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CUENTOS PARA LOS HOMBRES QUE SON TODAVÍA NIÑOS, Teresa Wilms Montt

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TERESA WILMS MONTT, Cuentos para los hombres que son todavía niños,  Otero & Co., Buenos Aires, 1919, 104 páginas.
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Cuentos para los hombres que son todavía niños fue el quinto y último libro de la escritora chilena Teresa Wilms Montt (1893-1921).
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EL RETRATO

   —¿Qué es el dolor? —preguntó una vez un chiquillo a su madre.
   —Qué dices hijito? —contestó ella, enarcando sus cejas en movimiento de complejidad y duda.
   —¿Qué es el dolor? —repitió la criatura, alzando su vocecita de flautín, con el gesto mimoso de su boca rosada.
   ¡Oh santa ignorancia de las pasiones! ¿por qué no anidas para siempre en la cuna amorosa del alma infantil?
   Dejó la joven madre su labor cerca de la lámpara, que alumbraba tibiamente el grupito amable, y tomando al nene entre sus brazos, enternecida, le habló:
   —¿Por qué me haces tan extraña pregunta, nene de mis entrañas? ¿Quién ha pronunciado a tu lado esa palabra?
   Y la mamá, apretaba con sus manos largas desnudas de joyas, manos de monja o de mujer honrada, la fina cabecita.
   —Mamita, me lo dijo la vecina, aquella viejecita que suele traerte flores para la Virgen.
   Verás. Primero me preguntó por ti, con esa voz que parece estuviera siempre llorando. “¿Cómo está tu mamita, nene? ¿Siempre tan sola? Tienes que cuidarla mucho”, dijo: Y después, suspirando, mientras yo jugaba con el gato en su puerta, ella hablaba sola y murmuraba: —Santa de Dios, y dicen que hay justicia cuando en esa pobre alma parece que la tierra se hubiese ensañado. ¡Oh dolor, dolor!, exclamó tan fuerte la viejecita, que yo me asusté y vine corriendo.
   —¿Decía así?… —interrogó la madre, estremeciéndose en un impulso helado de su alma.
   —Sí mamita, sí. Por eso te pregunto qué es el dolor.
   Palideció la mujer; un gotear de lágrimas silenciosas rompió el cristal de sus ojos enigmáticos: ojos de iluminada y de bestia humilde.
   —¿Por qué lloras mamá? ¡No quiero que llores! —gimoteó el chiquitín, acomodando su minúscula personita en el regazo maternal.
   El chico miraba hacia la ventana donde se veía, a través de los cuadrados, caer la espesa obscuridad de la noche, como un presentimiento agorero en el silencio de los campos.
   —Tengo miedo, mamita; tengo miedo.
   —De qué, hijito mío?
   —De tu llanto y de la oscuridad que veo desde aquí —y el chiquillo señalaba la ventana.
   —No te asustes, nene mío, no es nada. ¿Quieres dormir?
   —Bueno, mamita, —y la cabecita confiada, buscó el hueco blando de los brazos maternos.
   La llama de la lámpara tenía el palpitar desmayado de un corazón enfermo. Colgado a los barrotes del lecho se balanceaba, imperceptiblemente, un negro crucifijo de ébano con sus brazos de plata, abiertos como alas lunares.
   Las dos camas blancas, extendidas sin una arruga en las simples colchas, daban la impresión de que hubiese puesto en ellas las sonrisas de sus ojos la Madre de Dios.
   Suspendido entre las cabeceras, relucía un marco acerado, sosteniendo, en sus extremidades la imagen de un hombre.
   Dulce la mirada, correcto el corte de la nariz, funesto el pliegue de la boca.
   —¿Qué es el dolor, mamita?, — balbuceó débilmente entre sueños el hijito.
   La madre nada dijo, pero sus dedos afilados se crisparon, y levantándose en un gesto desconsolado y rebelde, señalaron el retrato, donde reía y reirá siempre la eterna causa del dolor femenino.

ANIMALES CÉLEBRES, Luis de Oteyza

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LUIS DE OTEYZA, Animales célebres, Clan, Madrid, 2011, 232 páginas.

