Compras juegos de sábanas de matrimonio y te planteas cambiar tu almohada por una de látex, porque es mejor para el cuello.
Pagas impuestos, asĂ que puedes decir "eso lo pago yo con mis impuestos" con cara de justa indignaciĂłn.
Tus amigas empiezan a procrear.
Tienes una casa. La pagas tú. También el agua y la luz. Es tu casa, aunque sea de alquiler.
VeintisĂ©is dĂas seguidos de vacaciones te parecen una barbaridad...
... y en esas vacaciones, en lugar de querer irte a hacer el camino de Santiago o a meditar, lo Ăşnico que te apetece es tumbarte a la bartola mientras alguien te abanica.
Dices frases que empiezan por "mi jefe..." (y normalmente terminan con "capullo").
Tus gastos extraordinarios ya no son jamón york o un paraguas, sino algo más serio, como unas gafas o un horno.
Vives sola y te encanta.
Dices frases que empiezan por "me voy a currar" (y normalmente terminan con "y no me apetece una mierda").
Tienes que gastar en comidas de trabajo, regalos para compañeros que tienen hijos y/o funerales y décimo del Gordo de Navidad.
Te gastas el dinero en lo que te sale del potorro. Te sigues sintiendo culpable después de hacer un encargo online a Lush de 40 euros, pero un poquito menos.
Puedes hacer regalos de verdad, sin tener que pedirle dinero a tu madre para comprarle un regalo a tu padre, y viceversa.
Te abres una cuenta nĂłmina y una cuenta de ahorro. Te robas a ti misma de la cuenta de ahorros, pero bueno.
Haces cosas como limpiar las tuberĂas de vez en cuando para que no se atasquen.
Te planteas contratar a alguien para que te limpie la casa. Pero no lo haces porque te has gastado todo el dinero en la tienda Lush online, entre otras cosas.
Haces listas de lo adulta que eres y te planteas cuándo todo lo anterior dejará de hacerte ilusión y empezará a parecerte un coñazo.