Dice Caitlin Moran en Más que una mujer que ella estaba preparada para parecer vieja, pero no para parecer triste y cansada.
Supongo que nos pasa a todos. Piensas en la versiĂłn vieja de ti misma y esperas ser una de esas que salen en los anuncios de crema de belleza o de compresas para la incontiencia: mayor, sĂ, pero luminosa. Con ojos claros, arrugas de reĂrte, ropa práctica-pero-estilosa y, por supuesto, delgada.
LeĂ hace tiempo que cĂłmo envejezcas depende más de tus genes y tu estructura Ăłsea que otra cosa. Desde entonces, supe que yo envejecerĂa mal, porque mis huesos son estrechos y el destino de mi cara es precipitarse sobre ellos y darme aspecto de perro apaleado.
A veces me digo a mà misma: lo que tienes que conseguir es ser feliz. Estar en paz. Cuidarte. Si estás sana, feliz y en paz, envejecerás bien y tu cara seguirá siendo agradable. La realidad es que por las noches me acuesto en la cama y tengo que concentrarme para relajar la tensión que tengo desde las escápulas hasta la coronilla. No soy capaz de descansar la cabeza sobre la almohada.
AsĂ las cosas: ¿cĂłmo voy a envejecer bien? Molinos dice que nosotras las normalitas llevamos mejor lo de cumplir años que las guapas. Yo discrepo. Hasta hace poco, creĂa que nunca habĂa estado guapa, pero que ahora cambiaban las reglas del juego y, al menos, podĂa aspirar a estar bien para la edad que tengo.
Sin embargo, me encuentro con que la estructura facial que no me hizo resaltar a los veintitantos no me va a hacer favores a los cuarenta, y con que ahora encima he perdido lo que entonces no sabĂa que tenĂa: el luminoso e indescriptible brillo que da ser joven.
Ese brillo solo lo ves cuando cumples años. Te das cuenta de que todas las personas jóvenes, todas, tienen una pátina de luz que ni todas las cremas del mundo pueden reproducir, como si se hubieran frotado la inocencia en la cara.
Te dan como ternura. Me pasĂł el otro dĂa comparando las caras de las actrices de Sexo en Nueva York con la versiĂłn actual. Si miras solo la de ahora piensas: oye, pues no están mal, se conservan bien, siguen siendo ellas. Pero te vas a los capĂtulos originales, ves esa frescura de sueño profundo y pocas preocupaciones y te dan ganas de abrazarlas.
AsĂ que tengo treinta y ocho años y no me veo vieja, sino triste y cansada incluso los dĂas en que no estoy triste ni cansada. Y no estoy preparada para ello. Porque, como dice Paul Auster, piensas que no te va a pasar a ti. Que tĂş te conservas mejor que la media. Que en la reuniĂłn del instituto, los demás te van a ver igual que entonces aunque tĂş a ellos los veas tristes y cansados.
Crees que estás a unas cuantas noches de sueño profundo de recuperar la juventud. A una o dos dietas milagro de que la gente comente lo joven que pareces.
Lo cierto es que, salvo excepciones, todos aparentamos la edad que tenemos, como mĂnimo. La diferencia está entre aparentar tu edad bien llevada y aparentar tu edad mal llevada, pero es casi imposible parecer de verdad más joven. Incluso las actrices, esas que se gastan una millonada en tratamientos, no parecen casi nunca más jĂłvenes. Parecen bien conservadas, cuidadas, caras, pero no más jĂłvenes. Es raro mirarlas, como si nuestro cerebro no supiera interpretar bien lo que pasa con ellas.
Moran, en su libro, acaba poniĂ©ndose bĂłtox. Dice que es como un spa para el rostro y que cuando fĂsicamente no puedes fruncir el ceño, estás más relajada y feliz. Yo estoy más que dispuesta a probarlo en cuanto vivamos un tiempo en una ciudad decente.
Después de todo, en este momento de mi vida, parece mucho más fácil que conseguir unas cuantas noches de sueño profundo.


