La cenayuno es una cena que, en realidad, es un desayuno. Un desayuno antipaleo, para colmo, porque tú ya hace unas cuantas semanas que has decidido que estás hasta el potorro de restricción dietética y que necesitas un poco de aire antes del siguiente embate. Asà que llegas a casa y no tienes ninguna gana de cocinar, pero ninguna, y piensas que ya que has comprado molletes antequeranos esta mañana en el Covirán, te vas a dar el gusto y te vas a hacer un cenayuno con pan, aceite, jamón serrano y colacao.
El desayuno es la comida más reconfortante del dĂa, y tĂş lo sabes. Y hoy necesitas que te reconforten. Porque te has pasado la mañana gritando como una desquiciada en la puerta del hospital y de repente te estás dando cuenta de lo triste que te pone el hecho de tener que denunciar ciertas cosas a travĂ©s de un megáfono. Porque despuĂ©s de una semana sin dar señales de vida y de que salieras ayer en canal sur porque tu colectivo intenta luchar por sus derechos, tu padre mĂ©dico inaugura la conversaciĂłn preguntándote que cĂłmo es eso de que despuĂ©s de un año hay que pagar el whatsapp. Y te lo pregunta por whatsapp Porque has pasado la tarde con Anxo a medias hablando sobre un paciente complicado y a medias echándole un ojo a su hijo de tres años, que correteaba junto a vosotros por la plaza de Candelaria, y justo antes de irte, cuando te has acuclillado junto al niño para despedirte, te ha mirado con sus ojos adormilados y su cara llena de churretes, te ha tendido los brazos y te ha plantado un beso en los morros con sus labios hĂşmedos de casi bebĂ©. Y a ti ese beso te ha partido el corazĂłn y no sabes por quĂ©.
AsĂ que hoy cenas desayuno, porque total, a quiĂ©n le importa. Si ya no está tu padre para preguntarte quĂ© quieres de cenar, y que tĂş le digas que algo ligero, y Ă©l te conteste que una liebre; ni tu madre para pedirte desde el salĂłn que le hagas tambiĂ©n ensalada a ella si te estás cocinando algo; ni J. para quejarse de que una ensalada no es una "cena cenosa" y que Ă©l quiere algo acogedor, "como un huevo". A nadie le importa un carajo que comas o no paleo o que cenes desayuno o desayunes cena, Marina. AsĂ que tuesta el mollete sobre la vitrocerámica, caliĂ©ntate la leche hasta que estĂ© a punto de quemarte el paladar y tĂłmate tu cenayuno sin cargo de conciencia. Sigue escribiendo despuĂ©s, sigue leyendo, no te rindas. Quizá mañana seas capaz cenar brĂłcoli y desayunar huevos revueltos. Pero por hoy está bien asĂ. Colacao y molletes. Vete a dormir. Descansa. Te lo has ganado.
martes, 20 de noviembre de 2012
CorazĂłn partido
El icono de la página de Facebook de los residentes recortados de mi hospital es un corazón roto. Imagino que lo han elegido por similitud semántica con el tema de los recortes, pero para mà es muy revelador.
A los residentes se nos está partiendo el corazón.
Estas cosas me ponen triste. Las manifestaciones. Ves a tanta gente linda, inquieta, creativa y solidaria, pisoteada por los de arriba sin ningĂşn miramiento. Que los residentes nos cabreemos tiene tela, porque tragamos mucho. Somos un colectivo tan adoctrinado en la vocaciĂłn, con un sentido del deber tan acusado, que llegamos al hospital dispuestos a aguantar lo que nos echen. Vemos a cientos de pacientes, hacemos guardias sin dormir, cubrimos los puestos de los adjuntos. Para que un residente se ponga en huelga, tiene que estar muy cabreado.
Hoy hemos empezado una huelga indefinida y lo hemos celebrado plantándonos en Sevilla. Era bonito de ver. Una marea de gente joven con batas blancas gritando, bailando y sonriendo. Hemos caminado por el centro hasta los servicios centrales del SAS y allĂ hemos gritado un buen rato con las manos en alto. Ha sonado el himno de AndalucĂa y a mĂ, que en el fondo soy una sentimental, se me han saltado las lágrimas.
