"A ver por dĂłnde empiezo, que para mĂ no es fácil contarlo... estoy un poco nervioso, de hecho. Yo es que no creo en los psicĂłlogos, ¿sabe? Pero bueno, se lo cuento y punto.
>> Que todo empezĂł por una contractura en el cuello. El tĂpico dĂa que te levantas y dices "habrĂ© cogido una mala postura", y te pasas la mañana frotándote el hombro con disimulo. Luego van pasando los dĂas y cada vez te duele mas, y te frotas, te encoges, el hombro cada vez más pinzado y tĂş hecho polvo... y al final alguien me propuso lo de ir al fisio. PedĂ un nĂşmero, llamĂ©, me dieron cita y allĂ que me plantĂ©.
>> La fisio era una chica alta, más bien grande, de rasgos dulces aunque no especialmente guapa. Me gustaron sus manos potentes y me gustĂł la mĂşsica clásica que salĂa de los altavoces camuflados en el techo. Me masajeĂł con una mezcla muy apropiada entre placer y dolor: a ratos me clavaba los dedos en los puntos sensibles y me hacĂa aullar, pero despuĂ©s calentaba la zona con toda la palma y yo me relajaba como un niño.
>> Seguà yendo una vez por semana para que me tratara la contractura. Cuando se me quitó, iba simplemente a que me masajeara la espalda y deshiciera los pequeños nudos de la vida cotidiana. Entonces me torcà el tobillo y alguien me recomendó a otro fisio distinto, y pensé: "por qué no probar".
>> Y, sin darme cuenta, los jueves eran el dĂa de la espalda y los martes del dĂa del tobillo. El tipo de los martes era un hombre bajito pero recio, que masajeaba poco pero que me colocaba despuĂ©s unos electrodos que transmitĂan una corriente elĂ©ctrica la mar de curiosa. Al principio me daba por reĂr cuando empezaba, pero despuĂ©s me acostumbrĂ©.
>> A los martes del tobillo les siguieron los miĂ©rcoles de la reflexologĂa, donde una chica dulce de pelo moreno me tocaba las plantas de los pies para equilibrarme los Ăłrganos. Los lunes encontrĂ© a una chinita diminuta que caminaba por mi espalda y la hacĂa crujir, incluso aunque los jueves la primera fisio siguiera masajeándome con suavidad. Para los viernes encontrĂ© a un terapeuta craneosacral que me colocaba las manos en la cabeza y las movĂa con sutileza hasta conseguir marearme.
>> Todo habrĂa ido bien. No me importaba gastar dinero. Ahorraba en comida, ahorraba en gasolina: empecĂ© a ir al trabajo en bicicleta, y luego le pedĂa a la chica de los jueves que me masajeara los gemelos y los muslos. HabrĂa ido bien, y no creo que tuviera ningĂşn problema. Simplemente, me gustaba cuando toda aquella gente me tocaba. Me gustaba que se ocuparan de mĂ y de mi dolor. El tema es que un dĂa el terapeuta craneosacral me vio entrando en la consulta de la reflexĂłloga y me mirĂł ofendido, como si le hubiera puesto los cuernos. Yo balbuceĂ© alguna excusa sobre acompañar a un familiar, pero no me creyĂł. La siguiente vez que me atendiĂł, entre suaves manipulaciones de mi cráneo, me sonsacĂł que veĂa a otros durante la semana. Y no sĂ© si fue por ego o porque lo pensara realmente, pero al final me dijo que tenĂa un problema. Que más que un fisioterapeuta, lo que yo necesitaba era un psicĂłlogo.
>> Y bueno, por eso estoy aquĂ, no sĂ©, usted verá. Si lo necesito o no, yo quĂ© sĂ©. La verdad, ya se lo he dicho: no creo que sea un problema. No creo que haga daño a nadie. Que deberĂa hacer más amigos; pues quizá. Que deberĂa llamar a Marta y explicarle lo mucho que la echo de menos; pues a lo mejor. Tranquila, ya le contarĂ© quiĂ©n es Marta. Pero no sĂ©. Tanto como un psicĂłlogo... Me pongo en sus manos, en cualquier caso."
El paciente tomĂł aliento y se arrellanĂł en la silla. Se quedĂł mirando satisfecho a la psicĂłloga cognitivo-conductual que le habĂa recomendado un compañero. Era guapa y parecĂa simpática, aunque tendrĂa que aceptar cambiar las citas de dĂa, porque si no iba a pisarse con el psicoanalista de los jueves. Y sumando al coach de los lunes y a la terapeuta gestalt de los viernes, ya solo le quedaba un dĂa que llenar para tener de nuevo completa la semana.