massobreloslunes

lunes, 23 de junio de 2025

Dos años

Querido niño:

Los dos años dan comienzo, se supone, a la peor época. Los terrible two, la adoslescencia. A mí, de momento, todo lo que signifique que sigas creciendo y tengas más palabras, más personalidad, que seas más tú, ya me vale, aunque venga acompañado de rabietas.

A veces pienso en ti como en un regalo que todavĂ­a no hemos abierto del todo. Como tu hermana te saca más de cuatro años, ya sabemos, hasta cierto punto, lo que se avecina: que con el tiempo, vas a ir desarrollando tus gustos, tus intereses, y vamos a dejar de ser nosotros lo que te abramos el mundo para que seas tĂş quien nos lo traigas a la puerta. Aunque ese mundo sea K-Pop Demon Hunters. AsĂ­ que me da por pensar en quĂ© habrá dentro de ti, quĂ© escondes detrás de tus frases de dos palabras. 

De momento, eres un niño ultracariñoso. Te encantan los besos, los abrazos, el api (que te cojamos en brazos), dormir pegado a tu padre como un monito bebĂ©. Eres gracioso a reventar, y cuando sabes que has hecho algo gracioso, vas por ahĂ­ enseñándonoslo a todos con orgullo de comediante. El otro dĂ­a, por ejemplo, te empezĂł a sangrar la nariz y fuiste al baño a ponerte una tirita, y cuando viste la risa que nos daba, te pasaste todo el dĂ­a cambiándola cada vez que se te caĂ­a.

Eres muy sensible. Todo te impresiona. Papá tuvo que cambiar una rueda hace un par de semanas y te pasaste dos dĂ­as repitiendo «wheel, change, daddy, brum-brum!». SalĂ­as al jardĂ­n y señalabas la rueda con la mano. Le contabas la historia a quien quisiera oĂ­rte. Ellen, tu niñera de Madeira, decĂ­a que habĂ­as tenido una mala experiencia con aviones o helicĂłpteros en otra vida, y es verdad que te fascinan y te aterran a la vez. Dices airplane con claridad y entusiasmo, pero te lanzas a nuestros brazos hasta que pasan.

Te entretienes solo que da gusto. Pobrecito; no estás, como estaba tu hermana, acostumbrado a que te prestemos atenciĂłn las veinticuatro horas, asĂ­ que te sientas en el salĂłn con tus coches y las Barbies de Alana y juegas a que todo choca con todo en medio de mucho ruido. 

Si hace un año estabas obsesionado conmigo, ahora no quieres más que a tu padre. «Api, Daddy», repites una y otra vez, y cuando te ofrezco hacerte api yo, niegas con la cabeza y te enfadas. Te tengo que pillar cansado, asustado de algo o con papá fuera de casa, y entonces sĂ­: te me abrazas como un desesperado y apoyas tu cabecita en mi hombro. Aprovecho que eres niño y te llevo siempre casi rapado, como un recluta, porque es comodĂ­simo y bastante tengo con peinar a tu hermana, pero tambiĂ©n porque acaricio la alfombra suave de tu pelo rubio como el mejor antiestrĂ©s del mundo.

Hablando de tu hermana: la adoras. Quieres jugar a lo que ella juega, hacer lo que ella hacer, estar donde ella está. Te despiertas por la mañana e ignoras a todo el mundo para lanzarte encima de Alana y abrazarla. A veces te pones tan nervioso que la arañas o le haces daño, y enseguida vas muy compungido a decir «sorry, Anana» con la cabeza gacha.

Y hablando de sorry, no quieres hablar español ni para atrás. La Ăşnica palabra que usas consistentemente es pito cuando te cambiamos el pañal y te agarras tus partes con la mano porque sabes que nos hace reĂ­r. TambiĂ©n contestas bem cuando te pregunto cĂłmo estás, o dices más cuando me pides chocolate y sabes que con el español ganas puntos. TambiĂ©n respondes apo, ¡apo! (guapo) cuando te pregunto ¿cĂłmo es Ati? Por lo demás, parece que hasta el griego está cogiendo ventaja: ya cuentras hasta tres (ena, dĂ­o, tĂ­a) y cuando te impacientas, nos apremias con un clarĂ­simo pame.

