoba de su piel, los ojos, como gotones de tinta china, enormes de miedo. Nos miramos y percibí que mis latidos arrebatados se acompasaban con los suyos.

Estiré los brazos, pero los ignoró. Se fue agachando para tomar impulso y saltó. Un salto perfecto que, como un arcoíris ominoso, unió el borde de la escollera con el mar. Las aguas verde azul se abrieron para recibirlo. Los de uniforme ya habían llegado y hablaban entre sí con amplias gesticulaciones.

Con cuidado me asomé: el mar estaba liso, imperturbable. Me sentí impotente, no sé nadar.  Bajé hasta donde el chico se había detenido y vi el objeto que sostenía. Era un trozo de madera tallado rústicamente con forma de pájaro. En una de las alas tenía grabada una inscripción.

En el hotel la tradujeron: libertad.


©  Mirella S.   — 2020 —



¡Hola amigos! No me gusta irme sin agradecer el haberlos conocido, por el afecto y la compañía que me brindaron a lo largo de casi ocho años.

Estos últimos meses fueron (y son) muy duros y tengo un alto grado de estrés que no consigo disminuir. En el estado de hermitaña en el que me encuentro pude tomar conciencia de que el ciclo del blog y de la escritura llegó a su término. Siento que ya no tengo más nada que contar, que la pasión por la palabra se ha disipado y no sé si volverá algún día. Hasta me cuesta escribir esta despedida. 

Por el momento no prometo visitarlos, lo haré cuando sienta que no es por compromiso sino por ganas.

Para todos los que pasaron por el nido les envío los mejores augurios, un gracias enorme y fuertes abrazos.


Como cierre les dejo una puesta del sol desde mi balcón.






viernes, 8 de mayo de 2020

El espantapájaros y el arcoíris




El chico moderno le pregunta al abuelo:

—Abu ¿qué es un espantapájaros?

El viejecito sonríe, acariciándose el mentón.

—¿De dónde sacaste eso del espantapájaros?

—Lo vi en uno de los libros antiguos de tu biblioteca. Estaba aburrido, el juego electrónico se descompuso y tuve que suspender el torneo. No sabía qué hacer en la hora de la distracción y me entretuve con un libro de hojas amarillas y olor a polvo. Allí encontré la imagen de un monstruo que se llamaba espantapájaros.

El abuelo ríe bajito y dice:

—No era un monstruo… O tal vez se pensaba que lo fuese para los gorriones.

—¿Los gorriones?  No entiendo, abu.

—Los gorriones eran unos pájaros pequeños de color pardo grisáceo que ya habían desaparecido de las ciudades. Se refugiaban en las afueras y se alimentaban con los brotes y semillas de los sembrados. Los campesinos, para asustar a los pájaros, hacían unos muñecos y los ponían en medio de los trigales.

—Ahora de esos trabajos se encargan los robots. Los modos de cultivo los vemos solo en los videos de instrucción —dice el chico moderno.

—Ajá —suspira el abuelo con cara pensativa.

—Los robots Ípsilon IV fueron programados especialmente para las tareas agrícolas.

El chico moderno charla largo y tendido sobre los actuales procedimientos para el cultivo de la tierra y el abuelo se adormila, acunado por las palabras técnicas de las que el nieto está tan orgulloso. Se despierta en el momento en que el chico le está preguntando qué es un arcoíris.
—¿Querés una respuesta científica o preferís que te cuente un cuento?

El chico moderno, aunque es muy moderno, antes que nada es un chico ¿y qué chico, por más moderno que sea, dejaría de escuchar las historias del abuelo? El anciano empieza así:

—“Yo vivía en una ciudad donde de la verdadera naturaleza quedaba poco, no como ahora que nos engañan rodeándonos de naturaleza virtual. En mi infancia pasaba las vacaciones en la finca de mi abuelo. Cada vez que visitaba ese valle rodeado de cerros me sentía feliz.
Lo que te voy a contar ocurrió en el último verano que caminé entre limoneros y naranjos o jugaba al tobogán deslizándome por la ladera de una loma. Al año siguiente, él tuvo que vender las tierras. Era un hombre que usaba métodos de labranza considerados primitivos para la época y todavía colocaba un espantapájaros. Los vecinos, más actualizados, adoptaron unos artefactos que emitían ondas vibratorias anti-gorriones.”

