Capítulo 62
Bueno, el hostal donde aún trabajo es uno más de los 60 establecimientos del mismo tipo que existen en el sector de La Mariscal. Lleva funcionando unos ocho años y desde entonces no parece haber habido cambio ni refacción alguna. Yo, en lo personal, no me hospedaría ahí.
El dueño está aún ahí cuando llego a las 19hoo. Es él quien me da el reporte de las habitaciones que están ocupadas, de las que tienen que liberarse y de las que quedan disponibles. Me deja una cantidad pequeña de dinero para dar cambio en caso de así requerirlo y me repite que lo llame en caso de emergencia. Cuando lo dice, y lo hace todas las noches, de su boca sale un vaho sulfuroso que me recuerda lo frágil que es mi existencia hasta que salga del peligro de las horas oscuras en las que trabajo. Sin embargo, una sola vez he tenido que llamarlo, fue cuando un cliente pagó con un billete de 100 USD por una noche, y para lo cual yo no tenía cambio.
La recepción está ubicada a lo largo del corredor de entrada. Ahí, un chiflón de aire helado me ha obligado a recurrir a un abrigo inusual en mi, lo que me hace ver como a un oso con piernas de carnero, aunque nadie adivina que bajo mis pantalones uso calzoncillos largos, dos pares de medias que remedian en algo los huecos de la suela de mis zapatos, bufanda. Lo que si no alcanzo a usar son guantes porque me repugnan, me vuelven inútil y se pierden cada vez me los saco. Lo digo porque en Europa intenté en vano usarlos durante el invierno.
La sala donde dormito, desde que el televisor se apaga, no deja tampoco de ser fría. El foco desnudo que está al finalizar el corredor mantiene alerta mis ojos bajo unos párpados algo desgastados desde que mi vida se ha vuelto nocturna y mi sueño diurno. Y este cambio, digo yo, debe alterar mi metabolismo. A dónde ha ido a parar mi sueño paradoxal; qué pasa, por ejemplo, con las erecciones nocturnas, y aunque sé que se ha comprobado que el carácter sexual de los sueños era una ilusión freudiana (todos los mamíferos tienen erecciones), no dejo de preguntarme si esto afecta o no a mi sexualidad.
Pero en fin, nos soy el primero ni el último que tiene que trabajar de noche.
Los extranjeros, de vacaciones, no dejan de entrar y salir del lugar y yo debo abrir y cerrar la puerta sin cesar. En algunas ocasiones, antes o después de salir, se sientan a conversar conmigo, en el intento de entender lo que pasa a los alrededores del hostal, en esas calles malditas y atractivas que en ocasiones los sorprenden, que los convierten en víctimas de los delincuentes del sector, que los conducen ebrios hasta que yo mismo los deposito en sus camas de alquiler. Es durante estas cortas conversaciones que he logrado pactar algunos trabajillos como guía. Y es durante esos intercambios que, una sola vez, tuve insinuaciones de una gringa gorda, cachonda como ella sola, luego de que la juerga la devolviera sola al hostal.
Es común que a las cuatro de la mañana salgan a tomar un avión o que vengan por ellos para alguna excursión a los volcanes. Entonces, debo ayudar con las maletas y rara vez recibir por este servicio una moneda de 25 centavos. Desde entonces solo ronda por mi cabeza la idea de tomar mi primera taza de café del día y quizás, por qué no, encontrar algo olvidado en las habitaciones que se han desocupado, como la cámara de fotos que me permite mostrarles fragmentos de este mi apestoso mundo.
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28 febrero, 2007
Publicado por El Apestado en 3:29 p. m. 16 comentarios
Etiquetas: fragilidad, hostal, trabajo
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