Me despierta la PK en ChamberĂ poco antes de irse a currar. Se te nota un montĂłn la marca del bikini, cabrona, me dice mirándome dormitar sobre la cama gigante de la habitaciĂłn Virginiawolfiana. ¿Te caliento pan? QuĂ© genial, pienso, me recuerda a cuando vivimos juntas. Está tan mayor y tan guapa con su falda castaña y una camiseta de rayitas en tonos azules. Me despierto, desayuno con ella y le compongo un mĂnimo de dos odas con la mĂşsica de "Amigos para siempre", de Los Manolos, mientras gruñe mitad avergonzada y mitad (sospecho) contenta de tenerme cerca.
A las once he quedado en la calle Ferraz con Serbal y Lobito, mis dos pasajeros de hoy. Son sus nicks de la web de compartir coche, obvio, pero me encantan los nombres, y desde que ella me los escribiĂł yo les llamo asĂ en mi mente: Serbal y Lobito. Serbal es alta y guapĂsima: camina sobre sus chanclas moviendo con suavidad una falda de colores y me mira desde detrás de unos ojos dulces y pelĂn tristes. Lobito tiene cinco años y medio y observa la furgo medio hosco debajo de su pelo castaño. Beltza, la perra de los dos, se acomoda rápido en la parte trasera y emprendemos el viaje.
Serbal y Lobito marchan a una granja del Pirineo a cambiar trabajo por comida y alojamiento. "Llevo dos años dormida y he despertado en primavera", me explica Serbal. Desde el asiento de detrás, Lobito interrumpe la conversación con un ritmo sincopado de "tengo calor-estoy mareado-me aburro-quiero parar". Pide comida dulce y llora a ratos. En menos de doscientos kilómetros he averiguado que Lobito, igual que yo, tiene un problema con los helados, asà que le prometo uno gigante de chocolate blanco en cuanto lleguemos a Zaragoza si es capaz de no pedir paradas más de una vez cada hora. Lo voy sobornando poquito a poco con bizcochitos All Bran, música variada y refuerzo positivo, y asà hacemos las tres primeras horas de camino mientras nos vamos contando las vidas.
Serbal es dulce a morir, o a lo mejor es que a mà esto del acento del norte me puede. Me cuenta que en realidad no sabe cuánto tiempo se quedará en la granja o si les irá bien. Está un poco nerviosa, confiesa, pero contenta de haberse puesto por fin en movimiento. "En Madrid me estaba mustiando", dice. Apunta en una libretita algunas de las cosas de las que hablamos: la página de couchsurfing, la dirección de mi blog, Spotify. Es como si llevara mucho tiempo encerrada y ahora tuviera que acostumbrarse de nuevo a ver el mundo.
Llegamos a Zaragoza en medio de un sol de justicia. AllĂ he quedado con bloguero/a-misterioso/a-cuya-identidad-secreta-no-puedo-desvelar y, por lo mismo, no puedo dar muchos detalles. SĂłlo dirĂ© que disfruto de buena comida y buena charla junto a la basĂlica del Pilar, y que para cuando terminamos encuentro a Serbal y a Lobito zambullidos en una de las fuentes pĂşblicas que hay en la plaza. Le saco fotos al enano, que gatea encantado en gayumbos en el estanque y caminamos los cuatro (cinco, si contamos a Beltza) en direcciĂłn a la furgo para seguir viaje. Serbal es de estas personas que puede ser elegante en chanclas, con una falda de colores y una camiseta de algodĂłn: camina cimbreando despacio las caderas, asentando bien cada pie que pone en el mundo, sonriendo al sol.
Continuamos hacia Huesca, y cuando se perfilan al fondo los Pirineos yo empiezo a emocionarme. Carreteras de montaña, picos gigantes en el horizonte y yo de nuevo sobrecogida por ese miedo a que algo pueda ser tan grande y tan indiferente a mi pequeña vida. Serbal y Lobito se quedan en Sabiñánigo. AllĂ el amigo que ha venido a recogerles me regala tomates ecolĂłgicos y me invita a colacao mientras me explica la rivalidad entre Huesca y Zaragoza, y que a los de Huesca se les llama Almendraleros, o algo parecido. Serbal le pregunta por el trabajo de la granja y su amigo le explica algo sobre vigilar cabras con espĂritu pirenaico. Lobito señala entusiasmado a unas gallinas. "Marina", me dice, "¿has visto a esas pitas?". Me da la impresiĂłn de que va a ser feliz en su nueva vida de niño campestre, aunque mientas le veo comer el segundo helado del dĂa me pregunto cĂłmo va a llevar lo de sobrevivir sin Magnum Doble Chocolate. "Algunos helados dan ganas de saltar", me dice, mientras bota contento alrededor de nuestra mesa.