—¡Viste un espantapájaros de cerca! —lo interrumpe entusiasmado el chico moderno.

—Tan de cerca que llegué a tocarlo.

—¿Cómo era, sobre él sabés algún cuento? —pregunta el nieto, con los ojos como estrellas.

—Justamente en la historia del arcoíris interviene un espantapájaros —le contesta pacientemente el anciano. —¿Dónde habíamos quedado? Ah, sí, en las ondas anti-gorriones… un recurso que daba buenos resultados, a tal punto que todos los pájaros de los alrededores se refugiaron en el campo del abuelo.

—Y el espantapájaros estaba sobrecargado de trabajo —agrega el chico moderno.

“El trabajo no le demandaba esfuerzos. Debía limitarse a estar erguido y dejarse balancear por el viento. Su cuerpo estaba hecho con un palo de madera horizontal y otro vertical, al que llevaba atado dos varillas, que eran como piernas delgadísimas. En el lugar correspondiente a la cabeza tenía una gran calabaza vacía, semi cubierta por un sombrero de paja. Iba vestido con una camisa deshilachada y pantalones desteñidos por la intemperie. Desde lejos parecía un hombre alto y de aspecto poco amable. Y cuando el viento le agitaba la camisa, daba la impresión de que él también quisiera volar. Pero las dos varillas que le servían de piernas estaban muy hundidas en el suelo.

“Como los pájaros lo veían siempre en el mismo sitio, en la misma posición, de día y de noche, con sol o bajo la lluvia, en invierno y en verano, terminaron por acostumbrarse a él.

“Un día, el más atrevido de los gorriones se acercó en círculos y se le posó en un hombro. Los demás gorriones, al ver que no le pasaba nada, lo imitaron y el espantapájaros fue invadido por una bandada ruidosa. Yo, que miraba la escena, quedé asombrado. Llamé al abuelo para mostrarle lo que estaba ocurriendo. Cuando le dije que si no alejaba a los pájaros picotearían lo sembrado, me acarició una mejilla y contestó que había para todos.
“Sí, él amaba la naturaleza y sabía muchas cosas que había aprendido observándola. Me contó que el mayor deseo de los espantapájaros era el de levantar vuelo, igual que los gorriones. Pero su labor los mantenía enraizados en la tierra. Creía que tarde o temprano ese deseo se haría realidad. Y estaba en lo cierto.

“El verano llegaba a su fin y también mis vacaciones. Sin embargo, el calor persistía y el aire sofocante pesaba como un cuerpo de fuego. Por suerte, nubes gordas y oscuras se amontonaron en el horizonte. A la hora de la siesta comenzó la batalla de los truenos y de los relámpagos. Casi en seguida las nubes nos bombardearon con gotas enormes.

“El cielo era un telón gris violáceo que se agitaba sobre nosotros. La lluvia se volvió un aguacero, los rayos y los truenos se alternaban a intervalos cada vez más breves. La tormenta duró casi una hora y los nubarrones se abrieron dejando ver un retazo de cielo azul. El aire olía a limpio. Con el abuelo salimos a caminar por el campo.

“Pobre espantapájaros, chorreaba agua por los cuatro costados. El viento le zarandeaba la camisa y los pantalones, desparramando gotitas iridiscentes. El abuelo, señaló el horizonte y dijo:

“—Mirá, el arcoíris.

“Si la tormenta había sido un espectáculo emocionante, el que ofrecía el arcoíris era de una belleza delicada, mágica.”

—Por favor, describímelo —lo apura el chico moderno.

“—Era una enorme franja curva, tan perfecta como trazada a compás. La formaban siete colores: parecía ocupar todo el cielo. Un extremo del arco nacía en un espeso bosque y el otro desaparecía entre dos colinas.

“Le pregunté al abuelo qué era y me contó que estábamos viendo la cúpula de cristal del Palacio de los Sueños mojada por la lluvia e iluminada por los rayos del sol. Únicamente asomaba cuando algún hecho extraordinario iba a suceder.

