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viernes, 18 de septiembre de 2020
viernes, 8 de mayo de 2020
El espantapájaros y el arcoíris
El chico moderno le pregunta al
abuelo:
—Abu ¿qué es un espantapájaros?
El viejecito sonríe, acariciándose
el mentón.
—¿De dónde sacaste eso del
espantapájaros?
—Lo vi en uno de los libros antiguos
de tu biblioteca. Estaba aburrido, el juego electrónico se descompuso y tuve
que suspender el torneo. No sabía qué hacer en la hora de la distracción y me
entretuve con un libro de hojas amarillas y olor a polvo. Allí encontré la
imagen de un monstruo que se llamaba espantapájaros.
El abuelo ríe bajito y dice:
—No era un monstruo… O tal vez se
pensaba que lo fuese para los gorriones.
—¿Los gorriones? No entiendo, abu.
—Los gorriones eran unos pájaros pequeños
de color pardo grisáceo que ya habían desaparecido de las ciudades. Se
refugiaban en las afueras y se alimentaban con los brotes y semillas de los
sembrados. Los campesinos, para asustar a los pájaros, hacían unos muñecos y
los ponían en medio de los trigales.
—Ahora de esos trabajos se encargan
los robots. Los modos de cultivo los vemos solo en los videos de instrucción
—dice el chico moderno.
—Ajá —suspira el abuelo con cara pensativa.
—Los robots Ípsilon IV fueron programados
especialmente para las tareas agrícolas.
El chico
moderno charla largo y tendido sobre los actuales procedimientos para el
cultivo de la tierra y el abuelo se adormila, acunado por las palabras técnicas
de las que el nieto está tan orgulloso. Se despierta en el momento en que el
chico le está preguntando qué es un arcoíris.
—¿Querés una respuesta científica o
preferís que te cuente un cuento?
El chico moderno, aunque es muy
moderno, antes que nada es un chico ¿y qué chico, por más moderno que sea,
dejaría de escuchar las historias del abuelo? El anciano empieza así:
—“Yo vivía en una ciudad donde de la verdadera naturaleza quedaba poco, no
como ahora que nos engañan rodeándonos de naturaleza virtual. En mi infancia pasaba
las vacaciones en la finca de mi abuelo. Cada vez que visitaba ese valle
rodeado de cerros me sentía feliz.
Lo que te voy a contar ocurrió en el último verano que caminé entre
limoneros y naranjos o jugaba al tobogán deslizándome por la ladera de una
loma. Al año siguiente, él tuvo que vender las tierras. Era un hombre que usaba
métodos de labranza considerados primitivos para la época y todavía colocaba un
espantapájaros. Los vecinos, más actualizados, adoptaron unos artefactos que
emitían ondas vibratorias anti-gorriones.”
—¡Viste un espantapájaros de cerca!
—lo interrumpe entusiasmado el chico moderno.
—Tan de cerca que llegué a tocarlo.
—¿Cómo era, sobre él sabés algún
cuento? —pregunta el nieto, con los ojos como estrellas.
—Justamente en la historia del arcoíris
interviene un espantapájaros —le contesta pacientemente el anciano. —¿Dónde
habíamos quedado? Ah, sí, en las ondas anti-gorriones… un recurso que daba
buenos resultados, a tal punto que todos los pájaros de los alrededores se
refugiaron en el campo del abuelo.
—Y el espantapájaros estaba
sobrecargado de trabajo —agrega el chico moderno.
—“El
trabajo no le demandaba esfuerzos.
Debía limitarse a estar erguido y dejarse balancear por el viento. Su cuerpo
estaba hecho con un palo de madera horizontal y otro vertical, al que llevaba
atado dos varillas, que eran como piernas delgadísimas. En el lugar
correspondiente a la cabeza tenía una gran calabaza vacía, semi cubierta por un
sombrero de paja. Iba vestido con una camisa deshilachada y pantalones
desteñidos por la intemperie. Desde lejos parecía un hombre alto y de aspecto
poco amable. Y cuando el viento le agitaba la camisa, daba la impresión de que
él también quisiera volar. Pero las dos varillas que le servían de piernas
estaban muy hundidas en el suelo.
