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DIARIO I, Jiddu Krishnamurti

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J. KRISHNAMURTI, Diario de Krishnamurti I, Orión, México D.F., 1989, 274 páginas.
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18 de junio de 1961
Al anochecer estaba ahí: súbitamente estuvo ahí llenando la sala, un gran sentido de belleza, poder y dulzura. Otros lo advirtieron.
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4 de julio de 1961
Atareado en la tarde, ahí estaba, pese a ello, la presión con su tirantez.
   Cualesquiera sean las actividades que uno ha de realizar en la vida cotidiana, las conmociones y los diversos incidentes no deberían dejar sus cicatrices. Estas cicatrices se convierten en el ego, el yo, y a medida que uno va viviendo ello se vuelve muy fuerte y sus muros llegan a ser casi impenetrables.
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7 de julio de 1961
Varias veces uno despertó gritando. Otra vez estaba ahí esa intensa quietud del cerebro y un sentimiento de vastedad. Ha habido presión y tirantez.
   El éxito es brutalidad. El éxito en todas sus formas, en la política y en la religión, en el arte y en los negocios. Tener éxito implica crueldad.
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25 de julio de 1961
Pese a la reunión, el proceso continúa, algo más suavemente pero continúa.
   Uno despertó esta mañana más bien temprano, con la sensación de que la mente había penetrado en profundidades desconocidas. Era como si la propia mente hubiera penetrado dentro de sí misma, muy lejos y a gran profundidad, y el viaje parecía haberse realizado sin movimiento alguno. Y esta experiencia de inmensidad se daba con una plenitud y riqueza incorruptibles.
   Es extraño que si bien cada experiencia, cada estado es por completo diferente, se trata, no obstante, del mismo movimiento; aunque parezca cambiar es, sin embargo, lo inmutable.
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16 de octubre de 1961
Fue antes del amanecer, cuando no había ruido y la ciudad aún se hallaba dormida, que el cerebro al despertar se quedó inmóvil porque «lo otro» estaba ahí. Entró muy quietamente y con tan vacilante cuidado porque en los ojos había sueño todavía, pero ello fue un gran gozo, de una admirable simplicidad y pureza.

ME HIZO JOAN BROSSA, Joan Brossa

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JOAN BROSSA, Me hizo Joan Brossa, Lumen, Barcelona, 1989, 96 páginas.

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La primera edición bilingüe de Me hizo Joan Brossa apareció en Las Palmas en 1973. Del original (Cobalto, 1951) se reproduce íntegro el prólogo (pp. 9-10) de João Cabral de Melo.
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ÁGUILA

Codroniz, lechuza, mochuelo, pinzón, oropéndola,
verderón, gavilán, perdiz, tordo.
Cruza una mujer, vestida de negro, y sale.
Buitre, pardillo, mirlo, alcotán, abubilla,
gorrión, urraca.
 

OBITUARIO, Andrés Gallardo

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ANDRÉS GALLARDO, Obituario, Fondo de Cultura Económica, Santiago de Chile, 1989, 128 páginas.

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EL PRONÓSTICO

   En el funeral mismo de don Sergio, la compungida señora María Cecilia se dedicó, entre otras cosas, a recordar algunas de las escenas más notables en el discreto pasado del occiso. Uno de los sucesos que más conmovió el corazón de los oyentes fue la misteriosa anécdota de la  gitana de Cartagena. La gitana le había dicho a don Sergio “aquí veo dos muertes, usted se va a morir dos veces; no lo entiendo”. La compungida viuda acotaba “miren que morirse dos veces para destrozarme dos veces el corazón; no lo entiendo”. Don Sergio, unos metros más abajo, entendía.

CUENTOS, HISTORIETAS Y FÁBULAS, Marqués de Sade

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MARQUÉS DE SADE, Cuentos, historietas y fábulas, Ediciones Busma, Madrid, 1989, 140 páginas.
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Escribe Leopoldo María Panero en su prolijo prólogo Sade o la imposibilidad (5-47): "Existen dos éticas, o mejor, tres. La primera —la del sádico-paranoico es la ética del Yo absoluto, y de la destrucción del Otro, y la segunda la ética del Otro absoluto, y de la destrucción del yo, del sacrificio, que es la ética cristiano-masoquista". Contiene quince relatos, la mayoría, breves.
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UN OBISPO EN EL ATOLLADERO

