Queridos lectores:
viernes, 31 de diciembre de 2010
Mi propio post de despedida del año
Queridos lectores:
miércoles, 29 de diciembre de 2010
Perfeccionando lo simple III: Siesta invernal
lunes, 27 de diciembre de 2010
CĂłmo ser una Hembra Alfa y no morir en el intento
sábado, 25 de diciembre de 2010
Feliz Navidad
jueves, 23 de diciembre de 2010
Soneto a una paga extra
martes, 21 de diciembre de 2010
Esta ciudad
sus avenidas largas como látigos,
y plazas que recuerdan viejas citas
y nombres que los tiempos han borrado.
con bosques de cemento amurallado,
con lluvias de neĂłn y agua bendita
y muertos que descansan solitarios.
de poderes, de guerras que han pasado,
de copas, de bohemia, de la noche,
de mĂşsica y poemas entregados.
a ritmo de boleros o de tangos,
que sueña con tus labios, se emborracha
y luego llora cuando te has marchado.
o tal vez se parezca demasiado.

miércoles, 15 de diciembre de 2010
Me voy de permiso
domingo, 12 de diciembre de 2010
Nice memories, I
- ¿Sabes cuál es una de las cosas más bonitas que me han dicho en mi vida?
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Texto y subtexto
Prometo no mandar más cartas
(ni más mails)
y no pasar por aquĂ
(aunque no paso yo, es tu imagen la que viene).
Prometo no llamarte más
(ni mandarte mensajes al mĂłvil)
y no inventar ni mentir
(ni manipular, ni buscar razones o pretextos donde no los hay).
Prometo no seguir viviendo asĂ
(con esta tristeza aleatoria y persistente)
prometo no pensar en ti
(ni en Ishiguro, ni en los parques, ni en la miel con vinagre balsámico).
Prometo dedicarme solamente a mĂ
(a mi meditaciĂłn, mis libros, mis pacientes).
Prometo que a partir de ahora lucharé por cambiar
(por ser más buena y sensata, más callada y coherente).
Prometo que no me verás, que no voy a molestar
(seré una santa).
Y sabes que lo digo de verdad
(esta vez sĂ, te lo juro),
que no voy a fallarte en nada
(te dejaré tranquilo de una vez).
Tengo mucha fuerza de voluntad
(estudié mañana y tarde durante meses, saqué el número 12 del PIR),
no te fallaré en nada
(tampoco me dejas).
Prometo no seguir asĂ
(porque es patético),
prometo que no voy a pensar en ti
(y yo lo que prometo lo culpo),
prometo dedicarme solamente a mĂ
(qué remedio).
Y el aire que me sobra alrededor
(me sobra aire vacĂo, no sĂłlo de ti, vacĂo de muchas cosas)
y el tiempo que se queda en nada
(se me disuelven los dĂas y no tengo ni idea de a dĂłnde van).
Nunca más escucharé tu voz
(y, de hecho, no la recuerdo),
energĂa nunca liberada
(que se queda conmigo y me consume los huesos).
Palabras que se perderán entre estas cuatro paredes
(¿dĂłnde van las palabras cuando no las escucha nadie?),
como lágrimas en la lluvia se irán
(y pasará el tiempo, y nos cubrirán los años, y nos haremos viejos...).
Se irán, se perderán, se irán, se perderán, se irán, se perderán,
se irán, se perderán, se irán, se perderán...
Como lágrimas en la lluvia...
¿DĂłnde estabas entonces?
sábado, 4 de diciembre de 2010
Marina, 1...
jueves, 2 de diciembre de 2010
Fregados
lunes, 29 de noviembre de 2010
Pitonisa de autobĂşs

Yo miro mucho a la gente. Tanto, que a veces creo que se sienten incĂłmodos. Pero me gusta, que le vamos a hacer: soy una voyeur de lo cotidiano.
domingo, 28 de noviembre de 2010
lunes, 22 de noviembre de 2010
La vida me supera (otra vez)
Ya he comentado alguna vez que mi ánimo se divide entre los dĂas en que pienso que me puedo comer la vida y otros en que la vida se me come a mĂ. Hoy ha sido un dĂa del tipo B, asĂ que estoy cansada y desmoralizada, preguntándome quĂ© sentido tiene todo esto, hacia dĂłnde voy y de dĂłnde vengo. MQEN dice que la vida sirve porque aprendes cosas. ¿Cosas para quĂ©? Para vivir mejor. ¿Y para quĂ© quiero vivir? Para aprender cosas. Y asĂ, sucesivamente.