“Como los pájaros lo veían siempre en el mismo sitio, en la misma posición,
de día y de noche, con sol o bajo la lluvia, en invierno y en verano,
terminaron por acostumbrarse a él.
“Un día, el más atrevido de los gorriones se acercó en
círculos y se le posó en un hombro. Los demás gorriones, al ver que no le
pasaba nada, lo imitaron y el espantapájaros fue invadido por una bandada
ruidosa. Yo, que miraba la escena, quedé asombrado. Llamé al abuelo para
mostrarle lo que estaba ocurriendo. Cuando le dije que si no alejaba a los
pájaros picotearían lo sembrado, me acarició una mejilla y contestó que había
para todos.
“Sí, él amaba la naturaleza y sabía muchas cosas que había aprendido
observándola. Me contó que el mayor deseo de los espantapájaros era el de levantar
vuelo, igual que los gorriones. Pero su labor los mantenía enraizados en la
tierra. Creía que tarde o temprano ese deseo se haría realidad. Y estaba en lo
cierto.
“El verano llegaba a su fin y también mis vacaciones. Sin embargo, el calor
persistía y el aire sofocante pesaba como un cuerpo de fuego. Por suerte, nubes
gordas y oscuras se amontonaron en el horizonte. A la hora de la siesta comenzó
la batalla de los truenos y de los relámpagos. Casi en seguida las nubes nos
bombardearon con gotas enormes.
“El cielo era un telón gris violáceo que se agitaba sobre nosotros. La
lluvia se volvió un aguacero, los rayos y los truenos se alternaban a
intervalos cada vez más breves. La tormenta duró casi una hora y los nubarrones
se abrieron dejando ver un retazo de cielo azul. El aire olía a limpio. Con el
abuelo salimos a caminar por el campo.
“Pobre espantapájaros, chorreaba agua por los cuatro costados. El viento le
zarandeaba la camisa y los pantalones, desparramando gotitas iridiscentes. El
abuelo, señaló el horizonte y dijo:
“—Mirá, el arcoíris.
“Si la tormenta había sido un espectáculo emocionante, el que ofrecía el
arcoíris era de una belleza delicada, mágica.”
—Por favor, describímelo —lo apura
el chico moderno.
“—Era una enorme franja curva, tan perfecta como trazada a compás. La
formaban siete colores: parecía ocupar todo el cielo. Un extremo del arco nacía
en un espeso bosque y el otro desaparecía entre dos colinas.
“Le pregunté al abuelo qué era y me contó que estábamos viendo la cúpula de
cristal del Palacio de los Sueños mojada por la lluvia e iluminada por los
rayos del sol. Únicamente asomaba cuando algún hecho extraordinario iba a
suceder.
“Nos quedamos a la expectativa. El viento parecía haberse calmado, pero la
camisa del espantapájaros se agitaba, hasta los brazos de madera se movían. No
era el viento, era el espantapájaros que los sacudía como un gorrioncito bate sus
alas para remontarse en vuelo. Sus piernas flacas estaban demasiado hundidas en
la tierra y él no lograba librarse. Di un paso, con el propósito de ayudarlo. El
abuelo me retuvo.
“—No, tiene que hacerlo por sí mismo —dijo serio.
“Mientras tanto todas las aves de la zona se habían congregado en el lugar.
Revoloteaban junto al espantapájaros gorjeando, trinando, como para darle
ánimos. El sol había iniciado su lento descenso detrás de las sierras.
“—Si el espantapájaros no consigue sacar pronto sus piernas, ya no
alcanzará la cúpula del Palacio de los Sueños. —dijo con voz opaca.
Preocupado, miré hacia el arcoíris. En efecto, una parte de la curva ya se
desvanecía en el cielo.
“El canto de la aves cubrió cualquier sonido. El espantapájaros, alentado
por sus voces, duplicó los esfuerzos. Por fin, con un último tirón, quedó en
libertad. Movía torpemente los brazos de madera y pudo elevarse del suelo
apenas unos centímetros. Algunos pájaros se separaron y volaron hacia el
arcoíris. Los demás le mostraban al muñeco lo que tenía que hacer. Los imitó y
poco a poco subió alto en el cielo.”
