Camino por los bosques de la Alhambra. Alucinante Granada, que tiene cinco minutos de distancia entre su pequeña Gran VĂa y un bosque extendido a los pies de un palacio. El suelo está cubierto de hojas amarillas: algunas acaban de caer, otras están empezando a descomponerse, las de más abajo ya no pueden distinguirse unas de otras y forman un suelo hĂşmedo y orgánico. ¿De quĂ© está compuesto el suelo de los bosques? De trozos de hojas, ramitas, insectos muertos, setas derribadas, polvo cĂłsmico y tierra negra.
Me siento en la cama del cuarto de mi primo, en Madrid, con el ordenador sobre las rodillas. Cierro los ojos. SegĂşn Jung, si dejamos la mente lo suficientemente tranquila y libre, podemos escuchar cĂłmo nuestro inconsciente nos habla. Pruebo a escribir lo que dice el mĂo. No lo dicta todo, pero si presto suficiente atenciĂłn escucho las palabras que resuenan y las uno entre sĂ con nexos gramaticales y otras palabras de mi cosecha. La mitad lo dicta mi incosciente, la otra mitad la escribo yo. Salen frases incoherentes, pero hermosas: Dicen que me quedo quieta cada vez que me miras, y que a veces, cuando veo pasar las olas al otro lado del muelle, siento que puedo cavar hasta el fondo, y que encontrarĂ© kilos de diamantes de tesoros escondidos, de lágrimas tendidas al sol, relucientes bajo su luz, colgadas junto a hermosas ropas blancas.
Hoy nieva en Granada y hablamos de nieve. "Me ha caĂdo en el abrigo un copo gigante", me dice la psicĂłloga del centro donde estoy haciendo el Practicum. "Era una estrella perfecta, como las de los dibujos, y me he quedado mirando cĂłmo se derretĂa, parada en mitad de la calle, helándome de frĂo". "No va a cuajar, porque está el suelo hĂşmedo. CuajĂł el año que hacĂamos segundo, ¿te acuerdas?", me pregunta una compañera de clase. SĂ que recuerdo aquel dĂa. Me despertĂ©, subĂ la persiana y ahĂ estaba mi terraza, cubierta de una gruesa capa de nieve blanca: los cojines de las sillas, la mesa, el tendedero. PasĂ© la mañana corriendo por la ciudad para atrapar la nieve antes de que el sol la derritiera. SubĂ, tambiĂ©n entonces, a los bosques de la Alhambra, y caminĂ© bajo los árboles enormes y escarchados.
El mundo está tan lleno de belleza, y nadie se da cuenta...