Por las mañanas cojo el autobĂşs en el paseo marĂtimo. Cruzo la calle, me acerco al malecĂłn y observo el mar, la ciudad y el amanecer tras los edificios. Es tan bonito que no se puede describir y, al mismo tiempo, cada mañana pienso que es una mierda que no pueda absorberme por completo en el cielo y el agua, porque estoy demasiado preocupada por lo que pasará cuando llegue al trabajo.
Entonces llega el autobĂşs, me subo y miro por la ventanilla. A esa hora suelo encontrarme entre animosa y tensa. Mi trabajo es impredecible. Puedes saber quĂ© pacientes tendrás, pero no quĂ© te va a traer cada uno de ellos o quĂ© clase de marrones confusos te pueden endosar tus compañeros o superiores, asĂ que es difĂcil un entusiasmo sin fisuras.
Observo la playa mientras escucho en el ipod alguna canciĂłn que me haga sentir que hay vida detrás de las paredes grises del Centro de Salud Mental. Miro a las gaviotas en la orilla y a los gatos tumbados en el murete que separa el paseo de la arena y me da envidia su tranquilidad plácida. Me acuerdo de ese pasaje de la Biblia en el que JesĂşs decĂa algo asĂ como “si Dios cuida de los pájaros del campo, ¿no va a cuidar de vosotros, que sois más importantes?”. Como razonamiento es una puta mierda, sobre todo viendo cĂłmo se desarrollaron los hechos desde entonces para los humanos, pero reconforta en el sentido poĂ©tico. DespuĂ©s miro a la gente que pasea o corre por la orilla. Los desocupados, o los que entran a trabajar tarde, quiĂ©n sabe, y tambiĂ©n me dan envidia por poseer un trozo de tiempo que ahora no es mĂo.
Odio los dĂas como hoy, en los que la vida me parece sobre todo insatisfactoria. Aunque sepa que normalmente llegan otros en los que me parecerá bella, rica y significativa. Porque luego llegan más dĂas en los que me vuelve a parecer insatisfactoria. Es el cuento de nunca acabar.
Hoy me lloraba una niña en consulta porque no querĂa separarse de su madre para pasar un test de inteligencia. Al final hemos hecho un trato. Yo ponĂa la alarma cinco minutos despuĂ©s. Su madre salĂa. Si cinco minutos despuĂ©s ella seguĂa llorando, llamarĂamos a la madre. A los cinco minutos la alarma nos ha sorprendido a las dos pendientes de algo totalmente distinto. Por supuesto, la niña no lloraba.
Todo será cuestión de aplicarme el cuento.
lunes, 15 de noviembre de 2010
Seis meses
Llegué aquà el 15 de mayo, asà que hoy ya ha pasado una octava parte de mi residencia. Es una barbaridad, si tenemos en cuenta lo corto que se me ha hecho. Ya llevo seis meses trabajando, seis meses viviendo sola, seis meses en Cádiz... No sé. Es raro. Tres meses más y será un curso escolar y, sin embargo, a mà me parece que acabo de llegar.
sábado, 13 de noviembre de 2010
El teatro y el riesgo
Ayer salĂ un rato con la gente del teatro. DespuĂ©s de arrastrarme penosamente al aulario de la Bomba para empezar el cuarto taller, resultĂł que la clase me gustĂł un montĂłn. La chica que da el taller es fabulosa. Ăšltimamente me pasa una cosa curiosa: que es como si además de ver el fĂsico de la gente pudiera percibir algo más de ellos. Las vibraciones, o algo asĂ. De forma que ahora es como si ciertas personas brillaran más de lo normal, como si se les viera una luz interior que las hace parecer hermosas.