CreĂ­a que saldrĂ­as clavado a tu padre, pero te pareces a mĂ­ cuando tenĂ­a tu edad, salvo que con tus ojos azules y tu pelo claro, eres mucho más guapo, (guapo, ¡guapo!). Tienes la mejor sonrisa del mundo, con tus dientecillos puntiagudos, un hoyuelo en la mejilla derecha y otro en la barbilla. Te hemos descubierto un mechĂłn de pelo blanco en la cabeza, aunque eres tan rubio que apenas se te ve.

Pateas la pelota mejor que yo y eres habilidoso con los patinetes y coches de juguete. Te encanta trepar, revolcarte, correr con tus piernecitas por toda la casa. Nos tienes destruidos, no te voy a enganañar, pero tambiĂ©n felices. Porque eras el que faltaba, bebĂ©, el cuarto elemento de esta familia que no siempre es perfecta, pero es la nuestra. 

Por las noches, cuando te vas a dormir, me acerco a ti y te digo al oĂ­do: te quiero. Y tĂş, que a esa hora ya estás tan cansado que se te olvida la papitis y que odias el español, me echas los brazos al cuello y me respondes: tero. Y luego te digo: te amo y tĂş contestas tamo

Pues eso, Ati. Que tero y tamo siempre. 



domingo, 13 de octubre de 2024

Seis años

Tienes seis años. ¡Seis! Ya no se te puede considerar una toddler, lo mires por donde lo mires. Eres total y definitivamente una niña de brazos y piernas preocupantemente largos. Tienes un treinta de pie porque has heredado las barcas de tu padre, y al mirar tus zapatos ya no tiene uno esa sensaciĂłn de ternura que da ver diminutos zapatitos infantiles.

Este es el año en que te cortaste el pelo con flequillo porque ya no aguantabas más las trenzas de raíz que aprendí a hacerte en YouTube y que eran la envidia del resto de las madres. Con tu nuevo corte de pelo pareces aún más mayor, y el flequillo destaca tus ojazos curiosos y almendrados. Te miro y me sobrecoge lo bonita que eres, lo especial y expresivo de tu linda carita. No sé cómo te has apañado para combinar dos genéticas físicamente tan mediocres en una mezcla tan encantadora.

Sigues siendo más lista que el hambre. Ya sabes leer casi del todo en inglés y en español, y alucino al ver cómo tu cerebro funciona distinto para interpretar cada idioma: en español silabeas y en inglés te paras para interpretar la palabra entera.

Ya nos podemos ir juntas de viaje. Nos escapamos a Londres en agosto de locura, porque se te ocurrió que querías bañarte en una fuente de la que yo te había hablado, y lo pasamos de miedo. Fue mágico ver cómo te adaptabas a un entorno nuevo: como pasabas del temor frente al metro y a los autobuses de dos plantas a tirar de mi mano señalando la dirección en la que teníamos que ir. Vimos las joyas de la corona, recorrimos el Támesis en barco y le dimos de comer puñados de gusanos a dos armadillos de cuyos nombres (Monty y Pedro) todavía te acuerdas.

Como te tenemos prohibidas las pantallas (y, crĂ©eme, algĂşn dĂ­a nos lo agradecerás) estás enganchadĂ­sima a los podcasts. De ahĂ­ sacas tu alucinante vocabulario: «look at me towing this suitcase», me dijiste el otro dĂ­a, arrastrando la maleta a tu espalda. De ahĂ­ aprendes tambiĂ©n complicadĂ­simas historias que relatas sin pararte a respirar, y tu costumbre de jugar añadiendo acotaciones de diálogo a lo que dicen tus muñecos.

