massobreloslunes: 09/08/11

jueves, 8 de septiembre de 2011

42. Onicoterapia

Pues hoy estoy cansada y es jueves, así que voy a escribir una entrada mortalmente pueril. Que no todo va a ser abrirse el corazón en canal día sí y día también, hombreyá.

Es de todos sabido que me gusta pintarme las uñas. Hoy llevaba un precioso tono nude que estoy probando para el bodorrio, a juego con los super zapatos peep toe, y me he pasado todo el dĂ­a sulibeyada por la elegancia de mis manitas. Que tuviera heridas en ellas despuĂ©s de escalar el martes no me preocupa. Tengo que encontrar un nuevo vocablo que mezcle divina, lista y aventurera: ¿divisturera? ¿diviturista? ¿avendivista? Oh, un mundo de posibilidades neologĂ­sticas se abre ante mĂ­.

Durante el café, José Luis me ha preguntado que cuántos esmaltes tengo. "No tantos", he dicho, "diez o doce". Luego me he puesto a contar y he tenido que parar en veinticinco porque me daba vergüenza, sobre todo porque la enumeración es del tipo "el morado normal, el morado guinda, el morado fúcsia, el morado con textura de vinilo, el rojo oscuro, el rojo claro, el rojo casi coral", etcétera.



El sector rosa-morado de mis esmaltes. En la imagen no se aprecia, pero son MUY distintos unos de otros.
De fondo, mi cocina-armario


Si os pasa como a mí y estáis fascinadas por la increíble variedad de tonos y texturas que hay en el mundo del esmalte de uñas, puede que os cueste escoger. Pero tranquilas, queridas, que aquí estoy yo para guiaros en el mundo fascinante de la onicoterapia. A mí me sirve, verídico.

Los rojos son para sentirse sexy. Eso está bastante claro. He tenido épocas de pintarme las uñas de los pies de rojo en invierno, con calcetines y sin novio ni posibilidad de amante, sólo porque me sentía guapa y atractiva cuando me quitaba los zapatos por las noches y me miraba los pies. Pero hay que tener cuidado; un rojo inadecuado puede hacer que tus manos recuerden a Drácula y den grimita. Yo prefiero el rojo oscuro. También mola muchísimo para beber vino tinto en elegantes copas; sabe mejor con las uñas rojas, en serio. Lo que pasa es que yo apenas bebo y no le saco rendimiento a ese aspecto de la onicoterapie.

Si quieres sentirte una buena profesional, prueba el negro o el marrón oscuro. El año pasado, cuando temblaba de pánico en la mesa de la consulta, tener las uñas pintadas de oscuro me hacía sentir competente y poderosa. Por supuesto, estamos hablando todo el rato de uñas bien pintadas y cuidadas; las uñas negras deterioradas harán pensar que eres una gótica chunga con mochila en forma de cadáver y quizá te despidan.

Los morados son colores imaginativos, espirituales, artísticos. Escribo mejor con las uñas moradas. Además, tengo tanta ropa morada que es fácil que me haga juego con ella y vaya combinadita y mona. Por cierto, si llevas las uñas pintadas, por dios, combina con ellas la ropa que te pones o mandarás la onicoterapia a tomar viento porque aberrará la combinación de tus uñas rosa con tu camiseta roja.

Verdes y azules. Alegres, complicados, no a todo el mundo le gustan. Pensarán que eres una modernilla trasnochada o un espíritu libre. Pero los verdes y los azules son increíblemente terapéuticos, sobre todo si te los pones poco. Cambian la manera en que estás acostumbrada a verte las manos y, por extensión, tu perspectiva de la vida. Combina uñas verdes y ropa rosa; si todavía estás triste, tienes derecho a que te invite a una caña.

Si quieres sentirte elegante y fashion, lo suyo es el nude o el gris. Si das con el tono adecuado para tu piel, fliparás. Además, pegan con toda la ropa y te harán sentir una persona glamourosa y fina que lo tiene todo controlado. El esmalte que me he comprado para la boda es ma-ra-vi-lloso, una mezcla indescriptible entre color carne y café que va per-fec-to con el vestido, los zapatos, mi piel y la alineación de las estrellas.

Por último, el rosa. El rosa es genial y ya lo sabéis todos. A mí me da ganas de jugar, de no tomarme demasiado en serio, de comer piruletas y comprarme gafas de sol en forma de corazón y ligar con tíos mayores. Por otra parte, a lo mejor estoy talludita ya para esas cosas. El caso es que el rosa, y por extensión el coral y si me apuras ciertos tipos de naranja, están hechos para esos días en los que te das cuenta de que estamos aquí por casualidad para vivir puteados y al final morirnos, pero por alguna razón eso hoy no te importa y todo te hace muchísima gracia.

Píntate las uñas de las manos con tiempo y calma. Dedícate sólo a eso y deja que se sequen bien. No te apresures: las uñas rayadas son el mal. Compra algún acelerador de secado y te desesperarás menos. Las de los pies son más agradecidas. Prueba a pintarlas en invierno y verás cómo te sorprendes cuando te quites los calcetines por la noche y veas tus dedos alineados como alegres soldaditos.

Por último: marcas. Elige a poder ser Mercadona, KIKO y Bourjois. Digan lo que digan, Essence no está tan mal y es baratérrimo. Pero, sobre todo, cúbrelo todo con toneladas de brillo secante Deliplús y olvídate del mundo.

Y recuerda: en este mundo chungo y desalmado las uñas pintadas son uno de los últimos resquicios de imaginación y alegría en los que te podrás refugiar siempre. Es barato, es inofensivo, es verídicamente terapéutico. Así que a disfrutarlo.

