massobreloslunes: octubre 2022

viernes, 28 de octubre de 2022

El Punto Pijama


En algún momento de la edad adulta, empecé a ponerme el pijama solo para dormir. Algún oculto rincón de mi cerebro empezó a identificarlo como una muestra de vagancia y pereza, y lo cambié por ropa de estar por casa. Ya sabes a lo que me refiero: leggins, sudaderas y bragas de regla. 

De un tiempo a esta parte, sin embargo, he recuperado el placer del Punto Pijama. El Punto Pijama es ese momento de tu día en que sabes que no vas a salir más a la calle, así que te pones el pijama entero. Esto es importante, porque si cedes a las presiones sociales y solo te pones la parte de abajo, pero conservas un jersey decente o una sudadera de persona, ya no es Punto Pijama. Una parte de ti todavía quiere estar presentable y preparada para el mundo exterior.

Mi amiga María la de Gijón es experta en Punto Pijama. Le da igual que estés con ella en su casa y que tú no tengas pijama: ella se pone el suyo, se desmaquilla, se quita las lentillas y que salga el sol por Antequera. Me pregunto si será porque es asturiana y allí los inviernos son oscuros y lluviosos y apetece meterse en casa con el brasero. A los mediterráneos nos gusta más mantener en la retaguardia la posibilidad de que alguien te llame después de cenar para comer pipas en algún banco.

En cualquier caso, el Punto Pijama es Bien. Se me había olvidado que los pijamas están hechos para ser suavitos y cómodos, a diferencia de los leggins, que son una prenda mentirosa que promete comodidad pero casi nunca la da. Esa es otra historia que da para otro post, pero si en el Universo conocido hay leggins que no aprietan pero que tampoco se caen, yo no los he encontrado.

El pijama es otra cosa. No le importa ti se hace buen o mal culo. Es gustoso y un poco ridículo. Una vez te has puesto el pijama, nadie te convencerá para salir o se te acoplará en casa sin tu consentimiento. El pijama te protege de decir que sí por compromiso: es la armadura del introvertido.

Así que ya sabes: la próxima vez que la vida te supere, ponte el pijama y deja que sus amables contornos le manden a tu cuerpo el mensaje de que todo está bien. A veces, lo único que tienes que hacer en esta vida es dormir.

domingo, 23 de octubre de 2022

Many


Kalymnos en temporada de escalada es un sitio curioso porque toda la gente que te rodea se te parece un poco. Todos vamos con ropa deportiva, estamos quemados por el sol y tenemos el tren superior más desarrollado que la media. Todos podríamos encontrar temas de conversación si nos sentaran al azar en una cena.

Cuando estoy en el sector, observo a los demás escaladores. Se juntan en parejas o en grupos y puedes intuir los vínculos que los unen: esos son colegas, esos están casados, aquellos se conocieron anoche en una fiesta y hoy han quedado para trepar. 

Te das cuenta, más que en otras situaciones, de cómo esos vínculos, incluso los más fuertes, están mediados por el azar y la geografía. ¿Con cuántos de esos escaladores te llevarías bien? ¿Cuántas de las mujeres podrían ser tus confidentes? ¿De cuántos hombres podrías enamorarte?

En esos momentos miro a Pablo y recuerdo que no soy más que una de sus posibles personas compatibles en el mundo y que seguramente hay miles como yo. Miles de mujeres que encontrarían adorable que jamás lleve pantalones largos, haga el tiempo que haga, o que siempre le eche demasiado picante a la comida. 

Nos gusta alimentar la ilusión de que es un milagro que nos hayamos encontrado, de que solo él me comprende a mí y solo yo lo comprendo a él en este mundo loco, pero es mentira.

Pienso en esa serie de Netflix que empecé a ver pero que no me gustó mucho; The One, me parece que se llamaba. En ella, unos científicos descubren un algoritmo que encuentra a tu pareja perfecta entre todas las personas del mundo. Me pregunto si no sería más interesante una serie llamada Many donde lo que te dan es la larguísima lista de posibles parejas que podrían hacerte feliz y, abrumada por el FOMO, la gente es incapaz de decidirse.

Cuando era mas joven me angustiaba esta idea. Tantas personas me fascinaban, tantas conquistaban mi corazón, y yo solo tenía tiempo y espacio para unos pocos. 

Ahora me consuela: como si el amor, o la amistad, fueran una corriente subterránea y abundante bajo la superficie de la tierra, y solo tuvieras que cavar un poco, estés donde estés, para conseguir tu dosis.

sábado, 22 de octubre de 2022

Cambiar pañales



Cuando la gente habla de tener dos hijos, un tema que sale mucho es el de los pañales.

«Espera a que el primero ya no lleve pañales; así no tienes que cambiárselos a los dos a la vez». 

«Si tardas mucho tiempo en ir a por el segundo, te dará pereza volver a cambiar pañales». 

La pañalfobia parece universal y es también por lo que la gente se empeña en enseñar al niño a usar el váter lo antes posible, lo que puede estar bien o ser una pésima idea si no está preparado.

Yo no lo entiendo. A mí cambiar pañales me parece, con muchísima diferencia, lo menos molesto de la maternidad.

[Aclaro que estoy hablando de cambiar pañales normales de plástico de toda la vida. No hay un solo universo en el que uso los de tela, y me da igual que por culpa de gente como yo las generaciones posteriores vayan a vivir en un vertedero y tengan que mudarse a Marte.]

Cambiar pañales es simple. Cualquiera puede hacerlo. Tiene un número de variables limitadas que puedes perfeccionar: con un presupuesto razonable, consigues buenos pañales, una crema efectiva y toallitas sin perfume que te hacen sentir buena madre que respeta el ph de su progenie.

Compara esto con, por ejemplo, la nutrición, y saber qué es bueno o malo para tu hijo, o con la educación y los millones de respuestas posibles que hay para cada pequeño conflicto. 

