Acabo de recibir un correo de Omar Janaan, un dibujante malagueño con muy poco interĂ©s por vender sus viñetas. Desde el cariño lo digo. Porque ya hace varios meses que le escribĂ mostrándole mi entusiasmo imperecedero por una de sus láminas y pidiĂ©ndole que me la vendiera y enviara, por ese orden, y hasta hoy nada. La lámina en sĂ representaba (creo que ya os lo contĂ©) un muro detrás de un montĂłn de personas grises y tristes, abrumadas por la vida cotidiana. Subido al muro habĂa un chico muy sonriente que observaba un sol brillante al otro lado. Me gustĂł un montĂłn. SentĂ que, en este momento concreto de mi vida, yo soy ese chico: escalando los muros de forma literal y buscando el sol que brilla.
El caso es que esta semana la he convertido oficialmente en mi semana de balneario mental. Lo que quiere decir que priorizarĂ© el descanso, el sueño y el ejercicio suave y placentero. ¡Basta de autoexigencia! ¡Al carajo todo! (Todo esto dicho con tono de "para las manchas, ¡una soluciĂłn quiero!"). Necesito mucho dormir más. Necesito manejar mi estrĂ©s personal, profesional, emocional, familiar, artĂstico y cutáneo, en lugar de esconderlo bajo capas de energĂa superpositiva. Sobre todo, necesito dormir más (¿lo he dicho ya?). Llevo meses necesitando dormir.
En el contexto de mi enĂ©simo plan de mejora personal, implementado para reducir el aburrimiento del celibato, he rescatado mi bicicleta de la casa de mi tĂa: un hĂbrido campo-ciudad del DecathlĂłn muy cĂłmoda, muy sĂłlida y con guardabarros. "Los guardabarros son muy importantes", me decĂa J. Ya ves tĂş; como si viviĂ©ramos en Holanda o como si yo tuviera la mĂnima intenciĂłn de coger la bici o de hacer algo en cuanto llueve un poco. No way. Pero mi bici es preciosa y le tengo mucho cariño. De hecho, si lo piensas bien, mi bici fue el paso uno en ser la Marina que soy. En tercero de carrera iba a vivir con una chica que estudiaba Bellas Artes, tenĂa una gata, iba a todos lados en bicicleta y era atlĂ©tica, fuerte y estilosa. Quedamos un dĂa en la plaza de Mariana Pineda y la vi acercarse rauda y veloz con su bicicleta, unas preciosas sandalias camper negras y su tatuaje de un pez en el empeine del pie. PensĂ©: jo, quiero ser como ella. Con bicis, gatos y tatuajes.
Al año siguiente me comprĂ© una bicicleta. La antigua Marina era una niña miedosa y precavida que se pasĂł semanas estudiando la direcciĂłn, inclinaciĂłn y seguridad de todas las calles de Granada para saber por dĂłnde podĂa ir en bici a los sitios. La antigua Marina era una absurda. Aun asĂ, me apañé para coger bastante la bicicleta aquel año. De entonces me recuerda Silvia llegando a la danza del vientre, toda mona y hippy, y amarrando la bicicleta en la baranda del Genil.
Desde entonces, la pobre bici es un querer y no poder. Lleva un montĂłn de años siendo usada de higos a higos. Me la llevĂ© a Villa Dramática y la utilicĂ© literalmente una vez. DespuĂ©s la arrumbĂ© en casa de mi tĂa y hasta ayer. Es que a mĂ montar en bici, en el fondo, me da miedo. Por mi torpeza. No se me dan bien los deportes en los que hay que manipular objetos. Me da miedo pegármela subiendo un bordillo, o perder el equilibrio, desviarme y estamparme contra un coche.
Pero hoy mi vida ha cambiado. Porque hoy he descubierto que a cinco minutos literales del Zulo Autolimpiable está el entorno natural bicicletĂsticamente más perfecto que puede existir, a saber:
Las marismas.
Las marismas lo tienen todo. Un silencio tranquilo aliñado con el vientecito de poniente. Planicie absoluta: nada de "a la ida cuesta abajo - quĂ© bien; a la vuelta cuesta arriba - quĂ© mierda", o viceversa. Nonono: uniformidad relajante. Pocos viandantes. KilĂłmetros y kilĂłmetros de camino que va dando vueltas entre los charquitos de agua salada de manera misteriosa y casi onĂrica. Empiezas a pedalear y punto; no tienes que pensar ni decidir ni nada. Sigues el caminito como Dorothy la del mago de Oz hasta que sientes que se te han acabado la mitad de las fuerzas; entonces te vuelves.
Las marismas.
Cádiz: no es para agorafóbicos.
La belleza era muy loca incluso para Cádiz. A mis espaldas, los edificios desaliñados de La Isla recortados contra un cielo ardiendo; frente a mĂ, los turquesas desvaĂdos y mezclados con violeta de la noche de otoño. En medio, la luna. Y yo, toda pequeña y contenta, pensando en que, como para el hombrecito de la viñeta, la parte linda de la vida está en general mucho más cerca de lo que pensamos. Poco antes de llegar al final, me he sentado en un banco de madera a mirar la luna y comer pastelitos de boniato. Es que me he comprado un libro sobre el boniato (verĂdico) y estoy probando recetas. Los pastelitos de boniato son como torrijas sin gluten y están exquisitos. He tenido un momento muy zen mirando la luna sobre las marismas. Luego, lo confieso, he sacado el mĂłvil y he mirado el correo.
Mientras pedaleaba he tenido una idea sorprendente incluso para mĂ misma. Pero no os la puedo contar hasta que vea que es factible. Es una idea sĂłlo parcialmente loca, pero puede ir bien.
Y bueno, este post es literariamente un desastre. Nada más que ir poniendo frases una detrás de otra; ninguna idea impactante, nada de finales redondos ni de llevar el relato a un punto donde convergieran la bici, la luna, los pastelitos de boniato y un exquisito maromo moreno. Pero bueno: asà es la vida. Ir en bicicleta para bajar el colesterol o para que te ruede el coco hacia la inspiración. No hay tanta diferencia.
Buenas noches, ciruelitos. Encontrad el muro que os separa del sol y escaladlo con valentĂa y con fuerza. Como si fuerais capaces de hacer un montĂłn de dominadas. Como si no hubiera un mañana, ni ahora ni nunca.

