Como la Dobloneta tiene los cristales de atrás tapados, el retrovisor de arriba no me sirve para nada, asà que lo he colocado apuntando hacia mà para poder mirar de vez en cuando lo mona que voy mientras conduzco. Me observo de reojillo: las gafas de sol, el flequillo rubio rojizo, los labios pintados y pienso: qué pibón. Y al mismo tiempo reflexiono sobre la yo que conduce y que me parece como otra Marina distinta, que me suplanta todas las mañanas en la carretera de camino al hospital.
En mis malos momentos de AcnĂ© del Averno, es decir: a lo largo del Ăşltimo año y pico, tenĂa clasificados en mi mente todos los espejos y sus correspondientes iluminaciones en funciĂłn de lo benevolentes que eran con mi piel. A saber: el de mi baño era bueno (luz suave indirecta). El del dormitorio dependĂa de la luz, porque cuando daba el sol por la izquierda habĂa brillar las marcas de mi mejilla como cráteres volcánicos. El del roco me hacĂa guapa. El de la Unidad, con un sol brillante y crudo entrando por la ventana, era el Maligno. Los retrovisores de los coches igual: la luz natural no me sentaba nada bien.
Ayer leĂa el post de Silvia sobre sus manos doloridas. QuĂ© puta mierda los problemas de piel. Y eso que yo habrĂa firmado por sufrir en las manos todo lo que he sufrido en la cara y, aun asĂ, entiendo que debe de ser horrible. Si es verdad que existe cierto simbolismo psicosomático en el lugar que elige la enfermedad para manifestarse, las manos tienen que ver con lo que haces y con la manera en que afectas a los demás. Con tus manos tocas, acaricias, arañas, fabricas, cuidas, dañas. La cara es la forma en la que te ven los demás. Es pasiva, no depende de ti y, al mismo tiempo, es el escaparate por el que los otros te juzgan.
Yo no tengo claro que el AA se haya ido para siempre. Quiero creer que sĂ, pero si de repente me empezaran a dar brotes mortĂferos, no me sorprenderĂa. Ahora mismo vivo en la precariedad. Y, aun asĂ, estoy contenta. No porque me vea superguapa, es más: ahora me paso el dĂa descubriĂ©ndome arrugas, manchas y pecas, y pienso en cosas como que mi piel está apagada, o en el tamaño de mis poros, o en que deberĂa dormir más para que no se me descolgaran las mejillas. Y, al mismo tiempo, me mola. Me gusta esta nueva cara mĂa aunque sea un poco de superadulta y aunque no sea capaz de disimular las arrugas Nosferatu de debajo de los ojos, por mucho contorno de ojos marca Mercadona que me eche.
Una vez escribĂ sobre el AA algo como: quiero que mi piel deje de tener miedo, y alguien, no sĂ© si Ciudadano, me comentĂł que era lo más verdadero que me habia escuchado decir sobre el tema. No sĂ© si era psicosomático y si he superado alguna barrera mental para curarme. Lo que sĂ sĂ© es que el AA se parece al miedo en que cuando está presente no te deja ver nada más. Por eso yo iba apartando la cara de los espejos del mundo, avergonzada; por eso en cuanto entraba al baño de la Unidad cerraba los postigos de la ventana para que no entrara la claridad, como una especie de Drácula. Porque no era capaz de ver otra cosa. A veces me obligaba: me miraba a los ojos y me sonreĂa, porque me daba pena no poder ver yo misma mi mirada y mi sonrisa detrás de la Enfermedad del Mal. Ahora se ha ido el miedo y puedo ver los matices. Descubro la expresividad de una cara que ya no tiene vergĂĽenza de ser como es, y eso me gusta mucho.
¿SabĂ©is quĂ© regalo de cumpleaños me he hecho este año? un espejo de forja de cuerpo entero. En mi cuarto nuevo no habĂa espejo y estaba harta de usar la webcam para ver cĂłmo me quedaba la ropa. EncontrĂ© uno muy bonito en un chino de la Viña y allá que me fui en el primer dĂa de calor del verano, acarreando las dos partes de hierro por la calle despuĂ©s de decirle al dependiente algo como "no se preocupe usted por el peso, si yo estoy to fuerte". Es mucha tela autorregalarse un espejo despuĂ©s de haber vivido meses dándome la vuelta al entrar en el ascensor para no verme reflejada bajo las luces halĂłgenas. Es casi como desafiar al futuro.
El resumen de todo esto es que el miedo es el Mal, y que aunque no tenga muy claro que el AA se haya ido para siempre, disfruto de la momentánea ausencia de miedo de mi piel. De todos los matices que hay debajo. Sigo con mi oraciĂłn particular, aunque sea atea: Señor, que pueda vivir sin miedo, que mis actos no se guĂen por el miedo; que me equivoque, sĂ, pero que no sea por tenerle miedo a nada. Tengo las mejillas llenas de cicatrices que me enseñan que el miedo no conduce a nada Ăştil. Porque otra cosa que me ha enseñado el AA es que uno puede enfrentarse a todo, puede vivirlo todo: a lo mejor necesita dosificarse o aguantar las oleadas intermitentes del dolor, pero ese miedo no le mata.
Buenas noches, lectores. Me voy a exfoliarme la carita, a ponerme crema hidratante y a intentar dormir al menos siete horas, para verme radiante y preciosa mañana viernes por la mañana en el espejo retrovisor de mi furgo nueva.