Cuando cambiar un pañal, además, está clarísimo que lo has hecho bien. No dudas de si el bebé ha comido suficiente o necesita echar más gas. El culo estaba sucio y ahora está limpio y huele bien. Puedes tener tu conciencia tranquila.

Los pañales se cambian rápido y ni siquiera en situaciones precarias, como un baño público sin cambiador y un bebé con diarrea, sobrepasan tu capacidad de respuesta. Hasta el episodio más grotesco se queda en una anécdota de la que después te ríes. No te produce instintos homicidas como cuando el bebé no te deja dormir o el niño de dos años se niega a ponerse el pijama. 

Y sí, es más cómodo que tu hijo haga pis y caca en el váter, pero la época de transición es muy molesta. Vives con miedo a te la líe, así que vas registrando en tu cerebro dónde está el váter más próximo y preguntándole cada treinta segundos si necesita hacer pis. Te vas a dormir preguntándote si esta será la noche donde tendrás que ponerte a cambiar sábanas con los ojos pegados. 

Mi hija ya hace tiempo que no lleva pañales y está muy bien. Hay algo adorable, además, en un niño diciendo «voy a hacer pis» y sentándose en el váter con los piececitos colgando; no me digáis que solo me pasa a mí, porque por algo los anuncios de papel higiénico usan niños desde tiempos inmemoriales.

Aun así, cuando tenga que volver a cambiar pañales, estaré bien. Como decimos en Andalucía, que tó fuera eso

viernes, 21 de octubre de 2022

Retomando

Estaba súper mega convencida de que iba a escribir todos los días sin falta porque venía muy motivada, pero no contaba con...

...

... que ahora tengo una hija.

Y que con los hijos no puedes hacer planes porque cuando te quieres dar cuenta, hacen como la mía y te pillan una gastroenteritis durante días, y de repente el tiempo del que dispones para ti se ve reducido a la mínima expresión.

Que haber, podría haber escrito si de verdad, DE VERDAD hubiera querido. Siempre se puede dormir menos. Pero yo ya estoy mayor para sufrimientos y en realidad, sabía que solo me había ido unos días. 

A lo mejor estoy tan convencida de que esta vez sí he vuelto de verdad que ni siquiera necesito escribir todos los días para demostrármelo.

O igual lo de arriba es una excusa como un piano. El tiempo lo dirá. 

sábado, 15 de octubre de 2022

Mi nuevo mantra favorito


Hace un par de días «vi» una peli absurda de Netflix llamada Look Both Ways. Digo que la «vi» porque, en realidad, lo que hice fue lo siguiente:

1. Ver los cinco primeros minutos.

2. Seleccionar un par de escenas aleatorias de la mitad.

3. Ver el final.

Es mi método estándar de visualización de películas demasiado estúpidas para dedicarles tiempo pero que me generan la suficiente curiosidad como para caer en la tentación de verlas.  Si ya me sé el final, ya no hay curiosidad y paso a otra cosa.

La premisa es que Nat, una estudiante universitaria, se hace un test de embarazo y, a partir de ahí su vida se divide en dos universos paralelos: en uno el test es positivo y en otro negativo.

Hagamos aquí un inciso para mesarnos colectivamente los cabellos por el absurdo de cómo las películas presentan el tema del embarazo:

  • El primer síntoma siempre el el vómito, pese a que en la vida real pueden pasar semanas hasta que empiezas a vomitar.
  • Cuando el test sale negativo, se quedan tranquilísimos a pesar de que un test negativo puede ser positivo más adelante.
  • El positivo siempre se ve claro y brillante con una línea súper fuerte.
  • Todos los embarazos son inesperados. ¿Esta gente faltó el día que explicaban la reproducción en el cole? ¿O tienen los peores condones de la historia?
Fin del inciso.

La cuestión es que la última escena de la peli es (tranqui, que no es spoiler, en caso de que quieras disfrutar de esta maravilla del Séptimo Arte): pasados cinco años, las dos Nats visitan el baño de la frat house donde se hicieron el test de embarazo. Se detienen en la puerta, observan a su yo del pasado sentada en el váter, sosteniendo el test y, a la vez, le dicen:

—Tranquila. Todo ha salido bien.

Y esa escena estúpida de esa peli absurda que ni siquiera vi entera se ha convertido en mi nueva filosofía de vida. 

Porque, con la distancia suficiente, todo sale bien.

Haz la prueba: piensa en cualquier momento de tu vida en los últimos años en el que estuvieras preocupado, agobiado o confuso, y ahora imagina a tu yo de cinco años después. Que no es que no tenga otros problemas, pero lo más probable es que ese, el que te angustiaba entonces, ya no esté.

Marina del futuro a Marina con acné: tranquila. Todo ha salido bien.

Marina del futuro a Marina sola y desesperada porque no encuentra pareja: tranquila. Todo ha salido bien.

Marina del futuro Marina que no sabe si alguna vez tendrá hijos: tranquila. Todo ha salido bien.

Tengo la intuición de que esto sirve incluso cuando las cosas no salen bien. Si nos dan el tiempo suficiente, los humanos somos resilientes y tenemos la prodigiosa habilidad de aprender, buscar el lado positivo, crecer.

Imagino que el truco deja de funcionar justo cinco años antes de morirte aunque, ¿quién sabe? Igual es verdad lo de la otra vida y resulta que se está estupendamente.

Hasta entonces, lo estoy usando como mantra tranquilizador en estos tiempos locos. Me agobio y me imagino a la Marina del futuro, más cansada, con más arrugas, con problemas distintos, pero mirándome con amabilidad y sabiduría desde su presente.

Tranquila. Todo ha salido bien.

viernes, 14 de octubre de 2022

Detox digital, IV: la pijada


ANTES DE NADA: Por alguna misteriosa razón, no estoy pudiendo dejar comentarios en mi propio blog. Es un escándalo esto. Así que no penséis que soy una borde desagradable; espero poder solucionarlo en breve.

