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viernes, 21 de mayo de 2010

Esto no es





El día de su boda, justo antes de entrar a la iglesia, Jesús Reyes recibió de manos del párroco una servilleta con una breve nota:


No puedo casarme contigo. Ser tu esposa me haría una mujer miserable. Intentaría explicarte más, pero eres inflexible ante cualquier razón que peque de no ser la tuya. ¡Buena suerte!
A.


El hombre dobló la servilleta con todo cuidado, la metió en el bolsillo interior de su saco e inalterado pasó al altar para avisar a los asistentes la cancelación de la boda.

Jesús se despidió rápidamente de su familia sin mostrar la más mínima señal de asombro y tomó un taxi a su departamento. Abrió la puerta, se cambió y colgó su traje de bodas, se preparó un café, se sentó en el comedor, desdobló la servilleta con más cuidado y la leyó una y otra y otra vez.

Él no podía ser un hombre inflexible e irracional. Él no podía hacer miserable a la mujer que pensaba amar. Él no podía ser la causa de la huida de su casi esposa. Él no podía... Pero la carta decía todo lo contrario. ¡La maldita carta! ¿Cómo podría deshacerse de sus palabras?

Ingeniero de profesión y supuesto poeta por frustración, Jesús llegó a una sencilla conclusión: tendría que invalidar las breves líneas de A. antes que estas terminaran por aplastarlo. Pero los argumentos de la carta no parecían ser ilógicos y tampoco inválidos para cualquier otro lector. Todo en esa servilleta parecía estar en su lugar, todo parecía ser cierto, pero no lo era. Debe haber alguna manera, se decía incansablemente, ¡debe haber alguna falla!

Por semanas, Jesús se rodeó de diccionarios, enciclopedias y teorías de la escritura. Buscó los significados y las derivaciones de miserable, inflexible, razón y otras tantas palabras, intentando encontrar una contradicción que no existía. Buscó verbos mal conjugados, verboides, sujetos directos e indirectos que no pertenecieran a la oración. Buscó adverbios, sustantivos y conectores fuera de lugar. Buscó todo y encontró nada.

Un mes dedicó el hombre a la invalidación de la malvada nota, y cada noche sin respuesta la pequeña servilleta desdoblada sobre la mesa del comedor pesaba más y más sobre su alma.

Una noche, mientras Jesús consideraba las bondades de diluir un poco de arsénico en su café matutino, la respuesta llegó a su mente. El hombre corrió al librero en una esquina del departamento, sacó un libro más que viejo y lo leyó toda la noche, hasta encontrar el fragmento deseado. Entonces, cerró el libro, caminó hasta la mesa del comedor, tomó la servilleta, la leyó una vez más, hizo una rápida cuenta y respiró aliviado.

La nota tenía tres líneas, sólo tres. De acuerdo con la teoría que Jesús leyó aquella mañana - y que nadie más conoce, recuerda o parece haber atendido - cualquier argumento que desee ser sostenible debe tener por lo menos cuatro líneas, aunque idealmente deben ser ocho. El texto también debe componerse por cinco o seis oraciones, con un máximo de catorce palabras cada una. De lo contrario el argumento no era un argumento.

Él no era un hombre un hombre inflexible e irracional. Él no podría hacer miserable a la mujer que pensaba amar. Él no había sido responsable de la huida de su casi esposa. La nota era falsa, insostenible, injustificable y además, toda una falta gramatical.

Sonriente y campante, Jesús arrugó la servilleta y la tiró al bote de basura más cercano. Después, guardó todos sus libros y se alistó para ir a trabajar y presumir su gran hazaña a todo el que cruzara por su camino.

- Esto no es un párrafo.

viernes, 2 de abril de 2010

Venganzas





Todo comenzó cuando era niño; debí tener siete años cuando ella me mordió. No recuerdo el dolor pero puedo asegurar que era horrible y ella era aún peor: Roja, enorme, de cabeza ancha, tenazas malévolas y sonrisa cínica. La desgraciada huyó y jamás pude atraparla.

Inicié con mi venganza. Me senté horas frente a la salida de su colonia, observándolas, estudiándolas, evaluando las estrategias más efectivas. Aprendí a esperar pacientemente, a dejar que la ira se añeje y pensar con la mente fría: Desarrollé un plan de ataque.

Entonces decidí comenzar el exterminio. Cada día rapté a una de ellas y la torturé hasta acabarla. Le arranqué una a una las antenas y las patas, la ahogué en cloro, la quemé lentamente con un encendedor o le quité la cabeza para que corriera sin sentido por unos segundos. Pero al poco tiempo entendí que a ese paso jamás lograría aniquilar a todas. Entonces aceleré el plan: Envenenamiento masivo patrocinado por mi madre bajo el pretexto de proteger el jardín.

¡Había vecido! Por fin pude descansar...

Nunca le conté a nadie. Incluso entonces sabía que eso no era bien visto, que nadie entendería. Imaginaba que me señalaría y se burlarían o se alejarían de mí con miedo porque yo hice lo que los demás sólo se atrevían a pensar. Decidí que era mejor no admitirlo; no compartí con nadie lo bien que se sentía.

Crecí y olvidé, por lo menos hasta hace un año. Volví a ver ese cuerpo rojo brillante, esa cabeza enorme, esas tenazas diabólicas, esa sonrisa sádica: podría jurar que era la misma de hace treinta años. No pude esperar. Caminé a toda prisa y la aplasté.

Ese fue sólo el inicio. Comencé a ver las tenazas enemigas en todas partes, tuve miedo, terror de las mordidas. Me quedó claro que la guerra no había acabado, los ataques seguirían sucediendo a menos que me encargará de ponerle un fin.

En una estrategia preventiva comencé a envenenar colonias de hormigas en donde quiera que las encontrara; imaginé que era mejor matarlas a todas antes que tuvieran la oportunidad de encajarme sus tenazas. Pronto mis ansias crecieron y transferí mi miedo a todos los insectos que pude encontrar.

Enloquecí, seguramente, pero era un loco inofensivo. Si lo piensa usted bien podrá darse cuenta que hasta beneficiaba a mi comunidad entera con un servicio de exterminio de plagas como ningún otro.

Cada día que pasaba, cada colonia que destruía, cada animal que caía muerto ante mi veneno me daba una sensación se seguridad y poder impresionante: Comenzaba a sentir que estaba a salvo. Por supuesto, mi sensación de estabilidad era falsa y mi obsesión me cegó por lo que jamás pude ver de dónde vendría el próximo ataque.

Fue esa niña la que me trajo aquí. A diferencia de las hormigas su apariencia era inofensiva, su piel era blanca, su cabeza perfectamente proporcionada, su cabello rizado y su sonrisa aparentemente inocente. En ningún momento imaginé la especie de demonio que era esa pequeña.

Primero sonreía tímidamente y se escondía, después saludó con la mano, después se acercó poco a poco, aún conservaba la timidez y cuando llegó a donde yo estaba le extendí mi mano en señal de amistad. Entonces atacó. Una mordida en el antebrazo, rápida, certera, profunda, seguida de una risa diabólica mientras corría hacia su madre quien ni siquiera se tomó la molestia de disculparse.

Por supuesto que la seguí a su casa ese día y la observé por una semana más. Aprendí sus movimientos y los de su familia, memoricé sus horarios y costumbres. Esperé pacientemente, añejé la ira y con la mente fría desarrollé un plan de ataque.

El veneno habría sido una muerte justa, acorde con su especie, pero los niños de hoy saben que no deben aceptar dulces de extraños; era simplemente imposible hacerlo. El cloro, el encendedor y el desmembramiento también eran métodos demasiado complejos para el tamaño de este insecto...

Tuve que idear un plan más sencillo, más clásico y trillado pero no por eso menos efectivo: La asfixié. La rapté una tarde que los padres no estaban, la llevé a mi casa, le amarré las manos, le puse una bolsa en la cabeza y la cerré en su cuello y la vi correr sin rumbo, llorando, gritando, retorciéndose cada vez con menos fuerza hasta que dejó de respirar.

Después me entregué y confesé mi supuesto crimen. No lo hice porque me sentí culpable, al contrario, me siento orgulloso y pleno: Sé que no gané la guerra, pero esta batalla fue suficiente triunfo para mi vida entera.

La verdad, merezco reconocimiento pero sé, como cuando tenía siete años, que no se me dará. Sé que seré repudiado, sé que seré temido, sé que todos se aterrorizarán porque yo hice lo que otros sólo piensan hacer, sé que usted me condenará, me dará la pena más alta posible y aún así pensará que no hizo suficiente para castigarme.

Sí, señor juez, sé que nadie entenderá. No puedes entender si no te han mordido.

viernes, 19 de febrero de 2010

La carne


En algún momento de la noche del 11 de junio de 1981 dejé de ser humano. Tal vez mi humanidad desapareció durante el disparo, o el primer corte, la primera mordida, el primer platillo; o quizás fue mucho antes, con la taza de té, el whisky, la maleta o cualquier acción que haya desatado el resto de mi plan.

Alguna vez dije que la amaba y que por eso hice lo que hice. Mentí. Sólo la deseaba, la quería. Si la hubiese amado, si la hubiese besado, si hubiese hablado con ella un día más no podría haber seguido con mi plan. Aunque Renée era especial, cierto: con ella jale el gatillo y mordí. Antes había intentado realizar mi fantasía con alguna prostituta francesa. Cada noche una mujer diferente se dirigía al bidé y yo pensaba en pararme a sus espaldas y disparar, terminar con su vida y servir la cena. Más de alguna vez llegué a sacar la pistola pero nunca disparé. En el fondo, detestaba la frialdad de todas esas mujeres. Renée era cálida, amable, inteligente, incluso parecía que le agradaba. Renée merecía ser comida.