“Nos quedamos a la expectativa. El viento parecía haberse calmado, pero la camisa del espantapájaros se agitaba, hasta los brazos de madera se movían. No era el viento, era el espantapájaros que los sacudía como un gorrioncito bate sus alas para remontarse en vuelo. Sus piernas flacas estaban demasiado hundidas en la tierra y él no lograba librarse. Di un paso, con el propósito de ayudarlo. El abuelo me retuvo.

“—No, tiene que hacerlo por sí mismo —dijo serio.

“Mientras tanto todas las aves de la zona se habían congregado en el lugar. Revoloteaban junto al espantapájaros gorjeando, trinando, como para darle ánimos. El sol había iniciado su lento descenso detrás de las sierras.

“—Si el espantapájaros no consigue sacar pronto sus piernas, ya no alcanzará la cúpula del Palacio de los Sueños. —dijo con voz opaca.

Preocupado, miré hacia el arcoíris. En efecto, una parte de la curva ya se desvanecía en el cielo.

“El canto de la aves cubrió cualquier sonido. El espantapájaros, alentado por sus voces, duplicó los esfuerzos. Por fin, con un último tirón, quedó en libertad. Movía torpemente los brazos de madera y pudo elevarse del suelo apenas unos centímetros. Algunos pájaros se separaron y volaron hacia el arcoíris. Los demás le mostraban al muñeco lo que tenía que hacer. Los imitó y poco a poco subió alto en el cielo.”

Él y los pájaros se convirtieron en sombras grises en el aire transparente y desaparecieron como si una puerta invisible se hubiera abierto y después cerrado detrás de ellos. Habían llegado a tiempo hasta el Palacio de los Sueños. Del arcoíris quedaba un rastro imperceptible.

“—Qué será de ellos —dije, sintiéndome triste sin saber bien por qué.

“—Oh, vivirán alegremente de aquí en más. Mejor preguntar qué será de nosotros sin ellos. Hemos perdido un tesoro y casi nadie se ha dado cuenta —me contestó.

“Esa fue la última vez que vi un pájaro; a partir de entonces no hubo uno solo en toda la zona y nunca más el arcoíris se dibujó en el cielo”.

El anciano calla. El chico moderno frunce el ceño. La historia le ha gustado  y no entiende a qué se debe esa sensación de nostalgia por algo que no conoció. El nunca vio un gorrión ni un árbol o un espantapájaros. En el mundo en el que vive no hay lugar para esas cosas. La vida ha sido rigurosamente planificada de modo que cada persona pueda beneficiarse con lo que el sistema ofrece. Él tiene los juegos electrónicos, una computadora a su disposición que hace que el estudio sea sencillo. Cuando crezca accederá a los avances tecnológicos alcanzados y si es inteligente, contribuirá a conseguir otros.

*

El chico moderno se convierte en un hombre moderno, tiene hijos y nietos requete modernos y envejece modernamente.

Setenta años después le cuenta la historia del espantapájaros y el arcoíris a un nieto súper moderno al que le dio un berrinche. Desde que el mundo es mundo la mejor manera de calmar a un chico caprichoso es contándole un cuento.

Y el nieto súper moderno no es la excepción. Escucha atentamente al abuelo moderno y cuando ha terminado va a su sala de cómputos para obtener datos precisos del espantapájaros, el arcoíris y las formas remotas de cultivo. La computadora recontra moderna los declara inexistentes.

Entonces, el abuelo moderno va a buscar el libro que le regalara su abuelo y que él guardó con amor. Le muestra al nieto súper moderno las ilustraciones antiquísimas.

El chico se queda pensativo. Pregunta si sabe otras historias y si le presta el libro. El viejo le dice que recuerda algunas más que le había contado su abuelo que, a su vez, había escuchado del suyo. Le entrega el libro con la promesa de conservarlo para sus nietos.

El chico súper moderno le da su palabra y pide una nueva historia. El viejo moderno se siente satisfecho porque ha comprendido lo importante que es guardar la memoria y transmitirla a las nuevas generaciones.





©  Mirella S.   



Este relato es también de la misma época que el anterior.
Volver a la infancia cada tanto hace bien ¿no?

