massobreloslunes: Granada
Mostrando entradas con la etiqueta Granada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Granada. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de junio de 2016

Todo es mejor en Granada


Estoy en la terraza de mi casa de las afueras de Granada, y miro cĂłmo cae despacio la oscuridad mientras la fresquita se mezcla con el calor que desprenden las paredes. Esta tarde la he pasado en la biblioteca de mi pueblo, dejando que el aire acondicionado me empapara los huesos. Salgo contenta, caminando entre el aire espeso, con el sol de media tarde rebotando en mis gafas, pensando que las bibliotecas son lugares esencialmente buenos.

En las bibliotecas del mundo está mi hogar, oh-ah-uh.

Estoy leyendo Skagboys, la precuela de Trainspotting. ¿CĂłmo yo, que soy dulce, y sensible, y casi rubia, he acabado leyĂ©ndome entera esta trilogĂ­a tan sĂłrdida? Los personajes se dan palizas, se chutan y se prostituyen. Hace un par de semanas estuvo mi padre en casa, y cuando vio el libro sacudiĂł la cabeza. "¿Está bien?", le preguntĂ© yo. "Bueno... bien, bien, no es la palabra", contestĂł Ă©l, y se estremeciĂł un poco.

Salgo de la biblioteca, entonces, con Skagboys pesándome en el bolso. Me he prometido que si escribía lo suficiente, me iría a tomar un batido al centro comercial del Serrallo. Resulta que hay un puesto de batidos de frutas, que es obviamente impersonal y que está en mitad del edificio, hecho de plástico, infestado de capitalismo satánico y tal, pero los batidos están riquísimos, y se está fresquito, y entra la luz por el techo, así que Pablo y yo vamos mucho.

Pero mientras camino hacia el coche me entra la duda: ¿y si cierran pronto? AsĂ­ que me voy a casa y saludo a la gata, que se revuelca entusiasta contra el suelo de mármol, y abro las ventanas para que empiece a correr el aire: hay que aprovechar cuando cae el sol, como en una especie de Ramadán de la temperatura. Y me hago el batido que me pensaba pedir en el Serrallo: leche con plátano, miel y cacao en polvo.

Me tumbo en el sofá, batido en mano, con Skagboys sobre los muslos. Recuerdo que una compañera de piso traductora me dijo una vez que habĂ­an usado Trainspotting como proyecto de clase, y que era muy complejo. La ediciĂłn de Anagrama está llena de notas al pie, muchas de ellas de argot rimado: utilizar una referencia que rima como sustituto de la palabra. Por ejemplo, "echar un Nat King" es echar un polvo (Nat King Cole = hole = polvo). Todo el libro está salpicado de oscuras expresiones escocesas, y pienso en que el traductor debe de tener un conocimiento muy profundo del dialecto y de la cultura  escocesa, y que resulta bonito cuando alguien conoce algo en profundidad. Y tambiĂ©n que es un arte sutil traducir toda la jerga de Leith que vomita Welsh y convertirla en algo que no suene a Leticia Sabater puesta de coca. "Los traductores españoles son mejores que los escritores españoles", me dijo una vez mi madre. Quizá tenga razĂłn. No leo a los suficientes autores españoles como para saberlo.

Después me levanto, doy un par de vueltas por la casa, saco el ordenador, contesto mails y finalmente decido salir a la terraza. No tengo claro que haga más fresco fuera que dentro, pero me da igual: se está bien aquí, con la mesa de plástico cubierta con un hule violeta, observando cómo se apaga el cielo y se encienden las farolas.

Estoy tan catetamente feliz de estar de vuelta en Andalucía que me da hasta vergüenza no querer vivir en otro sitio ni ser una nómada digital. Estoy feliz bajo este calor desenfrenado. Me gusta huir de él en las bibliotecas que pisaba cuando estudiaba aquí, y al salir de allí, en chanclas, con un libro bajo el brazo, me siento igual que entonces, cuando me iba a estudiar con una novela de Henning Mankell debajo de los apuntes.

Hoy hablaba con Warren, un amigo de EEUU que vive en AlmerĂ­a. "The problem with AndalucĂ­a", me decĂ­a Ă©l, consternado, "es que durante tres meses no puedes hacer básicamente nada durante el dĂ­a en el exterior". Ah, my friend, pero es que esa es la cuestiĂłn. That's the deal. Tienes que aprender a echar siesta y salir por la noche con la fresquita a la terraza de casa, a darte palmadas en los muslos para ahuyentar los mosquitos. AsĂ­ te adaptas, como andaluz, igual que se adapta el resto de la humanidad a los rincones de este raro planeta.

Pero it's fucking worth it, man. O como se diga eso en argot rimado.


jueves, 12 de junio de 2014

Granada contigo

"Lo increĂ­ble de Europa es que ustedes viven aquĂ­", dice Pablo, mientras observa el AlbayzĂ­n con cierto asombro.

Llevamos dos días en Granada, en lo que yo he dado en llamar un Finde de Amor y Lujo o FAL (y sí, sé que es un acrónimo poco elegante). Hemos pasado la mañana huyendo del calor en los bosques de la Alhambra y, después de vaguear unas horas en la piscina del hotel, hemos visto la puesta de sol desde la muralla de la ciudad. Ahora bajamos por la Cuesta Alhacaba en dirección al Arco de Elvira, que él rastreó ayer en la Wikipedia. "Es increíble - insiste -, porque ustedes se levantan por la mañana y ven monumentos con siglos de antigüedad. Es una locura".

