Con los libros pasa como con los tĂos: encontrarte uno malo de vez en cuando es más o menos normal, pero cuando se te junta una rachita de dos o tres te empiezas a mosquear y a preguntarte, con las manos en las mejillas como el niño de Solo en casa, "¿por quĂ©, Dios? ¿Por quĂ© yo?".
Hace un par de dĂas decidĂ que iba a dejar de arrastrar de un lado a otro La casa de los encuentros, de Martin Amis. Lo llevaba ahĂ en el bolso un poco por penita, pero en lugar de leer me dedicaba a tuitear. Y cuando prefiero tuitear a leer ya es como para preocuparse, sobre todo porque lo sentimos, pero sigue sin gustarme twitter, y mira que lo intento.
La cosa es que ayer me fui a la librerĂa y despleguĂ© mi sofisticada estrategia de selecciĂłn de libros, a saber: me voy a Anagrama, veo si han sacado algo nuevo, compruebo que no, muevo la cabeza con desencanto. Busco libros con cubiertas bonitas. Leo las sinopsis a la velocidad del rayo. Descarto todo lo español, histĂłrico o demasiado exĂłtico. Descarto lo vergonzoso y romanticoide. Me voy a Anagrama Compactos. Compruebo que me los he leĂdo casi todos. Miro los clásicos de bolsillo, pienso que deberĂa leer a los clásicos, pienso que al carajo los clásicos. Y entonces, cuando justo he perdido la esperanza y pienso que soy un ser extraño o que en realidad leer no me gusta, encuentro algo que me llama la atenciĂłn, echo un ojo al primer capĂtulo, compruebo la textura de las hojas y, si todo eso está más o menos bien, me lo compro.
Ayer iba todo muy mal hasta que vi dos opciones interesantes: Diario de invierno, lo Ăşltimo de Paul Auster, y una novela de un español desconocido llamada Vive como puedas. ¿Por quĂ© me gustĂł el libro del español desconocido? Pues a ver. Me gustĂł el tĂtulo como filosofĂa de vida. Vida resignada. Haz lo que puedas y ya se verá lo que pasa. Me gustĂł que lo publicaba Tusquets en Andanzas, y que en general suelen tener buen criterio. Y bueno, me gustĂł que Almudena Grandes hacĂa un comentario halagĂĽeño en la vitola, algo como "¡¡Por el amor de Dios, tienen que leer esta novela, promĂ©tanmelo, es genial!!". Soy carne de marketing chungo, lo reconozco, porque pensĂ©: joder, la Grandes. Que te puede gustar o no, pero tiene oficio y sabe lo que se hace.
¿Por quĂ© preferir el libro de un español (argh) desconocido al de mi querido Paul? Por dos razones. La primera, porque creo que Paul está gagá. Creo que está entrando en una especie de espiral depresiva polĂtico postmoderna y que va a terminar como Neruda: muriĂ©ndose de pena en su casa de Brooklyn cuando el mundo colapse. Su Ăşltimo libro me puso tan triste. Pero no una tristeza literaria y verdadera, sino una tristeza de "por quĂ©, Auster, por quĂ© has escrito un libro en el que aparece la palabra culinchi". La segunda razĂłn es que Diario de invierno, que tambiĂ©n tiene un tĂtulo alegre por los cojones, está escrito en segunda persona. Un ratito en segunda persona sĂ, Paul Auster, como en Invisibles, que la verdad no me pareciĂł mala. Pero ¿un libro entero? Uf, quĂ© va. Y mira que me gustas a la par que me pones. Que parece mentira que tengas sesenta y cuatro años y aun asĂ estĂ©s tan poderosamente frinkable.
Asà que allá que fui y me compré el libro del español desconocido, que a partir de ahora pasará a ser conocido como El Lamentable Tipo Sin Talento Del Que Tengo La Desgracia de Estar Leyendo Una Novela. Uf, es demasiado largo hasta para las siglas, asà que vamos a llamarle Lament. De Lamentable.
Bueno, pues cuando me meto en la cama asĂ en plan vale, no tengo novio pero tengo un nĂłrdico genial y una almohada cara y un libro nuevecito entre mis manos, y empiezo a leer a Lament expectante y confiada, descubro que bueno, que el libro es malo con alevosĂa. Pero muy, muy malo. Y me pregunto cĂłmo se me ha podido escapar. Que me leĂ el primer capĂtulo entero en la librerĂa y no me pareciĂł tan terrible. Que lo recomienda Almudena Grandes.
