Estoy sentada en el salĂłn de Villa Fanática, para variar. El Kpot anda por Grazalema y yo intento hacerme una manicura decente cuando aĂşn tengo mugre incrustada en lo más profundo de las yemas de mis dedos. ¿CĂłmo pasa uno el dĂa más largo del año? Trepando, obvio.
(Resumen de la entrada: unos cuantos párrafos sobre escalar asĂ, sin miramientos, y despuĂ©s cambio de tema. Los no trepantes os podĂ©is saltar lo primero).
No sĂ© si ya he escrito esto o sĂłlo lo he pensado, pero el dĂa despuĂ©s del curso de escalada me levantĂ© con la misma sensaciĂłn que cuando te has acostado con alguien y no sabes si volverá a llamarte. Era como "quĂ© genial es esto, ¿cĂłmo me apaño para repetir?". En aquella Ă©poca me sentĂa tan precaria en el mundo escalador que dejaba los pies de gato en medio del salĂłn para recordarme que era real.
En mi libro de entrenamiento para la escalada (sĂ, tengo un libro de entrenamiento para la escalada) dice que el cuerpo necesita más o menos un año para adaptarse a las "tensiones especĂficas del deporte". Yo ya llevo un año trepando, asĂ que en teorĂa mi cuerpo ha cambiado lo suficiente como para acostumbrarse a que le pida con frecuencia que luche contra la gravedad. Me lesionarĂ© menos y me recuperarĂ© antes. Seguirán saliĂ©ndome venas nuevas y misteriosas y quizá me sorprenda de vez en cuando al sacarme fotos con la luz adecuada.
Hoy vamos a San Bartolo, que es la escuela que nos queda más cerquita. AllĂ se escala en arenisca, una roca que te lima la piel de los dedos hasta dejártela en carne viva; por eso tengo hoy mugre subcutánea, pero por eso tambiĂ©n la adherencia es tan buena que te quedas suspendido de agarres inverosĂmiles. Me siento fuerte y me motivan estas vĂas que piden equilibrio y elasticidad, y que son agradecidas para mujeres pequeñitas. Se me ocurre que la escalada es la demostraciĂłn constante de que puedes hacer cosas que no te ves capaz de hacer. Cada paso es un acto de fe. Mi pie se quedará ahĂ clavado. El canto manchado de magnesio que veo desde aquĂ será bueno. Mi otra mano aguantará mientras paso la cuerda por el seguro.
A la vuelta paramos en Vejer para ver la primera parte del partido de España. Que a mĂ el fĂştbol me la chufla mortal, y este año en concreto, con la situaciĂłn que atraviesa el paĂs, lo de la Eurocopa me parece insultante y no la estoy viendo por motivos Ă©ticos. Pero hay consenso en la Roquipandi, asĂ que aprovecho para tomarme un mollete calentito con aceite y jamĂłn serrano y una coca cola. QuĂ© buen color tenemos todos, pienso mirando a mis amigos. QuĂ© bien vivimos. Mañana hay barbacoa en el campito del Jipi, asĂ que nos despedimos acordando la hora a la que quedaremos para pasar el dĂa tumbados a la bartola en la piscina, bebiendo sangrĂa y comiendo subproductos cárnicos altamente cancerĂgenos. QuĂ© buen rollo.
Mientras cruzo el puente de Carranza de camino a Villa Fanática, abro las ventanas y canto
esta canciĂłn, que siempre me ha sonado a verano contento. Luego recuerdo que es San Juan, pero no tengo ningĂşn tipo de ganas de acercarme a la playa a ver las hogueras. Es una pena, porque es el primer y seguramente Ăşltimo San Juan en un tiempo que no me pilla de exámenes o con curro al dĂa siguiente. El primer año de PIR estuve en la Caleta con mis compañeros. Mirábamos los fuegos artificiales y comĂamos regaliz sentados en la baranda de piedra. Las cosas ya me iban bien entonces y todavĂa van mejor ahora.
