Había sido trabajo limpio, apenas una semana. Sin
planificarlo, tirando de inspiración. Todos los personajes encajaban como las
piezas del puzle tantas veces repetido. Sabía cómo daba comienzo y, sobre todo,
cómo terminaría. Ya lo había hecho antes, la música de la creación; una trama
sencilla que se iría destejiendo con el tiempo. Dejó el burbon sobre la mesa y
se abandonó al ritmo en ese último respiro antes de dar inicio al nuevo ciclo.
Como en anteriores ocasiones, había pasado del Blues al Jazz y del aroma
afrutado de un gran reserva a la amargura del más delicado brandy.
Seguía sin estar satisfecho con su
obra, se exigía más. Podía hacerlo mejor y su propia inconstancia era el sello
de calidad. Moriría de aburrimiento si el prólogo fuera un calco de los
anteriores. Era su peor crítico y, a la vez, el único.
Se puso de nuevo las gafas negras. El
gran resplandor había terminado por resultarle molesto. Era demasiado tarde
para introducir variaciones en ese modelo. Ya estaba registrado y, sin embargo,
ya pensaba en las posibilidades que el libre albedrío podía introducir en su
próximo encargo. Con un gesto de disgusto, pulsó el mando a distancia para
cambiar el disco. Aquella versión de Jimi Hendrix, la duodécimo tercera desde
que introdujera la psicodelia, le resultaba cansina.
Al fin y al cabo, tenía la suficiente
experiencia como para saber que, a la larga, iba a dejar de gustarle y tarde o
temprano, por mucho que le jodiera, sería la última vez que, al séptimo día,
descansara.

