Abrazos para todos y gracias por la compañía.





viernes, 1 de mayo de 2020

Transformaciones



La muñeca es extranjera y no entiende lo que se habla en la casa. La mujer vive sola, con la radio encendida todo el día.
La muñeca proviene de un sitio sucio y caliente, una cárcel antigua convertida en mercado. Las celdas pasaron a ser locales dispuestos en una planta cuadrada, con un patio interior en el que crecía un único árbol de aspecto amargo. Las paredes de los pasillos desaparecían cubiertas por los objetos típicos de ese país.
Ella colgaba de un clavo en la puerta del negocio, semioculta por un mantel y unas carteras de rafia. Solo se le veía la parte derecha de su cuerpo. Estuvo allí mucho tiempo; pasaron innumerables contingentes de turistas, escuchó idiomas diferentes inquiriendo los precios de las mercaderías. Nadie se tomó el trabajo de verla entera o preguntó cuánto costaba.
Hasta que un día alguien se detuvo en la lobreguez del pasillo y una mano, suavemente, apartó el mantel. Su cara quedó al descubierto y el movimiento de la tela al retirarse removió la  atmósfera abrasadora, como una caricia. Con los ojos ya libres, pudo distinguir a la mujer que la observaba. 

Viajó dentro de un bolso con aroma a eucalipto y en su nuevo destino fue cepillada a conciencia, aunque con escasos efectos. La parte que había permanecido expuesta perdió las motas de polvo, sin embargo no recuperó el color original. La mujer la puso en un estante alto, cerca de un ventanal. Ubicó su cuerpo de trapo en un ángulo preciso, de modo que una tenue sombra cayera sobre el lado marchito.
La luz que entra le confiere fulgores a las gotas oscuras de sus ojos, que la mujer ha frotado vigorosamente con papel tisú para desarraigar posibles restos de un tiempo de abandono. La muñeca está sentada en el estante, las gordas piernas de paño cuelgan en el aire.
 Desde esa posición ve un río a través de la ventana. Ella no sabe que esa franja de tonalidades que cambian en el transcurso de las horas, es un río. Simplemente lo mira y disfruta de sus variaciones. Le asombra que lo mismo sea a la vez tan distinto.
El sol de la mañana hace que le nazcan dos cerezas en los cachetes. Ha dejado de ser un objeto anónimo, tiene un nombre propio: Lisa, también aprendió que la mujer se llama Eugenia. Es alta, frágil, sonríe poco, aunque las veces que la sonrisa aflora se le contagia a la mirada, habitualmente triste. La muñeca no podría afirmar si es linda, su cerebro de aserrín no le permite distinguir lo bello de lo que no lo es. Pero dentro de su pecho estallan fuegos artificiales (igualitos a los de su país en los días de fiesta) cuando Eugenia le cambia la ropa, le arregla los volados de la pollera, le acaricia las pecas incipientes, consecuencias de las travesuras de un sol benévolo. 
Aunque parezca ajena a lo que ocurre en la casa, su corazoncito de algodón va percibiendo transformaciones. Ella y Eugenia estrenaron vestidos con los colores gozosos de un atardecer de verano. El tono monocorde de la radio es reemplazado por una música que incita a moverse. Le gusta, columpia una pierna y admira su zapato de raso púrpura. Escucha el inédito tarareo de Eugenia, siguiendo la vehemencia  de un saxo. Y Lisa también siente que la música le penetra el cuerpo, le da vida, y se salva por un pelo de caer de la estantería.
Hay detalles que revelan novedades, y ella participa desde lo alto de su puesto. Se deleita con la risa de Eugenia, con esa otra voz, grave y tibia que ya no viene de la radio. Y, sobre todo, con la actual consistencia de su cuerpo, como si no estuviera más relleno de estopa. Una piel delicada se extiende por sus brazos y piernas, que se tornan de ámbar en el instante del crepúsculo.
Por la noche, antes de que Eugenia apague las luces, comprueba en el vidrio del ventanal que su pelo no es más una maraña de lana, sino una cascada de rulos y enmarcan una cara diferente. La anterior, chata como luna llena, con sus rasgos burdos, pertenece a un lugar sombrío y a otra época. 
Sí, hubo cambios, Lisa ya sabe muchas cosas y espera más novedades, apenas insinuadas en los aún débiles movimientos de los dedos y del cuello o en la oscilación de las piernas, que un día tendrán la fuerza suficiente para permitirle saltar de la repisa y surcar el espacio con la agilidad de un gato.