Llego a Villa Fanática pensando en el olvido. El olvido, como el humor, es uno de esos fenĂłmenos cerebrales que me intrigan. Porque supongo que uno no olvida: no me creo que la informaciĂłn simplemente desaparezca. Se sabe que si estimulamos con una corriente electromagnĂ©tica ciertas áreas del cerebro, podemos recordar informaciĂłn que creĂamos que habĂamos olvidado. El cerebro simplemente archiva, reprime y reconecta.
Desde el punto de vista emocional, creo que uno olvida cuando deja de reconocer al otro como algo suyo. QuĂ© triste esta vida egocĂ©ntrica nuestra, en la que nuestra relaciĂłn con los demás tiene que ver en un noventa y mucho por ciento con nosotros mismos. Lo que nos cuesta ver al otro como ente independiente en lugar de encajarle en nuestras expectativas. Y de repente sucede: el otro se desgaja despacito de nuestras vidas, como en esas imágenes de microscopio donde una cĂ©lula se divide en dos, y casi te parece escuchar el "plop" cuando por fin se separa. Le devuelves su entidad, le liberas y le dejas marchar. Renuncias a todo lo que pusiste una vez sobre sus hombros; pobrecillo, Ă©l no tenĂa por quĂ© asumir esa carga. Lo haces involuntariamente. Ojalá se pudiera olvidar a propĂłsito. Pero por la razĂłn que sea: por el paso del tiempo, las nuevas experiencias o por puro hastĂo, tu cerebro ya ha unido unas neuronas con otras de forma diferente y a ti, por gracia o por desgracia, ya no te duele.
Llego a mi casa, preparo algo de cena, hago unas Ăşltimas dominadas en la barra que tenemos colgada frente a la cocina. DespuĂ©s de cenar pienso otra vez que esta noche es San Juan, y que cuando tenĂa catorce, quince o diecisĂ©is años siempre le daba a esa noche una cualidad mágica. Buscaba conjuros en la Super Pop y me lavaba la cara en la orilla del mar para estar más guapa. Cerraba fuerte los ojos y pensaba en todo lo que querĂa que fuera aquel verano: en la de risas y amor que podĂan caberle. DespuĂ©s saltaba la hoguera y quemaba en ella lo que ya no me servĂa.
Hoy no estoy en la playa, aunque el aire huela a mar todo el rato, pero sĂ que hay cosas que no me sirven, asĂ que a las doce en punto doy una vuelta por la casa y las recolecto. Cojo una ensaladera, convierto el papel en pelotitas y le prendo fuego en el fregadero con uno de los mecheros precarios que guarda el Kpot junto al televisor. Cuando la cosa está más interesante y las hojitas llamean como fieras, me asusto un montĂłn pensando que igual entra corriente y salgo ardiendo como una capulla y abro el grifo del fregadero. El papel sisea y se apaga rápido, y algunas hojas sobreviven en la parte inferior. Me da rabia: yo habrĂa querido consumirlo todo, pero digo yo que al final siempre nos queda algĂşn resto. Cuando la ensaladera se enfrĂa, tiro el contenido por la taza del váter, lo observo desaparecer y pienso: mira quĂ© bien. QuĂ© sencillo. Ojalá fuera siempre asĂ.
A partir de ahora los dĂas empezarán a ser cada vez más cortos, pero al principio no nos daremos cuenta. No será hasta que cambien la hora y la Roquipandi y yo tengamos que madrugar otra vez para escalar los fines de semana cuando realmente echaremos de menos estos dĂas larguĂsimos de cĂrculo polar. Me siento a escribir ciertamente esperanzada mientras entra el aire cálido por la ventana del salĂłn. La verdad: los conjuros de San Juan nunca me han fallado. Y aunque lo malo del olvido involuntario sea precisamente eso, que es involuntario, lo bueno es que cuando sucede es incluso más fácil que arrojar los recuerdos que no sirven por la taza del váter.