Hoy termino la serie final sobre mi detox digital con la última idea pija que voy a poner en marcha.

A saber:

Me voy a comprar un ordenador nuevo...

... y le voy a pedir a Pablo que me deshabilite la conexión a Internet.

Solo lo usaré para escribir y para trabajar offline.

Esto ya lo he probado antes y no me ha funcionado. ¿Por qué? Pues porque me compré un ordenador del año de la pera por 200 euros que pesaba una barbaridad y que en cualquier momento temía que muriera.

Ahora voy a cambiar de estrategia: me voy a ir a por uno tope de gama, probablemente un MacBook Air como el que tengo ahora, pero en otro color. La idea es que la usabilidad no sea un problema y me genere tanto placer y confianza como mi ordenador de ahora para que no surjan resistencias al utilizarlo. 

«Pero, MARINA. Madre de Dios, qué es esto. Eres una pija privilegiada absurda que se va a gastar mil y pico euros porque no es capaz de no abrir WhatsApp mientras escribe y/o acarrear un ordenador pesado por el mundo». 

Sí, lector, SÍ: admito de corazón mi derrota digital. Soy un fracaso humano-tecnológico, PERO tengo algunas cosas que decir a mi favor.

La primera es que ya comenté que estoy en fase a grandes males, grandes remedios, y que para mí no ser capaz de concentrarme en la escritura es un GRAN MAL. Muy malo, nivel traicionar a mi yo creativo y no cumplir los sueños de mi vida.

La segunda es que mucha gente no duda en gastarse miles de euros en, por ejemplo, una academia para estudiar oposiciones, solamente para «obligarse a seguir un ritmo» o razones parecidas. Otros pagan a coaches de productividad o psicólogos.

Yo creo (creo) que un ordenador sin Internet va a aumentar mi productividad literaria MUCHÍSIMO MÁS que un coach, y me va a salir por lo mismo o más barato.

Y la tercera es que el peor de los casos es que no lo use, pero si es así, en lugar de un ordenador chungo para tirar a la basura tendré uno que podré utilizar cuando se estropee el que tengo ahora o vender a un precio razonable. 

Ergo: lo veo claro. Quería hacerme un regalo a mí misma para celebrar el cierre de Psicosupervivencia y va a ser este.

Y ahora sí que sí dejo de desbarrar sobre mi detox digital, que soy más pesada que una vaca en brazos. 

PD: Lo he comentado medio de pasada, pero lo repito: seguiré escribiendo aquí. Será una de mis excepciones, aiunque tengo que ver cómo me lo organizo para que no me atrape un vórtice de distracción.

jueves, 13 de octubre de 2022

Detox digital, III: apps de mensajería, Kindle y podcasts

Previously, en Massobreloslunes...

Quiero iluminarme (introducción al detox digital)

Explicación larga y aburrida de mi relación con la tecnología

Continúo con las apps que me faltaban.

WhatsApp y Telegram

Aunque es verdad que los chequeo con cierta frecuencia, no tengo la sensación de que sean mi mayor problema, sobre todo porque a diferencia de las redes sociales, no son infinitos. Sí que ocupan tiempo en mis paseos que podría dedicar a reflexionar o a escuchar podcasts, pero no sé hasta qué punto es grave.

Dicho esto, acabo de mirar las analíticas del teléfono y WhatsApp es el responsable número 1 de mis pickups (las veces que miro el móvil, que están en un aterrador 43 de media al día). El problema con WhatsApp es que no lo puedes tener solo en el ordenador. Necesitas la aplicación de móvil. Y no quiero dejar WhatsApp del todo; es demasiado cómodo y me mantiene localizable para cierta gente.

Quitar las notificaciones de WhatsApp podría parecer una buena idea, pero no tengo claro si será peor y hará que vaya a la aplicación una y otra vez para ver si alguien me ha hablado. 

Creo que voy a probar a quitar las notificaciones, a ver qué pasa. Mi intuición me dice que sin todas las demás fuentes de distracción en el teléfono, WhatsApp será el menos de mis problemas.

Por Telegram me habla poca gente y pocas veces, así que de momento voy a dejarlo tal cual.

Kindle

Amo mi Kindle y, al mismo tiempo, estoy convencida de que influye negativamente en mi paz mental y mis hábitos de lectura. Es demasiado tentador empezar un libro y, cuando no llevo ni la cuarta parte, dejarme tentar por otro. Echo de menos el silencio de lo analógico. Con el Kindle, aunque esté leyendo un libro, noto por detrás el zumbido de las millones de posibilidades del dispositivo.

¿El problema? La vida nómada y lo mucho que pesan los libros. Aun así, teniendo en cuenta que yo leo inglés con fluidez, veo factible ir consiguiendo libros de papel en los distintos lugares por los que vayamos pasando. Mi hipótesis es que leer libros buenos en papel es más beneficioso que leer los mejores libros en Kindle.

Durante el detox, no leeré en Kindle. Vamos a viajar a España la semana que viene y aprovecharé para traerme libros, y todavía tengo un montón aquí que no he leído. 

Después del detox, pretendo seguir minimizando la lectura en Kindle a no ser que no me quede otro remedio (que no haya NINGUNA forma de conseguir el libro en papel).

Podcasts

Con los podcasts tengo dudas. Por una parte, me parecen mucho menos «dañinos» que las redes sociales o navegar por Internet: no permiten saltar de una cosa a otra ni destruyen tu atención. Sin embargo, creo que ocupan el espacio de otras actividades (como pasear a solas con mis pensamientos) y que hay formas mejores de recibir la misma información.

Tampoco me gusta NADA estar en casa con los auriculares puestos si hay alguien más, incluso aunque Pablo o Alana estén haciendo otra cosa. Me desconecta de ellos y bloquea las posibilidades de conexión. 