Cuando veo marchar a Serbal y a Lobito se me encoge un poco el corazón. No sé, hay algo trágico en ellos, algo que da muchas ganas de protegerles y llevarles con cuidado igual que les he llevado en la furgo desde Madrid. Les deseo mucha suerte y me da penita verdadera ver cómo se van. Después llamo a Jorge, mi anfitrión en Jaca, para que me explique cómo localizarle y me subo otra vez en la furgo. Últimamente mi vida es un bucle de meter la primera una y otra vez.
Doy un par de vueltas por Jaca, que está muy animado porque hoy ha llegado la vuelta ciclista, y por fin localizo a Jorge y a sus amigos, que juegan un partido de frisbee al final de un parque enorme. AquĂ a lo mejor ha llegado el momento de explicar lo que es el couchsurfing y cĂłmo exactamente me lo voy a montar en estos dĂas norteños. Couchsurfing.org es una página para viajeros donde gente de todo el mundo se inscribe para viajar y ofrecer alojamiento y contacto en sus ciudades. En funciĂłn de tus gustos y tu disponibilidad puedes ofrecer sofá, compañĂa, un cafĂ© o lo que te apetezca. Cuando decidĂ que me iba al norte cayera quien cayese, busquĂ© a gente en couchsurfing desde Picos de Europa hasta Pirineos en cuyo perfil apareciera la palabra climbing, y me dediquĂ© a explicarles que querĂa escalar, que traĂa equipo, furgo y ganas, y que lo Ăşnico que necesitaba era alguien que me enseñara las escuelas y se ofreciera a asegurar. La respuesta fue increĂblemente generosa, y al final conseguĂ perfilar un plan de viaje que empieza hoy en Jaca y que ya he dicho que os irĂ© desvelando a medida que transcurre.
Mientras Jorge termina el partido de frisbee, yo paseo por el parque, miro los montes e intento imaginarme cĂłmo será vivir aquĂ siempre, cuando en invierno sople el viento frĂo a travĂ©s de los árboles y a estas horas la gente estĂ© metida en sus casas con la chimenea (o la calefacciĂłn) encendidas. Cuando regreso han terminado de jugar y en cero coma han montado un picnic de veinte notas multiculturales encima de un par de alfombras. Hay cinco tipos de tortilla, un par de tabouleh, un postre irlandĂ©s hecho de cereales y chocolate fundido, una cosa llamada pan de pera que a mĂ me sabe un poco a morcilla. Ofrezco el jerez dulce que he traĂdo de Cádiz y Jorge y yo nos lo vamos pimplando mientras hablamos de escalada. Antes de darme cuenta ya he confesado mis niveles de frikismo (tipo tengo la biografĂa de Lynn Hill o tipo este viaje se llama el Summer Steinbeck-Hill Project). Jorge asiente y sonrĂe bastante; no sĂ© si le he caĂdo bien o es el jerez.
Ahora estoy en su piso, en la habitación que tiene para invitados, intentando que la brisa que se cuela por la ventana refresque el aire. Aquà también está haciendo más calor que en mucho tiempo, y parece que no puedo escapar de los áticos recalentados. Le he explicado que tengo que escribir al final de cada jornada, y también que quiero enseñarle mi relato sobre un podólogo, ya que él trabaja en eso. Por cierto, que también he podido preguntarle qué coño motiva a una persona para querer pasarse la vida mirando pies; la respuesta es compleja e interesante, pero me la guardo para dejaros con la intriga y que tengáis que buscar a vuestro propio podólogo.
Este viaje está siendo terriblemente genial y divertido y sĂłlo llevo dos dĂas. Me preocupa. No tengo ni idea de quĂ© vamos a hacer mañana, ni me importa. Creo que Jorge anda dándole vueltas a ver a dĂłnde se lleva a trepar a la gaditana zumbada fanática esta que lleva una foto de Lynn Hill como salvapantallas del mĂłvil. A ver quĂ© pasa.
Y me voy a dormir sumamente feliz y dejándome fluir con las cosas divertidas y sorprendentes que tiene el mundo. Ya os contaré mañana. Sed felices y disfrutad de esta cosa bonita llamada vida.