Sin él saberlo, me recuerda a Krista, la canadiense meditadora que vino a visitarme en quinto de carrera y que repetía lo mismo, anonadada: "This is YOUR city... you LIVE here". Ahora, sin embargo, no siento el orgullo de propietaria de entonces. No me siento exactamente turista, pero no poseo a la ciudad. En los dos días del FAL, intento darle a Pablo una panorámica exacta. Es una visita más sentimental que cultural: le enseño los balcones de los pisos donde viví, los cafés donde desayunaba y los bancos donde me sentaba a leer. Sé que me imagina en todos esos lugares, y también sé que la imagen que pueda formarse de mí, la ilustración unidimensional de la chica rubia y mona que pasea o lee, no tiene nada que ver con mi experiencia. Para mí era inmenso. Era toda la textura de la vida contenida en un instante.

Incluso aquí, ahora, me cuesta explicar lo que sentía yo esos años. Nunca he hecho surf, pero imagino que un surfista, después de dejar pasar un montón de olas, ser arrollado por unas y quedarse atrás en otras, da en ocasiones con el momento en que se coloca en la ola y la posee. La doma. Está justo en su cresta. Yo poseía Granada. Era mía. Aquel momento era cien por cien mío, eran los adoquines de mis calles y las tazas de mis cafeterías, su gente era mi gente, sus libros, sus películas, la fritanga de sus bares: todo eso era mío y yo no podía ni quería estar en otro lugar.

Me sigo explicando fatal y espero que lo disculpéis. En estos días, mientras observaba a los estudiantes en la calle y me preguntaba si se me ve mucho más vieja que ellos, sentía algo parecido a la lástima. Por ese sucedáneo de vida que te construyes cuando eres estudiante. O bueno, no es un sucedáneo: es tu vida, en ese momento, no tienes otra y, sin embargo, te crees tan grande. Tan sabio. Tan al otro lado. Tampoco mereces lástima. Juegas a adulto con pocos riesgos, y está bien. El mundo es eso: un patio de juegos gigante en el que tú mueves ficha sin ser del todo consciente de las consecuencias.

Ya os conté una vez que hace mucho tiempo, justo antes de que mi amigo José Luis se marchara a estudiar a Madrid, nuestro profesor de teatro contemporáneo, un tipo huesudo de nariz larga y voz grave, le dijo algo como: "Ahora te toca averiguar cómo quieres vivir. Qué quieres hacer con tu tiempo y tu dinero. Si quieres o no beberte esa copa, si quieres o no follarte a esa chica". La entrada continuaba conmigo diciendo que quería elegir cómo vivir, con frases así de rimbombantes:

Quiero ser capaz de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda detrás, mi trayectoria, todo lo que se supone que soy y que me define.

AhĂ­ es nada.

Me acordaba de esta entrada porque, a lo tonto, fue hace ya casi dos años, y de alguna forma me da la impresión de que ya he decidido. Al menos en esta jugada, este movimiento. Mi amigo Anxo siempre dice que en la terapia (como en la vida, como en el ajedrez) hay que hacer cada movimiento con intención. Ahora, después de decidir sobre unas cuantas cosas importantes, coloco de nuevo mis fichas y espero asombrada a ver qué pasa.

Pienso que a lo mejor esa distancia líquida que me separa ahora de Granada no es más que esa capacidad de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda atrás. Estoy muy en ese modo últimamente. Lo cierto es que no tengo muchas ganas de trabajar como psicóloga ahora mismo, más allá de escribir sobre el tema, y esto suena muy chalado si pensamos que me he pasado los últimos diez años preparándome para eso. Pero me siento absurdamente desapegada al respecto, como si la yo psicóloga no hubiera sido realmente yo. Con la intuición de que la yo-yo siempre fue escritora.

Hemos pasado un bonito FAL en Granada, mi Pablo y yo. Como dos piezas de un rompecabezas que encajan en otra parte, si es que encajan en alguna. Recorriendo la luz dorada y quieta de sus calles, parándonos en los rincones, con ampollas en los talones de tanto caminar. Engullendo comida vegana y comprando chocolate. José Luis, el amigo del que os hablaba antes, me dijo una vez que Granada es una bonita ciudad para entristecerse. Pablo me dijo el sábado que era una bonita ciudad para enamorarse. Yo, que durante años he pensado que era una bonita ciudad para amar, decepcionarse, pasear, leer, escribir, aprender, desesperarse, bloguear, llorar, oír música, cantar en la calle, congelarse de frío y sudar desesperado de calor, me quedo con que es, sin duda, una bonita ciudad.




lunes, 4 de marzo de 2013

Yo, universitaria

Aunque me gusta muchísimo más trabajar que estudiar, y muchísimo más mi vida de ahora que la universitaria, a veces me gustaría volver a Granada y a la facultad por un periodo de tiempo indeterminado.