   Resulta bastante curiosa la idea que algunas personas piadosas tienen de los juramentos. Creen que ciertas le­tras del alfabeto, ordenadas de una forma o de otra, pue­den, en uno de esos sentidos, lo mismo agradar infinita­mente al Eterno como, dispuestas en otro, ultrajarle de la forma más horrible, y sin lugar a dudas ese es uno dé los más arraigados prejuicios que ofuscan a la gente devota.
   A la categoría de las personas escrupulosas en lo que respecta a las b y a las f pertenecía un anciano obispo de Mirepoix que a comienzos de este siglo pasaba por ser un santo; cuando un día iba a ver al obispo de Pamiers su carroza se atascó en los horribles caminos que sepa­ran esas dos ciudades: por más que lo intentaron los ca­ballos no podían hacer más.
   —Monseñor —exclamó al fin el cochero a punto de estallar—, mientras permanezcáis ahí mis caballos no podrán dar un paso.
  —¿Y por qué no?—contestó el obispo.
  —Porque es absolutamente necesario que yo suelte un juramento y Vuestra Ilustrísima se opone a ello; así, pues, haremos noche aquí si Ella no me lo permite.
  —Bueno, bueno—contesto el obispo, zalamero, san­tiguándose—, jurad, pues, hijo mío, pero lo menos po­sible.
   El cochero blasfema, los caballos arrancan, monseñor sube de nuevo... y llegan sin novedad.

DE LOS ARCHIVOS DEL TRASGO, Rafael Dieste

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RAFAEL DIESTE, De los archivos del trasgo, Espasa Calpe, Madrid, 1989, 192 páginas.

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Publicados en 1926, los relatos de Dos arquivos do trasno se presentan en esta edición bilingüe traducidos por César Antonio Molina, quien también firma una introducción en la que recuerda cómo "lo real, lo irracional, el misterio, el terror, lo sobrenatural, lo poético, el humor, la ironía, la esperanza y el ensalzamiento de las virtudes más humanas y primarias del hombre, configuran los elementos más sobresalientes que el autor de estas historias conjuga con una gran precisión".
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EL NIÑO SUICIDA

   Cuando el tabernero acabó de leer aquella noticia inquietante —un niño se había suicidado pegándose un tiro en la sien derecha— habló el vagabundo desconocido que acababa de comer muy pobremente en un rincón de la tasca marinera, y dijo:
   —Yo sé la historia de ese niño.
   Pronunció la palabra niño de un modo muy particular. Así que los cuatro bebedores de aguardiente, los cinco de albariño y el tabernero se callaron y escucharon con gesto inquisidor y atento.
   —Yo sé la historia de ese niño —repitió el vagabundo. Y tras una sagaz y bien medida pausa, comenzó:
   —Allá por el mil ochocientos treinta, una beata que después murió de miedo vio salir del camposanto florido y oloroso de su aldea a un viejo muy viejo desnudo. Aquel viejo era un recién nacido. Antes de salir del vientre de la tierra madre había escogido él mismo esa manera de nacer. ¡Cuánto mejor ir de viejo a mozo que de mozo a viejo!, pensó siendo espíritu puro. A Nuestro Señor le chocó la idea. ¿Por qué no hacer la prueba? Y así, con su consentimiento, se formó en el seno de la tierra un esqueleto. Y después con carne de gusano, se hizo la carne del hombre. Y en la carne del hombre hormigueó el calorcillo de la sangre. Y como todo estaba listo, la tierra-madre parió. Parió un viejo desnudo.
   Cómo después el viejo encontró ropa y alimento es cosa de mucha risa. Llegó a las puertas de la ciudad y como todavía no sabía hablar, los alguaciles, después de echarle una capa encima, lo llevaron delante del juez, como si hubiesen sido testigos: Aquí le traemos a este pobre viejo que perdió el habla con la paliza que le dieron unos ladrones desaprensivos. No le dejaron ni la ropa.
   El juez dio órdenes y el viejo fue llevado a un hospital. Cuando salió, ya bien vestido y alimentado, le decían las monjitas: Va hecho un buen mozo. Hasta parece que perdió años.
   Por aquel entonces ya había aprendido a hablar algo y se hizo mendigo. Así anduvo muchas tierras. En Lourdes estuvo dos veces, la segunda tan rejuvenecido que, los que le habían conocido la primera vez, pensaron que había sido un milagro de la Virgen.
   Cuando adquirió suficiente experiencia pensó que lo mejor era mantener en secreto aquella extraña condición que lo hacía más joven cuantos más años corriesen. Así, no sabiéndolo nadie —a no ser uno o dos amigos fíeles— podría vivir mejor su verdadera vida.
   Trabajó de viejo y se hizo rico para descansar de joven. De los cincuenta a los quince años su vida fue lo más feliz que imaginarse pueda. Cada día gustaba más a las muchachas y anduvo envuelto con muchas y con las más bonitas. Y hasta dicen que una princesa... Pero de eso no estoy seguro.
   Cuando llegó a niño comenzó la vida a complicársele. Le daba miedo la sorpresa con que lo veían entrar tan libre en las tiendas a comprar golosinas y juguetes. Algún ratero de visera calada lo había seguido a veces a lo largo de muchas calles tortuosas. Y alguna vez comió sus golosinas temblando de angustia, con las lágrimas en los ojos y el almíbar en los labios. La última vez que lo encontré —tenía ocho años— estaba muy triste. ¡Cuánto pesaban en su espíritu de niño los recuerdos de su vejez!
   Luego comenzó a atosigarlo día y noche una obsesión tremenda. Cuando pasaran algunos años lo recogerían en cualquier calleja perdida. Quizá alguna señora rica y sin hijos. Después... ¡Quién sabe lo que pasaría después! La lactancia, los paseos en un carrito, con un sonajero de cascabeles en la tierna manecita. Y al final... ¡Oh! El final daba espanto. Cumplir su destino de hombre que vive al revés y refugiarse en el seno de la señora rica —puede que cuando ella durmiese— para ir allí consumiéndose hasta transformarse primero en una sanguijuela, después en un corpúsculo, y luego en pequeñísima simiente...
   El vagabundo se levantó muy pensativo, con las manos en los bolsillos, y comenzó a pasear muy amargado. Finalmente dijo:
   —Me explico, sí, me explico que se diese un tiro en la sien el pobre muchacho.
   Los cuatro bebedores de aguardiente, creían. Los cinco de albariño sonreían y dudaban. El tabernero negaba. Cuando todos discutían más animadamente, el tabernero de pronto se levantó de puntillas y se puso a mirar alrededor con los ojos muy abiertos. El vagabundo había desaparecido sin pagar.