Erika fue la que me dijo hace algĂşn tiempo que a ella todo el mundo le parece guapo, que cada persona es guapa a su manera. No estoy segura de haber llegado aĂşn a ese punto, pero sĂ es verdad que cuando se trata de la gente a la que quiero o que me parece interesante es como si su belleza interior saliera verdaderamente a la superficie y la hiciera brillar. Todo esto para contaros que la chica que da las clases de teatro no es muy guapa, pero brilla un montĂłn, y en ese sentido es bella.
Total, que uno de los ejercicios era hacer un guiĂłn sobre un chiste. Primero pasamos un rato contando chistes y despuĂ©s cada uno tenĂa que escoger uno para proponer una forma de escenificarlo. A mĂ los chistes me encantan. Me rĂo prácticamente de todos. Uno de mis mejores recuerdos con J. eran las noches en que empezábamos a contar chistes y a reĂrnos como idiotas. Nos daba igual que ya nos los hubiĂ©ramos contado previamente; pasábamos horas asĂ, muertos de risa y desvelados en la cama como niños pequeños.
Para escribir guiones tampoco tengo ningĂşn problema, porque en general tengo la mano suelta y porque creo que los diálogos no se me dan mal. AsĂ que tendrĂais que haberme visto: mientras los demás mordisqueaban los bolis y pensaban cĂłmo hacer el ejercicio, yo ya habĂa cogido de la pared un cuadro con las instrucciones para incendios y escribĂa a toda velocidad apoyada sobre Ă©l.
Más tarde, mientras caminaba con una compañera en direcciĂłn a la Viña, intentaba explicarle que es que escribir es lo mĂo. Que no me cuesta ningĂşn trabajo. Por eso me he apuntado a teatro, al fin y al cabo, a pesar de que reniegue en ocasiones. Porque el teatro todavĂa me resulta peligroso. Escribir... bueno, es un poco peligroso, pero no tanto. Escribo aquĂ, tambiĂ©n escribo en mis cuadernos o en archivos que vagan por mi ordenador, y tengo tanta costumbre de ponerme frente a mĂ misma que ya casi nada me da miedo. El teatro sĂ: todavĂa paso vergĂĽenza, me bloqueo y me pongo nerviosa, y eso es emocionante.
(Al final mi guión quedó guay. Monté el chiste de los presos y la silla eléctrica rota. Ya os lo contaré en alguna ocasión).
miércoles, 10 de noviembre de 2010
El mal emocional
lunes, 8 de noviembre de 2010
El mal interpersonal
Mi vecina es fan de Bisbal. No de la mĂşsica cutre en general, no: de Bisbal. Se pone los discos enteritos en bucle, la tĂa. Y eso me lleva a reflexionar sobre esta vida insatisfactoria, en general, y sobre la gente, en particular.
Esta tarde estaba como desanimadĂsima, porque por la mañana ha venido una paciente con su madre y se han puesto a regañarme por una historia que no viene al caso. Basta que escriba aquĂ que ver pacientes me relaja para que se pongan de acuerdo y me amarguen el lunes.
Total, que muy desanimada. Toda la hora de meditaciĂłn pensando que la vida me sobrepasa y que tenĂa que llamar a Funes para darle la brasa sobre el tema y sobre que a mĂ esto del Dhamma no me funciona. Entre nosotros ese tipo de diálogos se desarrolla más o menos asĂ:
Yo: Pepito, a mĂ esto del Dhamma no me sirve. Todo es impermanente menos mi sufrimiento.
Él: no, Peq... ya verás como tu sufrimiento es impermanente. Obsérvalo, que es tu verdad.
Yo: Vaya consuelo de mierda. Odio a Buda.
Él: ¡No te metas con Buda!
Y asĂ.
Al final, sin embargo, entre el meditar (que en verdad ayuda), poner Fito mientras friego los platos y que estoy escribiendo una novela para adolescentes y me lo paso muy bien, ya no estoy tan desanimada. La vida me sigue sobrepasando pero, ¿a quiĂ©n no?