Él y los pájaros se convirtieron en sombras grises en el aire transparente
y desaparecieron como si una puerta invisible se hubiera abierto y después
cerrado detrás de ellos. Habían llegado a tiempo hasta el Palacio de los
Sueños. Del arcoíris quedaba un rastro imperceptible.
“—Qué será de ellos —dije, sintiéndome triste sin saber bien por qué.
“—Oh, vivirán alegremente de aquí en más. Mejor preguntar qué será de
nosotros sin ellos. Hemos perdido un tesoro y casi nadie se ha dado cuenta —me
contestó.
“Esa fue la última vez que vi un pájaro; a partir de entonces no hubo uno
solo en toda la zona y nunca más el arcoíris se dibujó en el cielo”.
El anciano calla. El chico moderno
frunce el ceño. La historia le ha gustado y no entiende a qué se debe esa sensación de
nostalgia por algo que no conoció. El nunca vio un gorrión ni un árbol o un
espantapájaros. En el mundo en el que vive no hay lugar para esas cosas. La
vida ha sido rigurosamente planificada de modo que cada persona pueda
beneficiarse con lo que el sistema ofrece. Él tiene los juegos electrónicos,
una computadora a su disposición que hace que el estudio sea sencillo. Cuando
crezca accederá a los avances tecnológicos alcanzados y si es inteligente,
contribuirá a conseguir otros.
*
El chico moderno se convierte en un
hombre moderno, tiene hijos y nietos requete modernos y envejece modernamente.
Setenta años después le cuenta la
historia del espantapájaros y el arcoíris a un nieto súper moderno al que le
dio un berrinche. Desde que el mundo es mundo la mejor manera de calmar a un
chico caprichoso es contándole un cuento.
Y el nieto súper moderno no es la
excepción. Escucha atentamente al abuelo moderno y cuando ha terminado va a su
sala de cómputos para obtener datos precisos del espantapájaros, el arcoíris y
las formas remotas de cultivo. La computadora recontra moderna los declara
inexistentes.
Entonces, el abuelo moderno va a
buscar el libro que le regalara su abuelo y que él guardó con amor. Le muestra
al nieto súper moderno las ilustraciones antiquísimas.
El chico se queda pensativo. Pregunta
si sabe otras historias y si le presta el libro. El viejo le dice que recuerda
algunas más que le había contado su abuelo que, a su vez, había escuchado del
suyo. Le entrega el libro con la promesa de conservarlo para sus nietos.
El chico súper moderno le da su
palabra y pide una nueva historia. El viejo moderno se siente satisfecho porque
ha comprendido lo importante que es guardar la memoria y transmitirla a las
nuevas generaciones.
© Mirella S.
Este relato es también de la misma época que el
anterior.
Volver a la infancia cada tanto hace
bien ¿no?
Abrazos para todos y gracias por la
compañía.
viernes, 1 de mayo de 2020
Transformaciones
La muñeca
es extranjera y no entiende lo que se habla en la casa. La mujer vive sola, con
la radio encendida todo el día.
La muñeca
proviene de un sitio sucio y caliente, una cárcel antigua convertida en
mercado. Las celdas pasaron a ser locales dispuestos en una planta cuadrada,
con un patio interior en el que crecía un único árbol de aspecto amargo. Las
paredes de los pasillos desaparecían cubiertas por los objetos típicos de ese
país.
Ella
colgaba de un clavo en la puerta del negocio, semioculta por un
mantel y unas carteras de rafia. Solo se le veía la parte derecha de su cuerpo.
Estuvo allí mucho tiempo; pasaron innumerables contingentes de turistas,
escuchó idiomas diferentes inquiriendo los precios de las mercaderías. Nadie se
tomó el trabajo de verla entera o preguntó cuánto costaba.
Hasta que
un día alguien se detuvo en la lobreguez del pasillo y una mano, suavemente,
apartó el mantel. Su cara quedó al descubierto y el movimiento de la tela al
retirarse removió la atmósfera abrasadora, como una caricia. Con los ojos ya libres, pudo distinguir a la mujer que la
observaba.