Tus preguntas nos dejan con la boca abierta: «¿QuiĂ©n fue la primera madre?»,  quisiste saber hace unas semanas, y ahĂ­ nos tienes apañándonoslas como podĂ­amos para explicarte la diferencia entre un Neandertal y un Homo sapiens. Empiezas siempre preparándonos con un «Mom, can I ask you something?», y yo te contesto siempre: «You can ask me anything» que espero que no olvides nunca.

Me encanta que nunca aceptes un no por respuesta, aunque a veces me saque de quicio. Me encanta que eres buena, que tienes buen corazĂłn, y que siempre das la gracias por las pequeñas cosas. «Mom, you did great», me has dicho hoy al terminar tu fiesta de cumpleaños. Me encanta que por fin has descubierto lo maravillosas que son las librerĂ­as, y que aunque no vamos a muchas porque vivir en el extranjero lo dificulta un poco, la Ăşltima vez que entramos en una no habĂ­a manera de sacarte.

Eres la mejor hermana mayor que puede existir. Le tienes una paciencia sobrehumana al bruto de tu hermano, lo saludas con una sonrisa por la mañana y te lo comes a besos cuando te deja. Le hablas en vuestro lenguaje especial, tongues, y a Ă©l se le ilumina la cara cuando te ve. Me recuerdas que me calme cuando pierdo los nervios: «Mom, he's just a baby», me dices, y yo respiro hondo y sonrĂ­o porque en ese momento es imposible no hacerlo.

El curso pasado, cuando te ibas por la mañana en el ascensor, nos gritábamos a travĂ©s de la puerta cuánto nos querĂ­amos, intentando cada una superar a la otra: a million, a hundred millions, a hundred thousand dinosaurs, to the moon and back. Imagino que si algĂşn dĂ­a tienes hijos, comprenderás que ni con todas las palabras me es posible resumir cuánto te quiero. Hasta entonces, espero que baste con transmitirte la suficiente cantidad de amor como para que cuando te diga que te quiero, sigas respondiĂ©ndome: «I know, Mom. I know». 

Hace poco empezamos a crear un diccionario de palabras intraducibles inventadas por nosotras, a partir de un libro que te regalĂ© con palabras Ăşnicas de muchos idiomas. Una de ellas es olkanulafa: loving someone so much that it hurts a little. AsĂ­ es exactamente como te quiero yo 

Eres mi cosa favorita, mi niña hermosa hecha de magia de unicornio y polvo de estrellas. 

Que cumplas muchos más.

sábado, 22 de junio de 2024

Un año

 

 

Querido bebote:

Ya tienes un año. «Parece mentira», me dice todo el mundo. «QuĂ© rápido pasa el tiempo». Es verdad y no es verdad: por una parte, es cierto que parece que fue ayer cuando llegaste al mundo en tres empujones, con tu cara de intensidad y tu mancha de nacimiento en forma de Tailandia. Por otra parte, ha sido un año tan extremo que a veces me parece que han pasado diez.

Tu mancha, por cierto, ya ni la veo, y cuando la veo me da mucha ternura. Es verdad que cada vez se nota menos y todo el mundo dice que desaparecerá pero, si te digo la verdad, me da hasta un poco de pena que se vaya. Tu mancha eres tú y tú eres amor.

Tienes unos ojos bestiales. Todo el mundo se queda alucinando cuando los ve. Lo miras todo con cara de sorpresa y con tu pelo rubio tieso como el plumón de un polluelo. Eres objetivamente guapo, creo, aunque es verdad que en su día pensaba que tu hermana era una bebé espectacularmente perfecta y ahora veo sus fotos de entonces y me parece normalita.

Ya te han salido siete dientes. Cada uno de ellos ha sido un suplicio que hemos tenido que regar con abundante Apiretal, porque te despertabas llorando con el dedo en la encĂ­a. Ahora los usas para el mal: te ha dado por morderme el hombro y me lo tienes como un mapa. En un intento de quitarte la costumbre, a veces me froto (un poco de) tabasco, pero ahora lo hueles y simplemente esperas a que me lo quite para morder otra vez y partirte de risa.