Lo de la novela es curioso. Resulta que la empecĂ© cuando tenĂa como diecisiete años, un verano que me aburrĂa. EscribĂ como unas cuarenta páginas de estupideces, y la he retomado hace poco para trabajar algo de ficciĂłn a pesar del mortal bloqueo que tengo desde hace meses. Es como el hacer punto de la literatura: no me cuesta mucho hacerla avanzar, construir los diálogos e inventarme tontadas tipo FĂsica o QuĂmica, y me mantiene entretenida y practicando.
Digo que es curioso porque cuando uno lee a escritores consagrados hablar de escritura, que es un tema que nos gusta mucho a los del gremio, siempre dicen cosas del tipo de “los personajes cobran vida propia y hacen lo que quieren”. Yo hasta ahora siempre habĂa pensado que eso eran gilipolleces. ¿CĂłmo van a hacer lo que quieran? No son reales, salen de tu cabeza. Si no puedes controlar ni a tus personajes, apaga y vámonos.
Desde que estoy escribiendo mi novela adolescente, sin embargo, me he dado cuenta de que es cierto. Mi protagonista, que es tan divina de la muerte como querĂa serlo yo cuando tenĂa diecisiete, hace lo que le sale del mismo. Yo le habĂa buscado un novio estupendo y se acaba de liar con su colega buenorro, la muy zorrĂłn. No es que yo no quisiera, pero tampoco estaba en mis planes, y ahora no sĂ© cĂłmo arreglarlo.
En fin, que yo lo que querĂa decir hoy, en realidad, es que la gente es un coñazo. Convivir con ella, escucharla en consulta y hasta escribir sobre ella. Todo el mundo hace lo que le da la gana, hasta los seres inexistentes, y yo no me sĂ© manejar ni a mĂ. ¿QuĂ© hago cobrando por ser psicĂłloga? ¿A quiĂ©n quiero engañar?
Posdata: si algĂşn dĂa consigo acabar mi novela adolescente (algo que dudo, porque soy una floja) seguramente la meta en un cajĂłn por siempre jamás porque me avergonzarĂ© de ella. Además, nadie querrĂa publicármela si sigo transmitiendo valores terribles a nuestra juventud. Lo que quiero decir es que no me pidáis que la enseñe, que paso.
domingo, 7 de noviembre de 2010
Domingo

La magia de la vida y otras chorradas de sábado

jueves, 4 de noviembre de 2010
Instrucciones para olvidarse de alguien
Agrupar los objetos, regalos y libros lejana y cercanamente relacionados con la persona a olvidar. Buscar una bolsa de plástico, introducir dentro, cerrar con un fuerte nudo. Repetir la operaciĂłn con varias bolsas de plástico y varios fuertes nudos. Arrojar a un lugar de difĂcil acceso, preferiblemente un pozo sin fondo o un barranco sin demasiado eco.
Seleccionar los buenos momentos, recuerdos, cualidades, imágenes agradables. Arrugar enĂ©rgicamente hasta que los bordes pinchen en los dedos. Escoger el más negro y recĂłndito rincĂłn del corazĂłn, introducir allĂ, suturar con cuidado e hilo hipoalergĂ©nico.
Desenterrar los malos momentos, defectos, palabras hirientes, sentimientos dolidos. Mezclar en vaso largo con una aceituna y unas gotas de limĂłn. Beber muy frĂo y en ayunas al menos tres veces al dĂa.
Prolongar la operaciĂłn hasta lograr los resultados deseados, repitiendo cada paso las veces que sea necesario. Esperar cierto dolor de corazĂłn en el lugar de la cicatriz, especialmente los dĂas de invierno y en los cambios de estaciĂłn.
martes, 2 de noviembre de 2010
Viajando
Es lunes por la noche y voy camino de la estación para coger el autobús dirección Cádiz. Hay pocas cosas que me depriman más que los regresos en autobús los domingos por la noche (cámbiese domingo por lunes festivo), y si no me harté de viajes cuando estudiaba en Granada ahora me voy a Cádiz, que está a más del doble de distancia.
Mi padre conduce como si le fuera la vida en ello o como si tuviera que apagar un incendio. “Esta parte de Málaga me deprime”, me dice mientras maniobra entre los socavones de las obras del metro. Es verdad. Las luces de neĂłn de las cafeterĂas brillan detrás del pavimento levantado, y parece como si viviĂ©ramos en un mundo post-apocalĂptico y decadente.
