Estoy sentada junto a la orientadora laboral que viene una vez al mes a la Comunidad Terapéutica. Le he dicho que quiero verla trabajar, asà que observo cómo aconseja a los pacientes para insertarse en el mundo laboral.
La Comunidad TerapĂ©utica es un poco como el sĂłtano de unos grandes almacenes, en el sentido de que por mucho que bajes, ya no hay nada más. Te has quedado sin recursos, y todo lo que le queda al paciente despuĂ©s de los intentos por tratarle ambulatoriamente, despuĂ©s de las crisis espectaculares y los ingresos en Agudos, es esto. Vivir allĂ o acudir a media pensiĂłn, pasar la mañana en talleres variados, pasear por los pinares y aprender a gestionar su propia medicaciĂłn. Si pueden, insertarse en la vida con el porcentaje de minusvalĂa que les corresponda.
Si os digo la verdad, ahora pienso que antes de empezar el PIR no tenĂa ni puta idea de en quĂ© consistĂa. Al menos desde el punto de vista existencial. No sabĂa que el sufrimiento mental podĂa ser tan intenso y tener tantas caras. Ahora creo que uno va por los distintos dispositivos y que a cada uno debe encontrarle un sentido. Los objetivos de cada rotaciĂłn, los que te enumeran en el BOE para aprobarte despuĂ©s el curso de residencia, son secundarios; lo importante es hallar tu tarea principal en cada lugar.
En Agudos, por ejemplo, yo trataba de entender. No desde un punto de vista biolĂłgico, en plan que si el eje dopaminĂ©rgico se hiperactiva y tĂş te pones a delirar como un chalao, sino desde un punto de vista más intuitivo, más visceral. QuĂ© ha llevado a esta persona a acabar amarrada en una cama llamándole George Clooney al psicĂłlogo de la planta. Suele haber mucho más detrás; el delirio es falso, las alucinaciones son malas pasadas de tu cerebro, pero el sufrimiento es real y Ă©sta es la Ăşnica forma que estás encontrando para expresarlo. AsĂ que aunque a veces sintiera que no podĂa hacer mucho más que esperar a que esponjara el Risperdal, al menos intentaba entender, abrĂa mucho los oĂdos y los ojos, y de esa forma por lo menos no me sentĂa inĂştil. Si me apuráis, creo que sencillamente comprender a alguien, comprenderle de verdad y desde tus huesos, le da una entidad a su sufrimiento y le ayuda de una forma silenciosa.
Ahora, en la Comunidad TerapĂ©utica, busco mi misiĂłn. Las dos primeras semanas casi me deprimo en serio. Aquello es menos estrambĂłtico que la planta, pero mucho más duro. Los pacientes van de un taller a otro mirando el reloj para ver cuándo llega la hora de marcharse a fumar un cigarro. Y si te fijas en sus caras abotargadas por la medicaciĂłn, te das cuenta de que la mayorĂa no es que estĂ© aburrido, ni enfadado. La mayorĂa tiene la cara triste: están muy, muy tristes.
Hace algĂşn tiempo una chica me dijo que, segĂşn los budistas, estar loco era una forma inferior de reencarnaciĂłn, como una penitencia kármica. Me pareciĂł cruel, pero es verdad que cuando uno mira a los pacientes no se puede librar del pensamiento de que sus vidas están recortadas para siempre. Y no me estoy refiriendo al estigma social, al sĂndrome metabĂłlico de los antipsicĂłticos ni a los dramas que vive la mayorĂa en su casa y en su barrio. Me refiero a su sensibilidad, a la capacidad para percibir el mundo y relacionarse con los otros. Parece que les hayan recubierto el alma de corcho, y que los restos de angustia psicĂłtica que les ha dejado la medicaciĂłn sean lo poco real que les queda.
Entra al despacho uno de los pacientes: un chico jovencito que debutĂł con un episodio delirante hace un par de años. Es un chico aplicado, que va a todas las actividades aunque le cueste seguirlas, y ahora se nota que está poniendo todo su esfuerzo en enterarse de los talleres que la orientadora le va enumerando. Entonces ella menciona el de vidrieras y le explica que puede aprender a trabajar con cristales de colores como los de las iglesias. A Ă©l se le ilumina la cara, y a partir de ahĂ no quiere saber nada más de los otros talleres, "a mĂ me ha gustado el de los vidrios", repite. Yo miro sus ojos iluminados y pienso que me gustarĂa sacarle una foto; la chica no ha encendido la luz del despacho, asĂ que el resplandor grisáceo del nublado se cuela por la ventana y se refleja en su piel. Parece tan sinceramente entusiasmado con los vidrios de colores. A mĂ se me está partiendo el corazĂłn y no sĂ© por quĂ©.
Lo intuĂ al principio y lo confirmo ahora. Mi labor en la Comunidad TerapĂ©utica es devolverles la dignidad a mis pacientes. Intentar aceptar en algĂşn lugar de mi corazĂłn que la vida que les ha tocado vivir es Ă©sta, y que yo soy la primera que tiene que darle un valor si quiero que ellos tambiĂ©n se lo den. Es complicado, porque la compasiĂłn y la condescendencia están demasiado cerca, y una siente en los huesos que la vida es injusta de verdad. Pero intento mentalizarme de esto todos los dĂas, y creo que es lo más importante que puedo aprender aquĂ. Que todo está iluminado, como la cara de mi paciente pensando en vidrios de colores frente a la ventana del despacho. Que todos importamos. Que todo importa.