Entonces la invité a tomar el té y le disparé. Antes puse un poco de whisky en su té y le declaré mi amor. Antes grabé en secreto nuestra última conversación. Antes compré una maleta y un cuchillo eléctrico. Antes hojeé un recetario. Antes la vi lavarse las manos de espaldas en mi baño y supe que debía comerla. Antes mi padre me mandó a estudiar a París y negó las recomendaciones de mi psiquiatra. Antes pasaron muchas cosas que llevaron a esa noche, a ese disparo y a todo lo que siguió.

I can feel it in the air
Feel it up above
Feel the tension everywhere
There is too mucho blood

Quisiera recordar con exactitud el resto de la noche, pero mis memorias de Renée son desordenadas y errantes; son impulsos, temblores que de pronto regresan y atacan: El cuchillo deslizándose por la punta de su nariz, mis dientes intentando penetrar su piel, la grasa que parecía maíz saliendo de sus nalgas, el sabor de su lengua y sus ojos, el placer que sentí al morder y desgarrar el interior de su clítoris, su olor mientras dormía a mi lado esa noche.

Por un momento tuve todo lo que quise desde que tenía seis años y observaba los muslos de mis compañeros con hambre. Por sólo una noche dejé de ser humano y fui feliz.

Al día siguiente tuve que lidiar con la realidad, con las nuevas restricciones, con nuevos deseos que no podría cumplir. Deseos como tenerla conmigo para siempre, que jamás se terminara su carne, que jamás se pudriera, que jamás tuviese que deshacerme de ella.

Después vinieron nuevos deseos que no podría cumplir como ser enjuiciado y declarado culpable, no demente; ir a la cárcel o a la silla eléctrica y no a un hospital psiquiátrico por tres años, pasar el resto de mis días en Francia y no haber sido extraditado gracias a las influencias de mi padre, ser un completo desconocido y no un ícono cultural que publica dos libros por año, recibir un castigo menor a vivir en supuesta libertad, siendo juzgado por todos, condenado por todos, todos los días.

Y mi mayor deseo es morir. Quiero ser asesinado por otra mujer, quizás hermosa, quizás mitad judia, como Renée. Una muerte así no sólo sería justa, sería placentera. Por unos momentos más no habría límites, sólo impulsos. Por una noche más dejaría de ser humano y después dejaría de existir.

Pretty ladies, don't despair
There's still so much love


domingo, 7 de febrero de 2010

Tres sesenta y nueves que no viviré



1169.- Leonor de Alquitrán me parece una mujer más que interesante: A los quince años se convirtió en la mujer más rica toda Europa, se casó con dos reyes y fue reina de Francia e Inglaterra, tuvo diez hijos y vivió más tiempo que ocho de ellos, estuvo detrás de dos Cruzadas, envenenó a las amantes de su marido, decidió apoyar a uno de sus engendros en una revuelta para derrocar a Enrique II del poder y por eso fue enviada a prisión por dieciséis años donde esperó pacientemente la muerte de su marido y su retorno a la gloria y el poder como Reina Madre de Inglaterra.

Lo más intrigante acerca de esta mujer es sin duda su estancia en Poitiers en 1169 donde se rumora estableció las famosas Cortes del Amor. Leonor de Alquitrán creía y profesaba las virtudes del cortejo, la seducción y en sí, el courtly love - que, desde entonces aseguraba, nada tenían que ver con el contrato social y económico del matrimonio -. Además, Leonor decidió que el amor podía reglamentarse y los problemas de los enamorados podían resolverse a través de juicios, donde un grupo de hombres y mujeres analizarían cada caso y dictarían una solución legal a los dramas románticos de los involucrados: las Cortes del Amor.

La existencia de tales cortes ha sido muy debatida y jamás se ha comprobado. En realidad, poco importa si todo esto es verdad o mentira: La idea de Leonor de Alquitrán es por demás inteligente y admirable; es una lástima que los estadounidenses hayan decidido, unos cuantos siglos después, corromper la idea y convertirla en un asqueroso producto televisivo antecesor de los reality shows.

1969 .- Más allá de Nixon, la guerra de Vietnam o el último concierto de los Beatles, lo que me habría interesado presenciar este año es la primera representación pública de 'Breath' de Samuel Beckett.

El escritor - que ese mismo año recibiría el Nobel de Literatura - decidió en algún viaje ácido oalgoparecido escribir una obra teatral que durara entre 25 y 35 segundos, sin ningún diálogo o actor en escena y compuesta únicamente por luces que cambian de intensidad, berridos de un recién nacido y el sonido amplificado de una respiración.

Esta reverenda mamada tuvo más de mil representaciones en Estados Unidos y fue vista por 84 millones de personas. A pesar de su corta duración, se calcula que la mitad de los asistentes fueron regañados por sus esposas por haberse quedado dormidos a la mitad de la obra.

2069.- No me parece muy atractivo vivir más allá de los 75 años: eso de olvidar hasta mi nombre, dormir todo el día, usar pañal y renegar de la degenerada juventud ya lo hago actualmente y creo que mi rutina perdería su encanto si la repito por más de 50 años.

Para el 2069 ya planeo estar muerto y bien podrido, por lo que quizás nunca llegue a ver el día en que vivamos como los Supersónicos. Qué lástima, siempre quise tener una Robotina.

viernes, 15 de enero de 2010

La otra señora Madero.



Esperar me desespera. No tengo tiempo o paciencia para pasar veinte minutos sentado en la esquina de un café de cuarta esperando a la ex amante de mi padre... ¿Ex amante? No me gusta el término, no estoy seguro si es correcto, si va de acuerdo con la situación. ¿Cómo pedirá ella que le llamen? ¿La dueña de la casa chica? ¿La otra señora de Madero? ¿La puta rompe-hogares? No, seguro eso no. ¿Cuál es el término correcto para nombrar a la mujer que tu progenitor se tiró en relativo secreto por quince años?

¿Y dónde diablos está? El mesero da y da vueltas - según él - discretamente a ver si se me ocurre ordenar algo o largarme. Seguro piensa que soy uno de esos fenómenos solteros a los treinta y seis años que hace citas por internet y a quien regularmente dejan plantado. Quizás piense peor, quizás vio el anillo en mi dedo y por mi actitud sospechosa infiere que he arreglado una cita con mi secretaria o alguna proveedora con tetas más firmes y diez años menos que mi esposa; seguro piensa que soy como mi padre. O quizás no piensa nada de mí, ¿por qué habría de resultarle interesante? Soy sólo otro cliente casual, con una vida común, incluso aburrida; soy como mi padre: poco interesante.

Es que el señor Madero es de esos hombres que se mueven por inercia, porque no hay más qué hacer. Nunca me he molestado en preguntar, pero seguro conoció a mi madre por error, la pretendió y se casó con ella sólo porque sí, no estudió una carrera y comenzó su propio negocio porque era lo que todo el mundo hacía, tuvo hijos a los que nunca prestó atención porque en aquellos tiempos eso era aún un deber matrimonial y tuvo un amorío porque en aquel entonces eso era aún un deber masculino.

Mi padre es un hombre errado, de pocas virtudes y menos voluntad para exaltarlas. Un hombre con logros, cierto, pero estos parecen ser meros golpes de suerte y no resultado de algún esfuerzo. Porque él nunca se ha esforzado por nada, nunca le ha importado nada realmente.

Aún me pregunto cómo un hombre así logró hacer crecer tan exitosamente su empresa. Apuesto que fueron una serie de coincidencias que se alinearon a su favor y le hicieron creer, por unos treinta años, que él era un hombre exitoso con una vida envidiable: El empresario del pegamento que vivía despegado de todo.

– Hoy vino una mujer a la casa. Dijo que vivió con tu papá más de quince años y que necesitaba verte, que necesitaba hablar contigo.

Hasta ayer mi padre jamás me importó mucho; me parecía un hombre plano, tibio, aburrido, con quien compartía la mesa sólo en navidad y cuyo existir poco valía conocer. Pero ayer con la visita de esta otra señora mi interés hacia la vida y obra secreta del señor Madero creció.

Nunca creí que mi padre fuera capaz de engañar a su esposa por veinte años. Siempre pensé que no tenía la energía o la voluntad para llevar una vida secreta, doble; apenas parecía poder con las responsabilidades de ser un hombre medio recto. Nunca pensé que anhelara más.

Imagino que se conocieron en el trabajo, también por error, según recuerdo mi padre odia los bares y las fiestas. Seguro ella fue quien dio el primer paso. Seguro comenzó como algo muy inocente. Seguro fue un asunto casual la primera, la segunda, la tercera vez y todas las veces necesarias hasta que dejó de serlo. Seguro ella fue la primera en enamorarse y procurar que él se enculara. Seguro él ni cuenta se dio de lo que estaba sucediendo, sólo despertó algún día para darse cuenta que estaba jugando a la casita en dos hogares distintos. Seguro entonces no supo cómo huir y por eso se quedó. Seguro estoy asumiendo puras pendejadas.

¿Por qué tarda tanto? La verdad, es que quiero conocerla, hasta me emociona saber quién es. Si dejamos al lado el discurso que la condena culpable de acabar con matrimonios, romper hogares y ser la vergüenza del feminismo, conocer a la amante de papi puede ser toda una experiencia. Además, a ella podré preguntarle a destajo todo aquello sobre lo que jamás podría cuestionar a mi madre: ¿Qué puede resultar atractivo de un hombre tan muerto, al que nada le parece relevante o apasionante? ¿Es el dinero? ¿Es por piedad? ¿Es baja autoestima? ¿Es que coge tan bien?

Mis pensamientos los interrumpe una falda azul marino de poliéster a la rodilla. La falda viene acompañada de un blusa beige - de poliéster, por supuesto -  tan deslavada que se transparenta y deja ver un brassiere sucio, usado, con la varilla a punto de salirse. Hay también un par de medias frente a demasiado blancas y rasgadas en la pierna derecha, donde uno puede apreciar perfectamente la espantosa diferencia de tonos entre la prenda y la piel. Como si no fuera suficiente, al final de las medias hay unos mocasines negros raspados de las puntas, doblados de todas partes y seguramente con más de un agujero en la suela.