©  Mirella S.   


Hola amigos, es un cuento viejo que nunca publiqué.
Es un poco largo, pero ahora hay más tiempo ¿no?
Un abrazo para todos y gracias.




martes, 17 de marzo de 2020

Año bisiesto



La noche avanza y creo que es hora de astillar el silencio. Debo hablar, necesito salir del engaño. ¿Acaso la vida no es un juego rítmico entre la verdad y la falacia? En esa continua oscilación, ahora estoy detenida en la mentira y es preciso librarme de ella.
Dentro de mi boca la lengua crece y empuja la barrera de los dientes, que se aprietan solidarios ante ese resto de culpa o vergüenza. Como si se hubiera partido en dos, igual a la de una cobra, asoma con cautela sus extremos, lubrica los labios secos y vuelve a esconderse en su cueva.
La lucha se está definiendo: mis músculos se debilitan, parpadeo y los dedos inquietos hacen rotar el anillo. La boca se abre y la bífida se ubica para desempeñar su parte. Pero todavía hay renuencia, cierta indecisión.
Digo:
—¿Por qué sostenés la botella de esa manera, por el cogote? Da la impresión que tenés ganas de estrangular a alguien. —Mi voz suena agria y lo que manifiesto está fuera de sitio.
Él llena su copa de vino, deja la botella sobre el mantel, me mira y no dice nada, aunque en sus ojos leo que está pensando “perra estúpida”.
Sigo:
-La ropa termina por tomar la forma del cuerpo, por eso tu pulóver está tan estirado en la parte de adelante.
Su expresión indica desprecio, su respuesta es, como siempre, el silencio. Estos comentarios absurdos no son propios de mí, la amargura es la que habla. La bifurcada se mueve, inquieta, no la voy a poder controlar.
Anuncio:
—Leí una estadística que afirma que en los años bisiestos es cuando se producen más divorcios. Parece que son favorables para volver a enamorarse. El año que viene es un año bisiesto.
Esta vez ni siquiera se molesta en mirarme o demostrar su arrogancia. Se inclina y toma el diario. Giro la cabeza, a mi alrededor el restorán está completo y el murmullo de las voces me envuelve como una frazada caliente.
Comprendo que no puedo postergar más la revelación; ya no hay nada que honrar o respetar. Lo que antes era verdad hace tiempo que se parapetó detrás de las páginas del diario y solo muestra su coronilla con remolinos ariscos.
Llegó el momento, la lengua se dispara como una flecha envenenada. La dejo que alcance su blanco.
—Sin embargo, quedé fuera de las estadísticas: me enamoré este año. Te dejo.
Noto que mi voz es un eco que retumba por encima de las conversaciones ajenas. El silencio, que está sentado frente a mí, se extiende al resto de la sala. Las páginas del diario se mueven como un telón que se abre para un último acto. No alcanzo a verle los ojos porque una línea de luz cae en el vidrio de los lentes, convirtiéndolos en espejos que me reflejan.
Veo mi sonrisa y cómo las bifurcaciones de la lengua vuelven a unirse. Siento que recupera su tamaño y se acurruca contra el paladar, degustando el sabor a cicuta de la victoria. 


©  Mirella S.   — 2012 —


Muchas gracias a todos por los comentarios que me dejaron en el post anterior.
Este relato es viejito, lo vuelvo a publicar porque estamos en un año bisiesto.
Abrazos para todos.





