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REESCRITURAS Y FALSIFICACIONES, Dóra Bakucz

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DÓRA BAKUCZ, Reescrituras y falsificaciones: la significación palimpséstica en el microrrelato argentino, Verbum, Madrid, 2015, 172 páginas.

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ÍNDICE
I. Planteamientos 11
II. Formación del microrrelato palimpséstico 20
Historia: La reescritura y la minificción en la literatura argentina 20
II. 1 Los comienzos: la influencia de Charles Baudelaire y Rubén  Darío  21
II. 2 El revisionismo de Franz Kafka  27
II. 3 "El primer cuento ultracorto" en Hispanoamérica: Julio Torri 36
II. 4 El Modernismo argentino: Leopoldo Lugones  42
II. 5 El primer clásico de la minificción argentina: Jorge Luis Borges 51
II. 6 Otros dos clásicos: Julio Cortázar y Marco Denevi  64
III Textos de reescritura palimpséstica en el microrrelato argentino   62
III 1 Mitos grecolatinos — "El tiempo fabuloso de los comienzos"   69
III 1.1 Odisea: Sirenas cantantes y calladas  72
III 1 2 Ilíada: la guerra falsificada por Denevi y Aquiles como símbolo de la rapidez  82
III 2 Cuentos de hadas — "Otro es el juego para el gran vencedor, el  príncipe"  88
III 2 1 El príncipe sapo entre los príncipes encantados de Luisa Valenzuela  96
III 2 2 Sapos y princesas de Ana María Shua  98
III. 3 Pasajes bíblicos — "Un dios crea un mundo"  102
III. 3.1 Seis versiones de la creación de Ana María Shua  104
III 3.2 Génesis y eterno retorno  107
III 3 3 Variaciones sobre el pecado original  110
III 4 El Quijote — "porque su aventura ya es parte de la larga memoria de los pueblos"  114
III 4 1 Resemantización o reinterpretación de un episodio o detalle de la novela------------ 119
III 4 2 Nueva perspectiva ficcional  124
III. 4 3 La novela como propósito: las versiones borgeanas  123
IV. Aproximaciones teóricas  133
IV. 1 Posicionamiento posmoderno de la minificción  134
IV. 1.1 Posmodernidad y/o mentalidad posmoderna  136
IV. 1.2 Posmodernidad en Hispanoamérica  140
IV. 1.3 El cuento posmoderno 144
IV. 2 La minificción como falsificación  148
IV. 2.1 Falsificado y falsificación  150
 IV. 2.2 El objetivo de la falsificación  151
IV. 2.3 Interpretaciones y rumbos de la falsificación  153
V. Conclusiones 156
VI. Bibliografía 161
VI. 1. Bibliografía de la selección de minificciones  161
VI. 2. Bibliografía citada 161
VI. 3. Bibliografía consultada 166

CUENTOS OSCUROS, Varios Autores

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VARIOS AUTORES, Cuentos oscuros, Ojos Verdes, Alicante, 2015, 156 páginas.

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GLORIA

   El día amaneció sumido en un bostezo blanco, inmerso en esa niebla escayolada que a menudo hace naufragar bosques y pueblos enteros en estos valles de Somiedo. Pero esta mañana, una bruma como un mar de nata se ha asentado asfixiante sobre la aldea y apenas los truenos, como aldabas del infierno, traspasan la marmórea nube hasta sacudir la harina que Rosalía dispone sobre la encimera. Hoy se cumple un lustro, parece mentira, cinco años desde que su hijita Gloria se marchara de casa.
   Rosalía celebra esta fecha preparando la tarta de nueces que tanto gusta a la niña, a la que colocará una resplandeciente guinda y las mismas doce velas de los últimos cuatro años. Le llevará una porción y desde el tercer peldaño de la escalera de mano, cuidadosamente, con una cucharilla renovará la guinda de la marchita lengua de su hija.
   Más tarde, cuando cesen los mugidos y los cencerros, cuando Antonio haya recogido y puesto a buen recaudo la herrumbrosa vacada de casinas, también él la visitará.
   A Gloria nunca le gustaron los juegos de su padrastro, le horrorizaban sus manos grandes y sucias. Lo que si le divierte es que la columpie. El suave balanceo de soga le hace sentir más viva que las cecinas que la rodean y la acompañan estos días en que la tormenta hace crujir la madera de aquel hórreo a la deriva. 

Sergio Martín de la Torre

SUEÑOS ENCAJONADOS, Daniel Álvarez

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DANIEL ÁLVAREZ, Sueños encajonados, Andalgalá, 2015.

