Son las doce de la noche y yo salgo ahora de tomar algo con las niñas cerca del mercado. He venido hoy a Málaga por las circunstancias menos agradables del mundo, y en plena vorágine huelguĂstica no sĂ© si recordar que hay más vida aparte de la huelga me sienta bien o mal.
Camino hacia la plaza de la Merced y, como siempre, recuerdo tu casa. El año que pasaste en ese ático azul y luminoso con el sol entrando a través de la cortina de colores. De tus siestas de gato y tu incapacidad para tener organizadas las bolsas de reciclaje.
Sobre todo, recuerdo nuestras mañanas. El despertador sonando, tĂş gruñendo y encendiendo la luz para buscar una camisa, yo tapándome la cara con las manos. Te escuchaba ducharte mientras intentaba apurar el sueño. SalĂas del baño y te abalanzabas sobre mĂ con el pelo hĂşmedo y la piel frĂa. Luego me levantaba yo y desayunábamos juntos en las bandejas de madera que tanto te gustaban. Cantabas loas al inventor de los cereales rellenos de Mercadona. Dudabas una eternidad entre dos camisas prácticamente iguales.
Bajábamos juntos en el ascensor. TĂş, yo y la bicicleta como el tercero en discordia. Y a mĂ esos minutos se me hacĂan tan cortos. Yo iba a estudiar a la biblioteca y tĂş a trabajar todo el dĂa frente al ordenador, y me agobiaba pensar que no habĂa nada que yo pudiera hacer para mantenerte conmigo. Que tu empresa tenĂa más derecho que yo sobre tu cuerpo.
De aquella época recuerdo sobre todo esa imagen. Tú alejándote inexorablemente con tu bicicleta. Yo con el corazón encogido, como si te fueras a la guerra, a pesar de tu imagen desenfadada de treintañero chic. Desde entonces pienso que el amor es rebelarse todo el rato frente a los momentos en que la vida nos separa por fuerza. Como el trabajo, o los sueños. O a veces, qué te voy a contar a ti, simplemente las circunstancias. O el timing. O la falta de intenciones claras.
Ahora estás lejos de verdad, y no deja de ser curioso que no me importe ni la mitad que entonces.