El lunes fui al AnaĂŻs a hacer vie litteraire. LeyĂł un periodista sobre la ciuda de Granada en Nicaragua. A mi lado, en la mesa, un señor argentino meneaba la cabeza con nostalgia, y cuando terminĂł me hablĂł de Erwin, su amigo nicaragĂĽense, exiliado como Ă©l en BĂ©lgica y desaparecido con 25 años cuando intentĂł volver a su paĂs. Luego cogiĂł carrerilla y no podĂa parar de hablar: del exilio, de la Argentina, de irse, de volver. Me contĂł sin respirar todo lo ocurrido en su paĂs y en su vida en los Ăşltimos cincuenta años. Yo le miraba, suspiraba cuando habĂa que suspirar, asentĂa cuando habĂa que asentir, bebĂa a ratos de mi cerveza. Cuando conseguĂ levantarme para irme sin parecer maleducada, estaba estremecida. Aquel hombre estaba lo que se dice aterrado ante el peso de su propia historia. Le salĂa por todos los poros tan intensa, tan dolorosa, que necesitaba contarla a toda costa.
Espero que mi vida nunca me pese tanto. La ligereza, la liviandad, es un lujo demasiado grande como para desperdiciarlo por el paso del tiempo.