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CUPIDO

   Cuando Cupido se enamoró de Psique se quedó ciego, sin perder su capacidad de filosofar, pero al separarse se encerró en su propia habitación y escribió: "...El destino solamente dará las respuestas, mientras el tiempo corre en su hilo universal, el presente es el inicio de la búsqueda del entendimiento para que el pasado sea vestigio de lo vivido..."
   Entonces cerró su mano y apuntó la flecha a su propio corazón porque entendió que amarse es la esencia de su presente.

COSAS QUE ESCRIBÍ MIENTRAS SE ME ENFRIABA EL CAFÉ, Isaac Pachón

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ISAAC PACHÓN, Cosas que escribí mientras se me enfriaba el café, 2015, 200 páginas.

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CRUDA IRREALIDAD

   Cuentan que en el cielo, las nubes se tumban bocabajo y observan ensimismadas las formas y movimientos de los hombres. También cuentan que en los bosques de personas, los árboles marcan, a cuchillo, espaldas y barrigas con algún que otro corazón de enamorado. O que desde el mar, los peces lanzan mensajes embotellados que naufragan en la desesperanza de la arena de las playas. Y aún a sabiendas de que todo es mentira, hundo mi mano en la orilla hasta notar con mis uñas la cruda irrealidad de la arena mojada.

CUENTOS AL AMOR DE LA LUMBRE 1, A. R. Almodóvar

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A. R. ALMODÓVAR, Cuentos al amor de la lumbre 1, Alianza, Madrid, 2015, 416 páginas.

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José Manuel Caballero Bonald reitera en el prólogo su "gratitud emocionada a Antonio Rodríguez Almodóvar por estos Cuentos al amor de la lumbre (es decir, cerca del fuego de la verdad), por este definitivo rescate de un legado colectivo, intemporal y disponible, que también nos devuelve la riqueza de muchas arrinconadas sabidurías populares."

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EL DIABLO DE NOVIO

   Un conde tenía una hija muy guapa, ya en edad de casarse. Pero la niña era muy caprichosa y a todos los novios les ponía faltas. Un día le dio por decir:
   —No me caso hasta que encuentre un marqués con los labios de plata y los dientes de oro.
   El diablo, que se enteró, se dijo: «Pues ahora voy yo, me disfrazo de marqués y me caso con ella». Y así lo hizo. Un buen día se presentó en palacio y al ver el rey que era como su hija había dicho, la llamó y le dijo:
   —Aquí tienes lo que tú buscabas.
   Y ella dijo:
   —Nunca pensé encontrarlo, pero aquí está mi mano.
   Y concertaron la boda para otro día.
   Tenía la niña una golondrina, que le advertía:
   —Si piensas que es un marqués,
   no te cases, que el diablo es.
   Pero ella no le hacía caso. La golondrina se lo decía otra vez y otra. Por fin la niña le contestó:
   —Tú es que crees que no te voy a llevar al palacio de mi marido. Pues sí que te voy a llevar. Anda, déjame tranquila.
   Llegó el día de la boda y se presentó el diablo en un trineo por los aires, vestido de etiqueta, con sus labios de plata y sus dientes de oro, y acompañado de unos cuantos diablos y diablesas disfrazados también de gente importante.
   Se casaron la condesita y el diablo y, después de la ceremonia, se fueron en el trineo por los aires. Y aunque a la niña se le había olvidado la promesa que le hizo a la golondrina, ésta echó a volar también y se fue detrás de aquella comitiva.
   —¿Por dónde me llevas? —le preguntaba la condesita a su marido—. Éstos me parecen unos caminos muy raros.
   —No te apures, mujer, que ya verás mi palacio.
   En cuanto llegaron al palacio, el diablo encerró a la niña en una habitación que estaba encima de una caldera de pez hirviendo. Y decía el diablo, con grandes risotadas:
   —Hija del conde, que encima de la caldera estás, si no es a la una ni a las dos, a la de tres caerás —y daba grandes trompazos contra el techo, para que se hundiera y se cayera la niña en la caldera.
   Entró entonces la golondrina por un balcón y la condesita le dijo:
   —¡Ay, golondrina, bien decías tú que este marqués el diablo es! Anda, vete corriendo a avisar a mi padre.
   Salió volando la golondrina para avisar de lo que estaba pasando, y, mientras, el diablo seguía diciendo:
   —Hija del conde, que encima de la caldera estás, ¡si no es a la una ni a las dos, a la de tres caerás! —y volvía a dar grandes trompazos contra el techo para que se cayera.
   La golondrina avisó al conde, y éste preparó un gran ejército para ir a rescatar a su hija. Cuando ya estaba a punto de caerse el techo, llegaron al palacio, rompieron la puerta y todavía tuvieron tiempo de desatar a la niña y poner en su lugar una muñeca. Cuando por fin se rompió el techo, con un gran golpe que dio el diablo, cayó la muñeca dentro de la caldera de pez.
   El diablo, con un cucharón se puso a remover, venga a remover, y decía:
   —Hija del conde, si con quien has venido creías que era marqués, ¡estás confundida, que el diablo es!
   Lo repitió tres veces y, por ver si ya estaba la niña quemada, la sacó y, aunque ya estaba la muñeca muy negra, se dio cuenta del engaño. Se montó otra vez en su trineo con unos cuantos diablos y salió volando hacia el palacio del conde, pero allí, como ya estaba bien preparado el ejército, le presentaron batalla y lo vencieron, teniéndose que volver otra vez al infierno con el rabo entre las piernas.