He aquĂ­ lo que harĂ­a:

- Ir a dos clases al día (como mucho). Pasar el resto del tiempo en la cafetería comiendo tostadas con tomate y roquefort, o suizos con mantequilla, o bebiendo té de canela.
- Maldecir porque en el baño hay, sin exagerar, diez grados menos que en el resto de la facultad.
- Tomar café en las escaleras con la PK (si volviera a la facultad, tendría que estar la PK; si no, no lo quiero).
- Subir al mirador con J. Apoyar la cabeza en su hombro, observar los tejados de la ciudad, resoplar cuando se bajara a corretear por el monte y a buscar ruinas.
- Quedar para ver una peli y fumar una cachimba con mi amigo A., el que ya no me habla (porque en mi imaginaciĂłn me hablarĂ­a, obvio).
- Subir a la casa de Porras. Terminar el dibujo que empecé una tarde y al que le faltan las hiedras y los farolillos de forja que cuelgan de la pared. Colarme en una clase de un taller de escritura y criticar mentalmente cómo escriben (casi) todos los demás, con adorable narcisismo literario.
- Caminar hasta el Sacromonte. Tomar una cerveza en el bar de Pepe, también conocido como "un gitano con una nevera", y ver atardecer.
- Ir en bici de noche por las calles vacĂ­as.
- Tomar patas de pulpo fritas con mayonesa en la Plaza de Gracia.
- Coger el veinte minutos. Leer sĂłlo el horĂłscopo. Soltar el veinte minutos.
- Tomar apuntes a velocidad de vértigo. Copiar dibujitos de neuronas en los de psicobiología.
- Ir a la biblioteca, fingir que estudio y leer novelas. Caminar por el pasillo de autores anglosajones. Observar cĂłmo entra la luz por los ventanales.
- Tener sexo inapropiado con alguien, o sexo con alguien inapropiado, y no cambiar las sábanas porque passso.
- Alimentarme sĂłlo de chocapic, o de arroz con atĂşn y salsa de soja, o de croquetas de bechamel sin nada.
- Comprar tés raros.
- Ir al Bohemia, ir a otro Bohemia porque ése está lleno, ir al tercer Bohemia que acabas de saber que han abierto en nosedónde y pedir un cóctel carísimo sólo porque te gusta cómo suena el nombre.
- Ir al DeCuadros, o al Pan Pan, o al Reventaero, y no dejarme amedrentar porque no hay sitio. Conquistar un trozo de barra con el codo y aguantar el tirón hasta ascender en la escala de los bares: máquina de tabaco -> barril de cerveza -> barra -> mesa.
- Ir al Hollywood. Alquilar muchas pelis porque son baratĂ­simas. Que se me olvide verlas, devolverlas tarde y pagar la multa.
- Ir al cine del Neptuno escondiendo bajo el abrigo castañas secretas. Tomar un café en el bar de fuera, que es un tranvía convertido en cafetería.
- Subir a la calle donde vivía J., hacerle una foto a su balcón y mandársela por WhatsApp con un mensaje así medio sucio.
- Comprobar si el flautista sigue tocando en la esquina de Gran Capitán.
- Comprarle pasiflora al herborista que habla como José Manuel Parada, sólo para escucharle decir "passiflooora".
- Ir al Amador sólo para cantar "Qué puedo hacer".
- Ir al antiguo Lobos, comer pipas, beber mistelas, pedirle Los años 80 al camarero calvo y que me ignore.
- Pasear por Puerta Real un domingo por la mañana, mirar a los filatélicos y numismáticos, señalarles con el dedo y reírme de ellos.
- Comer helado de yogur y muchos litros de leche merengada.
- Invitar a MQEN a casa a tomar el té. Meditar en mi habitación y hablar después de Buda.
- Colgar muchas cosas en las paredes y dejarlas después todas desconchadas y manchadas de blu-tack.
- Escalar (¿por quĂ© no?).
- Recortar con tijeras el bajo de los pantalones.
- Desayunar al sol con J. en el Lisboa. Leer el suplemento dominical, criticar a los columnistas y obligarle a decir que yo escribo más y mejor que todos ellos.
- Hacer footing en el Parque García Lorca y sentirme instantáneamente más delgada y mona.
- Aburriiiirme mortalmente en alguna clase y salir a la mitad fingiendo que me llaman al mĂłvil y que es muy, muy importante.
- Hacerles handling a las ratas del laboratorio. Montar y desmontar las maquetas del cerebro.
- Ir a secretaría a pedir algo. Cualquier cosa. Robar caramelos de fresa de las mesas de los oficinistas y reírme de la mala follá granaína.
- Coger de la biblioteca de la facultad los libros con punto amarillo, que sĂłlo podĂ­as quedarte un dĂ­a. Olvidarme de devolverlos y que me multen meses y meses.
- Estudiar con la PK. Improvisar cómics absurdos en los márgenes de los apuntes, reírnos mucho y tener que salir a la puerta para no molestar. Criticar el peinado de la gente sentada frente a nosotras. Criticar el vello axilar de las estudiantes de filosofía.
- Subir a hacer un examen con el bolso y un boli, mirando con aire de superioridad a la gente que repasa los apuntes en el Ăşltimo momento.
- Escribir posts en los ordenadores de la biblioteca.
- Ir a comprar cualquier cosa al mercadona porque en mi casa hace un montĂłn de frĂ­o.
- Ir de fiesta a casa de la PK y subir desde el centro con una litrona en la mano y mucho frío. Fumar ibuprofeno, quemar lámparas y disfrazarnos. Beber mojito con tequila y al día siguiente tener mucha, mucha resaca, y tomar churros y luego ir al parque a beber cerveza.
- Subir al mirador de San Nicolás y reconocer que sí, que es típico, y tópico, y que está lleno de gente, pero que quizá tenga una de las vistas más hermosas del mundo.