Viajó
dentro de un bolso con aroma a eucalipto y en su nuevo destino fue cepillada a
conciencia, aunque con escasos efectos. La parte que había permanecido expuesta
perdió las motas de polvo, sin embargo no recuperó el color original. La mujer
la puso en un estante alto, cerca de un ventanal. Ubicó su cuerpo de trapo en
un ángulo preciso, de modo que una tenue sombra cayera sobre el lado marchito.
La luz que
entra le confiere fulgores a las gotas oscuras de sus ojos, que la mujer ha
frotado vigorosamente con papel tisú para desarraigar posibles restos de un
tiempo de abandono. La muñeca está sentada en el estante, las gordas piernas de
paño cuelgan en el aire.
Desde
esa posición ve un río a través de la ventana. Ella no sabe que esa franja de
tonalidades que cambian en el transcurso de las horas, es un río. Simplemente
lo mira y disfruta de sus variaciones. Le asombra que lo mismo sea a la vez tan
distinto.
El sol de
la mañana hace que le nazcan dos cerezas en los cachetes. Ha dejado de ser un
objeto anónimo, tiene un nombre propio: Lisa, también aprendió que la mujer
se llama Eugenia. Es alta, frágil, sonríe poco, aunque las veces que la sonrisa
aflora se le contagia a la mirada, habitualmente triste. La muñeca no podría
afirmar si es linda, su cerebro de aserrín no le permite distinguir lo bello de
lo que no lo es. Pero dentro de su pecho estallan fuegos artificiales
(igualitos a los de su país en los días de fiesta) cuando Eugenia le cambia la
ropa, le arregla los volados de la pollera, le acaricia las pecas incipientes,
consecuencias de las travesuras de un sol benévolo.
Aunque
parezca ajena a lo que ocurre en la casa, su corazoncito de algodón va
percibiendo transformaciones. Ella y Eugenia estrenaron vestidos con los
colores gozosos de un atardecer de verano. El tono monocorde de la radio es
reemplazado por una música que incita a moverse. Le gusta, columpia una pierna
y admira su zapato de raso púrpura. Escucha el inédito tarareo de
Eugenia, siguiendo la vehemencia de un saxo. Y Lisa también siente
que la música le penetra el cuerpo, le da vida, y se salva por un pelo de caer
de la estantería.
Hay
detalles que revelan novedades, y ella participa desde lo alto de su puesto. Se
deleita con la risa de Eugenia, con esa otra voz, grave y tibia que ya no viene
de la radio. Y, sobre todo, con la actual consistencia de su cuerpo, como si no
estuviera más relleno de estopa. Una piel delicada se extiende por sus brazos y
piernas, que se tornan de ámbar en el instante del crepúsculo.
Por la
noche, antes de que Eugenia apague las luces, comprueba en el vidrio del
ventanal que su pelo no es más una maraña de lana, sino una cascada de rulos y
enmarcan una cara diferente. La anterior, chata como luna llena, con sus rasgos
burdos, pertenece a un lugar sombrío y a otra época.
Sí, hubo
cambios, Lisa ya sabe muchas cosas y espera más novedades, apenas insinuadas en
los aún débiles movimientos de los dedos y del cuello o en la oscilación de las
piernas, que un día tendrán la fuerza suficiente para permitirle saltar de la
repisa y surcar el espacio con la agilidad de un gato.
© Mirella S.
Hola amigos, es un cuento viejo que nunca publiqué.
Es un poco largo, pero ahora hay más tiempo ¿no?
Un abrazo para todos y gracias.
martes, 17 de marzo de 2020
Año bisiesto
La noche avanza y creo que es hora de astillar el
silencio. Debo hablar, necesito salir del engaño. ¿Acaso la vida no es
un juego rítmico entre la verdad y la falacia? En esa continua oscilación,
ahora estoy detenida en la mentira y es preciso librarme de ella.
Dentro de mi boca la lengua crece y empuja la barrera
de los dientes, que se aprietan solidarios ante ese resto de culpa o vergüenza.