Porque ese es el problema contigo: eres tan extremadamente gracioso que incluso cuando me clavas a traiciĂłn las afiladas agujitas de tus dientes, me tengo que reĂ­r. Es sĂşper fácil sacarte una carcajada. Enseguida identificas cuándo estamos de broma y nos miras de medio lado, como diciendo: «SĂ­, lo pillo».

Te encanta manipular objetos. Te pasas horas con la cosa más tonta: una tapa y un tupper, una sartĂ©n, dos cucharas. Te veo planear y practicar tus mini-experimentos: coges algo, observas cĂłmo funciona, repites el movimiento varias veces. Eres un bebĂ© atento y muy despierto. 

Se nota que eres varón. Tienes una energía mucho más destructiva que tu hermana: hoy, por ejemplo, te has puesto a agitar la bandeja del lavavajillas como un maniaco y casi tiras los platos al suelo. Cambiarte el pañal es un episodio de lucha libre. Sentarte en la bañera es imposible: enseguida te pones de pie y empiezas a tirar todos los juguetes fuera y a mirar curioso cómo caen.

Eres muy dulce. Siempre quieres estar conmigo. Cuando otra persona te tiene en brazos y me acerco, me echas los brazos e inclinas el cuerpo con cara de determinaciĂłn. «Romeo, Romeo», bromeo yo, porque ni Julieta fue nunca objeto de una obsesiĂłn como la tuya. Cuando me ves entrar en la habitaciĂłn, se te ilumina la cara.

Todavia no andas solo, pero gateas con gran determinación, palmeando con fuerza sobre el parqué. Cuando ves algo que quieres alcanzar, empiezas a resoplar como un perrillo y vas con la energía del caballo de Atila.

Te encanta tu hermana. La miras con embeleso y todo lo que hace te da muchísima risa. Cuando se encierra en su habitación para que no entres y le desordenes sus juguetes, tú te pones a gritar al otro lado de la puerta, NA-NA-NA-NA-NA, extremadamente frustrado por no poder comerte sus muñecos.

Te quiero mucho, bebote. Este año no ha sido fácil. Hemos pasado muchas horas juntos, tĂş y yo: contigo en la teta, contigo en brazos, contigo en el suelo, contigo, contigo. Ahora ya no tomas teta y puedes estar más con otros, y aunque me alegro de haber recuperado el sueño y cierta independencia, tambiĂ©n extraño esos momentos en que Ă©ramos solo tĂş y yo. 

Eres mi hijo precioso. Eres una parte fundamental de esta familia. Has llegado el Ăşltimo y eras exactamente la pieza que nos faltaba. Ya estamos todos: verás quĂ© bien lo pasamos. 

Gracias por existir. Te quiero siempre.

jueves, 28 de diciembre de 2023

La tarta más fácil del mundo


Hoy nos han invitado a cenar a casa de unos amigos y he hecho la tarta de manzana más fácil del mundo.

La receta la sacó mi madre de nosedónde y se ha convertido en mi nueva favorita porque es rápida, está riquísima y es casi imposible cargársela.

Solo necesitas dos capas de masa de hojaldre, tres manzanas Granny Smith, 100 gramos de azĂşcar, un par de cucharadas de pan rallado, canela y huevo.

Primero extiendes una capa de hojaldre precocinado con el rodillo para hacerla más finita. Cortas las manzanas en trozos finos. Las mezclas con el azĂşcar y le echas canela a ojo. 

Espolvoreas pan rallado sobre el hojaldre, extiendes la segunda capa con el rodillo, lo cubres todo con la mezcla de manzana y cierras los bordes. 

Pintas con el huevo y al horno hasta que esté dorada (una media hora a 180 grados, calor arriba y abajo y ventilador). Espolvoreas con canela y azúcar molida y listo.

