Cuando Pablo y yo entramos aquella mañana en la cocina restregándonos los ojos de sueño, mi madre colocó sobre la mesa dos cuencos de helado medio derretido.
- ¿Me lo puedo comer? – preguntó Pablo, mirando el tazón de plástico con los ojos muy abiertos. Pablo siempre pide permiso para todo: para tomarse una fanta, para subirse al columpio y hasta para quitarse una piedra del zapato. Yo ya había metido la cuchara hasta el fondo, porque mi madre es de las que cambian enseguida de idea.
- El frigorífico se ha estropeado – dijo mamá, mientras apilaba en la encimera las bolsas de palitos de pescado -. Tenemos que comernos el helado antes de que se derrita. ¡Jaime! ¿Has encontrado ya el número?
La voz de papá llegó desde el salón.
- He llamado a Balay y me han dicho que eso es el servicio técnico y que ahora me dan el número. Estoy esperando.
Mamá se recogió el pelo con una mano. Siempre estaba sudando. Ella decía que era porque trabajaba como una esclava, y más en vacaciones que durante el año. Decía que estaba deseando volver a casa para tomarse unas vacaciones de verdad. Yo creo que tenía calor porque casi nunca bajaba a la piscina con nosotros: se quedaba en casa limpiando el polvo y haciendo unos cuencos enormes de gazpacho que siempre tenía que tirar, porque ni a Pablo ni a mí nos gustaba nada.
Nosotros ya habíamos terminado el helado. Empecé a dar golpes con la cuchara en el tazón.
- ¡Más, más, más! – Pablo se me unió, entusiasmado.
- ¡Ya vale! A ver, Os voy a poner más, pero esto es sólo hoy, ¿vale? Mañana desayunamos cereales otra vez.
- ¿El frigorífico no va a seguir roto mañana? – preguntó Pablo.
- Espero que no. Además, mañana ya no quedará helado.
- Bueno – dije yo – compramos más helado y mañana volvemos a romper el frigorífico, ¿vale?
Estaba claro que era una broma, pero a mamá no pareció hacerle mucha gracia. Pablo se retorcía de risa. Las gotas de colores le caían por la barbilla hasta la tripa desnuda.
- ¡Jaime! ¿Qué pasa con el técnico? - mamá limpió a Pablo con un trapo.
- Que tiene que ser mañana – papá entró en la cocina. Él también estaba sudando. Yo pensé que si el técnico no venía, lo mejor que podíamos hacer era irnos todos a la piscina, porque a pesar de lo temprano que era hacía mucho calor.
Mamá se sujetó la cabeza con las manos, como si le doliera.
- Se nos va a estropear todo. No me lo puedo creer. Llevamos tres días aquí y nos pasa esto, y con la compra recién hecha. Es que no me lo puedo creer…
Papá le puso el brazo en el hombro.
- Vamos, tranquila. Esto tiene alguna solución, seguro.
- Pues no sé yo qué solución. Quita, que me das calor.
- ¿Nos vamos a la piscina? – pregunté.
Irnos a la piscina me parecía una buena idea, porque hacía calor y ya no tenía más ganas de helado, y papá y mamá no parecían querer comer helado tampoco. Pero los dos me miraron como si yo fuera tonto y siguieron discutiendo sin contestarme siquiera.
- Bueno, Raquel, pero no me hables así porque no es culpa mía, ¿vale? Vamos a buscar alguna solución. ¿Y si les llevamos las cosas a los vecinos?
- ¿A quiénes, a los de Santander? Sí, vaya, como son tan simpáticos… Además, que todo el mundo acaba de llegar, Jaime, que no van a tener sitio porque acaban de hacer la compra, igual que nosotros.
- Pues a mí me cae bien Javi – dije yo. Era verdad. No me parecía justo que mamá se metiera con su familia; al fin y al cabo, era nuestro frigorífico el que se había roto. Javi sabía hacer surf y tenía una tabla super chula, y me enseñaba de vez en cuando, aunque casi nunca me la dejaba porque decía que era muy cara.
- Ya, Dani – dijo papá -, si Javi es muy simpático, y sus papás también. Es que mamá está un poco nerviosa por lo del frigorífico, ¿sabes?
- ¡Ya estamos con los nervios de mamá! ¡Yo no estoy nerviosa! ¡Si fuera una inconsciente como tú, a lo mejor no estaría tan nerviosa! ¡Que con este calor se van a pudrir las cosas en nada de tiempo, y a ti te da igual!
Para no estar nerviosa, mamá no parecía nada tranquila. Esta vez, sin embargo, no dije nada.
- Bueno, ¿y si cocinamos las cosas? Así aguantarán hasta mañana y luego lo congelamos todo.
- Cocinamos, dice, ¡ja! – mamá se rió, pero era una risa como la que hacemos nosotros en el colegio cuando alguien dice algo sin gracia -. Cocino yo, querrás decir, porque tú no tocas un plato.
- Mira, Raquel, si te vas a poner en ese plan…
Miré a Pablo, que estaba chupando el cuenco de colores. Se lo quité de la cara y vi que se había llenado de helado el pelo y la frente.
- ¿Qué plan, eh? ¿Qué plan?
- Mamá…
- Porque es muy fácil hablar de planes si tú no cocinas nunca…
- Mamá…
- Y cuando te digo lo liada que estoy, tu solución es que comamos en la calle. ¡Como si fuera gratis!
- ¡Mamá!
- ¡Qué!
- Que mira cómo se ha puesto Pablo.
- Ay, Daniel, de verdad, pues iros a la piscina y así se limpia, anda, y de paso no estáis por medio.
- Sí, eso – dijo papá – y tú deberías bajarte con ellos, Raquel, y así te refrescas y te calmas un poco.
- ¿Bajarme a la piscina? ¿Con la que hay montada? ¡Bájate tú, que todo te da igual!
- ¡Pues a lo mejor me bajo!
- ¡Pues muy bien!
Papá salió de la cocina dando un portazo. Cogí a Pablo de la mano, lo llevé a nuestra habitación y le puse el bañador de Spiderman. Cuando cruzamos el pasillo para salir a la calle, vi que mamá lloraba en la cocina, mirando un paquete lleno de líquido amarillo. Me di cuenta de que era la mantequilla y pensé que a lo mejor desayunar helado no estaba tan bien, después de todo.