massobreloslunes: 06/17/11

viernes, 17 de junio de 2011

Timing -- TMC6

Él se había levantado tarde aquella mañana. Entraba el sol a chorros por la ventana del salón mientras desayunaba un café y una tostada con aceite. Leyó un poco en diagonal las últimas páginas del libro que ella le había dejado. Solía acabar todos los libros por costumbre, pero había estado a punto de hacer una excepción con aquel. Era pesado, lento, de argumento absurdo. Recordó con una media sonrisa la expresión de la cara de ella cuando se lo tendía: "tienes que leer este libro, es una preciosidad". Con los libros, como con la vida, a veces coincidían completamente y a veces se llevaban a matar.

Terminó el desayuno, ojeó un rato el dominical y agarró el teléfono para llamarla. Iban a quedar más tarde para tomar algo y habían acordado hablar por la mañana para fijar la hora. Buscó su número en la agenda y esperó a que su voz alegre cortara los tonos de espera. Le gustaba de ella que siempre estaba alegre por las mañanas.
- Hey, hola.
- Hola, bonita. ¿QuĂ© tal?
- Bueno, aquĂ­ ando. ¿Y tĂş?
- Lo mismo, desayunando. Acabo de terminar de leerme el libro que me dejaste.
- ¿Ah, sĂ­? ¿Y quĂ© tal, te ha gustado?

Él notó en su voz la ilusión breve de ella e hizo una pausa, pero las mentiras piadosas nunca fueron su estilo.
- Qué va, la verdad. No me ha gustado nada.
- ¿En serio?
- En serio.
- Vaya...

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Ella se despertó más tarde de lo que esperaba y supo que el gatito había muerto porque no le habían despertado los maullidos débiles y quejumbrosos pidiendo comida y calorcito. En realidad lo habiá sabido a media noche, la última vez que se había levantado a darle el biberón. Estaba medio dormida, con los ojos hinchados por la falta de sueño, e intentaba que aquella criatura diminuta que nunca había abierto los ojos no se muriera de hambre. Entonces el gatito empezó a rechazar la leche, retiraba la cabeza de la tetina de plástico y se iba quedando dormido, y ella supo por instinto que se estaba muriendo.
- No te mueras, no te mueras - empezó a decir bajito, mientras le acariciaba la cabeza con la punta del dedo. Mientras pensaba que lo raro era que no se hubiera muerto antes. Lo había traído a casa dos días antes, cobijándolo entre las manos del fuerte sol del mediodía, y llevaba desde entonces intentando obligarle a sobrevivir.

Abandonó el intento de darle de comer, lo colocó en su caja con la bolsa de agua caliente recién rellena y se fue a dormir. A la mañana siguiente lo encontró tan rígido y ligero que parecía de mentira, como un llavero kitsch comprado en una gasolinera.

Le daba pena tirarlo a la basura, así que decidió enterrarlo. Lo más parecido a una pala que encontró era una cuchara grande de servir. Echó una ojeada a la calle vacía de su urbanización antes de echar a andar hacia el descampado que había junto a la pista de tenis, con la cuchara en una mano y la caja con el gatito muerto en la otra.

Le costó más de lo que pensaba abrir un agujero en la tierra, que estaba dura y reseca después de meses sin lluvia. Al final dejó la cuchara y arañó la tierra con las manos, sacó unas cuantas piedras y consiguió hacer un hueco decente. Cogió al gatito muerto con la punta de los dedos y se estremeció al sentir otra vez aquella ligereza extraña. Lo colocó en el agujero y lo tapó con tierra y unas cuantas piedras. Te habría llamado Shere-Khan, le dijo bajito, porque quería que fueras un tigre.

Cuando volvió a su casa le sobresaltó el timbre del teléfono. Era él, que la llamaba para quedar aquella tarde. Se preguntó si habría terminado de leer el libro que le dejó; un libro tan bonito y tan mágico que se lo había prestado como si fuera una rodaja luminosa de su vida.

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Él nunca entendió por qué le sentó tan mal aquello. Al fin y al cabo, sólo era un libro.
Ella no tuvo ganas de explicarle que a veces los malentendidos humanos son sĂłlo una cuestiĂłn de timing.