Lo peor de todo el atuendo es la mujer que lo lleva puesto: Cabello rizado, opaco y desordenado, ojos demasiado pequeños, nariz demasiado chata, labios demasiado delgados que no sonríen, arrugas por doquier, manos viejas y acalladas, uñas maltratadas, un aire general de cansancio y hastío y una espalda erguida de más, como queriendo tomar una pose que nunca le ha correspondido. Creo que prefiero al mesero anterior, ese de menos tenía la cortesía de mantener su fealdad a distancias apropiadas de mi mesa.

La mujer se sentó frente a mí, sin saludar o cumplir con cualquier otra norma de cortesía.

- Soy la...

- La otra señora Madero. - Me burlé. No valía la pena indignarse ante semejante sorpresa ya; es mejor sonreír con cinismo y mirarla, esperando que tenga el valor de continuar.

– Tienes dos hermanas, no creo que quieras saber sus nombres. Su papá, tu papá, tiene mucho sin darnos dinero, no tenemos nada más que deudas y necesitamos sobrevivir.

Me desagrada la franqueza con la que habla no estamos acostumbrados a tratar los asuntos familiares así, sin rodeos. ¡Somos tapatíos después de todo! Sus palabras me parecen afiladas, demasiado directas y su petición (nada) implícita resulta grosera, vulgar incluso, como ella. Porque ella es una mujer vulgar, se nota a leguas, vulgar y descuidada: el tipo de mujer a quien los maridos engañan no con quien los maridos engañan. He dejado de preguntarme qué pudo haber visto ella en mi padre, ahora me preguntó qué veía mi padre en ella.

– ¿Y por qué me dices esto a mí?

– Tú tienes dinero. Yo sé que él ya no tiene nada, sé del fraude. – Ella sabe del fraude, pero yo no sé nada de eso. Yo sólo sé del negocio quebrado, las llamadas de los bancos, la venta de casi todo lo que mi familia alguna vez tuvo y mi padre encerrado en su cuarto, más aislado y fracasado que nunca. Pero hasta hace dos segundos no sabía que a papi lo buscaba Hacienda. Lo bueno de pertenecer a mi familia es que aprendes a disimular indiferencia antes de siquiera saber hablar – Sé que él perdió todo lo que tenía y sé que nadie ha sabido nada de él desde que cerró la fábrica. Ni yo… No tengo ya cómo comunicarme con él, por eso vine contigo. Yo sé que tú tienes dinero y que tú puedes ayudarme, ayudarnos. Ellas son tus hermanas, son parte de tu familia.

– No. No lo son. – La interrumpí bastante irritado.

– Eres igualito a tu papá. - Me dijo sonriendo por primera vez.

No dijo nada más, se quedó sentada, mirándome como si supiera cuánto me puede molestar eso. Sus ojos no se separan de mí, no parecen decir nada, parece que preguntan, indagan, excavan y buscan algún secreto, algún miedo que se pueda usar en mi contra. Desvío la mirada pero ella me sigue, por lo visto no es posible huir de ella.

Quiero desaparecer. Mejor, quiero que ella desaparezca: que se vaya con su falda de políester, sus medias rasgadas, sus uñas sucias, su cabello reseco y sus dientes manchados. Quiero que se vaya y se lleve con ellas a sus hijas, mis hermanas, sus frases afiladas, sus peticiones vulgares y sobre todo deseo que se llevo consigo su "eres igualito a tu papá".

– Tal vez puedo ayudarte.

Si ella quiere dinero, le daré dinero, bastante, el suficiente para que se marche de la ciudad, haga su vida lejos de nuestra familia y jamás intente comunicarse de nuevo conmigo. Esas son las condiciones: mi madre, mis hermanos y mis hijos jamás se enterarán del amorío; ella desaparecerá y yo eventualmente la olvidaré, olvidaré todo y continuaré mi vida sin pensar en la mujer vulgar de las medias blancas y sus hijas, que se hacen llamar mis hermanas. Ella se resiste a la oferta, pero la piensa por poco tiempo y termina aceptando. Acordamos que le daría suficiente dinero para marcharse de la ciudad y terminaría el pago una vez que me asegurara de que ellas se encontraban a una distancia prudente para olvidarlas.

– ¿Y si él vuelve? ¿Y si alguna vez pregunta por nosotros? ¿Le dirás dónde estamos?

– Créeme, no preguntará por ti.

– En serio sí eres igualito a tu papá. – Dijo de nuevo, sonríendo.

– No lo soy. Yo me escogería una mejor amante.

Dicen que todo niño crece de dos maneras: intentando ser como su padre o deseando no serlo. Dicen también que cualquiera de estos niños terminarán necesitando terapia: los primeros por no poder dar la talla de hombres tan ejemplares y los segundos para reafirmar que aquel que ven en el espejo no es el hombre distante, desobligado y fracasado que los crió.

Yo crecí esperando jamás ser como mi padre. Por eso me paro y salgo del café sin despedirme de la otra señora Madero, me subo al carro rápidamente y en todo el camino a casa evito verme en el retrovisor. No quiero descubrir a mi padre en el reflejo.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Fantasmas



Madame Bovary descansa al pie de mi cama esperando que yo termine de hojear por enésima vez un número viejo de Esquire. Fanny y Alexander pierden gradualmente la esperanza de que algún día prefiera terminar de ver su historia a repetir incansablemente la segunda temporada de Grey’s Anatomy. En situaciones similares se encuentran el Quijote, y Pip, y Marcello de La Dolce Vita, y muchos, muchos otros que ya han desaparecido de mi lista mental de pendientes eternos. No es que no disfrute su presencia, o que me aburran sus conversaciones, o que encuentre sus historias complicadas e incoherentes. Es simplemente que soy otro fiel creyente de los productos light.

Al igual que tú, encuentro en la ligereza un alivio constante a todos mis problemas. Un refresco bajo en calorías, un pie de limón que no acabe anclándose a mis caderas, una casa nueva pagada a cómodas y eternas mensualidades, una lista de consejos para cuidar el medio ambiente sin sacrificar mi estilo de vida, un blow job en un baño público sin preguntar nombres: ¡Lo quiero todo, lo quiero ahora y lo quiero endulzado con Splenda! Y si nada de esto funciona programaré una micro liposucción el lunes durante mi hora de comida. Quiero todos los placeres y beneficios inmediatos, sin batallas, sin complicaciones y sobre todo, sin consecuencias.

Que mi vida es ya demasiado complicada como para agregar las pretensiones culturales de un irlandés anti social y ensimismado que no sabía poner puntos y comas en sus novelas. Que mi concepción del mundo está demasiado revuelta y no necesito sumarle las masturbaciones mentales de China Adams. Que estoy constantemente confundido y abrumado y no pensar siempre es más fácil que pensar.

No es que sea idiota e ignorante. Soy inteligente e informado, leído y escribido, con el capital cultural suficiente para descifrar, comprender e incluso aplicar todo aquello que francamente me da hueva. Ése es precisamente el problema. Mientras más leo más me falta por leer. Mientras más estudio más entiendo que la educación no sirve de nada. Mientras más sé más comprendo que nunca sabré nada. Y mientras más hago más me resigno a que no hay nada por hacer.

No creas que esto lo admito muy tranquilo y sin penas, mi desencanto me causa conflicto interno y por eso escribo de ello. Pero por más batallas existenciales que tenga sospecho que siempre llegaré a la misma conclusión: "Soy quien soy, no hay nada que pueda hacer al respecto", como recitaba religiosamente John Malkovich casi al final de Dangerous Liaisons.

Hay demócratas de la cultura – o demócratas en general – que se atreven a declarar que cualquier persona tiene en su andar diario constante acceso a todos los códigos, símbolos y elementos necesarios para entender cualquier producto cultural. Estas personas parten de la idea mencionada al principio y declaran que si Le Monde es igual al ¡Hola! y una pintura de Picasso equivale al último anuncio publicitario de HP, entonces todos los seres coexistentes en una misma sociedad comparten exactamente el mismo capital cultural sin importar sus diferencias sociales, educacionales, económicas o políticas.

Le llaman al fenómeno Literatura Fantasma y declaran que ésta hace que tú, yo y el pordiosero que vaga por las vías del tren vestido de mujer seamos igual de capaces de leer y comprender la Breve Historia del Tiempo pues hemos sido sometidos a los mismos estímulos culturales en nuestra vida diaria. Si se piensa bien la idea es condescendiente y aberrante.

No digo que el vagabundo travesti sea idiota y no pueda captar o procesar lo que sucede a su alrededor. Tampoco digo que sus circunstancias socioeconómicas se lo impidan - aunque en realidad, esto tiene mucho que ver –. Es que simplemente nuestro desconocido vagabundo ha aprendido a ver el mundo desde cierta perspectiva que se ha formado a través y gracias a su estilo de vida. Esta perspectiva no incluye a Godard, o a Kerouac, o a Schiele y no tiene por qué hacerlo. Probablemente él ha estado tan expuesto a los estímulos necesarios para desarrollar una atracción por la literatura y las artes como yo lo he estado a los que me convertirían en un excelso ingeniero bioquímico o un afamado futbolista; sin embargo, hemos ignorado esos estímulos y hemos reaccionado ante aquellos que por una u otra razón estamos condicionados a responder.

Cualidades físicas, coeficiente intelectual, educación, estado de salud, inteligencia emocional, familia, amigos, escuela, vecindarios, género y una infinita cantidad de factores que reunidos y combinados crean las condiciones de nuestro contexto y nuestra parcialidad. Muchos de estos factores son biológicos, químicos, neurológicos, producto de la naturaleza o de noséqué ser místico fuera de nuestro alcance, pero la gran mayoría son elementos sociales, producto de nosotros mismos y la interacción que tenemos con aquello(s) que nos rodea(n).