Como si se hubiera partido en
dos, igual a la de una cobra, asoma con cautela sus extremos, lubrica los
labios secos y vuelve a esconderse en su cueva.
La lucha se está definiendo: mis músculos se
debilitan, parpadeo y los dedos inquietos hacen rotar el anillo. La boca se
abre y la bífida se ubica para desempeñar su parte. Pero todavía hay renuencia,
cierta indecisión.
Digo:
—¿Por qué sostenés la botella de esa
manera, por el cogote? Da la impresión que tenés ganas de estrangular a
alguien. —Mi voz suena agria y lo que manifiesto está fuera de sitio.
Él llena su copa de vino, deja la botella sobre el
mantel, me mira y no dice nada, aunque en sus ojos leo que está pensando “perra estúpida”.
Sigo:
-La ropa termina por tomar la forma del cuerpo, por
eso tu pulóver está tan estirado en la parte de adelante.
Su expresión indica desprecio, su respuesta es, como
siempre, el silencio. Estos comentarios absurdos no son propios de mí, la amargura es la que habla. La bifurcada se mueve, inquieta, no la voy a poder controlar.
Anuncio:
—Leí una estadística que afirma que en los años
bisiestos es cuando se producen más divorcios. Parece que son favorables para
volver a enamorarse. El año que viene es un año bisiesto.
Esta vez ni siquiera se molesta en mirarme o demostrar
su arrogancia. Se inclina y toma el diario. Giro la cabeza, a mi alrededor el
restorán está completo y el murmullo de las voces me envuelve como una frazada
caliente.
Comprendo que no puedo postergar más la revelación; ya
no hay nada que honrar o respetar. Lo que antes era verdad hace tiempo que se
parapetó detrás de las páginas del diario y solo muestra su coronilla con
remolinos ariscos.
Llegó el momento, la lengua se dispara como una flecha
envenenada. La dejo que alcance su blanco.
—Sin embargo, quedé fuera de las estadísticas: me
enamoré este año. Te dejo.
Noto que mi voz es un eco que retumba por encima de
las conversaciones ajenas. El silencio, que está sentado frente a mí, se
extiende al resto de la sala. Las páginas del diario se mueven como un telón
que se abre para un último acto. No alcanzo a verle los ojos porque una línea
de luz cae en el vidrio de los lentes, convirtiéndolos en espejos que me
reflejan.
Veo mi sonrisa y cómo las bifurcaciones de la lengua
vuelven a unirse. Siento que recupera su tamaño y se acurruca contra el
paladar, degustando el sabor a cicuta de la victoria.
© Mirella S.
— 2012 —
Muchas gracias a todos por los comentarios que me dejaron en el
post anterior.
Este relato es viejito, lo vuelvo a publicar porque estamos en
un año bisiesto.
Abrazos para todos.
lunes, 13 de enero de 2020
Deseos
martes, 17 de diciembre de 2019
Príncipe de Nochebuena
![]() |
| Arte digital de Sarolta Ban |
El señor Palma
mira el reloj: faltan quince minutos para que suenen las campanas de la iglesia
y exploten los petardos anunciando la Navidad.
La luna vulnera el
cielo con un resplandor de nieve; en la tierra el calor licúa las formas.
El señor Palma hace
sesenta años que no piensa en papá Noel, sin embargo, este año algo lo impulsa
a revivir las Nochebuenas de cuando era niño. En la vejez la memoria camina
hacia atrás, nota demasiados huecos oscuros e inventa, se dice.
Sentado en el
patio de su casita en los suburbios, no logra visualizar la de su infancia. Quizás
se parecía a la actual. La única imagen que se le presenta es la espesura de un
jardín, allí se ocultaba para sorprender al hombre gordo vestido de rojo que había
visto en las películas y que nunca cumplió con ninguno de los juguetes que él había
pedido. Solo le dejaba libros.
Durante las
primeras lecturas, se sentía una especie de náufrago que remaba en medio de
oleajes de palabras incomprensibles. Al crecer, esos libros que tanto lo habían
fastidiado, terminaron por atraparlo. Se hizo íntimo de los personajes y quiso
compartirlos con sus compañeros. Ellos reían y le daban la espalda para seguir
jugando con las figuritas o al metegol.
