TerminĂł el desayuno, ojeĂł un rato el dominical y agarrĂł el telĂ©fono para llamarla. Iban a quedar más tarde para tomar algo y habĂan acordado hablar por la mañana para fijar la hora. BuscĂł su nĂşmero en la agenda y esperĂł a que su voz alegre cortara los tonos de espera. Le gustaba de ella que siempre estaba alegre por las mañanas.
- Hey, hola.
- Hola, bonita. ¿QuĂ© tal?
- Bueno, aquĂ ando. ¿Y tĂş?
- Lo mismo, desayunando. Acabo de terminar de leerme el libro que me dejaste.
- ¿Ah, sĂ? ¿Y quĂ© tal, te ha gustado?
Él notó en su voz la ilusión breve de ella e hizo una pausa, pero las mentiras piadosas nunca fueron su estilo.
- Qué va, la verdad. No me ha gustado nada.
- ¿En serio?
- En serio.
- Vaya...
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Ella se despertĂł más tarde de lo que esperaba y supo que el gatito habĂa muerto porque no le habĂan despertado los maullidos dĂ©biles y quejumbrosos pidiendo comida y calorcito. En realidad lo habiá sabido a media noche, la Ăşltima vez que se habĂa levantado a darle el biberĂłn. Estaba medio dormida, con los ojos hinchados por la falta de sueño, e intentaba que aquella criatura diminuta que nunca habĂa abierto los ojos no se muriera de hambre. Entonces el gatito empezĂł a rechazar la leche, retiraba la cabeza de la tetina de plástico y se iba quedando dormido, y ella supo por instinto que se estaba muriendo.
- No te mueras, no te mueras - empezĂł a decir bajito, mientras le acariciaba la cabeza con la punta del dedo. Mientras pensaba que lo raro era que no se hubiera muerto antes. Lo habĂa traĂdo a casa dos dĂas antes, cobijándolo entre las manos del fuerte sol del mediodĂa, y llevaba desde entonces intentando obligarle a sobrevivir.
AbandonĂł el intento de darle de comer, lo colocĂł en su caja con la bolsa de agua caliente reciĂ©n rellena y se fue a dormir. A la mañana siguiente lo encontrĂł tan rĂgido y ligero que parecĂa de mentira, como un llavero kitsch comprado en una gasolinera.
Le daba pena tirarlo a la basura, asĂ que decidiĂł enterrarlo. Lo más parecido a una pala que encontrĂł era una cuchara grande de servir. EchĂł una ojeada a la calle vacĂa de su urbanizaciĂłn antes de echar a andar hacia el descampado que habĂa junto a la pista de tenis, con la cuchara en una mano y la caja con el gatito muerto en la otra.
Le costĂł más de lo que pensaba abrir un agujero en la tierra, que estaba dura y reseca despuĂ©s de meses sin lluvia. Al final dejĂł la cuchara y arañó la tierra con las manos, sacĂł unas cuantas piedras y consiguiĂł hacer un hueco decente. CogiĂł al gatito muerto con la punta de los dedos y se estremeciĂł al sentir otra vez aquella ligereza extraña. Lo colocĂł en el agujero y lo tapĂł con tierra y unas cuantas piedras. Te habrĂa llamado Shere-Khan, le dijo bajito, porque querĂa que fueras un tigre.
Cuando volviĂł a su casa le sobresaltĂł el timbre del telĂ©fono. Era Ă©l, que la llamaba para quedar aquella tarde. Se preguntĂł si habrĂa terminado de leer el libro que le dejĂł; un libro tan bonito y tan mágico que se lo habĂa prestado como si fuera una rodaja luminosa de su vida.
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Él nunca entendió por qué le sentó tan mal aquello. Al fin y al cabo, sólo era un libro.
Ella no tuvo ganas de explicarle que a veces los malentendidos humanos son sĂłlo una cuestiĂłn de timing.