EL TENEDOR DE LIBROS, José Luis Melero

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JOSÉ LUIS MELERO, El tenedor de libros, Xórdica, Zaragoza,  2015, 182 páginas.

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Aporta Melero en el Liminar (pp. 7-8) una clave para entender esta recopilación de artículos publicados en Heraldo de Aragón: «prefiero incensar la memoria de los olvidados que cacarear los logros de quienes ganaron las mayúsculas y las negritas de los manuales que se estudian en las universidades».
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PENSAR EN LAS MUSARAÑAS


   Hay gente que se pasa la vida pensando en las musarañas. Pero a veces basta con que lo hagas una sola vez, en el momento más inoportuno, para que tenga trágicas consecuencias. Es lo que le paso a Gaudí el 7 de junio de 1926 cuando iba a cumplir con su visita diaria a la iglesia de San Felipe de Neri. Iría pensando en las musarañas cuando fue atropellado por un tranvía en la Gran Vía de las Cortes Catalanas, entre las calles de Girona y Bailén. Su aspecto descuidado hizo que lo tomaran por un pordiosero y no fuera atendido de inmediato. Murió tres días más tarde. Si hubiera vestido como un buen burgués (mi amigo José Manuel Pérez Latorre dice con humor británico que los arquitectos deben vestir siempre de forma impecable, pues en cualquier momento pueden ser objeto de homenaje) tal vez las cosas hubieran sido de otro modo. Se cumplían entonces veinte años desde que Pierre Curie había muerto atropellado por un coche de caballos en una calle de París. También andaría despistado Víctor Seix, el gran editor catalán, cuando fue atropellado durante la Feria del Libro de Frankfurt de 1967 junto a la puerta del Hotel Frankfurter Hof donde se alojaba. Llegaba tarde a la ópera, se desorientó un instante y otro tranvía acabó con su vida. Lo más increíble es que ese tranvía iba conducido por un sujeto que se llamaba Adolf Hitler. Carlos Barral, su socio en la editorial, que tuvo que encargarse del papeleo tras la muerte de Seix, así lo contó en sus memorias. Cuatro años antes, otro célebre editor también había muerto atropellado por culpa de las musarañas: Kurt Wolff, el primer editor de Kafka y el editor de Robert Walser o Joseph Roth. Wolff editó en 1927 mi libro preferido de Roth: Fuga sin fin. Por aquí tampoco han faltado despistados que murieron por ir pensando en las avutardas: Ricardo del Arco, que tantos libros escribió sobre Aragón, murió el 7 de julio de 1955 en la plaza de Navarra de Huesca, arrollado por un camión del ejército cuando salía de los porches de la Diputación, y la gran pianista Pilar Bayona acabó sus días atropellada por un automóvil en Zaragoza en diciembre de 1979.

CAMPO DE ESTRELLAS, J.V. Barcia Magaz

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JOSÉ VICENTE BARCIA MAGAZ, Campo de estrellas. Historias alrededor de un sonajero roto, Amargord, Madrid, 2017, 84 páginas.
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PARA EL SOL

   El Sol se ahorcó en Bosnia en mil novecientos noventa y cinco. Desde entonces, nuestro planeta se ve un poco más ensombrecido. 
   El Sol tenía rostro de niña cansada de sufrir. El astro se ahorcó, y un periodista retrató la escena. 
   La fotografía de aquella niña bosnia dio la vuelta a todo el mundo, y el mundo siguió dando vueltas como si tal cosa. 

NARCISO, EL MASOQUISTA, Armando Alanís

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ARMANDO ALANÍS, Narciso, el masoquista, Cuadrivio, Ciudad de México, 2015.

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EN EL CEMENTERIO

   Paseaban por el cementerio del pueblo.
   —Qué solos se quedan los muertos —dijo él.
   —Qué solos se quedan los vivos —dijo ella, y desapareció.