Está FUCKING DELICIOSA, sobre todo calentita (la puedes recalentar justo antes de comerla). Rob, el anfitriĂłn de la cena de hoy, me ha preguntado dĂłnde la habĂ­a comprado y no se lo creĂ­a cuando le he dicho que la habĂ­a hecho yo. 

Es una tarta que sabe a algo complejo y difícil y que en realidad es muy simple, y hay tan pocas cosas en la vida que parezcan difíciles y en realidad sean fáciles que merece la pena hacerla aunque solo sea por no perder la esperanza.

Sylvia, la anfitriona, ha empezado cortando trozos pequeños porque habíamos comido mucho. Luego su hija mayor ha tratado de arrancar un segundo pedazo con la mano. Después Sylvia se ha lanzado a por una segunda porción, y estamos hablando de alguien que no compra pan y lo hornea todo usando fruta en vez de azúcar.

Poco a poco, todos hemos ido abalanzándonos sobre la tarta, que desaparecía como los campos de trigo bajo una plaga bíblica de langostas. Ha quedado el último trozo, el de la vergüenza, y mientras bajábamos las escaleras, Pablo ha dicho, melancólico:

—DeberĂ­a haberme comido el Ăşltimo trozo.

«PodrĂ­as hacerla para Fin de Año, ¿no?», me ha pedido Sylvia, asĂ­ como quien no quiere la cosa. «Si de verdad es casera, haz otra —ha dicho Rob—, y si es de pastelerĂ­a, dime de cuál, que compre más».

Estaba riquísima. De verdad. De estas veces que te sale una receta perfecta, con las manzanas en su punto de ácidas, ni muy hecha ni muy cruda, con una consistencia impecable. Y consuela hacer algo perfecto, aunque tú quieras que, como decía Felipe el de Mafalda, lo que te salga bien sea la vida.

Me he quedado pensando en que cocinar algo muy bueno es como llevarte a alguien a la cama. Cuando das con ese plato que es el éxito de la fiesta y ves cómo vuelan las porciones, y otros te piden la receta. Cuando ves ir a por otro trozo a la que había dejado el gluten, al que se puso a dieta justo ayer, al que es vegano el 99% del tiempo pero hoy va a hacer la vista gorda.

En esos momentos, sabes que estás toqueteando el sistema lĂ­mbico de la gente como si te los hubieras ligado en un bar. Que miran a tu plato con las pupilas dilatadas y la boca hĂşmeda de quien quiere hacerte cosas muy sucias. 

Así que quizá cocinar para otros no es generosidad, ni las madres/abuelas cebadoras son esos entes angélicos y desinteresados por quienes las tenemos. Igual es una cuestión de poder: una diabólica exhibición de la capacidad de manipular cerebros ajenos con la combinación adecuada de sabores y texturas.

O quizá solo me pasa a mĂ­. 

PD: La foto es una aleatoria de Google y no se parece en nada a mi tarta. Esta queda más finita y no necesitas hacerle florituras.


lunes, 2 de octubre de 2023

Recipientes

Ăšltimamente pienso mucho en mi abuela. Tuvo cinco hijos en seis años, y despuĂ©s uno más cinco años despuĂ©s. 

Me gustarĂ­a que estuviera viva y con la cabeza en su sitio para preguntarle cĂłmo lo hacĂ­a. ¿CĂłmo te apañas con seis hijos, sin ayuda en casa y SIN LAVADORA? 

Cuando saco este tema, la gente me dice que los padres actuales nos preocupamos demasiado por nuestros hijos y que los de antes simplificaban. 

A ver, que yo soy la madre que más simplifica del mundo. Que yo acuesto a mi hija con la ropa del dĂ­a siguiente y la baño los dĂ­as del mes que son nĂşmero primo. Que jamás he separado la ropa blanca y la Ăşltima vez que usĂ© una plancha fue en 2013. 