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Recupera Clan este Bestiario publicado en 1919 en el que Luis de Oteyza (1883-1961) desmitifica con humor tanto a la serpiente del Edén o el cisne de Leda como a el caballo Babieca o el ratoncito Pérez. José María Parreño en el Prólogo (pp. 9-12) dice: «Oteyza es un pionero en zoología fantástica. De ella hay en la literatura española del siglo XX ejemplos memorables. El libro de los seres imaginarios (1957)de Jorge Luis Borges es el más logrado. [...] Frente a la gravedad borgiana [...] Oteyza es castizo y literal».
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LAS GOLONDRINAS DE BÉCQUER

Estoy seguro de que desde el comienzo de mi obra se esperaba la llegada de estos animalitos. ¡Claro que sí! Son célebres, tan célebres como aquel que de mayor celebridad goce. 
   En efecto. ¿Cuántas señoritas cursis puede calcularse que existirán en España y los países iberoamericanos?... Millones, muchos millones, ¿eh? Pues bien; todas ellas se saben de memoria la «rima» de Bécquer donde las «obscuras golondrinas» desempeñan el papel principal. Todas, todas, sin faltar ninguna. 
   Y es lógico, perfectamente lógico, que así sea. El proceder de las referidas aves resulta de una entera, absoluta y definitiva cursilería. Intervienen en un idilio, admirando la belleza de la amada y el entusiasmo del amante, y cuando ese idilio se rompe culpan a la desdeñosa, llenas de condolencia hacia el desdeñado... ¡Como para cogerlas con liga y guisarlas con arroz! 
   Fue que Bécquer se echó una novia, la cual, al enterarse tratándole de que era poeta de profesión y de que no se lavaba casi nunca, decidió darle calabazas, a fin de ponerse en relaciones con otro galán más limpio y de mejor porvenir. Y fue que la conducta de esta higiénica y previsora joven —higiénica, pues no hay profilaxis como la del aseo, y previsora, porque mientras Bécquer se murió de hambre el otro galán llegó a ministro—, disgustó a unas golondrinas que en su balcón colgaban los nidos.
   Esas golondrinas, cuando el poeta visitaba a su novia, iban jugando y llamaban con el ala en los cristales. Entonces la tierna pareja abría y salía a tomar el aire un poquillo. Y las golondrinas refrenaban el vuelo para contemplar cuan hermosa era ella y cuan dichoso era él.
   Además, aprendieron los nombres de ambos. ¿Cómo?... Oyéndoles cuando se llamaban el uno al otro. ¿Qué cómo se supo que los habían aprendido?... ¡Ah, ya! Lo ignoro. Pero el caso fue que aprendieron los nombres de los dos. Así llegaron a considerarles de la familia mismamente.
   En esto sobrevino la ruptura de que queda hecha mención y entre las golondrinas se alzó un gran revuelo. sus protestas contra la ingrata fueron generales. «¿Habéis visto —decía una— cómo ha plantado al pobre?» Otra replicaba: «Es que quiere casarse con ese chico gallego, amigo de Moret» ¡Qué atrocidad —clamaban varias al unísono—, dejar a un poeta por un politicastro!» Sólo una se permitió advertir que el poeta pringaba de sucio y tenía menos dinero que pulcritud; pero las demás la redujeron al silencio, llamándola burguesa. Al fin, todas tomaron el acuerdo de no volver a tratarse con la novia de Bécquer.
   Tal procedieron las aves en cuestión, y de ahí lo que indiqué al empezar. Semejante cursilada, puesta por el autor de las Rimas en unos versos muy pegajosos, a los que el maestro Casares agregó unas notas más pegajosas aún, tiene que adherirse forzosamente a la memoria de cuantas señoritas cursis hablan castellano. Y se adhiere, ¡vaya si se adhiere!
   Mas, ahora que reparo... No deben molestarse mis distinguidas lectoras, aunque sepan la canción. Puede saberse, sin estar en el caso aludido también la sé yo, por ejemplo, que no soy cursi ni siquiera señorita. 

          Volverán las oscuras golondrinas
          de tu balcón sus nidos a colgar, 
          y otra vez con el ala en tus cristales
          jugando llamarán. 
          Pero aquellas que el vuelo refrenaban
          tu hermosura y mi dicha al contemplar; 
          aquellas que aprendieron nuestros nombres... 
         ¡Esas no volverán! 

   La sé con música y todo. Re fa la, si la fa re fa la, re la ta si, la sol fa sol sol la. Re fa la, si la fa re fa la, la re, re si, do la. Et sic de caeteris.

 Valeriano Bécquer

CUENTOS DE LOS TRES HEMISFERIOS, Lord Dunsany

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LORD DUNSANY, Cuentos de los tres hemisferios, Espuela de Plata, Sevilla, 2011, 140 páginas.
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Componen la edición de este libro dos secciones: los tres relatos largos incluidos en Más allá del mundo conocido y los once relatos cortos recogidos en Cuentos de los tres hemisferios. Como señala en el Prólogo (pp. 9-12) Luis Alberto de Cuenca, a pesar de que algunos de estos relatos ya habían sido publicados anteriormente, ésta puede ser considerada la primera traducción íntegra de la obra. De trasladar al español este libro que vio la luz en Londres en 1919 se encarga Victoria León Varela.     