DIBUJOS A LÁPIZ, Agustín Cadena

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AGUSTÍN CADENA, Dibujos a lápizFOECAH, Pachuca de Soto, 2015, 90 páginas.

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PLAYA COLORADA

   Aunque desde temprano había habido señales de lluvia, Ocampo quiso ir a la playa a mirar el atardecer. Pero llegó demasiado temprano y el sol estaba alto todavía. Y con todo y que la mayoría de los turistas ya se había retirado, quedaban algunos niños, una pareja que se mecía entre las olas, una anciana de piel enrojecida. Ocampo sintió que no soportaba la arena caliente en los pies descalzos y bajó a la orilla de la playa, a la franja de humedad que el oleaje había sembrado de sargazos. Echó a andar sobre esa línea, siguiendo la suave curva de la bahía. Las olas llegaban a refrescarle los pies; de vez en cuando, alguna se le trepaba hasta los tobillos. Atrás de él se oían risas y gritos; adelante, a lo lejos, se veía un contorno de palmeras, hoteles modestos y sencillas casas de verano, algunas convertidas en bares.
   En algún momento, sintió una presencia cerca de él, caminando a su lado: unos pies descalzos que levantaban sin ninguún sufrimiento la arena caliente. Se volvió. Era una niña como de diez años, nativa. Sí, no podía ser más que nativa a juzgar por el tono de chocolate de su piel, y porque no parecía interesada en el mar ni andaba en traje de baño sino que llevaba un vestido largo de mezclilla. El sol, que ahora sí comenzaba a bajar, hizo brillar un instante su pelo negro y luego desapareció tras unas nubes grises.
   Ocampo no miró más a la niña. Se sintió incómodo con esa compañía no solicitada. Siguió caminando, un poco más rápido. Se preguntó si le daría tiempo de llegar hasta el final de la playa antes de que empezara a llover.
   La niña emparejó su paso con el suyo. Marchaba sin despegar la vista de él. ¿Qué quería? ¿Iba a pedirle dinero? ¿Trataba de venderle algo? Ocampo pensó que si la ignoraba completamente, desistiría y lo dejaría en paz. Sin embargo, no fue así.
   Cuando se cansó de esperar alguna amabilidad de su parte, la niña tomó la iniciativa:
   —Hola —le dijo.
   Ocampo se sintió forzado a responderle, pero también aliviado: por fin le diría ella lo que tenía que decirle, le pediría lo que tenía que pedirle y lo dejaría en paz.
   —Hola.
   La niña le sonrió de tal modo que Ocampo se relajó y ya no tuvo tanta urgencia porque se fuera.
   —¿Cómo te llamas? —le preguntó ella, con un fuerte acento local que a él le pareció gracioso. Era muy bonita: tenía unos ojos grandes, oscurísimos, y una mirada llena de inocencia.
   —Roberto Ocampo, ¿y tú? —Esmeralda.
   —Ah —dijo él, nada más.
   Siempre le había costado trabajo empezar una conversación con una mujer, no importaba de qué edad fuera.
   —¿Hasta dónde vas? —le ayudó la niña.
   —No sé. A ver si llego al final de la playa. ¿Y tú?
   —Yo voy hasta donde llegue ese señor.
   —¿Cuál?
   —Aquel que va allá adelante. ¿No alcanzas a verlo? El que lleva una hielera roja.
   Ocampo distinguió una silueta a doscientos metros o más, delante de ellos. Era un hombre delgado con una gorra de beisbol.
   —Es mi papá —le explicó la niña—. Vende helados.
   —Ah —Ocampo se alejó de ella. Le dio desconfianza que el padre fuera a verlo cerca de su hija y pensara que era un pervertido o un robaniños y luego hiciera un escándalo o le echara a la policía. Pero el hombre se volvió en algún momento, tal vez buscando a la niña, y los vio juntos y no dijo nada. Ocampo volvió a relajarse.
   —Pero ya no hay mucha gente en la playa y además va a llover.
   —No.
   —¿No qué?
   —No va a llover, Roberto —parecía totalmente convencida—. Mi mamá le pidió a Dios que no lloviera hasta que mi papá terminara de vender todos los helados.
   —Ah, ¿y estás segura de que Dios escucha a tu madre? —en cuanto dijo esto se arrepintió: le pareció abusivo ponerse cínico con una niña. Pero a ella no le afectó.
   —Sí. Siempre la escucha. Va a mandar la lluvia a las montañas para que mi papá termine de vender los helados.
   Ocampo prefirió hablar de otra cosa: no quería poner su amargura en evidencia. Le preguntó a Esmeralda por la escuela: iba en segundo año. Le preguntó quién hacía los helados que vendía su padre: la niña le dijo que toda la familia.
   —¿Y cuántos son?
   —Somos nosotros tres: mi mamá, mi papá y yo.
   Finalmente, Esmeralda se aburrió de esa conversación. Fue al grano:
   —Si no me das todo el dinero que traes en tu cartera, voy a gritar que me estabas diciendo cochinadas.
   Ocampo la miró incapaz de comprender. Como que su mente negaba lo que Esmeralda le estaba diciendo. Es que de repente era otra. Sus ojos eran otros: ya no era una niña.
   —La gente vendría a defenderme —insistió—. Mi papá se encargaría de armar el alboroto y te llevarían a la cárcel.
   El hombre reaccionó por fin. Sacó su cartera y le dio todo lo que llevaba, sin decir nada. Ella le arrebató los billetes y echó a correr en dirección a su padre, quien a pesar de ir cargando la hielera andaba rápido.
   Ocampo se volvió hacia el mar. Del sol no quedaba más que una delgada uña anaranjada. Pero toda el agua se hallaba incendiada por ella. No había nubes: se habían amontonado a lo lejos, sobre las montañas.
   Ocampo sonrió.