En realidad, para mí los podcasts no son una fuente de información, sino de compañía. Cuando algo me interesa, el podcast es una forma de «rodearme» de gente afín y de estar expuesta constantemente a esas ideas y no olvidarme de ellas.

Durante el detox, voy a eliminarlos del todo. Es posible que pruebe con audiolibros aunque, por alguna razón, nunca terminan de convencerme, pero en su mayoría procuraré estar simplemente sin escuchar nada.

Después del detox, si vuelvo a escuchar podcasts lo haré solo en momentos en que no haya nadie en casa, y valoraré si realmente me aportan o si es mejor centrarme en lo que tengo delante.


¡Eso es todo! Tengo un plan.


Ahora solo queda decidir cuando empiezo mi detox. Al final no voy a ir al curso de Vipassana porque viene mi suegra y está como feo pirarme cuando hace ocho años que no la veo, así que es posible que comience el lunes que viene, por aquello de que empezar las cosas en lunes siempre da más vidilla.

La inspiración del detox, por cierto, es de Digital Minimalism, el libro de Cal Newport.


¡Oh! Me acabo de dar cuenta de que no es todo. Tengo algo más que contar sobre esto, pero lo explicaré mañana, que este post está quedando muy largo ya.


miércoles, 12 de octubre de 2022

Cuatro años


Hoy cumples cuatro años.

Muchos padres nos habían dicho que a los cuatro ves la luz al final del túnel, y es verdad. Ya juegas sola durante un buen rato, se puede razonar contigo y cuando vamos a un restaurante con zona de juegos, desapareces con tus amigos sin pedirnos que vayamos detrás. 

Cuando me decían que todo esto ocurriría a los cuatro, yo pensaba que quedaba un montón de tiempo. Ahora me parece increíble lo deprisa que ha llegado.

Eres listísima. Hablas inglés y español, entiendes el griego a la perfección y también lo chapurreas. Te sabes decenas de canciones en los tres idiomas de principio a fin. Cuentas hasta treinta en inglés, hasta veinte en español y hasta veintinueve en griego (porque ninguno de los tres recuerda nunca cómo se dice «treinta» y después se nos olvida mirarlo).

Eres cursi como tú sola. Te vistes como si te hubiera vomitado encima un unicornio y solo quieres llevar faldas para poder twirl con ellas. Tienes cuatro «hijas» de peluche: una muñeca llamada Tatiana-Moana, una sirena, una Minnie y, por alguna razón, un pulpo. Las llevas de acá para allá y las pones a dormir en sus camas con un besito de buenas noches. 

Tienes el pelo largo que te crece como una hierba, y entre tu canguro y yo cada día te lo peinamos con un modelé distinto. Tú protestas y yo amenazo con traer las tijeras de cocina, y después cambio de registro y te digo que en serio, que no pasa nada por llevar el pelo corto, pero que si lo quieres largo hay que peinarlo. Te pregunto de nuevo: «¿pelo corto, o largo»? «Largo, mamá», respondes tú, y aguantas estoica mientras te hago trenzas de raíz.

Te encanta comer todo lo que les encanta a los niños de tu edad: el pan, la pasta y los carbohidratos en general pero, por alguna razón, también eres fan del salmón a la plancha. Comes como una lima aunque todavía no te animes a probar muchas cosas. Duermes, en general, como un ceporro, porque Dios sabía que si me mandaba una niña que no durmiera, la cosa acabaría en infanticidio muy pronto.

Solo quieres que te acueste yo, y tu rutina de dormir incluye tres cuentos, un repaso de tu día, una canción, abrazos y masajes en los pies. No sé cómo te has apañado para recibir un masaje de pies diario, pero algo me dice que te va a ir bien en la vida. Cuando llega el momento de dar un abrazo a papá, lo llamas a gritos, te pones de pie en la cama y te preparas como la que se va a tirar a una piscina: después saltas sobre él y te cuelgas de su cuello como un pequeño koala.

Tu cosa favorita del mundo es pasar tiempo con nosotros haciendo lo que sea: jugar, saltar, pintar familias inmensas que incluyen a toda la gente a la que quieres. Por alguna razón, te fascinan las heridas, así que todos tus juegos incluyen que alguien se haga daño o necesite vendas. Te encantan las booboo stories en las que papá y yo te relatamos, con todo lujo de detalles, las heridas de nuestra infancia, precediendo el acontecimiento con: there I was, minding my own business, when... Esta frase la dijo papá un día y desde entonces, no paras de repetirla.

Odias los bichos y, como tu madre, sientes hacia los perros una mezcla de hastío e indiferencia. Te encantan las mariposas y los unicornios, y les has puesto nombre a todos los gatos del barrio: Naná, Nanabumba, Dámbara, Himly, Dimly y Gamka (los gatos del mismo color comparten nombre).

Nos haces mejores personas. Sin ti, seríamos dos seres maniáticos y solitarios que se acercarían a la mediana edad gruñendo por todo; contigo, no nos queda más remedio que ser pacientes y recordar las cosas importantes de la vida. Nadie nos desespera como tú y nadie nos hace reír como tú. Te queremos a reventar, y cuando te lo decimos, tú preguntas, con genuina curiosidad, «¿por qué?». Y cuando te respondemos: «porque eres lista, divertida, cariñosa, guapa... y porque eres nuestra nena», asientes muy seria, como si todo volviera a encajar en tu pequeño mundo.

Ayer estabas medio malita y, aunque tenemos preparada la tarta de Peppa Pig, la piñata y un montón de globos de helio, no sé si podremos celebrar tu fiesta. De momento, tenemos tus regalos en el sofá, esperando a que te despiertes: una casa de Sylvanian Families con su correspondiente familia de conejitos, una cámara de fotos y una muñeca que esperamos que sustituya a Tatiana-Moana, que se cae a pedazos. Espero que te gusten.