Y si yo tengo probada influencia en todo mi derredor, tengo también probada responsabilidad sobre ello. Mis decisiones de vida, conscientes e inconscientes, han dado forma no sólo a lo que soy si no a lo que los demás son. Por lo tanto, que Estela esté lavando baños en la casa de alguna familia de nuevo dinero para pagar las terapias de recuperación de su marido y la comida de sus cincuenta y cuatro chamacos es en parte mi responsabilidad. Si yo estoy escribiendo esta serie de bestialidades para aprobar un curso de mi sobrevaluada educación universitaria es porque tuve la oportunidad de poder ingresar y cubrir el costo de esta sobrevaluada educación universitaria; y esa oportunidad no salió de la nada, si yo la tengo es porque alguien más no la tuvo, alguien más podría estar en mi lugar en este momento, alguien que jamás conoceré pero a quien ya afecté con mi mera existencia.

De ahí viene la Literatura Fantasma: el concepto redentor de todos los males que yo y los otros niños ricos, cultos y mimados hemos infringido en el mundo.

Debemos hacer extensivos los códigos y lenguajes de la alta cultura, pretender que están al alcance de cualquiera y que aprovecharlos o no es una decisión individual. Debemos abrir el arte a todos, hacerlo accesible al pueblo, tirar perlas a los puercos y después quejarnos de que no saben apreciarlas. Debemos adaptar el reino de Hamlet al mundo de la piratería mexicana e ir a montar la tragedia en versión clown a la explanada del mercado local más cercano para tranquilizar nuestras consciencias cuando el público se retire extrañado pues no sabe si debe ser o no ser.

El vulgo no puede ser educado. Los plebeyos no desarrollarán jamás sentido artístico. La alta cultura nunca llegará a los barrios bajos. Pero el intento se hizo. Porque en estos días todo es intento. Intención, pretensión, simulacro, antesala, promesa, posibilidad sin realizar: herencia de nuestra cultura light, que podría dejar de ser ligera.

Yo podría tirar mi Esquire a la basura y terminar de leer Madame Bovary para aprovechar a pleno las conflictivas ventajas de ser un beneficiado por la sociedad, pero me basta con saber que tengo a la adúltera dama a mi alcance cuando lo desee. Podría dejar de consumir los productos masivos de los que tanto me estoy quejando y buscar el fondo, la gravedad y el significado en todo, pero me basta saber que tengo el capital cultural suficiente para descifrar a Shakespeare como descifro a JJ Abrams. Podría dejar de quejarme y realmente hacer algo para cambiar este contexto social que tanto me confunde, pero me basta con engañarme y decir que este escrito es capaz de hacer una diferencia. Podría incluso hacer un mucho mejor texto que éste, pero me basta vivir con el fantasma de lo que nunca pasará.

Y no es mi culpa, ¡es de Sony Entertainment Television!

viernes, 23 de octubre de 2009

Lo pequeño


Anoche me di cuenta que sonríes mientras duermes. Fue una coincidencia, casi un error: te vi de reojo buscando el reloj justo en el momento en que tus labios se encorvaron por sólo unos segundos. La imagen me pareció terrible y conmovedora. Tuve que quedarme despierto, observándote, esperando que lo hicieras de nuevo sólo para verificar mi visión. Y lo hiciste. Sonreíste un par de veces más, quizás para torturarme.

Hasta ayer podía presumir conocer todos tus gestos y sus significados a la perfección. Sé que recorres tu cabello por detrás de tu oreja cuando algo te interesa o te intriga. Sé que ladeas tu cabeza ligeramente a la derecha cuando una plática te ha aburrido. Sé que empiezas a tronar tus dedos cuando intentas esconder algún secreto. Y sé que sólo cruzas tus piernas cuando te sientes segura, en completo dominio de la situación. También conozco de memoria todas tus sonrisas, o por lo menos creía saber de todas. Después de unos años de vida en conjunto se empieza a presumir que se está consciente de todo lo que el otro es y hace, no queda más por descubrir, no queda nada más que la monotonía y quizás la comodidad de creer saber a la perfección quién duerme a tu lado. Hasta ayer yo pensaba conocer todo sobre ti. Hasta ayer...

Tu sonrisa de anoche era tan diferente que parecía no ser parte de tu rostro. Por un momento te desconocí, dudé si compartía la cama con la misma persona de todas las madrugadas. Sí eras tú y al mismo tiempo eras otra. Bajo cualquier otra circunstancia podría haber asegurado que estabas fingiendo el gesto, que te ponías otra de tus tantas máscaras para engañar a alguien. Sin embargo, tu sonrisa fue involuntaria, espontánea y, sobre todo, discreta. Las sonrisas discretas son generalmente puras, transparentes: no intentan ocultar nada porque no parecen siquiera imaginar la existencia de los secretos. Tu sonrisa era franca, es lo único que puedo decir sobre ella; lo demás sigo sin poderlo imaginar.

Todo el día me ha torturado tu imagen dormida y ahora no me permite cerrar los ojos de nuevo. Debo verla, debo descubrirla una y otra vez, debo entender qué significa. Debo saber qué quieres decir. Estoy inquieto, emocionado, perturbado y temeroso por primera vez en mucho tiempo y tú ni siquiera te das cuenta. ¿O sí te das cuenta? ¿O has ensayado esta misteriosa sonrisa por años mientras dormías esperando alguna noche intrigarme con ella? ¿Has planeado y puesto en marcha esta novedosa estrategia para inspirar mi desesperación y mi deseo? ¿Te alegra saber que en este momento posees tanto poder sobre mí?

Tus piernas no están cruzadas, quizás no creas tener el control de la situación. O quizás el resto de tus gestos, el resto de tus sonrisas han sido falsas, todos ellos trazados para engañarme, para hacerme creer que te conocía, para hastiarme con lo mismo y de pronto, un día sorprenderme con la persona que nunca fuiste frente a mí. No. No serías capaz de armar semejante charada, te sentirías mal por engañarme. La sinceridad siempre ha sido una estricta política en nuestra vida marital: no hay espacio para mentiras, no hay espacio para secretos, no hay espacio para el más emocionante de los misterios que es hoy está sonrisa.

Entonces no lo sabes. No sabes que sonríes cuando duermes. No sabes que ayer te vi hacerlo. No sabes que desde entonces no puedo dormir. No sabes cuánto me intriga esta nueva sonrisa. No sabes lo excitante que encuentro este enigma. No sabes cuántas ganas tengo, esta noche más que nunca, de amarte de nuevo.

viernes, 16 de octubre de 2009

Los que sobreviven


Todo el que me conoce y todo el que se entera quién soy termina por preguntarme qué memoria guardo de aquel día. No puedo evitar la decepción de mis entrevistadores cuando respondo que el único recuerdo que tengo es la Cabbage Patch que mi papá me regaló cuando íbamos en el carro, camino al restaurante. La muñeca era morena, de ojos cafés, cabello castaño muy, muy rizado y las clásicas enormes mejillas rosadas; su etiqueta de nacimiento decía que se llamaba Joy Killian. Cuando abrí el regalo lo único que pude pensar fue que Joy - había decidido ignorar el Killian - no tenía el vestido rosa, los ojos azul cielo y el cabello rubio de Mackenzie Ruth, la cabbage de Sara, mi amiga del colegio.

Mi padre me preguntó si me había gustado la muñeca y sin siquiera esperar a que respondiera su pregunta - sus años como presidente lo habían acostumbrado a recibir una sola respuesta que, sobra decir, jamás era negativa - me dijo que fuera buena niña, me sentara a su lado callada y jugara con Joy hasta el final de la comida. Recuerdo pensar que Sara se burlaría de mi muñeca, de su overol con flores, sus enormes rizos y su nariz tan ancha. Y eso es todo. No guardo algo más en mi memoria sobre aquel histórico día.

Hay quienes dicen que es una lástima, pues soy la única sobreviviente que estuvo aquella reunión. Hay quienes incluso se molestan con mis recuerdos infantiles y vanos; consideran que es un desperdicio para la Historia que yo esté hablando de muñecas y riñas con compañeras del colegio. Olvidan que sólo era una niña y que - a diferencia de los demás en aquella mesa - no tenía idea alguna de lo que se estaba negociando entre carpaccio y botellas de tequila. Además, si recordara algo no desearía compartirlo, no veo razón para hacerlo: todos sabemos lo que sucedió aquel día, todos imaginamos cómo se negoció y pactó la venta del país y todos estamos conscientes de lo que pasó después de eso. ¿Especificar qué platillo ordenó cada uno de los comensales haría la diferencia?

Otra pregunta que me formulan constantemente - ya cuando creen haber ganado más confianza de mi parte - es si guardo o no rencor a mi padre por haber vendido nuestro país, nuestro México. Inmediatamente respondo que no, que si a alguien resiento es a quienes lo mataron y nunca dudo en agregar que ellos y yo nunca compartimos un país. Mi México no era para nada parecido a su México, la única similitud que compartían nuestros países era el territorio, y quizás ni eso. Había rincones de la nación que yo jamás conocí y a los que jamás me habría sido permitido dirigirme; imagino que ellos también se movían en fronteras diferentes, en realidades muy distintas.

Mi México no cambió mucho después de la venta. Mi papá dejó de ser presidente de un día a otro y pasó a ser un subordinado más... A las pocas semanas, a manos de un par de idealistas inconformes, mi padre fue asesinado. Esos fueron realmente los único cambios que experimenté. Por lo demás, mi estilo de vida no varió en mucho: una mudanza a otra ciudad, más seguridad a mi alrededor, más clases en inglés dentro de mi colegio de monjas... Por lo demás, mi México seguía siendo igual, no lo extraño pues realmente nunca lo perdí.

