
El viernes bajaba en ascensor y me acordé de ti.
Me acordĂ© de cuando negociábamos en el portal de mi casa. "Sube", "No puedo", "Que subas", "DespuĂ©s me odiarás", "No te odiarĂ©, te lo prometo", "¿Seguro?", "Sube". Curioso cĂłmo desaparece el mundo en esas situaciones, ¿no te parece? Como en las pelĂculas, el zoom estaba en nosotros, yo subida el escalĂłn para ponerme a tu altura, tĂş metiĂ©ndome las manos en los bolsillos del abrigo, y las personas que pasaban junto a nosotros aquella noche de lunes, o de miĂ©rcoles, tenĂan tan poca importancia como unos extras mal pagados.
Cuando aceptabas yo abrĂa el portal deprisa para que no te arrepintieras, y llegábamos al ascensor como quien llega a la tierra prometida. Lo que dan de sĂ nueve pisos, ¿verdad? En cuanto las puertas se cerraban te tirabas sobre mĂ y me inmovilizabas en una esquina con tu lengua en el fondo de mi boca. Yo te tocaba la espalda, lo recuerdo, buscando el contacto con la piel lisa y morena de debajo de tu camiseta. Te contaba las costillas con los dedos y te pasaba la lengua por los labios, y despuĂ©s te mordĂa la barbilla, el cuello, las esquinas de la cara.
Nos comportábamos como si no hubiera vida después de ese ascensor. Como si después de abrirse las puertas no nos quedara el resto de la noche y el nórdico sobre mi cama de noventa. Creo que nos gustaba la idea de aquellos nueve pisos de tiempo entre paréntesis, o plantar una frontera artificial entre las negociaciones del portal y la desvergüenza de mi dormitorio.
Porque cuando salĂamos del ascensor, recorriendo a trompicones el pasillo, tirando al suelo las llaves de pura impaciencia, con los pelos tiesos y los labios hinchados, ya no nos acordábamos del suelo, y quedaba muy lejos el viaje de vuelta, los nueve pisos de descenso que harĂas tĂş solo de madrugada y yo sola a la mañana siguiente.
El viernes bajaba en ascensor y me acordé de ti.
Y, en realidad, a ratos pienso que extraño más escribir sobre ti que follar contigo.