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LOS DONES DE LOS DIOSES

   Hubo una vez un hombre que quiso pedir un deseo a los dioses. Pues la paz imperaba en el mundo y todas las cosas resultaban igualmente monótonas, había llegado a sentirse en el fondo cansado de la paz, y por ello echaba de menos las tiendas de campaña y los campos de batalla. Así, pues, pidió un deseo a los dioses antiguos, y presentándose ante ellos, hablo así:
   “Dioses antiguos, reina la paz hasta en los rincones más remotos de esta tierra en la que habito, y estamos ya demasiado cansados de la paz. Por eso, oh dioses antiguos, concedednos la guerra!”
   Y los dioses, atendiendo a su ruego, le concedieron la guerra. El hombre partió blandiendo su espada, y desde ese momento bastaba mirarla para que la guerra estallara por doquier. Pero entonces el hombre empezó a recordar las pequeñas cosas que había conocido antes, los días serenos del pasado, y cada noche sobre la dura tierra, soñaba con la paz. Las cosas habituales empezaron a volverse a sus ojos cada vez más queridas, aquellas cosas monótonas pero serenas de los tiempos de la paz, y recordando estas cosas, comenzó a lamentar la guerra y, una vez más, pidió un deseo a los dioses antiguos. Y presentándose ante ellos, habló así:
   “Oh dioses antiguos, lo cierto es que el  hombre prefiere los tiempos de paz. Así, pues llevaos vuestra guerra y concedédnosla, pues de todos vuestros dones no hay ninguno más deseable”.
   El hombre regresó entonces a la morada de la paz. Sin embargo nuevamente no tardó en cansarse de ella, de todas las cosas que ya le eran conocidas y su monotonía. Y añorando de nuevo las tiendas de campaña, se presentó ante los dioses y dijo así:
   “Dioses antiguos no deseamos vuestra paz, pues la paz no hace sino llenar de tedio nuestros días, y el hombre está mejor en la guerra”.
   Y los dioses volvieron a concederle la guerra. De nuevo se oyeron tambores, se vio el humo de las hogueras, el viento azotó la tierra asolada, volvió a escucharse el sonido de los caballos que se dirigen al combate, y ardieron las ciudades y todas las cosas que los trotamundos conocen. Entonces los pensamientos del hombre regresaron a las costumbres de la paz. Y de nuevo añoró la hierba sobre los prados la luz en los viejos torreones, el sol encendiendo los jardines, las flores en los bosques, el sueño y los senderos en calma de la paz.
   Y el hombre una vez más se presentó ante los dioses antiguos y volvió a implorarles:
   “Dioses antiguos, el mundo y yo estamos cansados de la guerra y añoramos las viejas costumbres y los senderos en calma de la paz”’.
   Y los dioses se llevaron la guerra y le concedieron la paz. Pero, cierto día, el hombre celebró consejo y conversó largamente consigo mismo hasta concluir: “Mis deseos, que los dioses conceden, no son precisamente deseables, y si un día los dioses me concedieran uno de ellos y jamás accedieran a revocarlo, que es algo que los dioses suelen hacer, yo sería juzgado con severidad por mi deseo. Mis deseos son peligrosos, y por lo tanto no debo formularlos más”.
   De modo que resolvió enviar a los dioses una carta anónima que decía lo siguiente:
   “Oh dioses antiguos, este hombre que hasta en cuatro ocasiones os ha perturbado con sus deseos, pidiendo a veces la paz y a veces la guerra, es un hombre que no muestra respeto por los dioses, que los denuesta cuando no atienden a sus ruegos y únicamente los alaba en los días santos y en las horas señaladas en que los dioses escuchan sus plegarias. Así, pues, no concedáis más deseos a este impío”.
   Los días de paz fueron sucediéndose y de la tierra volvió a surgir, como la niebla en otoño de los campos arados durante generaciones, el sabor de la monotonía. Entonces el hombre se presentó una buena mañana de nuevo ante los dioses y rogó:
   “Oh dioses antiguos, concedednos una sola guerra más para que pueda volver a los campos de batalla y a las fronteras disputables por última vez”.
   Y los dioses le respondieron: «No hemos oído buenas cosas de ti. Tu mal proceder ha llegado hasta nosotros. Por ello nunca volveremos a cumplir tus deseos».