Escribo esto mientras te escucho respirar dormida a través de tus mocos y recuerdo cuando eras un bebé y yo vivía con pánico a la muerte súbita, y pensaba «tú sigue respirando, Alana. Sigue respirando, que nosotros nos ocupamos del resto».

Gracias por respirar.

Te quiero.

PD: Este post imita descaradamente el formato de los posts de cumpleaños de Molinos. I REGRET NOTHING.

martes, 11 de octubre de 2022

Detox digital, II: redes sociales y mail


El primer paso del detox digital es decidir qué vas a usar y cuándo vas a usarlo, así que voy a empezar a hacer una lista de las maneras en las que Internet y mi teléfono están arruinando mi vida, y cómo planeo mitigarlo tanto durante el periodo de desintoxicación, como después.

Instagram

IG y yo vamos por fases. Tengo una cuenta anónima sin publicaciones para seguir a gente que me interesa, y tan pronto borro la aplicación como la reinstalo y me paso todo el día enganchada.


Tengo claro que debe salir de mi vida, así que lo eliminaré por completo en el detox y aspiro a que se quede así.

Facebook

También tengo una cuenta sin apenas información para unirme a grupos: por ejemplo, sobre los lugares a los que viajamos o sobre WorldSchooling.

Apenas lo miro, no tengo la app en el teléfono y ahora mismo mi nivel de adicción es minúsculo. Lo eliminaré en el detox a no ser que no haya otra forma de lograr determinada información o comunicarme con alguien (por ejemplo, con la futura profesora de la guardería de Alana en Tailandia), pero veo factible mantenerlo después.

Twitter

Hace unos meses decidí hacer crecer mi cuenta de Twitter y llegué a 20000 seguidores en muy poco tiempo, pero la pura realidad es que Twitter no me gusta. No lo miro nunca y no me cuesta trabajo no hacerlo.

Aspiro a eliminarlo por completo, tanto durante el detox como después.

Navegar por Internet

Ya hace mucho que no busco información de lo que me interesa en artículos de blog y similar; suelo irme a podcasts o a libros. Lo que me gustaría eliminar es la compulsión de mirar inmediatamente pequeñas dudas, o de abrir el ordenador cuando llego a casa, o de buscar inmediatamente la opinión de otra gente sobre libros o películas antes de formarme la mía.

Durante el detox, iré anotando lo que quiero consultar en una libreta y solo usaré Internet los fines de semana durante una hora cada día, como mucho. Haré excepciones si realmente hay algo que no puedo buscar o gestionar de otra manera (billetes de avión o comprar algo en Amazon).

Correo electrónico

El correo es el mal. Mi cuenta de trabajo está constantemente demandándome tiempo y atención; la personal es como una papelera llena hasta los topes que huele mal y que, aun así, no encuentro el momento de vaciar.

Antes del detox quiero encontrar un rato para borrarme de TODAS las listas de correo que recibo. Aún no sé si haré alguna excepción. Estoy harta de newsletters. Estoy harta de usarlas como sucedáneo de los libros y son las principales culpables de que siempre tenga correos nuevos y, por tanto, siempre esté revisando mi cuenta.

Durante el detox, miraré la cuenta profesional domingo, martes y viernes, y cuando me conecte para mirarla la dejaré a cero. No abriré la cuenta si en ese momento no puedo responder correos. Con la cuenta personal haré lo mismo, pero la miraré solo una vez por semana. 

Desintalaré las aplicaciones de mail del teléfono y voy a intentar con todas mis fuerzas no instalarlas de nuevo, aunque cada vez que intento esto, acabo encontrando una razón por la que tengo que ser capaz de enviar mensajes desde el móvil. 

Después del detox, aspiro a mantener los mismos hábitos. Me parecen sostenibles y sanos.

Kindara

Kindara es una app para registrar el ciclo menstrual que te permite compartirlo con otras mujeres para daros apoyo mutuamente. Es el mal por varias razones: primero, porque alimenta la compulsión de «no tengo nada que hacer, voy a mirar Kindara». Segundo, porque fomenta la obsesividad preconcepcional. Tercero, porque te da la impresión de que todo el mundo tiene problemas para concebir y ochocientos abortos y problemas, pero claro: la que se quedó preñada a la primera y tuvo a su bebé no anda en una app mirando con lupa la consistencia de su moco cervical.

El problema es que la interfaz de la app es mi favorita para registrar el ciclo. Si logro resistir la tentación de abrir la parte de community, todo irá bien, pero no sé si seré capaz.

Durante el detox, probaré a no abrir la parte de comunidad; si no soy capaz de resistirme, desinstalaré la aplicación del teléfono y usaré la del ordenador; si, aun así, sigo enganchada, anotaré mi ciclo a mano. 

Después del detox, me gustaría seguir ignorando la parte de red social y utilizarla solo para registrar mis ciclos.



Mañana sigo: me quedan las apps de mensajería (WhatsApp, Telegram y Signal), el Kindle y los podcasts

No me extraña que ya apenas lea. Maldita tecnología.

lunes, 10 de octubre de 2022

¡No me he ido!

Ayer SE ME OLVIDÓ por completo escribir aquí.

Mediante artimañas solo moderadamente censurables, conseguimos acoplar a la niña en casa de una amiguita y disponer de cinco horas gloriosas para nosotros solos.

¡Cinco horas de domingo por la tarde! No teníamos algo así desde... desde nunca, en realidad. La niña pasa tiempo fuera de casa, en el cole y tal, pero siempre es por la mañana mientras tenemos que trabajar.

¿Qué hicimos? ¿Sexo salvaje? Nah, ahora que estamos en el Limbo Preconcepcional tenemos una cantidad muy respetable de sexo. 

En lugar de eso, nos dimos al lujo decadente de ver una película entera, de principio a fin, con palomitas deluxe que me supieron a gloria.

La elegida fue Parásito: coreana, oscarizada y extraña a más no poder. Pero entre una cosa y otra, ni me acordé del blog.

