¿QuĂ© piensa tu cerebro cuando te caes de la moto? Hay un momento en que te das cuenta de que te vas a caer. No ha sucedido aĂşn, pero ya has perdido el equilibrio, las ruedas han resbalado y tĂş lo sabes. Y encima sabes que te caes porque ibas rápido. Con prisas. AsĂ que en el segundo que dura la caĂda a ti te da tiempo a pensar que eres gilipollas y que ya te vale coger asĂ la curva. Te invade un sentimiento de inevitabilidad, de "lo sabĂa, Marina, lo sabĂa, si es que vas como las locas". La sensaciĂłn es rara: la moto, que era una cosa estable entre tus piernas, de repente se escurre y cae pesadamente detrás de ti, como un animal abatido. Y tĂş te chocas contra el suelo. Y duele.
Entonces, rápidamente, tu cerebro se ajusta. Ya no hay trabajo al que llegar ni autobuses que coger, nada: ahora tu prioridad es curarte las heridas. Empiezas a procesar las señales de dolor, y en realidad no crees que te hayas hecho mucho daño, porque es difĂcil pensar que tu cuerpo, que hace unos segundos estaba estupendamente, ahora pueda haber cambiado: que lo que estaba entero pueda haberse roto. Te miras y ves sangre y los pantalones rotos, y piensas "mierda, mis vaqueros nuevos", y la sangre es rara, ahĂ tan sĂşbita y roja, tan gratuita.
Esta mañana me he puesto a llorar nada más caerme y no he parado hasta que, una hora despuĂ©s, el traumatĂłlogo de guardia me ha dicho que no tenĂa nada roto. Lloraba en el Campo del Sur, esperando al taxi; lloraba en el taxi, mientras el conductor me consolaba contándome que Ă©l tambiĂ©n se habĂa caĂdo y que "todos los moteros nos caemos, antes o despuĂ©s". Lloraba en urgencias mientras le mandaba whatsapp autocompasivos al Kpot, que estaba en El Chorro. DebĂa de dar mucha pena yo ahĂ solita, con los vaqueros rotos y llenos de sangre, con el abrigo en la mano y la bufanda arrastrando de camino al triaje.
Si lo pienso ahora, no sĂ© exactamente por quĂ© lloraba. Me dolĂa, sĂ, pero no era eso. Yo aguanto bien el dolor. Cuando estuve haciĂ©ndome las limpiezas faciales del Averno en Granada, la tĂa me tenĂa hora y media torturándome encima de una camilla y yo no movĂa un mĂşsculo. Puedo sentarme a meditar y no moverme en una hora aunque la espalda me estĂ© haciendo polvo. Creo que lloraba porque estaba asustada y sola y desconcertada, y sobre todo lloraba porque pensaba que si me habĂa partido algo, no iba a poder escalar en un montĂłn de tiempo. Llamadme idiota.
Per no era sólo eso, no sé. Eran más cosas. Como si todo lo que me da pena de la vida y de mà misma se hubiera condensado al mismo tiempo en mis rótulas. Se pone uno blandito cuando se hace daño. Esta percepción repentina de la propia fragilidad, y darte cuenta de pronto de que necesitas que alguien te cuide.
Ha venido a rescatarme el MIR, que estaba saliente de guardia en Puerto Real. Me ha recogido en el coche y me ha dado abracitos: "ya está, PIR, ya está, no llores", me ha llevado a casa y ha traĂdo mi moto a la puerta. He tenido todo el dĂa una sensaciĂłn rara de irrealidad y penita, como si me hubieran dado una paliza, toda autocompasiva y blanda. La gente me llamaba y me escribĂa y yo sĂłlo podĂa decir algo como "quĂ© ratito más malo he pasado, joder".
En el libro de "QuiĂ©n vive, quiĂ©n muere y por quĂ©" el autor decĂa algo como que los accidentes tienen que ocurrir y ocurrirán siempre con una probabilidad constante, porque son una propiedad del sistema al que pertenecen. Lo importante es que no te ocurran a ti. AsĂ que acepto que lo de hoy haya pasado, pero no olvido que es una manera como cualquier otra que tiene la vida para darme un toque. Que se resume en: cĂ©ntrate, Marina. Presta atenciĂłn. Cuida de ti misma, que necesitas tu cuerpo para trabajar, amar, meditar y escalar, no necesariamente por ese orden. Y hazme el favor de salir con tiempo, que vas siempre con la hora pegada al culo.