Pero la simplificación, dejadez o llámalo X tiene un límite. No se pueden simplificar los pañales. Si tu hijo se caga, lo tienes que lavar. No se puede simplificar estar sentada dándole de mamar a tu recién nacido; creedme que lo he intentado.

La otra respuesta es que antes se criaba en tribu y la familia ayudaba, pero mis abuelos estaban solos en el Sáhara, donde habĂ­an destinado a mi abuelo, que era militar. 

Y la tercera respuesta podría ser que antes se tenían los hijos más jóvenes y les sobraba energía porque ahora estamos todas premenopáusicas. Bueno, pues tampoco, porque a mi abuela casi se le pasa el arroz y tuvo a sus hijos entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco.

Así que me intriga y fascina cómo se las arreglaba y me encantaría poder preguntárselo, pero ya no es posible. Ya se ha ido para siempre, y con ella, con la materia gris de su cerebro convertida en cenizas, se han ido los recuerdos de sus bebés y sus niños pequeños, todas las anécdotas, como dice mi hija Alana cuando me pide que se las cuente.

Pienso en todos esos días y esas horas que pasaron con mi abuela como único testigo consciente, y en cómo han desaparecido, y en que en mi propia cabeza también hay recuerdos que se irán cuando me vaya yo.

Algunos, los más importantes, intento registrarlos: aquí o en el One Line a Day que escribo para cada uno de mis hijos. Aun así, muchos se quedan en el camino y, lo que es peor: ni siquiera sé que se me han olvidado.

Ahora que Atlas es bebé, me vienen a la memoria muchos momentos con Alana bebé que no recordaba: cómo la poníamos a dormir dándole el biberón y luego se nos olvidaba cuando salíamos de puntillas para no despertarla, y la casa acababa llena de biberones a medias con la leche agria. Como abría el cajón de la cómoda donde le cambiaba los pañales para que cayera en él si le daba por rodar mágicamente a las tres semanas.

Al final, en eso nos acabamos convirtiendo todos: en recipientes de recuerdos con un agujero en el fondo. Y algunos de nosotros, envalentonados por la noción ridícula de creernos más interesantes que el resto, nos pasamos la vida intentando vaciarnos en otros recipientes para ver si esos recuerdos duran más.

TĂş, que estás leyendo esto ahora, eres uno de mis recipientes. Cuando yo me vaya o los robots dominen Internet, espero que queden algunas de mis historias en tu cabeza. 

Y por eso, más que por comentar, si lo has hecho alguna vez, o por recomendar mi blog a otros: por hacer un hueco a mis recuerdos en tus neuronas, es por lo que más agradecida te estarĂ© siempre. 



martes, 19 de septiembre de 2023

Ese brillo indescriptible


Dice Caitlin Moran en Más que una mujer que ella estaba preparada para parecer vieja, pero no para parecer triste y cansada.

Supongo que nos pasa a todos. Piensas en la versión vieja de ti misma y esperas ser una de esas que salen en los anuncios de crema de belleza o de compresas para la incontiencia: mayor, sí, pero luminosa. Con ojos claros, arrugas de reírte, ropa práctica-pero-estilosa y, por supuesto, delgada.

Leí hace tiempo que cómo envejezcas depende más de tus genes y tu estructura ósea que otra cosa. Desde entonces, supe que yo envejecería mal, porque mis huesos son estrechos y el destino de mi cara es precipitarse sobre ellos y darme aspecto de perro apaleado.

A veces me digo a mí misma: lo que tienes que conseguir es ser feliz. Estar en paz. Cuidarte. Si estás sana, feliz y en paz, envejecerás bien y tu cara seguirá siendo agradable. La realidad es que por las noches me acuesto en la cama y tengo que concentrarme para relajar la tensión que tengo desde las escápulas hasta la coronilla. No soy capaz de descansar la cabeza sobre la almohada.