Y paro ya, porque creo que podrĂ­a seguir con esto toda la noche.

martes, 19 de junio de 2012

Dibujar

¿Nos vamos a dibujar?, me propones despuĂ©s del desayuno. Es una de estas mañanas largas de domingo que ya se va convirtiendo en mediodĂ­a, pero tĂş y yo estamos repletos de cafĂ© y pan con tomate, reposando felices sobre las sábanas, y no nos importa mucho a quĂ© hora cierran las cocinas de los bares.

Nos levantamos y nos duchamos (juntos siempre, porque cómo eres, que no te hartas nunca de piel), y después nos vestimos de gemelillos cutres: vaqueros, camisetas, Converse. Me enseñas cómo acoplar la carpeta tamaño A3 bajo los tirantes de la mochila para que no moleste al caminar y salimos a la calle. Cae un sol plano de mediodía y recuerdo cuando me explicaste que la luz de la ciudad es dorada porque el aire tiene unas partículas especiales que hacen que brille así; una explicación lo bastante bonita como para que no me preocupe su exactitud.

Callejeamos por el Realejo, cruzamos Plaza Nueva y atacamos el Albayzín por su flanco más débil: la Cuesta del Chapiz, que aunque es larga y a mitad de camino desmoraliza, termina por dejarte arriba del todo, casi en Plaza Larga. Desde allí callejeamos sin mucho desnivel hasta llegar a una placita pequeña. Está tranquila y no ha sido invadida por los turistas, y tú y yo bromeamos sobre los guiris que se pierden en el Albayzín y son devorados por los hippys. Luego me señalas un edificio viejo: verás que bonito queda cuando dibujas los desconchones, me dices, y a mí me encanta que le devuelvas su dignidad a la pared convirtiéndola en modelo.

Nos sentamos separados, porque yo quiero encontrar mi propia perspectiva. Tú dibujas rápido, con las manos estrechas y morenas moviéndose por el papel, sin borrar. Yo miro la pared, trazo un par de líneas, mido con el lápiz y un ojo cerrado, trazo otro par de líneas, borro. Después de un rato te levantas a mirar mi boceto y me enseñas el tuyo. Me doy cuenta de que he elegido mal el ángulo: mi perspectiva es muy plana y la calle parece muerta. Tú te has girado un poco y el volumen de la esquina sale hacia el exterior con gracia. Tu dibujo está centrado y el mío ya se me ha comido la mitad inferior de la hoja. En mi papel se ven borrones; el tuyo está limpio y cruzado por tus trazos delicados. Me quejo.
- Chiquita - me explicas - llevo años dibujando y tú acabas de empezar.

Sonrío. No me extraña que después te burles de mí: "yo más y yo mejor", me dices siempre, y es verdad que ése podría ser mi lema. Yo más, yo mejor, y esta manía idiota que tengo de llevar mi vida estupenda y mi montón de cualidades colgados frente a mí como las insignias de los scouts. Entonces es cuando tú me atacas con tu ternura, con esa forma de reírte de mi manía de querer vivirlo todo siempre bien, y me desarmas por completo. Y ahora, mientras te veo dibujando y veo la clara superioridad de tu versión frente a la mía, disfruto de esta sensación de admirarte sin reservas. Me explicas cómo dibujar hojas de árboles con la mano temblona, y también que no hace falta que las líneas sean continuas; que a veces se insinúan en algunas partes y le dan delicadeza al conjunto.
- Hay dos tipos de dibujantes - me explicas después -, los que dibujan las cosas más finas de lo que son y los que las dibujan más gruesas.

Nos damos cuenta de que tú eres de los finos y yo de los gruesos. Me quejo otra vez; lo fino me parece más elegante. Bromeo acerca de que a ti te conviene que yo vea las cosas más gruesas de lo que son. Nos reímos un poco.
- Entonces, ¿nadie ve la realidad tal y como es?
- Claro que no. Los humanos no vemos: construimos. Hay muchas formas de ver la realidad. Piensa en las serpientes, que tienen visión térmica. No creo que nuestro mundo tenga por qué ser más real que el suyo. En realidad, la visión es más una cuestión de utilidad: vemos lo que nos sirve.