Hoy es lunes y los lunes ahora se nos complican porque es el único día que la nena no está en la ludoteca-guardería a la que va. Se ha despertado a las seis y media rascándose unas picaduras de mosquito como monedas de euro y de ahí hasta ahora ha sido un no parar.

Aun así, quería dejar claro que no me he ido ni ha empezado el detox digital aún. Sigo aquí.

Mañana hablamos.

sábado, 8 de octubre de 2022

Detox digital, I: yo de esta me ilumino

Ahora que me jubilo, me estoy preguntando cuál es mi siguiente meta en la vida.

Los éxitos terrenales no me interesan demasiado. No porque haya aniquilado a mi ego y ya esté iluminada, sino porque una y otra vez he comprobado que no dan la felicidad.

He conseguido algunas cosas en los últimos años. No muchas, pero sí algunas:

Ninguna de ellas me ha hecho feliz, de una vez y para siempre, aunque me hayan dado satisfacción y placer momentáneo.

Así que no es una cuestión de estar muy iluminada, sino de que pensar que lo que de verdad, de verdad me va a dar felicidad duradera es publicar un best-seller y ver mi cara en Times Square, escalar 8A o dar una charla TED con millones de visitas sería estúpido.

Y yo soy muchas cosas en la vida, pero estúpida no.

Así que voy a acortar camino y a irme directamente a por la paz interior y la ecuanimidad.

En realidad, yo esto a los veintitrés ya lo pensaba. Después de hacer mi primer curso de meditación, estaba tan impactada que andaba por ahí diciendo: en la vida están el propósito exterior y el interior, y a mí el que me interesa es el de dentro.

Lo que pasa es que a los veintitrés era joven e inexperta, y es difícil renunciar a lo que no has probado. ¿Estás de verdad tan segura de que el dinero, el estilo de vida, el maromo de ojos azules o la familia ideal no van a ayudar a que te levantes cada mañana como en un anuncio de leche de soja? 

¿SEGURA?

El mundo terrenal ofrece tantos objetos brillantes y tan variados que es muy fácil despistarse. Crees que es más honorable perseguir una meta de escalada que una de lujo o poder, pero en realidad es exactamente lo mismo.

Me ha hecho falta lesionarme tres veces en tres meses para darme cuenta de que nada externo te puede dar la felicidad por la sencilla razón de que nada externo es tuyo. Tú haces tus planes, convencida de que puedes tener las cosas bajo control, y no es así.

Total: que ahora ya solo quiero ser sabia.

«Solo». 

El primer paso es volver a meditar dos horas al día y ya lo estoy haciendo.

El segundo, básico y fundamental, es recuperar mi cerebro de las procelosas aguas del mundo online.

Es otra meta que tengo desde hace años y años pero que me resultaba difícil cumplir trabajando por Internet. Ahora que estoy jubilada, puedo por fin y sin remordimiento de conciencia apartarme del mundanal ruido e ignorar a todo el mundo.

Así que me estoy leyendo Digital Minimalism, de Cal Newport, y he decidido hacer un detox digital durante noviembre.

¿Por qué noviembre? Porque así lo engancho con el curso de Vipassana al que iré dentro de un par de semanas y maximizo el efecto de los diez días de Noble Silencio y total desconexión.

Voy a usar este blog para planificar el detox, porque no es tan fácil como «nada de tecnología más allá de palomas mensajeras». Analizaré para qué estoy usando ahora mismo Internet, cuáles son las actividades que más me perjudican y qué quiero mantener durante el detox porque o bien no es tan malo, o me hace falta de verdad.

Hale, mañana sigo.

PD: Sobra decir que con detox o sin él, escribiré en este blog. Sería típico y patético volver a Más sobre los lunes y dejarlo un mes después porque te estás desintoxicando de Internet.

viernes, 7 de octubre de 2022

Lo que más echo de menos de Costa Rica





Una cosa buena o, como mínimo, curiosa del nomadismo es descubrir que muchas cosas que siempre has deseado y pensabas que eran imposibles existen, solo que en otro país.

Un ejemplo: la duración perfecta de los días y noches.

Sé que estoy muy sola en esto, pero ODIO los días largos de primavera y verano. La gente quiere tomar cañitas en las terrazas y yo quiero oscuridad para poder relajar mi desquiciado sistema nervioso. 

Desde que tengo una hija, el odio se ha reconcentrado y ahora me lo tomo como algo personal. Sacudo mi puñito contra el cielo mientras exclamo: «¡tengo una hija! ¡Necesito ponerla a dormir! ¿Podrías apagar de una vez el p**o sol?». 

Cuando Alana era pequeña, nos apañábamos. A eso de las siete bajábamos persianas y la nena, que tenía la memoria de Dory la de Nemo, se dormía tan pancha poco después. 

Ahora cualquiera la lleva a la cama.

But it's not dark yet! —exclama, destrozada por la injusticia.

(Desde que estuvimos en Texas, Alana habla en inglés la mayor parte del tiempo)

Por otra parte, como a mí en realidad nada me cuadra, cuando llega el otoño me hacen feliz los atardeceres tempranos, sí, pero detesto las mañanas oscuras y frías porque da perezón levantarse de la cama.

Y cuando crees que eres tú la que está mal hecha... conoces Costa Rica.

Allí a las seis de la mañana es pleno día. Brilla el sol en el cielo como en una mañana de primavera. Está todo el mundo en la calle como una moto listo para comerse el mundo. 

Bueno, para comerse el mundo estilo tico.

La cuestión es que yo salía a esa hora a pasear por mi urbanización y la vida ya estaba en marcha.

Pero luego, por la noche, a una hora decente de persona... el sol decía adiós y se ponía, y mi alta sensibilidad y yo nos sentíamos un poquito mejor.

Por no hablar de que, lujo de los lujos... en Costa Rica no cambian la hora.

