Si no apesto, no valgo nada. Entones, vengan, les invito a hundir sus narices en mis sobacos, aspirar profundamente el olor de mi pecueca tras un largo día de caminata, calzando mis viejos tenis chinos. O, mi entrepierna, tras una agitada sesión amatoria. Vengan, vengan apestocitos de todos los rincones a colmar sus fosas nasales con mis humores más íntimos, o la miseria de mi ser. Voy a deleitarles con algo oscuro, pues de eso vive este espacio. Seré crudo. Mostraré en imágenes verbales la faz más hedionda de ese personaje al que le siguen las moscas, aquel que le apesta a la vida: yo. Dejaré las malas palabras de lado, no atacaré a nadie en particular, demostraré con hechos que la desventura, la fatalidad y la desgracia me acechan. El hecho es, señores y señoras, que el otro día cuando me aprestaba a depositar una buena suma de dinero en el banco, dinero que fue producto de mi trabajo honesto como "negro" literario, vino uno, metió su mano en mi bolsillo, bajo la amenaza de un filudo cuchillo, y se llevó gran parte de lo que había ganado el mes pasado y por lo cual, me atreví, iluso de mi, a declarar que la peste se había alejado, que el apelativo que me describe era ya anacrónico. Qué equivocado estaba. Así que, todos aquellos a los que les faltaba algo de pestilencia, ahí la tienen, es toda para ustedes mi desventura, les dejo que se relaman, se revuelquen en ella, y sonrían.
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02 febrero, 2010
Capítulo 133 (El Apestado)
Publicado por El Apestado en 1:32 p. m. 8 comentarios
Etiquetas: dinero, pestilencia, suerte
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