Nos marchamos antes de que me dĂ© tiempo de terminar mi escena plana y emborronada. TĂş ya le has dado el toque final a la tuya (un farolillo de forja que te has inventado sobre el marco de la puerta) y planeas hacerle un marquito de cartulina para que la cuelgue en mi habitaciĂłn. Bajamos el Albayzin charloteando ("¿te gustarĂ­a tener termovisiĂłn?", "claro, para poder ver a las mujeres desnudas a travĂ©s de las paredes", "pero sĂłlo a las que estuvieran calientes, ¿no?", "ya me encargarĂ­a yo") y me doy cuenta de que es una mañana feliz, uno de esos raros momentos felices que quizá rememore en unos años, cuando me encuentre un poco sola una noche de junio en una ciudad bastante lejos de Ă©sta. Y mientras agarro tu mano y saltamos juntos con las Converse por las baldosas torcidas del AlbayzĂ­n, pienso que ojalá entre tu manĂ­a de ver las cosas más finas y la mĂ­a de verlas más gruesas consigamos componer un mundo que se parezca lo más posible al real o, por lo menos, que a nosotros nos sirva.

martes, 3 de enero de 2012

Yo estoy, tĂş llegas y yo...

- ¿Ya estás despierta?
- ¿QuĂ© haces tĂş aquĂ­?
- Tú sabrás...
- Pues... supongo que lo de siempre. Mi imaginaciĂłn, Granada, tĂş: es todo uno.
- A mĂ­ no me mires.
- Qué pereza.
- Venga, gruñona. No está tan mal. Si llevo contigo desde ayer, admítelo. Desde que viste las choperas a la entrada, y te acordaste de aquel día que nos fuimos a pasar el día a una... y luego hiciste el chiste del coche que está en lo alto del poste, en el desguace.
- "La gente ya no sabe dĂłnde aparcar".
- Y te reĂ­ste. No mucho, pero te reĂ­ste.
- Yo siempre me voy a reĂ­r de tus chistes. Aunque los repitas mil veces.
- Estás muy guapa por las mañanas.
- Venga ya, por Dios. Si llevo un careto horrible. Estoy llegando a ese momento de la vida en que te miras al espejo y dices "¿quiĂ©n es esa señora?".
- A mĂ­ me gustas. AsĂ­ con los ojos hinchaditos... pareces un esquimal.
- Estás como una regadera... Oye, ¿sabes que el Lobos ya no existe?
- ¿En serio?
- En serio. Ahora se llama Hendrix y tiene más luz y menos fotos. Y han quitado los panchitos.
- Pues los panchitos eran un ochenta por ciento del encanto.
- Eso y el camarero calvo que no me querĂ­a poner Los Piratas. Y el mistela. Tampoco hay mistela.
- Ten cuidado, chiquita, que los mistelas los carga el diablo.
- Psé.
- ¿Y lo estás pasando bien en Granada?
- Sí, no sé, es raro. Hermoso, pero triste. Me acuerdo de ti. De nuestros portales.
- Que también los carga el diablo.
- Sí, no sé, las calles vacías, las persianas metálicas de las puertas y tú besándome contra una de ellas y haciendo un montón de ruido.
- Qué recuerdos.
- En Granada no puedo pensar, ¿sabes? Cosas nuevas, quiero decir. No puedo hacer una vida nueva porque todo son recuerdos. Todas las calles, todas las putas esquinas. Supongo que si me quedara más tiempo acabarĂ­a por surgir, trazarĂ­a nuevos caminos, como decĂ­as tĂş siempre.
- Los recorridos del recuerdo.
- Pero esta ciudad ya no es mía, supongo. Y lo triste es que pensé que lo era.
- ¿Y quĂ© ha cambiado?
- ¿QuĂ© quieres decir?
- Desde la Ăşltima vez que estuviste, ¿quĂ© ha cambiado?
- Pues creo que ha cambiado Cádiz. Ahora Cádiz sí es mía.
- Te has vuelto a enamorar.
- Algo asĂ­, sĂ­. Y me siento como si hubiera traicionado un poco este recuerdo.
- Entiendo.
- ¿Va a ser asĂ­ siempre?
- ¿AsĂ­ el quĂ©? ¿La tristeza granadina?
- Sí, no sé, todo. Siempre la voy a echar de menos. Seguiré volviendo y todo seguirá cambiando. Y al final, de mi ciudad no quedarán más que los restos.
- Es ley de vida, chiquita.
- ¿Y a ti? ¿TambiĂ©n te voy a echar siempre de menos?
- Claro que sĂ­. Y yo a ti. Me vas a faltar siempre.
- Pues eso es una mierda.
- Ya...
- Estamos muy lejos, ¿no te parece?
- ¿TĂş de mĂ­? ¿O los dos de Granada?
- Las dos cosas, supongo. Tú estás muy lejos, yo estoy muy lejos, todo cambia y yo ya no sé dónde está mi hogar.
- Tú estás aquí, yo estoy allí y tu hogar está donde está tu presente.
- Creo que me voy a ir a desayunar. Al Lisboa, quizá.
- A esta hora no da el sol allĂ­. Ve mejor al AlbayzĂ­n, al Aixa.
- Me gusta que sepas cuándo da el sol en las terrazas de Granada.
- Ya sabes que yo conozco Granada como la palma de mi mano. Sabes que la construí en siete días, y luego me senté en el Lisboa y vi que era bueno.
- Es verdad.
- ConstruĂ­ una ciudad entera para impresionarte.
- Se lo dirás a todas.
- Bruja...
- Rollero...
- CuĂ­date, chiquita.
- Y tú, mi niño. Cuídate.

lunes, 10 de enero de 2011

Reflejo

Estamos en Granada, es invierno y es de noche, y yo voy caminando por el Realejo hacia casa de MQEN. Vamos a meditar y quizá a cenar o a ver una peli. Llevo un gorro feo que me he comprado en los chinos porque hace un frío inmenso, y voy apretujada dentro de un abrigo de mangas demasiado largas.