Llego a la estaciĂłn, agarro mi maleta, yergo la cabeza y me voy hacia el autobĂşs. Soy una adulta, pienso. El viernes estuve con unos compañeros de colegio tomando una tapa, y en un momento, mientras recordábamos historias de cuando Ă©ramos pequeños, uno de ellos dijo “quĂ© niños Ă©ramos... y quĂ© niños somos. Seguimos siendo niños, niños que pagan facturas”.
Me pregunto si hay un momento en el que una se mira al espejo y dice “coño, una mujer”. A mĂ todavĂa no me pasa. Me miro y no me veo muy distinta a cuando tenĂa quince, diecisĂ©is, diecisiete años. Me creo que si me pusiera unos vaqueros anchos, una sudadera y unas zapatillas podrĂa pasar por una de las que van al instituto que hay junto a mi casa. Cuando lo cierto es que ya a veces la gente me llama de usted, y no sĂłlo los pacientes.
Espero a que llegue el conductor del autobĂşs en el andĂ©n, apoyada en la máquina de agua mineral. Todo sigue brillando con una luz que me resulta siniestra, supongo que por no haberme acostumbrado todavĂa al cambio de hora. A mi lado pasan los estudiantes que van hacia Granada. Los andenes contienen la posibilidad del lugar a donde viajan. Ahora mismo nada me diferencia de las personas que van a otra ciudad, pero en realidad, puesto que el viaje es un trámite, es como si un abismo separara a los que esperan en el andĂ©n 24 de los que estamos en el 19. Envidio un poco a los estudiantes. Para empezar, porque su viaje dura la mitad que el mĂo. Para continuar, porque recuerdo la alegrĂa privada y absurda que me invadĂa cuando veĂa aparecer Granada, posada tranquila a los pies de la Sierra.
Luego me subo al autobĂşs y me coloco junto a una ventanilla. Miro hacia fuera, pero en realidad estoy observando mi reflejo. Veo cĂłmo mi pecho se levanta y baja mientras respiro, y es como si fuera otra persona la que respirara, como si no reconociera la piel blanca que se mueve sobre mis mĂşsculos.
Las dos primeras horas me las paso viendo series en el mac. DespuĂ©s paramos en Algeciras, bajo, estiro las piernas, subo y enfilamos hacia Jerez, cruzando la sierra de los Alcornocales. En ese momento, mientras cruzas el parque natural vacĂo de pueblos, es cuando te parece que te alejas del mundo, que en lugar de ir a otra ciudad viajas a un territorio perdido y lejano.
La sensaciĂłn de alejarse despacio es terapĂ©utica. Ha sido un fin de semana turbulento en algunos aspectos, y volver es raro siempre, no importa la de veces que te vayas. Mientras me deslizo hacia la esquina del mapa que es Cádiz es como si sintiera alrededor el aire cada vez más limpio. SĂ© que es una ilusiĂłn, que en unos años Cádiz estará igual de lleno de recuerdos que todo lo demás. Ensuciar las ciudades de pasado es cuestiĂłn de tiempo. Pero ahora me gusta viajar hasta allĂ, parar en San Fernando y despuĂ©s cruzar el puente entre el ocĂ©ano y la bahĂa, seguir recto por la Avenida y llegar a Cádiz antiguo, que es como una ciudadela rodeada de mar, casi como un barco enorme. Cuando llegas allĂ, te bajas porque el autobĂşs se ha quedado sin tierra que recorrer, y eso te da una reconfortante sensaciĂłn de objetivo cumplido, de posibilidades agotadas.
Y cojo un taxi, llego a mi casa, la saludo, la ventilo, me lavo los dientes, paso tres pueblos de deshacer la maleta, me meto en la cama. Otro regreso. Mi vida corriendo a la misma velocidad que las ruedas del bus sobre la carretera. Y recuerdo una frase de nosequiĂ©n (¿Monterroso?). QuĂ© absurdos recipientes de tristeza somos todos.