¿Por quĂ© es malo? Pues yo quĂ© sĂ©. Está mal escrito. Es una mezcla entre repipi y burdo que me aberra. Los diálogos son muy, muy poco creĂbles. Los personajes están muertos por dentro; el argumento digamos que a la altura de la página 133, que es por donde voy ahora, no tiene ni pies, ni cabeza, ni perspectivas de mejorar. Me he reĂdo dos veces, eso sĂ; una de ellas porque el protagonista droga sin querer a su anciana madre. Pero por lo demás, muy malo.
Entonces una piensa ¿quĂ© le pasa a la gente? Lo de Almudena lo vamos a dejar. Que estarĂa en un sarao literario planteándose si su siguiente libro alcanzarĂa las veinte ediciones o más bien las veinticinco y le dijeron "va, Almudena, di algo bonito de este muchacho, que hemos invertido mucho en editar su segunda novela y no queremos arruinarnos". Y Almudena elevĂł graciosamente su martini y dijo "Jijiji pues yo quĂ© sĂ©... algo como... ¡¡quĂ© novela más buena!! ¡¡leedla!!". Y tal cual, a la vitola.
Pero lo de este notas tiene más delito. Rosa Montero escribiĂł hace tiempo un artĂculo sobre el drama de los escritores sin talento. DecĂa que les anima el mismo fuego que a los otros, pero sin esperanza de conseguir producir nunca algo bello, y a veces (las peores veces) de darse siquiera cuenta de que no son capaces. Y este chico... pues no sĂ©, que eres filĂłlogo, que se supone que tienes un bagaje. Mi profesor del taller decĂa que no se puede inventar la bicicleta. Que para escribir peor que los demás o para escribir mediocre, no escribas. Y no sĂ©, pero a mĂ lo que me preocupa es que creo que escribir bien es sobre todo una cuestiĂłn de sensibilidad: tienes más registros, la realidad pulsa en ti más teclas y tĂş tienes el acierto de saber reflejarla. Tampoco hace falta añadir tanto. La vida por sĂ sola tiene la suficiente riqueza de detalles y de humor como para bastarle a la literatura. Por eso los escritores malos me dan tanta pena: porque me los imagino un poco ciegos, con cierta agnosia mental para la belleza.
AquĂ es donde me planteo si me estoy poniendo nazi, si sobre gustos no hay nada escrito, si a lo mejor no tengo ni puta idea de hacia dĂłnde va el panorama literario español. Si yo deberĂa ser tambiĂ©n filĂłloga para que me gustara la novela de Lament. Pero quiero creer que no. Quiero creer que escribo bien y que sĂ©, más o menos, dĂłnde está lo bueno. Siempre he respetado el esfuerzo que supone escribir una novela, y a lo mejor, de hecho, el problema no está en el autor, sino en la cadena mongoloide de agentes y editores y Almudena Grandes que ha llevado ese libro a las tiendas del mundo.
En fin, que no me está gustando. Que no sĂ© si ir a devolverlo, aunque igual es un poco chungo. Que para colmo me tienen baneada de la biblioteca hasta San ValentĂn, y encima soy pobre como las ratas despuĂ©s de que hoy en la tienda ecolĂłgica me hayan colado un pollo de corral de tres kilos que me ha costado un ojo de la cara. Pero que en realidad igual la culpa es mĂa y solo mĂa. Como con los tĂos. Por no fijarme bien en el interior. Por dejarme llevar por los impulsos. Por hacerle caso a la flamante vitola roja con cosas bonitas escritas en ella que todos nos esforzamos por llevar alrededor del cuello.
Y bueno, esto no tiene nada que ver pero, por el amor de Dios: tenéis que ver mi ecopollo.
Por favor. Un pollo de tres kilos. Que podrĂa ser yo quĂ© sĂ©, un hijo. O un tiranosaurio. Que no sĂ© si lo de ecolĂłgico quiere decir que lo mataron cuando Ă©l quiso porque la vida ya le aburrĂa. O cuando dejĂł de respirar por una apnea del sueño. Que no me cabe en el congelador. Que me ha destrozado el presupuesto del mes. Maldita sea mi bondad, que dirĂa Susanita.
Hasta mañana, pequeños.
PD: Espero no haber herido la sensibilidad de ningún vegetariano/vegano con la foto del ecopollo. Pero es que sabéis que me puede demasiado hacer las cosas en aras del humor.