El señor Palma,
Nico en aquel entonces, regresaba a su cuarto con el libro bajo el brazo y
releía los párrafos más potentes de las aventuras de Huckleberry y Tom, ellos
sí eran valientes, osados, como el principito que venía del asteroide B 612, quien,
igual que Nico, buscaba un amigo. Se habían encontrado.
Después conoció
a Sandokán, intrépido en sus maniobras para recuperar el reino que le fuera
arrebatado. Con su personalidad tan vengativa, Nico solo podía temerlo.
Huck y Tom lo
acompañaron un tiempo, luego se alejó de las continuas travesuras que tramaban.
Él era un pibe tranquilo, se apoyaba más en sus ideas utópicas que en acciones.
Entonces volvía al principito, a tal punto que el libro terminó
descuajeringado, con hojas sueltas. Un día su madre hizo limpieza y
desapareció.
Las semillas de
sus palabras se asentaron en el planeta sin nombre de Nico, al cual viajaba en
los momentos solitarios. Un mundo que construía lentamente y que, de tanto en
tanto, se desmoronaba. Estaba hecho de sueños, ilusiones que poco tenían que
ver con la realidad. Memorizó pensamientos del libro, que florecieron en la
humedad de sus cuidados y consiguió afianzarlos en esa patria privada.
Él también tuvo
su rosa, con la vanidad y el orgullo de saberse amada, importante. Ya no está,
se ha marchitado antes que él y en los atardeceres la busca en su planeta, ahora
convertido en desierto. La rosa le dio pimpollos, que crecen y prosperan en
tierras más fértiles.
El señor Palma sacude
la cabeza y recuerda que es Nochebuena, que los vecinos de la izquierda se
fueron al mar y los de la derecha están en pleno festejo con sus numerosos
hijos que hacen estallar cohetes y cañitas voladoras. A él no le permitían
quedarse a esperar las doce. Aunque estaba medio dormido, su curiosidad era un
sensor que lo alertaba ante el mínimo ruidito, pero nunca había descubierto a
Papá Noel.
En la casa de al
lado, los chicos ríen, los escucha correr, llamarse unos a otros. De pronto,
cuando la última campanada de la iglesia se fusiona con el clamor de los fuegos
artificiales, algo oscuro, como un pájaro herido, traza un arco por encima de
la pared medianera y cae en su jardín.
El señor Palma
se levanta y se acerca al rosal estéril que se empecina en mantener. El objeto
volador quedó atrapado entre sus ramas. Es un libro. Lo toma y comprueba que es
viejo, con muchos subrayados. Lo cierra y con el índice dibuja cada letra del
título. El principito.
© Mirella S.
— 2019 —
¡Felices fiestas y hasta el año que viene!
Abrazos.
lunes, 9 de diciembre de 2019
Lo que no se dice
![]() |
| Pintura de Kim Nelson |
La casa donde vivo no me
gusta, tampoco sus habitantes, los miembros de mi familia: los Vitali. Ciertas
confesiones hay que guardarlas para una, padecerlas en silencio. No está bien
visto declarar que no te gustan tus parientes cercanos. Les agradezco la
educación, las necesidades básicas cubiertas, pero siguen sin gustarme, lo cual
no significa que no los quiera. No a todos.
El afecto, o esa turbulencia que
siento, está entramada con las más opuestas y oscuras emociones: desde la
rabia, el fastidio, hasta la compasión y la ternura. Por algunos de ellos mi
disposición es inclemente y tormentosa, por otros prevalecen más los sentimientos
benévolos.
La casa es centenaria,
pertenecía a mis bisabuelos. Es fea, detesto el olor de las bolitas de
naftalina que la abuela pone para disimular el de la humedad que brota de las
paredes. Con los sahumerios de mamá, la combinación es nauseabunda. Las
habitaciones dan a una galería. Allí nos desencontramos mis padres, mis dos
hermanos menores, mis abuelos paternos, los actuales dueños y la tía Mónica,
hermana de papá, viuda, sin hijos.