En cuanto al otro México, ese que se describe en los libros de historia actuales y aquel más idealizado que se pinta en los panfletos separatistas que cada día circulan menos, no veo porqué alguien lo extrañaría. ¿Para qué querría alguien volver a ese país? ¿Es por aquello que llaman orgullo nacional? ¿Y de qué sirve llamarse mexicano si no tienes qué comer? ¿Si tu país vivía sitiado por la pobreza, el caos, el hambre, el crimen y la corrupción podrías gritar con orgullo "¡Viva México!"?

A veces, quienes están más preparados, me responden que es mucho más que una cuestión de nacionalismo, que es un asunto de soberanía, autodeterminación e independencia; que al haber vendido el país mi padre deshonró la lucha de todos aquellos que hace 220 - ó 120 - años lucharon para que este país fuese independiente y para que sus habitantes decidieran cómo gobernarlo. No puedo evitar reírme ante tal planteamiento. Mi madre era la mujer más cercana al último presidente de la nación, la que lo escuchaba casi todas las noches desde su almohada; nadie mejor que ella podría contar la frustración de mi padre al darse cuenta que el país de ensueño que muchos se han construido no se podía gobernar. México nunca fue soberano, jamás tuvo la capacidad - o quizás la voluntad - de tomar sus propias decisiones, siempre se sometió a los deseos de alguien más: algún vecino más poderoso, algún empresario multimillonario, algún narcotraficante con más armas que el ejército. La autodeterminación en aquel país siempre fue una broma de muy mal gusto.

Y no. Por supuesto que no apoyo las revueltas separatistas que mis auto-proclamados compatriotas arman buscando una nueva independencia. Rechazo esas supuestas amenazas de guerra organizadas por los antiguos empresarios corruptos, militares sin funciones y líderes del crimen organizado que ya no pueden operar en este nuevo país como desean y vuelven a poner el discurso nacionalista al servicio de sus propósitos, como hace 220 - ó 120 - años. Tampoco respaldo a las ignorantes clases bajas que obedecen a sus nuevos caudillos creyendo, otra vez, que los criollos y los indígenas luchan por la misma causa. Y no me enorgullecería llamarme mexicana de nuevo, simplemente porque no me enorgullece pertenecer a un país de pobres, a un país de ilegales, a un país de eternas promesas, esperanzas y desilusiones. No me interesa ser parte de una nación de fracasos.

Eventualmente todo el que me conoce y todo el que se entera de quién soy termina por ofenderse y escandalizarse con mis declaraciones. Eventualmente todos dejan de preguntarme sobre mi padre, sobre mi país, sobre aquel día y sobre estos días. Eventualmente todos se marchan, seguramente a decir a sus conocidos que María Calderón es una traidora, igual que su padre.

viernes, 2 de octubre de 2009

Siempre tarde


Esto que ustedes llaman tiempo nunca ha sido lo mío. Soy inevitablemente impuntual, siempre olvido los aniversarios y hasta la fecha sigo teniendo problemas cuando intento leer las manecillas de un reloj. Buenas tardes, soy Alberto y no tengo sentido del tiempo.

Quiero suponer que mi enfermedad es hereditaria y viene directamente de mi abuela materna a quien el tiempo parece tampoco decirle mucho. Mi abuela es famosa por meterse a bañar quince minutos antes del inicio de sus compromisos, y tardar por lo menos dos horas en arreglarse y estar lista para ser vista en sociedad. También se le conoce por sus hábitos nocturnos: ella se despierta nunca antes de las diez de la mañana y pierde el día gloriosamente hasta la media noche, cuando le llega por fin la prisa y comienza a realizar todas sus labores mientras reza unos cuantos rosarios. Todo parece indicar que soy peligrosa y terriblemente igual que mi querida abuela.

Todo esto podrá parecer una graciosa particularidad con la que mis conocidos y familiares deben lidiar a diario, pero es mucho más grave que eso. Mi enfermedad no sólo implica que mis amigos hayan decidido citarme una hora antes que al resto a cualquier compromiso - y que aún así yo logre llegar con media hora de retraso -, que siempre se me encontrará despierto toda la semana de exámenes finales haciendo los trabajos que tuve un semestre entero para completar o que todos los relojes que mi familia me regala estén destinados a terminar sus días olvidados en el fondo de mi cajón de ropa interior. No. ¡Todo es mucho más grave! Carecer de sentido del tiempo implica vivir un presente que se confunde caprichosamente con el pasado y en el cual no cabe un futuro.

Por eso nunca aprendo de mis errores y me condeno a repetirlo incansablemente. Por eso no hago planes. Por eso no establezco metas a futuro, ni objetivos, ni visiones, ni misiones, ni ninguna de esas cosas que mi sobrevalorada educación insiste en enseñarme. Por eso a pesar de estar a pocos meses de graduarme, tener ya un trabajo y una par de ofertas laborales más no tengo ni puta idea de qué haré una vez que deje la escuela y la verdad, no creo que me interese tenerla. No sé ni qué haré el día de mañana y no me preocupa saberlo.

Hasta la fecha he vivido muy cómodamente sin amarrarme al tiempo, a los planes, a las rutinas y caminos preestablecidos. No voy a mentir, soy un caos completo y mi vida parece ser una comedia de enredos muy mal escrita. Estoy seguro que más de uno encuentra insufribles mis despistes, mis inconstancias, mis falsas intenciones y mi impuntualidad crónica. Me he topado ya con aquellos que piensan inimaginable mi estilo y calidad de vida y me juzgan inmaduro e inútil con mucha razón quizás. También tengo la certeza de que no podré vivir así por siempre, en algún momento deberé tomar responsabilidades, sacar algún reloj de mi cajón e intentar no perderlo, levantarme temprano sin la necesidad de doce despertadores, llegar puntual a las reuniones del trabajo y escribir en Recolectivo todos los viernes, sin falta.

Más temprano que tarde me veré obligado a crecer, pero mientras tanto aprovecharé y llegaré tarde a las entrevistas que programé hoy, a mis clases, a mi taller de cada viernes, a la fiesta de esta noche y también al aniversario de Recolectivo. Siempre tarde, siempre a medias, siempre de prisa.

Sé que Luis y todos los demás comprenderán.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Caudillos en lunes


Exactamente a media noche sale a escena el mismo travesti de todas las semanas personificada como Yuri, Gloria Trevi, Amanda Miguel o ,cuando se pone internacional, Beyoncé. Después de interpretar unas cuantas canciones con ayuda del playback la vestida saluda al público. La Prima - así se hace llamar - se toma el tiempo para burlarse de su edad, de su género, de su vida amorosa y responde con elocuencia cualquier grito ofensivo de los asistentes.

La Prima se acomoda el paquete en el escenario, recibe una cerveza de algún admirador misterioso, se la toma de golpe y anuncia el inicio de la noche de talentos. Muy pocos se atreven a subir al escenario. La verdad es que la mayoría de los asistentes venimos a ver, no a participar; casi todos los que estamos aquí decimos ser gente bien y respetable que viene a darse un baño de pueblo, comprar cerveza barata y disfrutar del espectáculo carnavalesco de los que viven de-la-Calzada-para-allá.

El travesti en el micrófono pide atentamente a las jotas presentes que no sean rancheras, closeteras y suban a demostrar sus talentos. Una lesbiana que se cree capaz de imitar a Alejandra Guzmán es la primera en animarse.

- Qué bonito cabello. - dice La Prima señalando el tinte corriente de la mujer - ¡Tú si eres güera natural!

A la lesbiana oxigenada le siguen dos chavos de Aguascalientes que dicen ser bugas a pesar de su ceja depilada. Ellos organizan una vergonzosa competencia de baile que despeja toda duda sobre su orientación sexual. Después pasarán otro pocos a ser ridiculizados en un escenario donde lo chusco gana sobre lo políticamente correcto, donde no hay palabras prohibidas, ni expresiones mal vistas, donde los pobres, los nacos, los closeteros, los feos, los putos y las locas se burlan de todo aquello que les duele escuchar abajo de la tarima.

La Prima se despide a mitad del espectáculo y deja su lugar a otra vestida sin nombre de figura mucho más femenina y lengua mucho más venenosa. Ella dice tener más clase y se disfraza de Rihanna, Cristina Aguilera o ya muy perdida, de la vocalista de Belanova. Ella pretende cantar también y aprovecha cualquier oportunidad para contar las historias de golpes, persecuciones y maltratos que vivió como un joven gay en Colima, todas ellas aderezadas con humor negro porque aquí nadie viene a llorar.

En algún momento de la noche, cuando se acaban los valientes que desean mostrar sus talentos, un nombre comienza a ser aclamado por todo el público:

- ¡Chachita! ¡Chachita!

- Te buscan Chachita, - se oye desde el micrófono - ¿en dónde estás puta?

Alguien la señala y la empuja, Chachita no para de reír mientras se balancea para subir al escenario. De ella se sabe muy poco, casi nada. Que tiene alrededor de cincuenta años. Que mide un metro con sesenta y pesa como ochenta kilos. Que es empleada de alguna institución gubernamental. Que compra su ropa en Soriana y siempre usa el mismo tono rojo de labial en sus dientes. Que por las tardes acompaña a su madre a los museos. Que de vez en cuando lleva a unos niños - nadie sabe si son hijos, sobrinos, nietos o desconocidos - al parque. Que es soltera o viuda o divorciada. Que a veces se aparece en inauguraciones de exposiciones fotográficas. Que todos los lunes por la noche se desnuda en uno de los tantos antros gay de mala muerte en Guadalajara.

- ¿A poco no está bien bonita la Chachita? - pregunta el travesti mientras juega con las lonjas de la mujer. - Oye tú, ¿y ya tienes novio?

Chachita no responde a ninguna pregunta del travesti en turno y jamás habla cuando le ponen el micrófono en frente. Lo suyo parece ser reír como colegiala mientras Rihanna - o Cristina, o cualquier otra seudo diva - le dice que ya no coma tanto y le recomienda usar un brassiere que le levante las tetas del piso.

- Bueno m'hijita, a lo que veniste. ¡Encuérate puerca!