Entro en Pavaneras y me conquista como siempre la vivacidad de la calle, los bares y tiendas y portales y personas que vibran en la temprana noche de invierno. Antes de girar hacia la iglesia de Santo Domingo hago una parada en la pastelería pija. Cuando voy a meditar a casa de MQEN me gusta llevar un par de muffins de chocolate para comerlas antes de sentarnos. Él hace Chai de especias con leche y un montón de azúcar y nos comemos las magdalenas en su salón oscuro, mientras Jesús trastea con el ordenador o Adri toca el piano con los auriculares puestos.

Cuando entro en la pastelería, el pastelero me sonríe y me saluda. Yo aún no lo sé, pero ese pastelero me va a tirar los trastos sin piedad hasta que un día me invite a entrar con él a la trastienda y yo, espeluznada, no vuelva nunca más a comprarle magdalenas. Pero hoy aún me parece entre simpático y halagador, así que le devuelvo el saludo y la sonrisa.
- Hace frĂ­o, ¿no? - me pregunta.
- SĂ­, bastante.
- Se nota... tienes la nariz colorada.

Y no sé por qué, pero esa constatación me conmueve. No en el sentido presumido de la palabra. No se trata de que se haya fijado en mi cara porque le parezco guapa, a pesar de mi gorro feo y de que el abrigo amenace con engullirme. Se trata de que hasta este momento yo era invisible, una clienta y punto, y de repente él me dice estas palabras, utiliza esa segunda persona del singular tan curiosa, y yo me hago visible, aparezco.

He escrito esta escena y no sé por qué. La recuerdo a veces, así que supongo que la escribo aquí para ver si consigo averiguar qué significa para mí. Pero llevo un rato intentando completar el texto, cerrarlo o llámalo X, y no me sale.

Quiero hablar de lo difĂ­cil que es que la gente te vea. Quiero hablar de que a veces paso todo el dĂ­a en el trabajo y no escucho ni una sola frase que me demuestre que existo. Quiero hablar de que el amor es un preguntar constante y el sufrimiento una ausencia de preguntas, una declamaciĂłn sin fin, un yo gigantesco.

Quiero hablar de que me sigue pasando lo del pastelero, me conmueven las frases en segunda persona de singular, los "qué haces", "qué vas a cenar", "estás muy guapa". Me veo reflejada por unos segundos, tomo constancia de que existo y me siento tan agradecida que quiero llorar.

Y como es tarde y me quiero ir a la cama, y quién sabe si ésta es la mejor forma de cerrar el post o quizá cualquier otra, lo voy a dejar así.

martes, 21 de diciembre de 2010

Esta ciudad




Llevo unos cuantos dĂ­as aplazando el escribir aquĂ­. ¿Por quĂ©? Pues, para empezar, porque escribir es una actividad como muy aplazable. No es urgente, no da hambre, ni sed, ni frĂ­o. Uno sĂłlo tiene el gusanillo en el estĂłmago, las ganas de contar debajo de la lengua, pero al fin y al cabo las ideas son mucho más bonitas en la propia cabeza que en los post. Mi cabeza está llena de ideas interesantes, de frases acertadas e ingeniosos diálogos. El blog es demasiado unidimensional y el resultado siempre se me queda corto.

La otra razón es que quería hablar de mi visita a Granada pero no sé muy bien cómo expresar las sensaciones que he tenido allí. Además, soy como un poco repetitiva, con mi rollo de Granada por aquí, Cádiz por allá. Un poco jartible, que dicen en Cádiz. Aun así, lo contaré, que es mi verdad y las verdades están para ser explicadas.

La cuestión es que pensaba que me pondría muy triste por no estar allí haciendo el PIR. Desde que empecé la residencia, a veces me pasa que tengo días de "debería-estar-en-Granada". Los días "debería-estar-en-Granada" son días en los que tengo cristalino que tendría que haber escogido el San Cecilio y me pregunto qué coño pinto yo en Cádiz con lo bien que vivía allí. Yo no suelo arrepentirme de las cosas. Lo veo una pérdida de tiempo. Pero los días "debería-estar-en-Granada" son pavorosamente claros y me llenan de certidumbre sobre lo equivocada que estoy.

Así que ir a Granada por primera vez durante la residencia era un reto. Pensaba que me iba a morir de la pena y a arrepentir como el infierno. Sin embargo, aunque he muerto de la pena, era una pena distinta a la que preveía. Pensaba que mi pena vendría de no estar allí. Pero una vez allí, me sentía extraña por las calles, como caminando en los sueños de otro. Como si los sentimientos me los estuvieran prestando. La densidad de recuerdos por metro cuadrado de la ciudad es excesiva, mayor que en ningún otro lugar, incluso que en Málaga. Camino por allí como los botes salvavidas del Titanic: apartando cadáveres con los remos.

