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ASPAVIENTOS, Alejandro Susti

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ALEJANDRO SUSTI, Aspavientos, Borrador Ediciones, Lima, 2016.

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PELÍCULA MUDA

   Cual arácnido silencioso, la nave posó delicadamente sus extremidades sobre la superficie de la luna. Minutos después, la cámara mostró cómo, por una oblicua escalera, descendía el perfil difuso de un astronauta. Blandiendo una bandera de hojalata, el hombre holló el blando y virgen polvo de la luna y, algunos metros más allá, procedió a clavar su tosco estandarte bajo el desolado paisaje de cráteres y estrellas. Luego, brincando a intervalos, se adentró en la distancia mientras exclamaba una frase absurda y desaparecía poco a poco empequeñecido por el horizonte. De pronto, desde la Tierra, los televidentes contemplaron horrorizados cómo la mortecina cara de la luna se abría como una portentosa mandíbula y se tragaba de un bocado al pequeño astronauta. Inmediatamente después, la programación cedió paso a un comercial de una pasta dentífrica.

ALGO SE NOS HA ESCAPADO, Katya Adaui

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KATYA ADAUI SICHERI, Algo se nos ha escapado, Borrador, Lima, 2011, 164 páginas.

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LA CALLE ES AHORA MÁS CORTA 

   Había que sacar a los chicos. Los cuentos se agotan, las historias se repiten. Son como los perros los niños, ¿sabe? Cánsalos de día, dormirán de corrido toda la noche.
   Mariana de ratona, Gabo de elefante. Los disfraces de las actuaciones del colegio, maleables por el uso, durarían años. ¿A quién no emocionan los niños imitando? Es tan difícil perder a la madre. Esto del Halloween lo hacían con Ana. Yo no sirvo para andar por ahí jodiendo con el timbre, molestando ancianos, vecinos en bata. Soy también un vecino en bata, un anciano. Me sentía el chofer, entrenado para llevarlos de ida y vuelta, solo ida, solo vuelta, al silencio. Yo tampoco hablaba evitando mentir: “Algún día comprenderán todo”.
   Mis hijos perdían amigos (a su edad todavía es fácil hacerlos), regresaban con moretones, les enseñé a defenderse: “Si te empujan, tú empujas”. Los familiares de sus compañeros me ofrecen ayuda en caso necesite cualquier cosa. Nunca tengo claro a qué se refieren. Mariana y Gabo dejaron de ser “la mayor” y “el menor”. ¿Con quién podría llamarlos así? Ana me dejó solo tratando de hacer cualquier cosa lo mejor posible. Con lo del seguro fue previsora, mucho más que yo. Tengo el dinero de un par de años. Mi prioridad, Mariana y Gabo. Complacer. Distraer. Llevo la cuenta, un mes sin “¿qué hacemos para que vuelva mamá?”.
   Ana no resucitará, aprendí. Maldito Halloween. Por estas fechas aumentan los secuestros de niños, dicen. Te volteas y ya no están. Te volteas y tienen otra familia. Uno se refugia en la enorme habitación vacía sosteniendo una foto, un recuerdo sin testigos: “Este era...”. ¿Cómo privarme de ver a mis hijos transformados en seres sin preguntas? Nos queda el presente.
   Mariana muestra un trozo de queso en la mano orgullosa. Gabo hunde un dedo en la hinchada barriga de espuma, el ruido gris de una burbuja reventando (este recuerdo: los elefantes huérfanos sobreviven si se les amarra una colcha alrededor del lomo, es el ondulante peso de la trompa materna amparando... la misma colcha elegida una y otra vez). ¿Debo pintarme bigotes, rugir alto? Mudar la bata por camisa y pantalón. Verme azorado, respetable, dudoso. Un padre. Que los vecinos admitan: conseguirán mirar lo que está vivo. Ana lo hacía tan bien. Antes de salir advierto: “Solo tocaremos los timbres de las casas, olvídense de los edificios”.
   –¿Por qué, papá?
   –Si se perdieran por los pasillos, ¿qué sería de ustedes sin mí? Lo que callo: ¿Qué sería de mí sin ellos?
   Despliegan las bolsas. Delante de las puertas ensayan ejercicios de paciencia enumerando sin equivocarse: Escucho algo, dice Mariana. ¡Ya vienen!, dice Gabo. Ojos febriles. Animales enjaulados creyendo que todo es comestible. Todo alimenta.
   Siento un pavor hondo: ¿y qué puedo hacer? Soy alguien que espera. Un amado muere, uno llora la propia muerte. Observo agazapado. A las puertas, a los niños.
   Mis hijos ríen y la noche, ríen y la vida.
   Su alegría es una opción. Tocamos todos los timbres. Despertamos resistencias, nuestras bolsas insisten: “seremos escuchados”. Con agilidad de tortuga recojo del suelo caramelos esquivantes, uno por uno caen granizando, me digo: la tranquilidad, autorizándome un tiempo de piñatas, las manos infinitas abarcando todo. Debajo de las ventanas gritamos a la sombra de luces brillantes adivinando miradas altísimas, canciones escapándose de un circo. Irresistibles, deseantes. Son mis hijos.
   Después sabrán que soy, por ahora, uno de ellos.