El reggaeton comienza a sonar y Chachita mueve todas sus curvas sin pudor alguno mientras el público aplaude y chifla muy entretenido. El espectáculo es veloz y Chachita tarda muy poco en quitarse la blusa mientras los de abajo ríen y gritan descaradamente. La mujer se voltea y comienza a mover el trasero a un ritmo que sólo ella entiende y aprovecha para quitarse el sostén. La desnudista improvisada sabe manejar el erotismo y cubre sus pechos como protegiendo un secreto que nadie desea conocer.

Pero el decoro le dura muy poco a Chachita quien pronto quita su mano dejando caer hasta su ombligo sus decadentes pedazos de carne. En este momento los espectadores gritan aún más fuerte por el asombro, algunos se tapan los ojos, la mayoría se burla a carcajadas del esperpento en el escenario. Chachita nunca pierde la sonrisa ni las ganas de bailar y en un movimiento demasiado audaz se baja los pantalones y los calzones, descubriendo completamente su ridículo.

El público da la espalda al escenario, la música se detiene inmediatamente y la Rihanna tapatía sube a la tarima apresurada, intentando aminorar el espanto. La noche se rescata con otra serie de burlas sobre Chachita a quien se le ordena vestirse rápidamente y se le regala una cubeta de cervezas por haber sido la ganadora de la noche de talentos. La burócrata sin vergüenza baja del escenario y se tambalea hacia la barra para pedir sus cervezas.

Son las dos y media de la mañana. La Prima regresa para dar fin al espectáculo y recordar al público que el lugar está abierto los siete días de la semana. Los dos travestis bajan del escenario y comienzan a quitarse las pelucas antes de llegar al baño de mujeres. Las luces se apagan y las máquinas de humo llenan de niebla el lugar.

Una mezcla electrónica comienza a sonar para todos aquellos que deseen continuar la fiesta hasta las cuatro de la mañana. La lesbiana con mal tinte sale del lugar con sus amigas inmediatamente. Cerca de los baños, uno de los chavos buga de Aguascalientes cierra los ojos y baila muy pegado con un hombre que le dobla la edad. Casi nadie habla, todos bailan y rehuyen las miradas conocidas entre el humo, que sirve para borrar todo recuerdo de haber estado aquí. La única que ríe es Chachita, quien ahora está sentada en una esquina con su cubeta de cervezas. Por el resto de la noche no parará de reír.

viernes, 28 de agosto de 2009

"Papá, ¿qué cosa es un vagabundo?"


En Guadalajara, se cuenta una mala broma sobre las niñas del Alpes - legendario colegio de monjas para los nada distinguidos engendros de la élite tapatía -. Se dice que la madre superiora, preocupada por la poca consciencia social de sus alumnas, pidió a todas las niñas de tercer grado de primaria que escribieran un pequeño cuento sobre la vida de una familia pobre. Cuentan que una brillante estudiante escribió lo siguiente:

"Había una vez una familia pobre. El papá era pobre. La mamá era pobre. Los abuelos eran pobres. El chófer era pobre. La niñera era pobre. La cocinera era pobre. El jardinero era pobre. ¡Todos eran pobres!"

Yo no soy egresado del Cumbres - la versión del Alpes para hombres - o de cualquier otro colegio del Reino de Cristo, pero debo confesar que me siento igual de idiota que cualquiera de ellos. Es que cuando me pregunto qué haría si fuera vagabundo mi mente se queda en blanco. ¿Cómo vive un vagabundo? ¿En dónde duerme? ¿De qué se alimenta? ¿A qué dedica su tiempo libre? ¿Tiene amigos? ¿Tiene familia? ¿Lee el periódico? ¿En dónde ve los nuevos capítulos de Grey's Anatomy? ¿Qué le pone a su café? ¡Nosénosénosé!

Podría preguntar todo ésto al próximo vagabundo que encuentre en la calle. El problema es que no recuerdo la última vez que vi a uno. ¿Se estarán escondiendo? ¿Se camuflarán con los edificios de la ciudad? ¿O será que ya no existen? Entonces, debe ser cierto lo que dice el gobernador; debe ser cierto que en Jalisco todos ganamos un promedio de 14,000 pesos al mes. ¡Con esos salarios seguro que ya no existen vagabundos! ¡Claro!

¿O será que los ignoro? Quizá sea yo quien decidió ya no verlos. ¿Por qué? Porque es incómodo. Porque es de mal gusto. Porque están sucios y me dan asco. Porque son pobres. Porque me estorban. Porque soy frívolo, elitista y banal. Porque no me interesan. Porque a nadie en realidad le interesan. Porque en el fondo, todos somos como las alumnas del Alpes o como cualquier personaje que habite la mente de Guadalupe Loaeza.

No. No sé qué haría si fuera vagabundo. No tengo ni idea de cómo es un vagabundo y no quiero averiguarlo. Y si eres honesto dirás que a ti tampoco te importa. Tú tampoco quieres imaginarte qué harías si fueras uno.

Yo no quiero ser vagabundo, y tú tampoco. Nadie quiere serlo. Nadie elige serlo.

viernes, 14 de agosto de 2009

Licencia para mentir


Cuando era niño sólo existían dos profesiones que llamaban mi atención: doctor y espía. Me interesaba ser doctor por todo el dinero que éstos recibían, sólo por decir a la gente de qué morirían. Pero cuando supe que tendría que abrir cuerpos, ver sangre y tocar órganos internos todo el encanto monetario se esfumó. Fue entonces cuando decidí que mi sueño de la infancia sería convertirme en espía.

De la profesión de James Bond, no me llamaban la atención los lujosos carros, los martinis, las despampanantes mujeres o los miles de gadgets increíbles; ni siquiera me importaba aquello de la licencia para matar. Lo que me interesaba eran los alias, los nombres, profesiones, hogares y personalidades inventadas: la licencia para mentir.

Y es que, aunque siempre estoy buscando la verdad, la mentira siempre me ha parecido más atractiva. La verdad es plana, simple y muy poco interesante una vez que se ha revelado. La mentira, por otro lado, es compleja, con múltiples texturas y ofrece la posibilidad de cambiar constantemente, para aquellos que nos aburrimos con facilidad. Lo mismo aplica en las personas: quien dice la verdad es llanamente honesto, sin más; pero quien miente resulta ser infinitamente más interesante y explorable.

Por supuesto, hay que saber diferenciar las buenas y mala mentiras, así como separar al mentiroso profesional del mitómano desesperado. Una buena mentira es natural, veloz, perfectamente calculada pero nunca planeada de más. Un buen mentiroso es astuto y arriesgado: estudia sus mentiras y a los sujetos de su estafa cuidadosamente, pero siempre confía en sus instintos. Un mentiroso de primera clase tiene perfecto control sobre su embuste y sobre sí mismo; se asegura que sus palabras sean creíbles, más jamás se preocupa por atar todos los cabos de su invención a la realidad, después de todo, ser descubierto y tener que improvisar es una de las emociones más placenteras que se pueden sentir.

La mentira es una de las bases más sólidas de nuestra sociedad. Sin embargo, las fuerzas de la honestidad han amenazado el reinado del embuste por demasiado tiempo ya. Aunque todos, en algún momento, nos hemos beneficiado de una pequeña o gran mentira, pocos se atreven a confesar su gusto por éstas. Porque mentir es malo, inmoral y enfermo - resulta que hasta pecado es, me han dicho -. Porque la verdad es lo bueno, lo justo, lo puro, lo que debemos buscar y procurar todo el tiempo: porque la verdad nos hará libres. ¡Bah!

Debo admitir que siempre que estoy a punto de contar una mentira escucho la voz de mi abuela, mis padres, mis maestros o mis tíos, reprimiéndome por lo que planeo hacer. Siento culpa por mentir, por engañar y aprovecharme de la confianza de los demás. Me siento un ser amoral y un sociópata en potencia que ningún bien hará a su familia y demás seres queridos. Ah, la culpa...

Por eso, hace ya tiempo decidí que diariamente me daré el gusto, libre de toda culpa, de decir cinco mentiras. Cinco mentiras generalmente insignificantes, tontas, innecesarias que ningún beneficio traen; porque lo importante para cualquier buen mentiroso no es lo que se pueda obtener de sus embustes, sino el infinito placer que causa enunciarlos enunciarlos. Cinco pequeños engaños que me hacen sentir una persona más plena.


viernes, 31 de julio de 2009

La excepción


Las niñas buenas siguen una importante serie de reglas durante las primeras citas: permite que te abran la puerta del coche, no uses vestidos demasiado cortos, come moderadamente, no bebas más de dos tragos, no hables demasiado sobre ti y sobre todo, jamás beses en la primera cita.

Las niñas no-tan-buenas rompen con todas las anteriores reglas: abren su propia puerta, usan vestidos de puta, comen vacas enteras, beben mucho más de lo necesario, hablan sólo de ellas y sus éxitos personales y lo peor, siempre se acuestan con el tipo en la primera cita.

El destino para ellas es bastante simple: las niñas buenas consiguen marido, las niñas no-tan-buenas consiguen infecciones urinarias.

Cecilia odiaba las categorías y se rehusaba a entrar en ellas. Su madre siempre le dijo que no dejarse encasillar la haría especial y la pobre se lo creyó.

Es cierto, ser la excepción a la regla funcionó en ciertos ámbitos para Cecilia. Sin ser exageradamente inteligente siempre destacó en la escuela y ser impredecible le resultó muy bien en su vida profesional. El carácter de una mujer que se esfuerza por jamás ser definida también le trajo grandes amistades y una muy deseada vida social. Y ni hablar de la satisfacción personal que da la ilusión de creerse única.

El único territorio jamás conquistado por la originalidad de Cecilia fue el amor. Resulta que en el romance las categorías existen por algo. Los hombres son seres bastante simples que necesitan separar a sus féminas en dos grandes grupos: las esposas y las amantes. Al primer conjunto van todas las mustias que suprimen todo lo que son en pos de un brillante anillo. En la segunda categoría se pone a todas las descocadas, cuyas vidas están fuera de control por falta de cariño y demás complejos afectivos.