Y eso que allĂ­ he sido muy feliz, sĂ­, pero tambiĂ©n muy miserable. De hecho, si me pongo a mirar año por año, tampoco es que haya sido la Ă©poca de mi vida. En primero estaba deprimida post-Barcelona. En segundo estaba enajenada por J. En tercero seguĂ­a enajenada por J. y además tenĂ­a ansiedad recurrente y aburrimiento patolĂłgico. Cuarto es una de las pocas Ă©pocas de mi vida que borrarĂ­a entera sin remordimientos. Quinto estuvo bastante bien. AsĂ­ que creo que no es mala idea empezar de nuevo en un sitio distinto. ¿En serio querrĂ­a hacer la residencia allĂ­? ¿Con mi yo del pasado sentada en los bancos de las plazas? ¿Con la ausencia de mis amigos gritándome desde los bares de tapas?

El último día quedé con el Húngaro. También a él le veía descontextualizado, como recortado de una revista y pegado con photoshop. Me contó una historia sobre los conflictos de Europa del Este sobre la que piensa hacer la tesis y de la que entendí la mitad. Luego me dijo que él también se da cuenta de que todo ha cambiado, que incluso sus profesores se han ido al extranjero por la crisis, que en Granada ya apenas queda nadie.

Me puse muy triste cuando le abracé antes de irme. Mi Hungarito. Me entristece volver a ver a la gente y que las conversaciones se conviertan en resúmenes acelerados de lo que ha sido tu vida en el último año. Dani era mi compañero de piso. Le daba un beso de buenas noches antes de dormir. Le oía gruñir desde su cuarto cuando se despertaba de resaca. Me contaba historias de Venezuela mientras almorzábamos y me perseguía al baño sin parar de hablar hasta que yo le regañaba y le cerraba la puerta en las narices. La PK y yo nos reíamos de él y de su manía de cenar tres veces, ensuciar media vajilla y luego no entender por qué tenía que fregar él siempre los platos. Ahora está ahí, recortado sobre un bar en el que no había estado antes, contándome que en breve quiere irse a viajar por Europa para hacer su tesis. Quejándose de que pronto no quedarán pisos en Granada que nos alojen.

La ciudad esta vez me parece dura, casi hostil. Será el frío. Me siento estafada mientras miro a los estudiantes tomando tapas en los bares que eran míos. Te crees que va a durar para siempre y va y se acaba. Tú creces, tus amigos se marchan y entran a ocupar su espacio chavales que ahora te parecen demasiado jóvenes.

Así que me alegro de haberme ido, aunque suene un poco a justificación. Seguro que también me alegraría de haberme quedado. No existiría esta brecha. Trazaría nuevos caminos por las calles de la ciudad (de mi casa al trabajo, por ejemplo) y no extrañaría el mar ancho de Cádiz porque no lo conozco. Pero ahora me alegro de haberme ido, porque la tristeza pesa mucho. Necesito distancia.

Porque lo triste no es haberme ido yo. Lo triste es que se ha ido casi toda la gente a la que quiero.
------

Esta ciudad de huelga intermitente,
sus avenidas largas como látigos,
y plazas que recuerdan viejas citas
y nombres que los tiempos han borrado.

Esta ciudad con obras infinitas,
con bosques de cemento amurallado,
con lluvias de neĂłn y agua bendita
y muertos que descansan solitarios.

Esta ciudad que sabe de nostalgias,
de poderes, de guerras que han pasado,
de copas, de bohemia, de la noche,
de mĂşsica y poemas entregados.

Esta ciudad que baila con tu cuerpo
a ritmo de boleros o de tangos,
que sueña con tus labios, se emborracha
y luego llora cuando te has marchado.

Esta ciudad sin duda no es la nuestra,
o tal vez se parezca demasiado.

(Javier BenĂ­tez - Esteban Valdivieso).




lunes, 15 de noviembre de 2010

Seis meses


Llegué aquí el 15 de mayo, así que hoy ya ha pasado una octava parte de mi residencia. Es una barbaridad, si tenemos en cuenta lo corto que se me ha hecho. Ya llevo seis meses trabajando, seis meses viviendo sola, seis meses en Cádiz... No sé. Es raro. Tres meses más y será un curso escolar y, sin embargo, a mí me parece que acabo de llegar.

Cádiz es... no sé, es bonita. Y alegre. Granada es como más dramática. Las callejuelas del centro, las vistas imponentes desde el Albayzín, la digna contención de la malafollá. Boabdil llorando al echarle la última mirada. La Alhambra, los ríos, la sierra, los pasadizos, el peso de la historia.

Aquí, sin embargo, no hay más que luz. Una luz blanca, casi dañina, cayendo a plomo desde el cielo sobre los tejados blancos y reflejándose en el océano. Granada exhibe su belleza, la sabe y se siente orgullosa, pero a Cádiz es como si se le escapara a chorros, como si le sobrara. Quiero decir, que en el mirador de San Nicolás la gente está sentada mirando la vista, y aquí sencillamente caminan por el paseo marítimo cada mañana, bajo unos amaneceres tan brutales que parecen retocados con Photoshop.

No sé si he escogido bien. Me gusta estar aquí, me da la sensación de que encajo, pero igual es puro sesgo postdecisional. También me gusta la gente a la que hace seis meses no conocía y que ahora forma parte de mi vida. Y me gusta mi vida, porque es la que quiero llevar. Mi trabajo, mi piso, mi Dhamma, mi paleodieta, mis lunes.