No hay dos días al año que te joden la vida durante una semana. No te entra una mala ostia descomunal cuando las tardes ya largas se hacen todavía más largas, o al revés si eres una de esas personas incomprensibles a las que el cambio que no les gusta es el de noviembre.

Así que eso es lo que más anhelo de vivir allí: los cocos frescos diarios, no las largas olas cálidas del Pacífico tropical, sino la sólida estabilidad de mis ritmos circadianos.

Quién sabe. Igual tú también sientes que no estás hecho para el mundo y simplemente no estás hecho para tu país. 

jueves, 6 de octubre de 2022

El Limbo Preconcepcional



Estamos intentando tener un segundo hijo. Es algo que no debería contar porque como que lo gafa y le añade presión, supongo, pero lo cuento porque tengo un plan y es el siguiente:

  1. Intentar tener un hijo durante seis ciclos (ahora mismo vamos por el segundo). 
  2. Si no me he quedado embarazada, valorar mi estado mental. ¿Me he convertido en una loca obsesionada por las tiras de ovulación? ¿Está mi vida detenida en un Limbo Preconcepcional del que necesito salir? ¿O, por el contrario, me encuentro bien, tranquila y contenta de tener una Semana Oficial del Sexo todos los meses y no me importa seguir intentándolo?
  3. Si estoy bien, probar otros seis meses y pasar al punto cinco. 
  4. Si estoy locaza, ir directamente al punto cinco. 
  5. Se acaban los intentos de procreación. Pablo se hace una vasectomía. Seguimos con nuestras vidas.
¿Por qué este abordaje racional y cuasi-clínico de la situación? ¿No sería mejor «dejar que las cosas fluyan, y que sea lo que tenga que ser?

Yo sé que hay gente que fluye. Que tiene sexo y ya está, y de repente un día está embarazada y ni se había dado cuenta de que le tenía que venir la regla.

En mi caso es imposible porque me he tomado la Píldora Roja de la Conciencia Procreadora, que es un término que me acabo de inventar y que significa que sé cuáles son mis días fértiles y cuando me tiene que venir la regla. Esa información no la puedes olvidar. Es literalmente imposible para mí tener sexo y no saber exactamente si ese mes podría o no estar embarazada. 

Si no estoy previniendo de forma activa un embarazo, estoy en el Limbo Preconcepcional, y el Limbo Preconcepcional es lo peor. 

¿En qué consiste?

Fase 1: la regla

La primera semana tienes la regla y eso significa que no estás embarazada, por lo al principio puedes ponerte un poco tristona. 

Pero si eres como yo, te sobrepones y piensas: «¡otro ciclo = otra oportunidad! ¿Qué puedo hacer este mes?». Compras un nuevo suplemento y te pones calcetines para dormir, que la medicina china dice que es bueno para la fertilidad. Cruzas los dedos y esperas.

Fase 2: tus cinco días al mes de vida normal

En este momento, no estás embarazada, no tienes la regla y tampoco eres fértil, así que puedes, más o menos, hacer tu vida. Una parte de ti sigue pensando en cómo aumentar tus posibilidades: tomas más suplementos y comes bien para que tu cuerpo sienta que vives en la abundancia pro-bebés, pero en general estos son los cinco mejores días del mes. 

Fase 3: la maquinación sexual

Tu ovulación se acerca y tú empiezas a calcular cómo os vais a organizar para el sexo. Tenéis una hija y no es tan fácil: habrá que hacerlo por las mañanas, mientras está en la guardería pero, ¿y si cae en fin de semana? Para ti lo ideal es el sexo madrugador matutino, pero tu marido lo odia. El sexo nocturno tiene menos probabilidades de fecundarte. ¿Y llamar a la canguro para que se lleve a la niña al parque? 

Mientras maquinas, empiezas a acechar a tu maromo. «¿Estás preparado?». Él te mira sin tener la más mínima idea de qué estás hablando, hasta que se acuerda: ah, sí, lo del hijo. Suspira, pero al mismo tiempo se alegra porque después de todo, ¡SEXO!

No solo eso: sexo fácil. Sexo en el que puede acercarse a ti sin haberse duchado en tres días, con calzoncillos de abuelo y los calcetines puestos, que tú le saltarás encima como si fuera Maxi Iglesias. 

Fase 4: la Semana Oficial del Sexo

Aquí hay de todo: polvos espectaculares que te hacen pensar que oye, después de todo no está tan mal lo de intentar concebir, y otros en los que lo que quieres es dormir, o leer, o prepararte un sándwich, y te sientes culpable por la poca poesía que le estás poniendo al asunto.

Cuando, por fin, confirmas que has ovulado y que ya no podéis hacer más este mes, se lo dices a tu marido. Secretamente, suspiráis aliviados y volvéis a vuestra lamentable frecuencia sexual de pareja casada que, después de todo, es la mar de cómoda.

Fase 5: La espera

Ahora ya solo te queda esperar. Te haces amiga online de mujeres desconocidas que comparten demasiada información sobre su moco cervical. Miras fijamente tu app de fertilidad esperando que te dé alguna pista. Deseas que el día que os quedasteis fritos en plenos preliminares le hubierais puesto más ganas al asunto, porque SEGURO que ESE era el día en que tu óvulo rodó trompas de falopio abajo en todo su glorioso esplendor.

La espera, al menos, no requiere de ti nada más que... esperar. Y tarde o temprano se acaba. Si estás embarazada, empieza otro catálogo de miseria humana que, al menos, es distinto. Si no lo estás, vuelta a la casilla de salida.

Con Alana tuvimos suerte y el Limbo Preconcepcional fue breve, pero ahora tengo treinta y siete añazos y poca paciencia. Si no me voy a quedar embarazada, prefiero centrar cuando antes mi energía en la iluminación, el Pulitzer y tener hombros como cabezas de bebé. De ahí mi plan pim-pam-pum en cinco pasos y mi despreocupación al compartir esto con vosotros.