El sistema es bastante simple y en ello radica su éxito. El gran problema en esta historia es que en tal ecuación no hay espacio para mujeres como Cecilia.

Al principio, la falta de hombre no preocupó en demasía a nuestra amiga. Después de todo, Cecilia vivía ya en el Siglo XXI y la era posterior a Sex and the City donde era completamente aceptado ver a una mujer sin compañía. Sin embargo, hay una razón por la que Carrie Bradshaw dejó las tiendas de zapatos y corrió a la oficina de gobierno más cercana para desposar a Mr. Big antes de cumplir 45. En esta sociedad moderna y de amplio criterio es disimuladamente aprobado ser la amante de alguien, hasta hay quien acepta ser lesbiana - o peor, divorciada-, pero sigue existiendo una palabra demasiado pesada para cualquier mujer que se respete: solterona.

Cuando las miradas indiscretas fueron intolerables y aparecer sin pareja en cualquier evento se convirtió en una descortesía social, Cecilia decidió encontrarse un marido. Y el mejor lugar para que una mujer madura encuentra pareja sin humillaciones en estos tiempos modernos es por supuesto internet.

Pero, como todos sabemos, un perfil en las más renombradas páginas en línea sólo logró conseguirle a Cecilia una penosa serie de mitómanos, pervertidos, adictos al sexo, cavernícolas, ermitaños y gordos, ninguno de ellos candidato para boda.

Cecilia se dio por vencida hasta el día que encontró a Jaime, un talentoso arquitecto bastante guapo, divorciado, con dos niños y un gusto por viajar, caminar por la playa y el buen vino. Cecilia y Jaime intercambiaron cautelosamente coquetos correos electrónicos por dos semanas y pasaron hablando por teléfono otro mes antes de decidir conocerse.

Su primera cita pintaba perfecta: cena en un exótico restaurante hindú y película antigua en la sala de cine de la universidad complementado por un paseo por la ciudad con estrellas, fuegos artificiales, música en vivo y todas esas cosas que salen en las películas.

Cecilia no siguió ninguna regla, se sintió en completa libertad de ser quién era, decir lo que pensara, beber cuanto quisiera y ordenar el platillo que deseara frente a Jaime. Él era el hombre perfecto, pensó incluso, hasta la hacía sentir mariposas en el estómago.

Al final de la noche, Jaime abrió la puerta del carro a Cecilia y la acompañó hasta la entrada de su casa. Platicaron un rato más hasta que él hizo la señal de despedirse. A ninguno de los dos les importó nunca la regla del beso al final de la primera cita y mucho menos a esta edad.

Mientras los labios de Jaime se acercaban a los suyos Cecilia sintió que las mariposas en su estómago se alborotaban más y más. Cuando él la tomó por la cintura las mariposas subieron por su garganta hasta su boca y salieron volando en una serie de fétidos escupitajos que terminaron sobre el pantalón y los zapatos de Jaime quien incómodamente se retiró entre disculpas y penas de su pareja. Cecilia supo que no vería a Jaime de nuevo y lamentó no haber entrado jamás en ninguna de las categorías.

Después de todo, hay sólo una regla que todas las niñas - buenas o no-tan-buenas - comparten: jamás comas curry en la primera cita.

viernes, 24 de julio de 2009

La diferencia


Muy pocos saben la diferencia entre morir en primera plana y morir en la sección de obituarios. Para la mayoría de los mediocres morir es morir y todo lo demás es irrelevante: lo importante es vivir.

Nuestra educación parte del principio que todos somos especiales, que todos estamos destinados a dejar marca en el mundo y que la única manera de lograrlo es siendo buenos en todo lo que hacemos. Buenhijobuenestudiantebuenprofesionistabuennoviobuenmaridobuenpadre.

El problema aquí es que si todos somos buenos, nadie es especial y absolutamente nadie deja marca en el mundo. Los buenos complacen a sus padres, sacan buenas notas en la escuela, conocen a una mujer igual de buena, se casan, tienen hijos y trabajan incansablemente para mantenerlos, pagar hipotecas, colegiaturas y ortodoncias. Los buenos siguen las reglas, envejecen y terminan su vida en los obituarios del periódico, sin jamás entender la diferencia.

Nadie recuerda a los buenos una vez muertos, hasta su familia los entierra y los deja descomponerse en su mediocridad. Los altares, las ofrendas y los sepulcros televisados van para aquellos que fueron excepcionales; aquellos que supieron interpretar, malear, negociar o quebrar las reglas.

Aquellos que copiaban las tareas antes de la clase, aquellos que no se casaron con su primera encamada y negaron a todos sus hijos, aquellos que nunca adquirieron o pagaron hipotecas, aquellos que renunciaron a sus trabajos y responsabilidades para ir en busca de noséqué... Aquellos barbajanes, desobligados, malnacidos son a quienes recordamos con cariño. Ellos dan nombre a nuestras calles, llenan nuestros libros de historia y ni hablar de las revistas de espectáculos. Ellos son los verdaderamente amados y recordados. Ellos son los famosos - o infames - que tienen su primera plana. Ellos son nuestros héroes.

En la vida nunca me ha interesado nada realmente, excepto tener una muerte con alta cobertura mediática. Siempre he sabido que la única manera de pasar a la inmortalidad es rompiendo todas las reglas. ¿Y qué regla puede ser más inquebrantable para el hombre común que la vida? Por ello, comencé a planear mi suicidio.

Y si piensan que dejaré este mundo dándome un disparo en la cabeza o ingiriendo un montón de somníferos, resultaron ser tan cobardes, repulsivos y comunes como el resto de los hombres buenos. No permitiré que al morir se me confunda con un despechado depresivo cualquiera. Moriré con estilo: con fuegos artificiales, música de fondo y una gran explosión al final.

Llevo meses planeándolo, estudiando tiempos, ubicaciones y trazando el crimen perfecto. He documentado todos y cada uno de mis pasos, dejados pistas y grabando videos que se enviarán a los noticieros, periódicos y grandes conglomerados informativos. He sido muy cuidadoso y no he cometido falla alguna.

Mañana sorprenderé a todos en un acto de grandeza que reflejará nuestra fragilidad. No será sólo el suicidio de un loco, no será sólo el asesinato de muchos inocentes, no será sólo el plan maligno para realizarlo: será el hombre detrás de todo ésto.

Mañana gritarán, se horrorizarán y se indignarán. Llorarán o reirán, me amarán o me conderán. Pero hagan lo que hagan no podrán no darse cuenta: no podrán dejar de mirar.

Mañana habré ganado un pase directo a todos los noticieros, una serie de videos más vistos en Youtube, una investigación a fondo en todos los periódicos, un especial en National Geographic, un episodio de cualquier serie criminal, unas cuantas novelas y, por lo menos, una película.

Mañana entraré en todos los libros de historia, en una página especial para recordar a todos los niños buenos por qué deben ser buenos, comer sus vegetales, no copiar en el examen y nunca renunciar a sus trabajos y familias.

Mañana todos recordarán quién fui y qué hice. No podrán evitarlo: estará en primera plana.

viernes, 10 de julio de 2009

Deny, deny, deny.



Por lo barrios bajos de la superación personal y la inteligencia emocional ronda un terrible discurso que se replica con increíble facilidad: el discurso de yo-no-cambiaría-el-pasado. Porque todo lo que me pasó, todo lo que hice y me hicieron es parte de lo que soy ahora. Y ahora soy una persona tan feliz y plena, libre de rencores, con casa, hijos, perros y en perfecta sincronía y armonía con el universo. ¿Por qué querría meterme con el pasado? ¡Ya ni pienso en él! Bueno, pienso poquito; pero sólo para agradecer todo lo que sucedió. Porque aprendí mucho de todo esto y no lo cambiaría por nada... ¡Mentira!

Todos nos arrepentimos de algo. Por más insignificante y ridículo que sea, todos deseamos fervientemente poder borrar un momento - o dos, o tres, o cuatro... - de nuestro pasado. Una humillación pública en la primaria, una conversación incómoda, una riña laboral, una muerte insuperable, un "me acosté con tu padre": siempre hay un suceso cuya inexistencia nos haría la vida mucho más llevadera. Siempre hay algo que cambiar.

El problema es que no podemos cambiar el pasado. Podemos negar, aceptar, sobrellevar, perdonar e incluso olvidar por momentos, pero jamás podremos deshacer lo que hicimos. What's done is done! ¿O no?

Hace tiempo escuché una historia, no estoy seguro que sea verdad - seguramente es una leyenda urbana, o un argumento de telenovelesco en espera de su Juan Osorio - pero aún así merece ser contada. Era la historia de una madre y una hija que, por razones completamente desconocidas y probablemente insignificantes, tenían años sin dirigirse la palabra. El distanciamiento fue resultado de años de discusiones y malentendidos aderezados con algún acto imperdonable y terrible que marcó el final de la relación; lo de siempre.

La historia se complica cuando una noche - porque todo lo malo sucede de noche - la hija sufre un accidente no especificado que la deja con casi todas sus facultades físicas y mentales, excepto la memoria. Por lo que entendí, la mujer estaba consciente de quién era y podía asimilar las nuevas condiciones de su vida; el problema radicaba en que a partir de cierta edad ella ya no era capaz de recordar qué había pasado. Una mujer inteligente y capaz, consciente que de la nada fue desprovista de la mitad de su vida. Una mujer que sabía perfectamente que su mente la traicionaba y nada podía hacer para remediarlo...

Convenientemente, la mujer no recordaba para nada la pelea con su madre y pidió que la llamaran en el hospital. La madre la buscó y como era de esperarse se encargó de ella y sus cuidados de recuperación. La madre también aprovechó para hacer lo que ninguno de nosotros ha podido: cambiar el pasado.