ARS FRAGMINIS, José María Piñeiro

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JOSÉ MARÍA PIÑEIRO, Ars fragminis, Celesta, Madrid, 2015, 118 páginas.
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Si la fugacidad es hermosa, quizás no haya una segunda parte de esta vida.
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Comprender lo elemental de una cosa produce el efecto de una revelación.
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El mundo es la versión que hagamos de él.
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Hay que construir, idear, remontar la incesante inercia.
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Hoy eres indefinidamente tú.
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Mientras vemos una película, ¿qué sucede con el resto del universo?
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Algunas tardes, las cosas adoptan un plácido aspecto milenario.
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Irremediablemente, la rosa es una repetición,

HAIKUS OSCUROS, Luis Bermer

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LUIS BERMER, Haikus oscuros, Lektu, 2015, 152 páginas.
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La calavera.
Blanco cristal de hueso
donde vivimos.

CUENTOS COMPLETOS, Marcel Schwob

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MARCEL SCHWOB, Cuentos completos, Páginas de Espuma, Madrid, 2015, 738 páginas.

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En esta edición, a cargo de Mauro Armiño, también traductor, el lector encontrará además de El libro de Monelle, La cruzada de los niños, Mimos o Vidas imaginarias, Cuentos no recogidos (pp. 661-729).
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LA JARRA CORONADA

   Alfarero, después de haber torneado el fondo de una jarra cuyo vientre de tierra dorada amasé y redondeé, la he llenado de frutas para el dios de los jardines. Pero él mira el tembloroso follaje, por miedo a que los ladrones atraviesen las tapias. Por la noche, lirones furtivos han hundido sus hocicos entre las manzanas y las han roído hasta las pepitas. Tímidos, en la hora cuarta, agitaron sus peludas colas, blancas y negras. Al alba, los pájaros de Afrodita se han encaramado en los bordes violetas de mi jarra de arcilla erizando las pequeñas plumas tornasoladas de su cuello. Bajo el mediodía que tiembla, una muchacha ha avanzado sola hacia el dios con coronas de jacintos. Y al verme mientras yo estaba agachado detrás de un haya, sin mirarme ha coronado la jarra vacía de frutos. ¡Que el dios así privado de flores se irrite, que los lirones muerdan mis manzanas, que los pájaros de Afrodita inclinen unos hacia otros sus tiernas cabezas! He entreverado mis cabellos con los frescos jacintos, y hasta el próximo mediodía esperaré a la coronadora de jarras.
[jacintos]

CACHORROS DE ORNITORRINCO, Francisco Rodríguez Coloma & Raquel Vázquez

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FRANCISCO RODRÍGUEZ COLOMA & Raquel Vázquez,  Cachorros de ornitorrinco, Zaera Silvar Editor, A Coruña, 2015, 93 páginas.

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Este libro subtitulado Teoría del microrrelato y experiencia docente recoge una antología de textos escritos por 36 alumnos de 3º de ESO, durante las clases de Lengua Castellana y Literatura impartidas por Raquel Vázquez y Francisco Rodríguez Coloma. En el Prólogo (pp. 3-7), Pedro Sánchez Negreira, relata la sorpresa que le produjo escuchar algunos textos de los alumnos que habían accedido al microrrelato leyendo también sus creaciones. Enriquece notablemente el volumen la Unidad Didáctica: El microrrelato (pp. 35-92) escrita por Raquel Vázquez como propuesta docente de su Master de Profesorado.  
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[DES] AMOR

   Pensaron que un hijo ayudaría a terminar con sus discusiones de pareja.
   Ya son familia numerosa.