Estas cosas me ponen triste. Las manifestaciones. Ves a tanta gente linda, inquieta, creativa y solidaria, pisoteada por los de arriba sin ningĂşn miramiento. Que los residentes nos cabreemos tiene tela, porque tragamos mucho. Somos un colectivo tan adoctrinado en la vocaciĂłn, con un sentido del deber tan acusado, que llegamos al hospital dispuestos a aguantar lo que nos echen. Vemos a cientos de pacientes, hacemos guardias sin dormir, cubrimos los puestos de los adjuntos. Para que un residente se ponga en huelga, tiene que estar muy cabreado.
Hablo de lo mucho que me gusta mi trabajo, y es verdad. No importa cuánto me esfuerce: ni en un millĂłn de años podrĂ© devolverles a mis pacientes lo que ellos me han dado a mĂ. Lo que no cuento es que curro en un sistema a quien mi esfuerzo se la pela mortal. CĂłmo veo dĂa tras dĂa que los recursos se distribuyen para apagar fuegos a corto plazo, y no para generar a largo plazo cambios reales. ConseguĂ evitar mi primera cirugĂa bariátrica, Chispas, con D.: un señor adorable que me agradece infinito darle la esperanza de que lo puede conseguir solo. El dinero que se ahorra el SAS en no operar a UN obeso equivale casi a la mitad de mi sueldo bruto anual, pero eso no importa, porque cuando me vaya en diciembre no se va a quedar nadie ahĂ para dar esperanza a otro montĂłn de gente que "no puede" perder peso.
Hablo de lo mucho que aprendo cada dĂa, pero no hablo de que puedo contar con los dedos de una mano las veces que un adjunto, o mi tutora, o mi jefe, me han dicho que valoran mi trabajo, que aprueban lo que hago en consulta o que mi funciĂłn en el servicio es importante. No cuento que despuĂ©s de que en agosto me pasara lo peor que le puede pasar a un psicĂłlogo, nadie se puso en contacto conmigo para preguntarme cĂłmo me sentĂa. No hablo de que me piden que haga posters y comunicaciones que queden bien en mi currĂculum sin que el contenido de esos posters le importe a nadie un carajo.
Todo eso me da rabia, y por eso a veces, cuando la gente me dice que tengo que estar agradecida de poder currar en los tiempos que corren, me entran ganas de mandarlos a tomar viento. Porque yo ahora mismo no tengo más opciĂłn que quedarme en esta empresa con las condiciones que me impongan hasta mayo de 2014, si no quiero perder el trabajo que ya he hecho para obtener el tĂtulo de especialista.
La mayorĂa de las veces me da igual trabajar un dĂa detrás de otro sintiendo que no importa lo bien o lo mal que lo haga, porque ya se ha decidido que ahĂ no tengo futuro. Otras es jodidamente frustrante. Es una de las razones por las que he vuelto a volcarme en Psicosupervivencia; porque si no siento que dedico al menos parte de mi esfuerzo a algo mĂo, a algo que perdure, me voy a volver loca.
Oficialmente, estamos en huelga para que se nos reconozca el derecho a ampliar la jornada a treinta y siete horas y media como a todo el mundo, en lugar de quitarnos dinero de nuestro ya justito sueldo para cuadrar las cuentas del SAS. Extraoficialmente, yo estoy en huelga por mi dignidad. Porque me gustarĂa que por una puta vez en la vida a los jĂłvenes de este paĂs se nos tratara con respeto. Tenemos vidas humanas en nuestras manos, joder. Criaturas que vienen a consulta y ponen en tus manos su sangre, sus Ăłrganos y sus emociones. Toleramos unos niveles de estrĂ©s y sobrecarga laboral muy altos. Y desde arriba lo Ăşnico que nos dicen es que tenemos suerte porque la especialidad se nos pague y no se haya convertido en un master privado.
TĂłcate los pies.
Me voy a dormir con sentimientos encontrados. Estoy contenta de haber compartido un dĂa con tanta gente dispuesta a sacrificarse por lo que cree, pero estoy triste cuando pienso en nuestros gritos abajo, en la calle, y las ventanas cerradas arriba. SĂłlo me queda pensar que si al final esas ventanas no se abren, tendremos que gritar lo bastante fuerte como para romper los cristales.
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