EJERCICIOS DE ESTILO, Raymond Queneau

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RAYMOND QUENEAU, Ejercicios de estiloCátedra, Madrid, 1989, 163 páginas.

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Agradecemos infinitamente los lectores a Antonio Fernández Ferrer la versión de esta seminal obra publicada en 1947. A la muy documentada Introducción (pp. 13-41) sucede un anexo con propuestas de ejercicios posibles (pp. 45-46) que se añadirían a los 99 de Queneau.         
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NOTACIONES
 
   En el S, a una hora de tráfico. Un tipo de unos veintiséis años, sombrero de fieltro con cordón en lugar de cinta, cuello muy largo como si se lo hubiesen estirado. La gente baja. El tipo en cuestión se enfada con un vecino. Le reprocha que lo empuje cada vez que pasa alguien. Tono llorón que se las da de duro. Al ver un sitio libre, se precipita sobre él.
Dos horas más tarde, lo encuentro en la plaza de Roma, delante de la estación de Saint-Lazare. Está con un compañero que le dice: “Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo.” Le indica dónde (en el escote) y por qué.
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AMANERADO
 
   Eran los aledaños de un julio meridiano. El sol reinaba con todo su esplendor sobre el horizonte de múltiples ubres. El asfalto palpitaba dulcemente, exhalando ese tierno aroma de alquitrán que origina en los cancerosos ideas a la par pueriles y corrosivas sobre el origen de sus dolencias. Un autobús, de librea verde y blanca, blasonado con una enigmática S, vino a recoger, junto al parque Monceau, un pequeño pero agraciado lote de viajeros candidatos a los húmedos confines de la disolución sudorípara. En la plataforma trasera de esta obra maestra de la industria automovilística francesa contemporánea, donde se amontonaban los transbordados como sardinas en lata, un pillastre que frisaba la treintena y que llevaba, entre un cuello de una longitud cuasi serpentina y un sombrero cercado por un cordoncillo, una cabeza tan sin gracia como plúmbea, alzó la voz para lamentarse, con amargura no fingida y que parecía emanar de un frasco de genciana, o de cualquier otro líquido de propiedades semejantes, de un fenómeno consistente en empujones reiterados que, según él, tenían como causante a un cousuario presente hic et nunc de la S. T. C. R. P. y le dio a su lamento el tono agrio de un viejo vicario que se hace pellizcar el trasero en un mingitorio y que, por excepción, no le apetece en absoluto tal delicadeza y no entra por uvas. Pero, al descubrir un sitio libre, se lanza en pos de él.
   Más tarde, cuando el sol había bajado ya algunos peldaños de la monumental escalera de su parada celeste, y cuando de nuevo me hacía vehicular por otro autobús de la misma línea, observé al mismo personaje descrito anteriormente moviéndose en la plaza de Roma de forma peripatética en compañía de un individuo eiusdem estofae que le daba, en esta plaza consagrada a la circulación automovilística, consejos de una elegancia tal que no iba más allá de un botón.
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GUSTATIVO
 
   Aquel autobús tenía un sabor especial. Curioso, pero indiscutible. No todos los autobuses saben igual. Como suele decirse, pero así es. Basta con probarlo. Aquel -un S- para ser sincero, tenía un ligero sabor a cacao tostado, y no digo más. La plataforma tenía su aroma especial, a cacahuete no sólo tostado, sino, además, pisotado. A un metro setenta del suelo, una golosa, aunque allí no había ninguna, hubiese podido lamer una cosa un poco agria que era un cuello de hombre treintañero. Y veinte centímetros aún más arriba, se ofrecía un paladar refinado la exótica degustación de un galón trenzado con un ligero sabor a chocolate. A continuación degustamos el chiclé de la pelea, las castañas del cabreo, las uvas de la ira y los racimos de la amargura.
   Dos horas más tarde se nos ofrecieron los postres: un botón de abrigo... una auténtica guinda...