41. Supervivencia emocional, I

Me estoy leyendo el libro de la supervivencia del que os hablé el otro día ("Quién vive, quién muere y por qué", de Lawrence Gonzales) y me está gustando un montón. Es un rollo muy psicológico, que diría mi profe de escalada. Explica cómo funciona la mente de la gente en situaciones límites y la forma en que ciertos errores cognitivos, que en la vida cotidiana no tienen grandes consecuencias, en la naturaleza pueden ser fatales. Apasionante de principio a fin.

Yo siempre he pensado que en una situación límite sería de las que mueren, igual que siempre he pensado que en una dictadura sería de las cobardes que se quedan calladitas en su casa por miedo a que las torturen. No me veo como superviviente. Igual es porque pienso que soy débil y torpe, y que si en mi propia casa voy dándome con los quicios de las puertas, seguro que en la montaña la lío con algún despiste y muero de la forma más absurda.

Sin embargo, he estado pensando en lo que me comentó Anónimo76 sobre la supervivencia emocional y el libro que podría escribir yo, titulado (su propuesta) "Quién mueve montañas, quién se estrella contra ellas y por qué". En realidad, hay mucho en común entre la supervivencia física y la emocional, entendiendo sobrevivir emocionalmente como no sufrir por amor. Que te duela es normal, pero el sufrimiento lo pones tú.

Una de las cosas que más me está gustando del libro es que te da cierta sensación de control. A pesar de que los accidentes se llaman así porque en teoría son accidentales, si los analizas en profundidad te das cuenta de que sí que hay variables que dependen de ti y que puedes manejar hasta cierto punto. A mí con el amor me pasa un poco igual. Cuando algo no sale bien, o no todo lo bien que podría, me siento a merced de los elementos. Mi pobre corazón indefenso, ahí a la intemperie; me lo imagino clavado en la punta de una lanza mientras la lluvia y la nieve lo zarandean. Entro en bucles de autocompasión. Pobrecita yo, pobrecita yo, por qué me pasa esto a mí si soy genial.

Pero sí que se pueden hacer cosas. Para que no te partan el corazón, para no sufrir; para que las heridas sean limpias y sanen rápido. Para tener la sensación, no muy útil pero sí reconfortante, de que estás haciéndolo todo bien, y que si la historia no tiene un final feliz al menos por ti no ha quedado.

En uno de los primeros capítulos del libro, el autor explica un accidente de tres escaladores que intentaron una vía de largos en Yosemite. Empezaron más tarde de la cuenta, les pilló una tormenta y le cayó un rayo a uno de ellos. Según el autor, el problema se resume en que estaban tan obcecados en el plan que habían trazado, en la imagen mental que se habían hecho de la situación, que no fueron capaces de darse cuenta de los impedimentos reales (retrasos, cambios en el parte meteorológico, cansancio) que se interponían entre esa imagen y ellos.

En el amor nuestra capacidad para sustituir la realidad momento a momento por esquemas que nos hacemos de las cosas es alucinante. Cuando pienso en el tema del plan aplicado al ámbito emocional me viene a la mente mi relación con J. En términos de supervivencia creo que con él lo hice (casi) todo mal. Sobreviví porque soy fuerte y tengo recursos, pero tal y como afronté la situación podía haber acabado chiflada.

Yo tenía muchos planes respecto a nosotros: pensaba que nos casaríamos y que tendríamos niños con déficit de atención que me sacarían de quicio. Me imaginaba perfectamente a J. jugando al escalextric con nuestro hijo mientras yo me ponía de los nervios y les gritaba que quitaran la pista del salón, que íbamos a comer. Gran parte de mis juicios hacia la relación estaban basados en ese plan/paja mental que yo me había hecho sobre pasar toda mi vida con J., y cada palabra o discusión que teníamos la multiplicaba hasta llenar esos años hipotéticos que íbamos a pasar juntos.

Porque yo tenía un plan. Quería estar segura. La perspectiva de estar siempre con J. y levantarme todos los días olfateando su nuca cálida no es que me hiciera mortalmente feliz, pero me parecía algo a lo que podía aferrarme. Y es absurdo mirado desde aquí, porque ahora J. está en Bonn y yo en Cádiz, y no pienso en él más que de vez en cuando y con cierto cariño inofensivo. Pero no se trata sólo de que hayamos cortado; él podría haber muerto, yo me podría haber enamorado de otro. No teníamos que pasar toda la vida juntos y, sin embargo, ese plan obcecaba mi perepción de lo que él era y de nuestra relación momento a momento.

En el post anterior, Isabel comentaba que le extraña el miedo al compromiso. El compromiso es el intento de hacer que las condiciones del entorno sean razonablemente estables, conocidas y seguras. Es el equivalente de pensar que si empezamos a escalar a las ocho, a las tres podemos estar de vuelta y la tormenta no nos pillará. Cuando las condiciones cambian, el tiempo se pone malo, estamos más cansados de la cuenta o nos perdemos, todo eso no sirve. Cuando una relación se deteriora y nos empeñamos en el plan mental que teníamos hasta entonces, en que tenemos una hipoteca común, o nos hemos casado, o sencillamente todos dicen que somos perfectos el uno para el otro... nos aferramos al plan y no vemos la realidad.

El autor del libro aconseja estar dispuesto a abandonar todos los planes y vivir en el presente. Dejarse acoger por la flexibilidad de saber que nada es seguro. No podemos controlarlo todo y, sin duda, no podemos controlar al otro. No es que sea bueno o malo; es que es imposible. Así que en los profundos bosques del amor, vamos a centrarnos en lo que tenemos ahora, en lo que llevamos verdaderamente en la mochila, en la realidad que transcurre frente a nuestros ojos, a veces dolorosa, a veces mágica. No todo es cuestión de suerte. No es una partida de billar. Se puede (y se debe) sobrevivir.