lunes, 13 de enero de 2020

Deseos

Imagen de Aneta Ivanova



Son las doce en punto y todos levantan las copas. Ella formula palabras de buenos augurios y felicidades; sin embargo, sus pensamientos son peces que nadan contra la corriente. ¿Para qué brindar, cuál es el anhelo de este nuevo año? No sabe, se impacienta. Los demás beben de sus copas, ríen y hablan al mismo tiempo sin escucharse. Se aparta, asoma la cabeza a la negrura interrumpida por estrellas falsas que estallan y se queman en su propia luz.
Considera su vida una sucesión de fuegos artificiales: breves chispazos en una noche de inquietudes. Siempre cumplía con la ceremonia de pedir un deseo cuando el reloj daba la última campanada. Elevaba la copa y lo pedía con todo el vigor de su ilusión, esperando que la magia de esas fechas se lo concediera.
A los veinte exhortó a las fuerzas del universo que le enviaran el amor. En cambio, la despidieron de la empresa. Al siguiente, aún desocupada, suplicó por un empleo. Entonces conoció a Atilio. La petición de ese fin de año fue ¡matrimonio! En marzo le ofrecieron un puesto de última categoría con un sueldo avaro y Atilio desapareció.
Sucesivamente, pidió irse de la casa paterna, independizarse, no compartir más la habitación con sus hermanas. Las que se casaron y formaron su propio hogar fueron ellas
Clamó por un viaje, recorrer el mundo, de mochilera, haciendo dedo, de cualquier modo. A los pocos meses volvió Atilio y le propuso el esperado casamiento. Con él iría a tantos lugares... 
Resultó que Atilio era sedentario. Armaron un bolso, subieron al colectivo 60 y se alojaron en la posada de una isla en el Tigre. Así transcurrió la luna de miel.
Para qué ir más lejos —argumentó él ante su cara ensombrecida—, acá tenés la vegetación como a vos te gusta y el movimiento de las lanchas en el río te va a entretener. Mientras, yo me echo una siestita.
Al otro 31 ansió morirse y Atilio contrajo una larga enfermedad. Imploró que se curara: él sanó y se fue con la médica. Con el dinero del divorcio aspiró a tener su propia empresa. Le presentaron a Lucas y se enamoró.
Su sistema nervioso se había vuelto frágil y aliviaba la ansiedad comiendo. Rogó adelgazar: quedó embarazada. Por su profesión, Lucas debía trasladarse continuamente a países remotos. Viajaron por regiones áridas, sucias, empobrecidas. 
El hijo crecía, el marido acumulaba dinero con sus especulaciones. Ella ya no reclamaba trabajo, viajes, tampoco amor o divorcio. Solo volver a casa, a su tierra, a la familia, a su barrio preferido.
El reloj marca las 12,10’ y ella, en un país que no es el suyo, rodeada de gente extraña y mirando el ardor de la noche, todavía no ha expresado lo que quiere.
Se dice que es una ingrata que, al fin de cuentas, obtuvo mucho de lo que había pedido. A destiempo, no cuando lo deseaba. ¿Acaso la vida  tiene un movimiento lineal? Es una sucesión de curvas y espirales que vuelven sobre sí mismas, se superponen, retroceden para tomar impulso y, así enroscadas, avanzan.
Bebe un sorbo del champán que se ha calentado en su copa y decide que esta vez no va a desear nada. Dejará que alguna deidad, el planeta Urano, el azar, la providencia o lo que sea, la sorprendan. Para bien o para mal.




©  Mirella S.   — 2012 —



Es de los primeros relatos que publiqué apenas abrí el blog.
Como no lo leyó nadie, aquí va de nuevo.

Que tengamos un buen 2020 en lo personal y a nivel mundial. 
¿Eso es pedir demasiado?



martes, 17 de diciembre de 2019

Príncipe de Nochebuena


Arte digital de Sarolta Ban

El señor Palma mira el reloj: faltan quince minutos para que suenen las campanas de la iglesia y exploten los petardos anunciando la Navidad.

La luna vulnera el cielo con un resplandor de nieve; en la tierra el calor licúa las formas.

El señor Palma hace sesenta años que no piensa en papá Noel, sin embargo, este año algo lo impulsa a revivir las Nochebuenas de cuando era niño. En la vejez la memoria camina hacia atrás, nota demasiados huecos oscuros e inventa, se dice.

Sentado en el patio de su casita en los suburbios, no logra visualizar la de su infancia. Quizás se parecía a la actual. La única imagen que se le presenta es la espesura de un jardín, allí se ocultaba para sorprender al hombre gordo vestido de rojo que había visto en las películas y que nunca cumplió con ninguno de los juguetes que él había pedido. Solo le dejaba libros.