Isabel López

LO MEJOR DE MAITENA, Maitena

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MAITENA, Lo mejor de Maitena, Lumen, Barcelona, 2015, 272 páginas.

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LA CLEMENCIA DEL TIEMPO, Ander Mayora

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ANDER MAYORA, La clemencia del tiempo, Los Papeles del Sitio, Sevilla, 2015, 164 páginas.

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En Tiempo contra tiempo (pp. 9-15) Enrique García-Máiquez dice del trabajo de Mayora: «Frente a la sobredosis de la brevedad, los aforismos nos ofrecen una cura por homeopatía».
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La multitud de caminos no crea un destino, sino una infinidad de extravíos.
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¿Nuestro tiempo? Un simulacro de fiesta demasiado prolongada, sobre las ruinas del pasado, donde los asistentes no pueden ya ocultar sus rostros demacrados de cansancio.
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Tanto los que tienen fe como los que carecen de ella reconocen que nuestra vida pende de un hilo. Para estos, se trata de un hilo que tarde o temprano se quebrará; para aquellos, en cambio, es un hilo irrompible.
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Las cicatrices interiores son un mapa de nuestro errar invisible. Cuajado de marcas y carne coagulada, el espíritu testifica que la vida va siendo vivida. A cuestas con su glosario de heridas y fulgores antiguos, transita marcado a fuego por la ilusión y cosido por el desengaño. 
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La conciencia es como el súbito resplandor del rayo en la noche, iluminando la oscuridad. Y la alegría es el rayo mismo, destruyendo las tinieblas. 
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La vida es un infierno alegre.
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Toda sabiduría consiste en aceptar ser más breve que el mundo y tan decisivo como una planta.

KWAIDAN Y OTRAS LEYENDAS Y CUENTOS FANTÁSTICOS DEL JAPÓN, Lafcadio Hearn

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LAFCADIO HEARN, Kwaidan y otras leyendas y cuentos fantásticos de Japón, Valdemar, Madrid, 2015, 368 páginas.
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En Los espectros de Lafcadio Hearn, Jesús Palacios, señala que «Lafcadio Hearn era un ejemplar canónico de literato excéntrico finisecular, escritor bohemio y tardo-romántico, próximo al Simbolismo, devoto de la religión del Arte por amor al Arte». Ello explica su predilección por «el cuento fantástico y de horror, aunque refugiado habitualmente bajo el manto de la recreación de viejas historias y leyendas folklóricas».
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UNA LEYENDA DE FUGEN-BOSATSU

   Érase una vez un sacerdote muy piadoso y erudito, llamado Shōku Shōnin, que vivía en la provincia de Harima. Durante años había meditado diariamente sobre el capítulo de Fugen-Bosatsu [el Bodhisattva Samantabhadra] incluido en el sūtra del Loto de la Buena Ley, y solía rezar, todas las mañanas y todas la noches, rogando que se le permitiera poder contemplar a Fugen-Bosatsu como presencia animada, en la forma en que lo describe el texto sagrado.
   Una noche, mientras recitaba el sūtra, el sopor se apoderó de él y se quedó dormido sobre su kyōsoku. Y tuvo un sueño; en él, una voz le decía que, para poder ver a Fugen-Bosatsu, debería acudir a la casa de cierta cortesana conocida como Yujō-no-Chōja, que vivía en la ciudad de Kanzaki. Nada más despertarse, el sacerdote decidió ir a Kanzaki de inmediato y, dándose toda la prisa de la que fue capaz, llegó a la ciudad al atardecer del día siguiente.
   Cuando entró en la casa de la yujō, se encontró con numerosas personas allí reunidas; en su gran mayoría eran hombres jóvenes de la capital que habían viajado a Kanzaki intrigados por la fama de la belleza de la mujer. Allí, festejaban y bebían mientras la yujō tocaba un pequeño tambor de mano (tsuzumi), que manejaba con gran habilidad, y cantaba una canción. La melodía que entonaba era una antigua canción japonesa sobre un célebre santuario de la ciudad de Murozumi; las palabras decían así:

En la sagrada pila de Murozumi en Suwō,
aunque no sople el viento,
la superficie del agua siempre tiembla.