Ahora mismo estoy en la fase de espera: a entre tres y seis días de saber si me he quedado o no embarazada. Tengo montones de síntomas aunque es físicamente imposible tener síntomas a estas alturas, así que me he resignado a que mi tendencia a somatizar me confundirá a menudo en este proceso. 

Ya os contaré.


miércoles, 5 de octubre de 2022

La venganza de la mediana edad


No recuerdo pensar mucho en mi edad hasta los doce años.

En ese momento, compré mi primera Super Pop y pensé: «¿soy demasiado joven para comprar la Super Pop?». Creo recordar que escribí una carta a la revista preguntándolo y que nadie me contestó. 

Yo quería ser adolescente. La adolescencia sonaba intensa y emocionante, llena de canciones desgarradas y besos a medianoche. Contaba los días hasta cumplir los trece; después, hasta los quince y, por último, hasta cruzar la ansiada frontera de los dieciocho.

De repente, a los veintitrés, empecé a darme cuenta de que los años se seguían acumulando. Un día entré en Bershka y reflexioné, sorprendida: «esta ropa ya no es para mí». ¿Desde cuándo la Marina que nunca llenaba los sujetadores era demasiado mayor para algo?

El resto de la veintena todavía estaba sólidamente anclada en la época de la inmortalidad. Cumplí treinta y, de la forma menos original posible, entré en crisis y quise tener un hijo. Los años pasaron y empezó a ser «demasiado tarde para». 

Para convertirme en una enfant terrible de la literatura.

Para ser madre joven.

Para tener familia numerosa.

Para aparecer en 20 under 20 o en 30 under 30

Y un día miré una foto de unos años atrás y pensé: ya no soy joven o, más bien: ya no tengo esa juventud. Esa frescura indescriptible, ese brillo que ignoras mientras lo tienes porque te preocupan demasiado los granos, la grasa del pelo o los kilos que crees que te sobran.

Estos últimos años me los he pasado en un duelo desesperado por la juventud perdida.

Solo quería volver a la veintena, recuperar la inmortalidad, disfrutar de la suave vibración de sentir todas las posibilidades abiertas frente a ti.

Y, por fin, a los treinta y siete, algo ha cambiado: de repente, la gente joven ha empezado a aburrirme. Me sorprendo escuchando las conversaciones de los escaladores veinteañeros de la isla:

—¿Qué tal acabaste ayer?

—Uf, ni me acuerdo.

Y pienso: my God, qué aburrimiento más grande.

Paso el rato con mujeres con menos de treinta y, sobre todo, que todavía no tienen hijos, y me dan ganas de agitar con suavidad sus bonitas seseras llenas de ideas clarísimas sobre la vida. Solo ahora puedo intuir lo insoportable que debía de ser yo a esa edad.

A los jóvenes les faltan matices.

Y no es que yo tenga todavía suficientes, pero me sorprendo buscando entrevistas y libros de gente mayor que yo y pensando que ellos sí que saben y que a ver si me enseñan sobre la vida para evitarme los patinazos.

Así que, persona joven, que lo sepas: quizá tú estás mirando hoy a alguien mayor y compadeciéndote de las arrugas, las canas y las lorzas, y esa misma persona te mira a ti y piensa que no eres lo bastante interesante.

Es la venganza de la mediana edad y aunque pueda parecer una tabla desesperada a la que agarrarse mientras el brillo de tu piel desaparece para siempre, te aseguro que no se está mal aquí. 

PD: Soy consciente de que leeré esto dentro de diez años y pensaré que la Marina de treinta y siete era joven y estúpida.

A grandes males


Hace cinco meses dije que iba a volver y, obviamente, no volví.

Es ridículo y vergonzoso tanto para mi faceta de escritora, como para la de psicóloga. Si fuera una escritora comprometida, mi pasión desbordante por el oficio me traería aquí cada día, pero si al menos fuera tan solo una buena psicóloga, podría convencerme a mí misma para hacerlo aunque no me apeteciera.

Sin embargo, ¡las cosas han cambiado, lectores! ¡Hay futuro para Más sobre los lunes!

En un alarde de a grandes males, grandes remedios, he dejado mi trabajo. BUM. He cerrado mi empresa (estoy en ello, más bien) y voy a dedicarme un tiempo a mis labores. No lo he hecho para escribir aquí, o al menos no en apariencia pero, ¿y si en realidad sí? ¿Y si todas mis justificaciones no son más que una elaborada fachada que oculta el deseo ardiente de retomar este blog?

En mayo de 2023 hará diez años que conocí a Pablo, y todos sabemos que eso tuvo la culpa de que yo dejara de escribir aquí. Lo dice Elizabeth Gilbert en su entrevista con Tim Ferriss: la gente abandona la escritura cuando descubre que otras cosas pueden cumplir la misma función. Master Card, Muffin, Merlot, Men. En mi caso, fue un hombre, y ni siquiera el hecho innegable de que es un hombre bueno me absuelve de la vergüenza de haber abandonado la escritura.

Así que he dejado el trabajo y, esta vez sí, voy a volver. Hoy he iniciado una nueva rutina: todas las mañanas, después de levantarme, vendré a Sofrano, una cafetería para escaladores de la isla griega en la que vivo, y escribiré aquí. Será lo primero que haga y no fallaré salvo por causas de fuerza mayor.

(Ejemplo de causa de fuerza mayor: en un par de semanas me voy a un curso de meditación donde no podré hablar, ni usar el teléfono, ni hacer otra cosa que no sea poner mi culo en el cojín y perseguir el Nirvana)

Hoy es mi primer día de mi nueva rutina. Me acabo de zampar un desayuno con: rúcula, huevos duros, queso griego, pan, mantequilla y miel. A veces me pregunto si no me he ido de España porque los desayunos en el extranjero son mejores. 

Para inaugurar esta nueva rutina y demostrarme a mí misma que yo puedo, voy a escribir no uno, sino DOS posts. 

A por el segundo.