Durante las primeras lecturas, se sentía una especie de náufrago que remaba en medio de oleajes de palabras incomprensibles. Al crecer, esos libros que tanto lo habían fastidiado, terminaron por atraparlo. Se hizo íntimo de los personajes y quiso compartirlos con sus compañeros. Ellos reían y le daban la espalda para seguir jugando con las figuritas o al metegol.

El señor Palma, Nico en aquel entonces, regresaba a su cuarto con el libro bajo el brazo y releía los párrafos más potentes de las aventuras de Huckleberry y Tom, ellos sí eran valientes, osados, como el principito que venía del asteroide B 612, quien, igual que Nico, buscaba un amigo. Se habían encontrado.

Después conoció a Sandokán, intrépido en sus maniobras para recuperar el reino que le fuera arrebatado. Con su personalidad tan vengativa, Nico solo podía temerlo.

Huck y Tom lo acompañaron un tiempo, luego se alejó de las continuas travesuras que tramaban. Él era un pibe tranquilo, se apoyaba más en sus ideas utópicas que en acciones. Entonces volvía al principito, a tal punto que el libro terminó descuajeringado, con hojas sueltas. Un día su madre hizo limpieza y desapareció.

Las semillas de sus palabras se asentaron en el planeta sin nombre de Nico, al cual viajaba en los momentos solitarios. Un mundo que construía lentamente y que, de tanto en tanto, se desmoronaba. Estaba hecho de sueños, ilusiones que poco tenían que ver con la realidad. Memorizó pensamientos del libro, que florecieron en la humedad de sus cuidados y consiguió afianzarlos en esa patria privada.

Él también tuvo su rosa, con la vanidad y el orgullo de saberse amada, importante. Ya no está, se ha marchitado antes que él y en los atardeceres la busca en su planeta, ahora convertido en desierto. La rosa le dio pimpollos, que crecen y prosperan en tierras más fértiles.

El señor Palma sacude la cabeza y recuerda que es Nochebuena, que los vecinos de la izquierda se fueron al mar y los de la derecha están en pleno festejo con sus numerosos hijos que hacen estallar cohetes y cañitas voladoras. A él no le permitían quedarse a esperar las doce. Aunque estaba medio dormido, su curiosidad era un sensor que lo alertaba ante el mínimo ruidito, pero nunca había descubierto a Papá Noel.

En la casa de al lado, los chicos ríen, los escucha correr, llamarse unos a otros. De pronto, cuando la última campanada de la iglesia se fusiona con el clamor de los fuegos artificiales, algo oscuro, como un pájaro herido, traza un arco por encima de la pared medianera y cae en su jardín.

El señor Palma se levanta y se acerca al rosal estéril que se empecina en mantener. El objeto volador quedó atrapado entre sus ramas. Es un libro. Lo toma y comprueba que es viejo, con muchos subrayados. Lo cierra y con el índice dibuja cada letra del título. El principito.


©  Mirella S.   — 2019 —


¡Felices fiestas y hasta el año que viene!
Abrazos.




