massobreloslunes: septiembre 2023

martes, 19 de septiembre de 2023

Ese brillo indescriptible


Dice Caitlin Moran en Más que una mujer que ella estaba preparada para parecer vieja, pero no para parecer triste y cansada.

Supongo que nos pasa a todos. Piensas en la versión vieja de ti misma y esperas ser una de esas que salen en los anuncios de crema de belleza o de compresas para la incontiencia: mayor, sí, pero luminosa. Con ojos claros, arrugas de reírte, ropa práctica-pero-estilosa y, por supuesto, delgada.

Leí hace tiempo que cómo envejezcas depende más de tus genes y tu estructura ósea que otra cosa. Desde entonces, supe que yo envejecería mal, porque mis huesos son estrechos y el destino de mi cara es precipitarse sobre ellos y darme aspecto de perro apaleado.

A veces me digo a mí misma: lo que tienes que conseguir es ser feliz. Estar en paz. Cuidarte. Si estás sana, feliz y en paz, envejecerás bien y tu cara seguirá siendo agradable. La realidad es que por las noches me acuesto en la cama y tengo que concentrarme para relajar la tensión que tengo desde las escápulas hasta la coronilla. No soy capaz de descansar la cabeza sobre la almohada.

AsĂ­ las cosas: ¿cĂłmo voy a envejecer bien? Molinos dice que nosotras las normalitas llevamos mejor lo de cumplir años que las guapas. Yo discrepo. Hasta hace poco, creĂ­a que nunca habĂ­a estado guapa, pero que ahora cambiaban las reglas del juego y, al menos, podĂ­a aspirar a estar bien para la edad que tengo.

Sin embargo, me encuentro con que la estructura facial que no me hizo resaltar a los veintitantos no me va a hacer favores a los cuarenta, y con que ahora encima he perdido lo que entonces no sabĂ­a que tenĂ­a: el luminoso e indescriptible brillo que da ser joven.

Ese brillo solo lo ves cuando cumples años. Te das cuenta de que todas las personas jĂłvenes, todas, tienen una pátina de luz que ni todas las cremas del mundo pueden reproducir, como si se hubieran frotado la inocencia en la cara. 

Te dan como ternura. Me pasĂł el otro dĂ­a comparando las caras de las actrices de Sexo en Nueva York con la versiĂłn actual. Si miras solo la de ahora piensas: oye, pues no están mal, se conservan bien, siguen siendo ellas. Pero te vas a los capĂ­tulos originales, ves esa frescura de sueño profundo y pocas preocupaciones y te dan ganas de abrazarlas.

Así que tengo treinta y ocho años y no me veo vieja, sino triste y cansada incluso los días en que no estoy triste ni cansada. Y no estoy preparada para ello. Porque, como dice Paul Auster, piensas que no te va a pasar a ti. Que tú te conservas mejor que la media. Que en la reunión del instituto, los demás te van a ver igual que entonces aunque tú a ellos los veas tristes y cansados.

Crees que estás a unas cuantas noches de sueño profundo de recuperar la juventud. A una o dos dietas milagro de que la gente comente lo joven que pareces.

Lo cierto es que, salvo excepciones, todos aparentamos la edad que tenemos, como mĂ­nimo. La diferencia está entre aparentar tu edad bien llevada y aparentar tu edad mal llevada, pero es casi imposible parecer de verdad más joven. Incluso las actrices, esas que se gastan una millonada en tratamientos, no parecen casi nunca más jĂłvenes. Parecen bien conservadas, cuidadas, caras, pero no más jĂłvenes. Es raro mirarlas, como si nuestro cerebro no supiera interpretar bien lo que pasa con ellas. 

Moran, en su libro, acaba poniĂ©ndose bĂłtox. Dice que es como un spa para el rostro y que cuando fĂ­sicamente no puedes fruncir el ceño, estás más relajada y feliz. Yo estoy más que dispuesta a probarlo en cuanto vivamos un tiempo en una ciudad decente. 

DespuĂ©s de todo, en este momento de mi vida, parece mucho más fácil que conseguir unas cuantas noches de sueño profundo. 




sábado, 9 de septiembre de 2023

La maleta de mi parto




Uno de los peores recuerdos de mi primer parto no es que Pablo se desmayara, o el dolor infernal, o que la niña naciera con dos vueltas de cordón y se la tuvieran que llevar a reanimación.

No: a mĂ­ lo que me atormenta es el recuerdo de la maleta.

Que como yo no sabía de qué iba la cosa, había empaquetado todo lo necesario para el parto, el posparto y un breve apocalipsis zombie. Esto, sumado a que Pablo por aquel entonces todavía era vegano, hizo que llegáramos al hospital con una maleta gigante, mochilas, bolsas de plástico repletas de derivados de la soja y una almohada.