   La dulzura de su voz impregnaba a los presentes de sorpresa y placer. Mientras el sacerdote, que había ocupado un lugar apartado, escuchaba y se maravillaba, la muchacha posó sus ojos en él fijamente y, en ese mismo instante, el sacerdote vio cómo la joven se transformaba en Fugen-Bosatsu: de su frente emanaba un rayo de luz que parecía penetrar más allá de los límites del universo mientras cabalgaba un níveo elefante de seis colmillos. Y continuaba cantando, pero la canción también se había transformado, y estas fueron las palabras que escucharon los oídos del sacerdote:

En el vasto Mar de la Cesación,
aunque los vientos de los seis Deseos y
las Cinco Corrupciones nunca soplan,
la superficie de sus profundidades está siempre cubierta
por las olas de la Consecución de la Realidad en sí misma.

   El sacerdote cerró los ojos deslumbrado por el rayo divino pero, a través de los párpados, aún podía contemplar la visión. Cuando los volvió a abrir, esta se esfumó: sólo pudo ver a la joven con su tambor y sólo pudo escuchar la canción sobre el agua de Murozumi. Sin embargo, si los volvía a cerrar, veía de nuevo a Fugen-Bosatsu a lomos del elefante de seis colmillos y escuchaba la canción mística sobre el Mar de la Cesación. Las personas allí presentes veían sólo a la yujō: no podían contemplar la aparición.
   De repente, la cantante desapareció de la sala de banquetes, nadie pudo decir cuándo ni cómo. Desde aquel instante, cesó la algarabía y la tristeza ocupó el lugar de la alegría. Tras haber esperado y haber buscado a la muchacha sin éxito, la compañía se dispersó con gran pesar. El sacerdote fue el último en partir conmocionado por las emociones de la noche. Apenas había cruzado el umbral de la puerta cuando la yujō apareció nuevamente ante él y le dijo:
   —Amigo mío, no le cuentes a nadie lo que has visto esta noche.
   Y, tras pronunciar estas palabras, se desvaneció, llenando el aire con una deliciosa fragancia.

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   El monje que puso por escrito esta leyenda comenta lo siguiente sobre la misma: «La condición de una yujō es baja y miserable, pues está condenada a ser esclava de la lujuria de los hombres. ¿Quién podría, por tanto, imaginar que semejante mujer podía ser el nirmanakaya o encarnación de un Bodhisattva? Debemos recordar que los Budas y los Bodhisattvas pueden aparecer en este mundo bajo incontables y diversas apariencias; movidos por su divina compasión, algunas veces eligen las formas más humildes o las más despreciables si esas formas pueden ser las más despreciables si esas formas pueden servirles para guiar a los hombres por el camino recto y para salvarlos de los peligros de la ilusión».

EL BOSQUE DE LOS PRODIGIOS, René Avilés Fabila

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RENÉ AVILÉS FABILA, El bosque de los prodigios, Laberinto, México D.F., 2015, 162 páginas.

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EL AVE ROC

   Sobre ese descomunal pájaro, nada es cierto. Pudieron mirarlo de cerca Simbad el Marino y Marco Polo. Herodoto afirma haberlo visto a distancia prudente y llega a nosotros a través de las exageraciones de Heinz y Borges. Sabemos, en consecuencia, que posee dos cuernos y cuatro jorobas, aspecto que le quita lo espantable y lo introduce de lleno en el reino de las ridiculeces. El ave Roc, al saberse grotesca, ha optado por una absoluta melancolía y una total discreción.
El bosque de los prodigios, Laberinto, 2015.

AGUJETAS EN LAS ALAS Y 88 RAZONES PARA SEGUIR VOLANDO, Dani Rovira

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DANI ROVIRA, Agujetas en las alas y 88 razones para seguir volando, Aguilar, Barcelona, 2015, 130 páginas.

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El trabajo de Mónica de Rivas, en muchos casos ilustra las escenas contenidas en los relatos del polifacético Dani Rovira; en felices ocasiones, aporta lecturas insospechadas.
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QUERIDOS REYES MAGOS

Este año solo os pido trabajo «PARA MAMÁ Y PARA PAPÁ, PARA MAMÁ Y PARAPAPÁ»

Postdata

La trompeta que pedí...
puede esperar.