AsĂ­ las cosas: ¿cĂłmo voy a envejecer bien? Molinos dice que nosotras las normalitas llevamos mejor lo de cumplir años que las guapas. Yo discrepo. Hasta hace poco, creĂ­a que nunca habĂ­a estado guapa, pero que ahora cambiaban las reglas del juego y, al menos, podĂ­a aspirar a estar bien para la edad que tengo.

Sin embargo, me encuentro con que la estructura facial que no me hizo resaltar a los veintitantos no me va a hacer favores a los cuarenta, y con que ahora encima he perdido lo que entonces no sabĂ­a que tenĂ­a: el luminoso e indescriptible brillo que da ser joven.

Ese brillo solo lo ves cuando cumples años. Te das cuenta de que todas las personas jĂłvenes, todas, tienen una pátina de luz que ni todas las cremas del mundo pueden reproducir, como si se hubieran frotado la inocencia en la cara. 

Te dan como ternura. Me pasĂł el otro dĂ­a comparando las caras de las actrices de Sexo en Nueva York con la versiĂłn actual. Si miras solo la de ahora piensas: oye, pues no están mal, se conservan bien, siguen siendo ellas. Pero te vas a los capĂ­tulos originales, ves esa frescura de sueño profundo y pocas preocupaciones y te dan ganas de abrazarlas.

Así que tengo treinta y ocho años y no me veo vieja, sino triste y cansada incluso los días en que no estoy triste ni cansada. Y no estoy preparada para ello. Porque, como dice Paul Auster, piensas que no te va a pasar a ti. Que tú te conservas mejor que la media. Que en la reunión del instituto, los demás te van a ver igual que entonces aunque tú a ellos los veas tristes y cansados.

Crees que estás a unas cuantas noches de sueño profundo de recuperar la juventud. A una o dos dietas milagro de que la gente comente lo joven que pareces.

Lo cierto es que, salvo excepciones, todos aparentamos la edad que tenemos, como mĂ­nimo. La diferencia está entre aparentar tu edad bien llevada y aparentar tu edad mal llevada, pero es casi imposible parecer de verdad más joven. Incluso las actrices, esas que se gastan una millonada en tratamientos, no parecen casi nunca más jĂłvenes. Parecen bien conservadas, cuidadas, caras, pero no más jĂłvenes. Es raro mirarlas, como si nuestro cerebro no supiera interpretar bien lo que pasa con ellas. 

Moran, en su libro, acaba poniĂ©ndose bĂłtox. Dice que es como un spa para el rostro y que cuando fĂ­sicamente no puedes fruncir el ceño, estás más relajada y feliz. Yo estoy más que dispuesta a probarlo en cuanto vivamos un tiempo en una ciudad decente. 

DespuĂ©s de todo, en este momento de mi vida, parece mucho más fácil que conseguir unas cuantas noches de sueño profundo. 




sábado, 9 de septiembre de 2023

La maleta de mi parto




Uno de los peores recuerdos de mi primer parto no es que Pablo se desmayara, o el dolor infernal, o que la niña naciera con dos vueltas de cordón y se la tuvieran que llevar a reanimación.

No: a mĂ­ lo que me atormenta es el recuerdo de la maleta.

Que como yo no sabía de qué iba la cosa, había empaquetado todo lo necesario para el parto, el posparto y un breve apocalipsis zombie. Esto, sumado a que Pablo por aquel entonces todavía era vegano, hizo que llegáramos al hospital con una maleta gigante, mochilas, bolsas de plástico repletas de derivados de la soja y una almohada.

Lo que yo no sabĂ­a es que en el via crucis del parto iniciado con rotura de bolsa, primero vas a la habitaciĂłn, sĂ­, pero eso no es un hotel y cuando te mandan al paritario, tienes que dejar la habitaciĂłn libre.

AsĂ­ que cuando por fin (POR FIN) me ofrecieron la epidural despuĂ©s de horas de agonizante dolor, ahĂ­ que iba yo para el paritorio en una silla de ruedas, gritando como en una sitcom y con Pablo detrás acarreando varias bolsas de equipaje.

