A veces me pregunto si los conductores de autobús o los pilotos de avión son conscientes de lo que su trabajo significa para las personas. Si saben que transportan ilusiones, encuentros, posibilidades. Si se tomarán cada viaje como un trámite rutinario o mirarán a las caras de los pasajeros, intentando averiguar qué esconde la mirada de cada uno y qué les espera al otro lado del cuentakilómetros.
Pienso en la fragilidad de mi viaje en autobĂşs, en el conductor llevándome a mi destino sin saber el tamaño de la ilusiĂłn que transporta. Mi vida y la de todos los que me acompañan dependen de la capacidad de concentraciĂłn y de la salud de un solo hombre. Si le reventara un aneurisma, si hubiera venido sin dormir, si le diera un infarto... entonces mi vida, mis ilusiones y las de todos los que van conmigo se caerĂan rodando por la cuneta.
Por eso, cuando llego a mi destino y bajo las escaleras del bus, con mi mochila Quechua a la espalda y las piernas entumecidas después de las cuatro horas de viaje, miro al conductor agradecida. Me alegro de que no se haya dormido ni le haya dado ningún ictus. Me alegro de que la fragilidad de la existencia haya mantenido un poco más su precario equilibrio. Me alegro de haber llegado.
jueves, 4 de agosto de 2011
22. Equipaje
Un pantalĂłn largo, por si paso frĂo por la noche.
Dos pantalones piratas para escalar.
Camisetas de tirantes para cuando pique el sol.
Una sudadera por si refresca.
El polar, si me cabe. Si no, me dejas el tuyo.
La bolsa de aseo con lo básico. Tú tienes gel ecológico que se puede usar en el campo.
Un bikini para las pozas.
Unas chanclas, porque ocupan poco y nunca sobran.
Los zapatos de trekking, o como se diga, para plantar bien los pies en el suelo cuando te asegure.
AlgĂşn CD que poner en la furgo.
El arnés y los gatos, por supuesto. La bolsa de magnesio me la prestas tú.
Y ganas.
Muchas ganas.
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