FUERA DE LUGAR, Pablo Brescia

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PABLO BRESCIA, Fuera de lugar, Borrador, Lima, 2012, 134 páginas.

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MIRE, POR FAVOR

   Qué le puedo decir, yo soy de una época en que nos cuidábamos bien, nos vestíamos a la moda, había que mostrarse de alguna manera, de lo contrario una no podía conseguir lo que quería, ¿y qué vamos a querer?, lo de siempre, alguien que nos haga caso, que nos mire, que nos aguante también, para qué andar con rodeos, alguien con quien compartir el resto de la vida porque la vida es siempre eso, ¿no?, un resto, una sobra, en fin, como le digo, me vestía, fíjese, con esos vestidos que dejan al descubierto las partes indecentes, la verdad es que en esa foto se ve lo mejor de mí en ese momento, yo era linda, linda, sí, y codiciada, y me elogiaban mi elegancia y mis ojos y mi pelo, los hombres y también las mujeres, fíjese, y rechacé a muchos pretendientes, no se crea que iba a andar con cualquiera, no, pero desgraciadamente me enamoré, él se presentó como una aparición ¿sabe?, y entonces me perdí en mí, ya no sabía bien qué quería o ni siquiera quién era, y él me empezó a exigir cosas, éramos muy diferentes, me di cuenta pronto que no era su tipo, ¡yo! ¡yo! que era la más bella, tener que sufrir estas cosas me pareció injusto, pero el amor todo lo puede, ¿no cree? y él me llevó con él a su mundo y me siguió pidiendo esto y lo otro y yo aceptaba porque quería hacerlo feliz porque hacerlo feliz me hacía feliz, aunque ahora que lo pienso nunca lo vi feliz a él, la verdad, y yo tampoco estaba contenta, me la pasaba encerrada y, bueno, empezamos de a poco, primero fueron las manos, fíjese que no me van bien, son demasiado nerviosas esas manos para mí, después quiso las piernas y fueron las piernas, usted lo sabe, ¡lo que me costó encontrar zapatos para esos pies!, él me decía que todo iba bien y después insistió en que había que mejorar un par de cosas más y yo acepté porque ya no había remedio y yo ya no era yo y pasó lo que pasó, grité y lloré mucho, aun después de todo él insistió con lo de la foto, salimos y de pronto estábamos en un tiempo que yo no reconocía y él que me hace sentar ahí y usted saca la foto, claro que hubo que disimular lo del pelo y los ojos, por eso tengo ese sombrero que no va conmigo, fíjese, y estoy con unos anteojos mirando hacia el costado porque ¿cómo iba a mirar al frente sin mis ojos?, y él me volvió a guardar en su casa y me pidió que me cambiara eso también y yo me dije hasta aquí llegamos, ya casi no existo, y me vine como pude hasta su estudio, y le traje la foto de cómo era antes, no me la quite, es lo único que me queda mío, aquí le dejo sus ojos y su pelo, mire cómo era, cómo soy, mire, mire por favor.