Escribía Richard Misrach, fotografo californiano de ascendentes mallorquines, que después de tomar una foto, la guardaba un tiempo, tras el cual podía ser que decidiera no conservarla, o bien la clasificaba como definitiva. Había negativos que observaba por años, durante los cuales la imágen iba como madurando, como si se tratase de una botella de Oporto.
Yo me identifico plenamente con él en este aspecto, aparte de fascinarme su obra, de la que algún día incluiré ejemplos (si no lo he hecho ya, es porque no he encontrado reproducciones de calidad suficiente en internet). Después de una sesión, elimino las imágenes que considero no me van a gustar nunca, y conservo las demás, incluidas aquellas que borraría, pero que, por alguna razón, dudo una fracción de segundo en hacerlo...
Con el fotomontaje de arriba me ocurre que no me gustó en su momento, pero hoy, sin embargo, le encuentro un inopinado atractivo...