LA VENTANA INVERTIDA, Miguel Catalán

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MIGUEL CATALÁN, La ventana invertida y 130 paradojas más, Trea, Gijón, 2015, 48 páginas.
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Hace quinientos años que no creemos en los milagros, trescientos que no creemos en las brujas y cien que no creemos en los fantasmas. Sólo nos faltan cien años más para dejar de creer en los expertos.
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Uno se come más a gusto la pata de un conejo cuando piensa que es una pierna irracional.
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El escaparate es una ventana invertida.
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Al dictar aquella conferencia, la vista se me iba una y otra vez al único espectador distraído. Aunque los otros atendían con interés, siempre terminaba dirigiéndome a él. Quería ganármelo aun a costa de perder al resto.
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La corona de espinas es una corona de rosas dejado pasar el tiempo.
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La quemante luz de la verdad.
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La identidad no existe en el tiempo y el espacio, sino sólo en el fabuloso reino de la lógica. En el mundo de la experiencia sólo existen las grandes y pequeñas diferencias.
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Las malas imitaciones son ridículas. Las buenas, siniestras.
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Libros que hay que sacarse de encima como si fueran una muela.
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Siendo la doxa la opinión común, todo pensamiento original tiende a ser paradójico.

HORMONAUTAS, Paz Monserrat Revillo

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PAZ MONSERRAT REVILLO, Hormonautas, Nazarí, Granada, 2015, 134 páginas.
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HIPÓTESIS

   Para paliar la falta de mujeres en la Australia repleta de convictos de 1840, cuatro mil huérfanas fueron sacadas de los orfanatos de Irlanda y enviadas como sirvientas a la tierra de los canguros y las ovejas. De esta manera, se limpiaban los orfanatos irlandeses y de paso se contribuía a la repoblación de la tierra más esquiva y lejana del planeta.
   Las que consiguieron sobrevivir a los largos meses de travesía insalubre desembarcaron indomables y hambrientas en las costas de un mundo aún por crear. En cuanto posaron sus pies en la escalerilla del barco y se sintieron observadas por centenares de ojos sedientos, supieron de una sola vez y con rotundidad cuál era su misión para con la historia: dar placer al máximo número posible de hombres, abarcar lo inabarcable, intentar remediar y compensar la inquietante proporción de una hembra por cada ocho varones en esa isla que parecía un continente.
   Ellas eran bravas, una raza de supervivientes, y se pusieron manos a la obra. No sólo sirvieron con dedicación a sus señores, proporcionándoles solaz y muchos bastardos, sino que, libres de las imposiciones de la religión y la familia, tuvieron tiempo para atender  a los otros siete caballeros faltos de cariño que les tocaban en el reparto.
   Ninguna feminista ha elogiado nunca el papel crucial de estas heroínas en la construcción de una nación. Un linaje de mujeres que, aprovechando la vulnerabilidad que la testosterona crea en los hombres, fueron las pioneras del amor libre y de la promiscuidad practicada sin complejos, con la alegría que produce el deber cumplido. Esas jóvenes irlandesas, algunas de ellas todavía unas niñas, hicieron de su obligación un arte y fornicaron con valentía con todo tipo de hombres rudos y difíciles, sin saber nunca si le estaban prestando su cuerpo a un auténtico asesino, a un simple disidente político o, en el peor de los casos, a un inglés.
   Trabajaron sin desmayo, cumplieron con su propósito de proporcionar alivio a los constructores de un continente y trajeron al mundo miles de criaturas, como era su obligación. Esos niños tenían la fortaleza y la osadía que solo poseen los hijos del placer y de la impureza. Y así, mezclando la rebeldía de sus padres con el arrojo de sus madres, se convirtieron en resistentes granjeros y, más adelante, en pragmáticos tecnólogos.
   Pero toda esa generación de niños asumió un déficit que aún hoy no se ha podido subsanar, un vacío que jamás se podrá llenar y en el cual nadie pensó en su momento. Y es que fue la única generación entera en la historia que no conoció a sus abuelos. Nunca nadie les contó cuentos, pues sus madres estaban siempre muy ocupadas mientras eran pequeños. Y cuando, por fin, la edad las liberó de sus deberes demográficos y pudieron dedicarse a cuidar de sus nietos, ellas no supieron cómo  transmitirles el sosiego y la calidez que emana de las auténticas abuelas cuando escenifican historias, susurran secretos o cantan nanas antiguas. No sabían cómo hacerlo, ellas habían sido criadas por monjas.
   El tronco por el cual se transmite la savia de las narraciones que fluyen de abuelos a nietos se había cortado de cuajo a la altura de aquel barco lleno de hijas sin padres; las lluvias irlandesas disolvieron las historias, los cuentos, las canciones…
   Tengo una sospecha. La formularé en forma de hipótesis: el hecho de que la literatura australiana sea tan escasa (probad si no, preguntad entre vuestros conocidos a cuántos escritores australianos son capaces de citar) es debido a esa generación de niños sin abuelos, sin historias que contar a sus nietos y a los nietos de sus nietos.
   No me explico cómo todavía a nadie se le ha ocurrido hacer una investigación seria para comprobar esta hipótesis.