Al entrar al paritario, una matrona hizo un comentario sobre los trastos que llevábamos y yo, que soy muy sensible a lo que piense la gente de mí, morí de la humillación.

Total, que para este parto, decidí que no me iba a pasar lo mismo y empleé una cantidad ridícula de energía mental en diseñar dos bolsas de hospital, dos. La primera era la del parto y consistía en una mochila pequeñita y cuqui con lo básico súper básico para parir: cacao para los labios, cepillo de dientes, chanclas, mi adorada máquina TENS y poco más.

(Al final, hasta aquello fue demasiado, porque entre que me pasaron a urgencias y que el niño salió por mi potorro pasaron diez minutos de reloj)

Después tenía la maleta del hospital, con mis camisones monos de lactancia, mi secador de pelo y suficientes compresas de posparto como para contener una inesperada rotura de tuberías. PRO TIP: Nunca se tienen suficientes compresas de posparto.

La idea era: llegar con mi mochila cuqui de parturienta minimalista, expulsar al inquilino y, una vez en la habitaciĂłn, subir la maleta deluxe como unos autĂ©nticos pros del alumbramiento.

Le expliqué el sistema a Pablo con el mismo fervor que se debió de planear el desembarco de Normandía. Tenía que saber dónde estaban la mochila y la maleta, qué había que meter en el último momento, cómo almacenar las jeringuillas de calostro congelado que había extraído por si había que ingresar al niño y, sobre todo, que la maleta se quedaba en el coche hasta que subiéramos a planta.

El problema es que entre nuestra casa y el hospital se me rompió la bolsa, se aceleraron las contracciones y aquello pasó de ir tranquilito a CORREE POR DIOS QUE SE ME SALE EL NIÑO.

Llegamos a Urgencias, me tomaron los datos, me hicieron pasar a la sala de espera, Pablo se fue a aparcar el coche y... subiĂł con la maleta.

Yo lo iba a matar.

Para que os hagáis una idea, habĂ­a dilatado ya nueve centĂ­metros, soltaba lĂ­quido amniĂłtico como el cubo ese de los parques acuáticos que te tira agua encima y, aun asĂ­, lo que le dije a Pablo no fue «te quiero, mi amor, vamos a ser padres de nuevo, quĂ© emociĂłn». No: lo que le dije con la voz de la niña de El Exorcista fue:

—Pero ¿se puede saber quĂ© hace aquĂ­ la maletaaAAAAAHHH?
—No sĂ©, pensĂ© que hacĂ­a falta...
—¡¡NO!! ¡¡No hace falta!! ¡¡Tengo un SISTEMA!

Pablo me mirĂł con cara de no creerse lo que estaba a punto de decir.

—Quieres que... ¿la lleve al coche?
—¡¡¡POR SUPUESTO QUE QUIERO QUE LA LLEVES AL COCHAAAAAAHHHHHHH!!!

Una parte de mi mente me decĂ­a: a ver, Marina, que igual tienes al bebĂ© en los prĂłximos cinco minutos y Pablo se lo pierde por estar llevando la maleta. Le dije a esa parte de mi mente que se callara porque yo tenĂ­a un SISTEMA y el SISTEMA, mi dignidad y lo que pensaran de mĂ­ los profesionales random que asistiera mi parto dependĂ­a por completo de que la maleta se quedara en el coche hasta subir a planta.

La gente de la sala de espera flipaba.

Total.

Que Pablo llevó la maleta al coche y, por suerte, volvió antes de que saliera el niño, y todo fue bien, y yo usé mi mochila minimalista para apoyar el brazo cuando estaba intentando que Atlas se me agarrara a la teta.




Y aquĂ­ termina la primera historia (que no la Ăşltima) de la vida de mi hijo sobre algo en lo que invertĂ­ una ridĂ­cula cantidad de energĂ­a emocional y espacio mental para conseguir un resultado que seguramente solo me interesa a mĂ­.

La que le espera.