Lo que yo no sabĂ­a es que en el via crucis del parto iniciado con rotura de bolsa, primero vas a la habitaciĂłn, sĂ­, pero eso no es un hotel y cuando te mandan al paritario, tienes que dejar la habitaciĂłn libre.

AsĂ­ que cuando por fin (POR FIN) me ofrecieron la epidural despuĂ©s de horas de agonizante dolor, ahĂ­ que iba yo para el paritorio en una silla de ruedas, gritando como en una sitcom y con Pablo detrás acarreando varias bolsas de equipaje.

Al entrar al paritario, una matrona hizo un comentario sobre los trastos que llevábamos y yo, que soy muy sensible a lo que piense la gente de mí, morí de la humillación.

Total, que para este parto, decidí que no me iba a pasar lo mismo y empleé una cantidad ridícula de energía mental en diseñar dos bolsas de hospital, dos. La primera era la del parto y consistía en una mochila pequeñita y cuqui con lo básico súper básico para parir: cacao para los labios, cepillo de dientes, chanclas, mi adorada máquina TENS y poco más.

(Al final, hasta aquello fue demasiado, porque entre que me pasaron a urgencias y que el niño salió por mi potorro pasaron diez minutos de reloj)

Después tenía la maleta del hospital, con mis camisones monos de lactancia, mi secador de pelo y suficientes compresas de posparto como para contener una inesperada rotura de tuberías. PRO TIP: Nunca se tienen suficientes compresas de posparto.

La idea era: llegar con mi mochila cuqui de parturienta minimalista, expulsar al inquilino y, una vez en la habitaciĂłn, subir la maleta deluxe como unos autĂ©nticos pros del alumbramiento.

Le expliqué el sistema a Pablo con el mismo fervor que se debió de planear el desembarco de Normandía. Tenía que saber dónde estaban la mochila y la maleta, qué había que meter en el último momento, cómo almacenar las jeringuillas de calostro congelado que había extraído por si había que ingresar al niño y, sobre todo, que la maleta se quedaba en el coche hasta que subiéramos a planta.

El problema es que entre nuestra casa y el hospital se me rompió la bolsa, se aceleraron las contracciones y aquello pasó de ir tranquilito a CORREE POR DIOS QUE SE ME SALE EL NIÑO.

Llegamos a Urgencias, me tomaron los datos, me hicieron pasar a la sala de espera, Pablo se fue a aparcar el coche y... subiĂł con la maleta.

Yo lo iba a matar.

Para que os hagáis una idea, habĂ­a dilatado ya nueve centĂ­metros, soltaba lĂ­quido amniĂłtico como el cubo ese de los parques acuáticos que te tira agua encima y, aun asĂ­, lo que le dije a Pablo no fue «te quiero, mi amor, vamos a ser padres de nuevo, quĂ© emociĂłn». No: lo que le dije con la voz de la niña de El Exorcista fue:

—Pero ¿se puede saber quĂ© hace aquĂ­ la maletaaAAAAAHHH?
—No sĂ©, pensĂ© que hacĂ­a falta...
—¡¡NO!! ¡¡No hace falta!! ¡¡Tengo un SISTEMA!

Pablo me mirĂł con cara de no creerse lo que estaba a punto de decir.

—Quieres que... ¿la lleve al coche?
—¡¡¡POR SUPUESTO QUE QUIERO QUE LA LLEVES AL COCHAAAAAAHHHHHHH!!!

Una parte de mi mente me decĂ­a: a ver, Marina, que igual tienes al bebĂ© en los prĂłximos cinco minutos y Pablo se lo pierde por estar llevando la maleta. Le dije a esa parte de mi mente que se callara porque yo tenĂ­a un SISTEMA y el SISTEMA, mi dignidad y lo que pensaran de mĂ­ los profesionales random que asistiera mi parto dependĂ­a por completo de que la maleta se quedara en el coche hasta subir a planta.

La gente de la sala de espera flipaba.

Total.

Que Pablo llevó la maleta al coche y, por suerte, volvió antes de que saliera el niño, y todo fue bien, y yo usé mi mochila minimalista para apoyar el brazo cuando estaba intentando que Atlas se me agarrara a la teta.




Y aquĂ­ termina la primera historia (que no la Ăşltima) de la vida de mi hijo sobre algo en lo que invertĂ­ una ridĂ­cula cantidad de energĂ­a emocional y espacio mental para conseguir un resultado que seguramente solo me interesa a mĂ­.

La que le espera.