Llenó a la niña de memorias inventadas, viajes imaginados, mentiras piadosas que sanarían heridas milenarias. La madre inventó toda una vida de repaldo en donde las riñas se minimizaban, las penas desaparecían y sólo quedaba una dicha increíble. Una vida en la que ellas, por supuesto, jamás se separaron y fueron algo así como las Gilmore Girls región cuatro. Una serie de engaños perfectamente planeados y friamente orquestados a conveniencia de la madre. La más grande de las manipulaciones, la más terrible de las mentiras, la peor de las traiciones que, curiosamente, a nadie hería sino todo lo contrario.

Desconozco cómo termina la historia, pero poco importa lo que sucedió con aquellos dos seres - probablemente la hija recupera mágicamente la memoria y se entera de la mitomanía pasivo-agresiva de su madre y jura vengarse de ella en la segunda temporada -

Lo importante aquí es lo rápido que todos juzgamos las acciones de la madre en cuestión. Lo que hizo es impensable, es la peor de las violaciones, es el más tétrico acto de egoísmo que hemos escuchado. Es una mentira y no se necesita decir más.

Imaginamos qué pasaría si alguien alterara nuestros recuerdos, si alguien acabara con quienes fuimos y nos moldeara y convirtiera en el objeto de su negación, sin que tuviésemos el poder de replicar. ¿Y que quien nos hiciera esto fuese nuestra propia madre?

Condenamos rápidamente sin siquiera pensar en qué haríamos nosotros de estar en su situación. ¿No deseamos siempre la oportunidad de borrar los errores? ¿No queremos la oportunidad de regresar el tiempo y reescribir parte de la historia? ¿No morimos por el privilegio de reevaluar y recrear nuestra existencia en la memoria de los demás? Si tuviésemos la oportunidad de lograr todo esto, de cometer el más grande acto de negación, de montar la más grande farsa a favor de un pasado más cómodo, de pretender reconstruir todo lo que está más que destruído, ¿realmente la rechazaríamos?

Yo cambiaría el pasado y fingiría un nuevo presente . Yo soy como la madre. Quizás ustedes también...

viernes, 26 de junio de 2009

El café de los bellos



No se requiere ser un genio para entender que aquello de "verbo mata carita" es una mentira más que los feos inventaron para consolarse y que todos nos tragamos durante la infancia - algo así como el "pobre, pero honesto" pues -

Todo adulto con más de dos neuronas parapléjicas sabe que probablemente el verbo logre darle unos cuantos golpes fatales a la carita linda, pero cuando ésta viene acompañada de un cuerpo escultural, un cabello perfecto y un bronceado imposiblemente parejo no hay nada que la labia pueda hacer para ganar a la belleza.

Comenzaré esta triste historia confesando que siempre he huido de todo lo que parezca una oficina. Los páneles sobrios, las luces industriales, los estacionamientos subterráneos, los cubículos desmontables, los escritorios con retratos familiares y las terrazas con hermosas vistas de la ciudad me aterran: me remontan al corporativismo del que siempre he jurado huir.

En casi un año que llevo en este empleo se ha intentado acomodarme en cuatro oficinas diferentes. Sobra decir que el éxito de todos estos intentos ha sido nulo. Siempre he preferido las oficinas móviles: la mesa de mi comedor, la biblioteca escolar, la casa de mis amigos y el piso de mi vestidor me sientan mucho mejor como lugares más flexibles y pasajeros para trabajar.

Pero mis mejores oficinas y las que recuerdo con más cariño son los diferentes cafés de la ciudad. Me encanta la idea de sentarme en una esquina, colocar mi máquina en una de esas pequeñas mesas redondas y disfrutar un buen chai rodeado de perfectos desconocidos hasta que la tarde pasa y termino de escribir los encargos del día. Los cafés me relajan, me hacen sentir cómodo, en contacto con los demás sin estar expuesto y sobre todo, siempre parecen tener el ambiente correcto para que llegue esa cosa que algunos llaman inspiración. Bueno, casi siempre.

Hoy, una de mis oficinas favoritos no sólo logró que fuese imposible para mí trabajar; también me ha tenido todo el día buscando en internet los mejores gimnasios y cirujanos plásticos de la ciudad.

Se debería colgar una advertencia en las puertas del Black Coffee de Manuel Acuña y Aztecas, en Guadalajara. El letrero tendría que anunciar con disimulado desdén algo como: "No entres aquí a menos que tu porcentaje de grasa corporal sea menor a cero, tu vestimenta esté en deslumbrante condición y tu autoestima sea indestructible."

Al principio no lo notas, - una de las mejores características de la belleza es que se camuflajea con su entorno - todo parece andar como siempre. Al poco tiempo comienzas a sentirte más "inflamado" que de costumbre, volteas a ver tu ropa y cada vez parece más arrugada y sucia, te ves por error en el reflejo de las ventanas y entiendes que tu cabello es un desastre.

Justo cuando te preguntas por qué de pronto te sientes tan espantoso te deslumbra la entrada de un especimen a quien la perfección parece quedarle corta. Rápidamente miras en otra dirección porque tanta belleza duele y temes quedar ciego por sobreexposición a ella. ¡Entonces te das cuenta!

En la mesa de enfrente hay una reunión de Señoras Robinson que cruzan sus larguísimas piernas y ríen elegantemente recordando sus buenos tiempos en el colegio Los Altos.

Justo al lado está una pareja de ejecutivos financieros quienes deberían tener prohibido reproducirse. Ella es blanca, con pecas por todo el cuerpo y un cabello rojizo y rizado que siempre está ordenadamente desordenado; lleva puesto un discreto pero ceñido vestido azul que resalta todo aquello que debería resaltarse. Él es alto, moreno y tiene toda la imagen de un galán árabe complementada con ojos de misterioso color; lo peor de todo es que lleva un traje Ermenegildo Zegna que grita "no me odies por ser bello, ódiame por ser rico."

En la terraza se encuentra un par de modelos masculinos de ropa interior, vestidos casualmente con jeans, playeras blancas y Converse, como expresando que ni siquiera deben arreglarse tanto para verse perfectos. Uno de ellos se levanta toda la playera para supuestamente mostrar al otro el nuevo tatuaje que se hizo en la espalda; tú sospechas que el asunto es un acto rutinario que interpretan a donde quiera que van sólo para establecer su superioridad y el tamaño de sus pectorales.

Un poco más lejos puedes ver a otras dos rubias de pechos falsos vestidas con ropa deportiva y maquilladas minuciosamente, todo para demostrar los beneficios de estar en La Zona, hacer tres horas diarias de gimnasio y tener una cuenta de banco que te permite visitar al cirujano plástico una vez al mes para una micro liposucción y unas cuantas inyecciones de botox y colágeno.

Te das cuenta que adonde quiera que voltees te encontrarás con seres obscenamente atractivos a quienes se les debería prohibir aparecer a plena luz del día: los empresarios que salen de su clase de golf, las niñas bien que intercambian chismes matutinos y proyectos de caridad, las parejitas que engalanan la portada de la sección de sociales cada catorce de febrero, ¡hasta las pinches meseras parecen salidas del catálogo de Victoria's Secret!

Y si piensas que estar expuesto a tanta belleza incrementaría tu líbido estratosféricamente estarás cometiendo un doloroso error. Estar ahí, en el café de los bellos, no te pondrá de humor para el amor; de hecho, no te pondrá de humor para nada. Estar ahí te hará sentir inexplicablemente irritado y resentido con todo tu existir, además probablemente sentirás unos incontrolables impulsos terroristas.

Porque este café sólo te recordará que no importa cuánto ejercicio hagas, no importa cuánto gastes en ropa, accesorios y productos para la piel, no importa qué tengas buenos genes y en situaciones normales seas considerado atractivo: JAMÁS SERÁS COMO ELLOS.

Te marcharías corriendo del lugar pero no te queda más que congelarte en tu asiento y destruir el poco amor que tenías mientras sigues admirando tan de cerca e intentando no asesinar a todos los bellos del lugar. Porque eres masoquista. Porque ahora te desprecias y mereces ser castigado. Porque estás gordo, ojeroso y despeinado y no parece importarte cuando lo ves en el espejo cada mañana. Porque eres humano imperfecto y no mereces compartir el mismo lugar con estos seres de otra dimensión.

Y justo cuando piensas que nada se puede poner peor, el especimen que acababa de entrar por la puerta se sienta en un sillón a tu derecha y se pone a leer. ¿Y qué lee la gente bella? No cualquier libro, ¡no! A este ser supuestamente humano se le ocurre que la lectura perfecta para una tarde de café es Borges. ¡Bor-ges! Esta gente es imposible: seguro también defeca orquideas.

Ahora, además de feo, descuidado y mal vestido te sientes superfluo, prejuicioso y ridículo. Porque pensaste que esta gente sería de menos estúpida, con toda justificación. Pensaste que si tú te vieras así no sabrías ni leer, ni siquiera sabrías hablar, no sería necesario, a final de cuentas la belleza física no está hecha para escucharse. Pero qué equivocado estabas.

Te escabulles del lugar casi corriendo, con la urgencia de llegar a tu casa, resguardarte en tu bosque y renegar y renegar y renegar. Claro, entre tanto reniego y queja podrías salir a correr como prometiste hacerlo hace tres años, podrías dedicarte a renovar tu guardarropa y podrías por fin cumplir la dieta que está colgada en la puerta de tu refrigerador. Pero, ¿para qué? No tendría sentido: recuerda que JAMÁS SERÁS COMO ELLOS.

Mejor ponte a ver televisión, cómete tus frustraciones y sigue quejándote en un blog, que es lo que mejor sabes hacer.

¿Y tu trabajo? ¿Y el texto que debías escribir hoy con caracter de urgencia? ¡Lo has olvidado por completo!

Sí, la carita mató a tu verbo.
Blogalaxia