No es por presunción que digo
que la casa no me gusta, así como tampoco los Vitali. No los elegí, aunque hay
quien sostiene que nada es fortuito y que al encarnar nos toca una familia ya
determinada que nos ayudará para la evolución personal. No me consta, ellos suelen
conectarme con lo peor de mí. Algo que no soporto es su falsedad. A la hora de
la cena, también en la comida puede saborearse la hipocresía que flota en el
ambiente.
Con los abuelos y la tía
Mónica siempre tuve un trato mínimo; ahora que curso Bellas Artes por la noche
los veo apenas. Mamá y papá, juntos, crean un clima tenso, sofocante, pero si
estoy con ellos por separado es tolerable. Mamá a veces se me queda mirando y
es como si los ojos se le metiesen para adentro, se fuera a otra parte, hacia
atrás en el tiempo. Solo ella apoyó mi decisión de entrar en Bellas Artes. El
vínculo con papá es más complejo. No coincidimos en nada, reconozco que él se
esfuerza y yo hago lo que puedo; que no siguiera una carrera tradicional fue un
gran desencanto para él y no mejoró nuestra precaria relación.
La tía Mónica es un capítulo
aparte. Sin remordimientos puedo decir que la desprecio y ella siente lo mismo.
Es evidente que mamá le tiene miedo y Mónica la aborrece y la envidia. Mamá es
delgada, elegante, aún vestida así nomás. Mónica se mata en el gimnasio, vive a
dieta y su cuerpo es irrevocablemente cuadrado.
La ventaja de las casas tipo
chorizo como la nuestra es que Mónica y los abuelos están en los cuartos de
adelante, a continuación del comedor que da a la calle, mientras que el mío es
el último y me aparta un poco de esa atmósfera de disimulo. Ocupo también un
rincón en la piecita de arriba, donde guardan todo lo que deberían tirar. Allí
hago las artesanías que intento vender los fines de semana en Plaza Francia.
Los abuelos me ignoran con
diplomacia, en cambio, tienen debilidad por mis hermanos que, por su parte, se
pelean con estocadas sibilinas, típicas del estilo Vitali, de las cuales a
menudo ligo una porción.
En mi familia hay muchas cosas
ocultas, no dichas, por eso los mayores procuran asumir un aire de “somos una
familia bien avenida”, frase frecuente de la abuela, cuando en realidad se
puede percibir la ebullición de un caldo espeso, que cocina a fuego lento sus
ingredientes letales. Si se destapara la olla, el frágil equilibrio que
ostentan, se haría trizas.
Intuyo que estoy involucrada
en ese secreto y que la tía Mónica es la más propensa a vomitarlo, de allí que
los demás la traten con guantes de seda y le permitan que destile su veneno en
pequeñas dosis, para que no se intoxique ella misma.
Aprendí a moverme en ese
espacio usando la misma falsedad que ellos, como un torero, esquivando los
ataques encubiertos con sutiles movimientos de capa. Mi refugio es el cuartito
de arriba. A veces dejo la arcilla que modelo, mis ojos atraviesan los vidrios
y se van lejos, buscando los de mamá, en una dimensión amorosa, sin
ocultamientos ni simulacros. Allí la encuentro, con la sonrisa limpia de
tristezas, la piel distendida de los surcos de culpas pretéritas que está
pagando y seguirá debiendo mientras viva con los Vitali.
Sin embargo, lo que no se dice
se irá ordenando geométricamente en un gesto, en la ira que sombrea los ojos,
la palabra que se escapa hoy, a la que se añadirá otra, susurrada mañana, una
mueca de desprecio o la lágrima cautelosa. La simulación es como una máscara de
cera que se ablanda, se deforma y gotea el odio acumulado.
Un día Mónica estallará. En su
crueldad, seremos humilladas, mamá y yo. Ella agachará la cabeza, los Vitali,
ya sin disimulos, me mirarán como la extraña que siempre fui para ellos. Papá
con el horror de un antiguo presentimiento que se confirma.
© Mirella S.
— 2019 —
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