En general, creo que no está nada mal para seis meses.

martes, 8 de junio de 2010

Ciudades

Siempre me pasa lo mismo. Me echo la siesta a mediodĂ­a y a esta hora estoy espabilada, fresca y llena de inspiraciĂłn y lo Ăşltimo que me apetece es meterme en la cama.

Llevo un rato bocetando estupideces, revisando escritos antiguos y releyendo diarios. Me ha gustado especialmente un texto que escribĂ­ el dĂ­a que descubrĂ­ Google Earth y estuve caminando virtualmente por Barcelona y por Pamplona. Empieza con "hoy en la siesta no he podido dormir", y continĂşa hablando sobre lo duro que me resultaba revivir la yo que fui en aquellas calles. De hecho, aunque se supone que pretendo hablar tanto de Barcelona como de Pamplona, al final me quedo anclada en Barcelona, y es un texto duro y triste que termina de forma bastante desesperanzadora. Lo que pasa es que ahora la desesperanza ha desaparecido, ha desaparecido la sensaciĂłn de fracaso, y al releer el texto sĂłlo me llega su intensidad.

Se me acaba de ocurrir pasear virtualmente por Granada, pero si algo me pasa con esa ciudad es que me sé las calles de memoria, las tengo grabadas a fuego en el cerebro y soy capaz de verlas en mi mente con muchísima más claridad que con el streetview. Creo que es porque las he paseado con muchísima profundidad, y he pensado y escrito con la mente y con las manos mucho sobre ella. No era sólo lo que me pasaba allí: yo tenía una relación con la ciudad en sí, con sus rincones y sus detalles, como si estuviera analizando una personalidad gigantesca y compleja con la que podía relacionarme directamente.

Así que después de esa relación tan apasionada con mi ciudad favorita, me extraña un poco sentirme tan a gusto en Cádiz. Y es una forma distinta de sentirse a gusto. Es como cuando cambias de novio y estás bien, estás contenta, pero hay muchísimas cosas distintas, y te sientes casi culpable porque te guste algo tan diferente.

Hoy, por ejemplo, no he sido capaz de encontrar un chino razonablemente cerca de mi casa para comprarme un tupper de arroz tres delicias. En Granada habĂ­a un chino por cada tres habitantes, aproximadamente. A mĂ­ me gustaba mucho ir porque era mi oportunidad de comer en plan restaurante, con mesitas, platos y cantidades ingentes de comida, de forma razonablemente barata. Recuerdo que en primero de carrera, cerca de mi piso de Plaza Einstein, habĂ­a un chino en el que podĂ­as comer un menĂş de tres platos por menos de cuatro euros. Me acuerdo de que Josy y yo cenábamos allĂ­ uno de cada dos dĂ­as, y despuĂ©s de ponernos ciegas a salsa de soja y glutamato monosĂłdico nos entraba lo que habĂ­amos definido como “chinosis”, y nos retorcĂ­amos de náusea en los sofás de nuestro piso-zulo. Sin embargo, al dĂ­a siguiente, por algĂşn extraño mecanismo secreto chino, nos olvidábamos de la chinosis y nos abalanzábamos otra vez sobre los tallarines con ternera y bambĂş.

Y en Cádiz no hay chinos, o por lo menos no tantos. Tampoco hay tapas (eso estoy empezando a superarlo ahora), ni montañas, ni Albayzín. La configuración de la ciudad es completamente distinta, pero tambien es armónica a su manera. Para llegar al centro (a Cádiz, Cádiz, según los de aquí) hay que atravesar lo que se conoce como Puertatierra, que imagino que es la puerta de la antigua muralla. A partir de ahí, la ciudad es casi una isla de callecitas estrechas rodeada de mar. Así que estoy en mi piso con el balcón abierto y casi puedo sentir que alrededor de mi barrio y de la ciudad entera sólo hay mar, kilómetros y kilómetros y millones de litros cúbicos de agua que te protege de la tristeza y de los hombres malos.

Pasado mañana viajo a Pamplona, e igual que Granada está grabada a fuego en mi cerebro, me doy cuenta de que a Pamplona apenas la recuerdo. Tenía una distribución confusa, y yo me dejaba arrastrar por las manos largas de Funes y nunca sabía muy bien dónde me encontraba porque estaba demasiado ocupada en contar las horas que me quedaban antes de irme.

De Pamplona recuerdo la sensación de mirar las caras de la gente y envidiar su pertenencia a aquel lugar. No es que yo quisiera vivir allí (líbreme Dios), pero en un momento en que mi vida consistía básicamente en ir y venir entre allí, Barcelona y Málaga, en un momento en el que estaba empezando a descubrir lo que era estar desarraigado, envidiaba la certeza tranquila que tenían los pamploneses de que se levantarían allí durante los próximos meses y años de su vida.

Supongo que parte de lo que me hace sentirme bien aquí es que estoy anclada. Como un barco sin fecha para su próxima salida; como un barco abandonado, casi. No hay relaciones a distancia que me tengan todo el día colgada del teléfono, y el autobús tardaría tanto en llevarme a Málaga que ahora mismo ni me planteo ir allí. No sé cómo va a ser mi vida, pero sí sé que de momento pienso construirla en un solo sitio.