lunes, 9 de diciembre de 2019

Lo que no se dice

Pintura de Kim Nelson

La casa donde vivo no me gusta, tampoco sus habitantes, los miembros de mi familia: los Vitali. Ciertas confesiones hay que guardarlas para una, padecerlas en silencio. No está bien visto declarar que no te gustan tus parientes cercanos. Les agradezco la educación, las necesidades básicas cubiertas, pero siguen sin gustarme, lo cual no significa que no los quiera. No a todos.
El afecto, o esa turbulencia que siento, está entramada con las más opuestas y oscuras emociones: desde la rabia, el fastidio, hasta la compasión y la ternura. Por algunos de ellos mi disposición es inclemente y tormentosa, por otros prevalecen más los sentimientos benévolos.
La casa es centenaria, pertenecía a mis bisabuelos. Es fea, detesto el olor de las bolitas de naftalina que la abuela pone para disimular el de la humedad que brota de las paredes. Con los sahumerios de mamá, la combinación es nauseabunda. Las habitaciones dan a una galería. Allí nos desencontramos mis padres, mis dos hermanos menores, mis abuelos paternos, los actuales dueños y la tía Mónica, hermana de papá, viuda, sin hijos.
No es por presunción que digo que la casa no me gusta, así como tampoco los Vitali. No los elegí, aunque hay quien sostiene que nada es fortuito y que al encarnar nos toca una familia ya determinada que nos ayudará para la evolución personal. No me consta, ellos suelen conectarme con lo peor de mí. Algo que no soporto es su falsedad. A la hora de la cena, también en la comida puede saborearse la hipocresía que flota en el ambiente.
Con los abuelos y la tía Mónica siempre tuve un trato mínimo; ahora que curso Bellas Artes por la noche los veo apenas. Mamá y papá, juntos, crean un clima tenso, sofocante, pero si estoy con ellos por separado es tolerable. Mamá a veces se me queda mirando y es como si los ojos se le metiesen para adentro, se fuera a otra parte, hacia atrás en el tiempo. Solo ella apoyó mi decisión de entrar en Bellas Artes. El vínculo con papá es más complejo. No coincidimos en nada, reconozco que él se esfuerza y yo hago lo que puedo; que no siguiera una carrera tradicional fue un gran desencanto para él y no mejoró nuestra precaria relación.
La tía Mónica es un capítulo aparte. Sin remordimientos puedo decir que la desprecio y ella siente lo mismo. Es evidente que mamá le tiene miedo y Mónica la aborrece y la envidia. Mamá es delgada, elegante, aún vestida así nomás. Mónica se mata en el gimnasio, vive a dieta y su cuerpo es irrevocablemente cuadrado. 
La ventaja de las casas tipo chorizo como la nuestra es que Mónica y los abuelos están en los cuartos de adelante, a continuación del comedor que da a la calle, mientras que el mío es el último y me aparta un poco de esa atmósfera de disimulo. Ocupo también un rincón en la piecita de arriba, donde guardan todo lo que deberían tirar. Allí hago las artesanías que intento vender los fines de semana en Plaza Francia.
Los abuelos me ignoran con diplomacia, en cambio, tienen debilidad por mis hermanos que, por su parte, se pelean con estocadas sibilinas, típicas del estilo Vitali, de las cuales a menudo ligo una porción.
En mi familia hay muchas cosas ocultas, no dichas, por eso los mayores procuran asumir un aire de “somos una familia bien avenida”, frase frecuente de la abuela, cuando en realidad se puede percibir la ebullición de un caldo espeso, que cocina a fuego lento sus ingredientes letales. Si se destapara la olla, el frágil equilibrio que ostentan, se haría trizas.
Intuyo que estoy involucrada en ese secreto y que la tía Mónica es la más propensa a vomitarlo, de allí que los demás la traten con guantes de seda y le permitan que destile su veneno en pequeñas dosis, para que no se intoxique ella misma.
Aprendí a moverme en ese espacio usando la misma falsedad que ellos, como un torero, esquivando los ataques encubiertos con sutiles movimientos de capa. Mi refugio es el cuartito de arriba. A veces dejo la arcilla que modelo, mis ojos atraviesan los vidrios y se van lejos, buscando los de mamá, en una dimensión amorosa, sin ocultamientos ni simulacros. Allí la encuentro, con la sonrisa limpia de tristezas, la piel distendida de los surcos de culpas pretéritas que está pagando y seguirá debiendo mientras viva con los Vitali.
Sin embargo, lo que no se dice se irá ordenando geométricamente en un gesto, en la ira que sombrea los ojos, la palabra que se escapa hoy, a la que se añadirá otra, susurrada mañana, una mueca de desprecio o la lágrima cautelosa. La simulación es como una máscara de cera que se ablanda, se deforma y gotea el odio acumulado.
Un día Mónica estallará. En su crueldad, seremos humilladas, mamá y yo. Ella agachará la cabeza, los Vitali, ya sin disimulos, me mirarán como la extraña que siempre fui para ellos. Papá con el horror de un antiguo presentimiento que se confirma.




©  Mirella S.   — 2019 —