MÁXIMAS, PENSAMIENTOS, CARACTERES Y ANÉCDOTAS, Nicolas-Sébastien Chamfort

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NICOLAS-SÉBASTIEN CHAMFORT, Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas, Aguilar, Madrid, 1989, 320 páginas.

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Antonio Martínez Sarrión, además de su trabajo de traductor, firma también un prólogo (pp. 5-23) que repasa la trayectoria vital y literaria del autor francés y su influencia en la literatura española. En el epílogo (pp. 291-311), Albert Camus, aun criticando la palpable misoginia que desprenden estas máximas, admite la "originalidad y hondura" de "uno de [sus] más instructivos moralistas".

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El amor es semejante a las enfermedades epidémicas. Cuanto más se les teme, más expuesto a ellas se vive.
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Un hombre enamorado es alguien que quiere ser más amable de lo que puede; he aquí por qué casi todos los enamorados resultan ridículos.
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La vida contemplativa es con frecuencia miserable. Es preciso actuar más, pensar menos y no mirarse vivir.
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En materia de sentimientos, cuanto puede ser evaluado carece de valor.
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Lo que he aprendido, no lo sé. Lo poco que sé aún, lo he adivinado.
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La amistad extrema y delicada con frecuencia resulta herida por el repliegue de una rosa.
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Es más fácil legalizar ciertas cosas que legitimarlas.
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Existen siglos en los que la opinión pública es la peor de las opiniones.
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De todas las jornadas, la más desaprovechada es aquella en que no hemos reído.

PENSAMIENTOS, Joseph Joubert

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JOSEPH JOUBERT, Pensamientos, Península, Barcelona, 2009 (1989), 480 páginas.

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En esta antología crítica, Rémy Tessonneau organiza en 32 bloques temáticos el pensamiento de Joubert, al que retrata en su Introducción (pp. 13-21) como un "moralista inconfeso, que tuvo el don y el talento de conjugar los rasgos de la soledad, de la meditación y del sueño metafísico con, en sus relaciones privilegiadas, los del arte de la conversación, de la convivencia y de la amistad". La traducción corresponde a Manuel Serrat Crespo.

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Tal vez el alma nazca del choque, como el relámpago, como el fuego.
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Levantaré un templo a los sueños.
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Es preciso que una obra de arte tenga el aspecto no de una realidad sino de una idea.
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No cortéis lo que podáis desanudar.
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La tumba nos traga, pero no nos digiere.
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Hay cosas de las que sólo puede hablarse bien por escrito, que sólo pueden saberse bien cuando se piensa en escribirlas y que, sin embargo, sólo puedes pensar en escribirlas cuando las sabes de antemano.
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La memoria y el olvido son la madre y el padre de las musas.
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Hay gente que sólo tiene moral a piezas. Es un paño con el que nunca se hacen vestidos.
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Hay una infinidad de cosas que sólo se hacen bien cuando se hacen por necesidad.
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La vida nace, como el fuego, del roce. La humedad y el fuego no son incompatibles.
La vida se derrama por todas partes. El espacio entero está lleno de ella. Como el fuego, se enciende, estalla y se fija uniéndose al individuo, como el fuego cuando se consume una vela.

ÁNGELES EN MIS COJONES, José Luis Moreno Ruiz

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JOSÉ LUIS MORENO RUIZ, Ángeles en mis cojones, Moreno Ávila, Madrid, 1989, 237 páginas.

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   Un gallego, propietario de un restaurante gallego sito en Madrid, intentó amaestrar a un pulpo, para que grácilmente moviera sus rabas al son de la gaita. Para estimular al pulpo, el gallego, mientras tocaba la gaita, rociaba con la mano libre al animal. Lo rociaba de vinagreta. El pulpo no hacía progresos en el aprendizaje de la danza. Y de tan rociado como estaba, acabó macerado en vida, tierno y sabroso de aspecto. Cuando al fin decidió el gallego matarlo y servirlo en su local, empezó el pulpo a danzar por muñeiras. Indultado por su propietario, buen danzante ya el pulpo, se hizo famosísimo. Tanto que, al cabo de un tiempo, pasó a engrosar las filas de los Coros y Danzas de la Sección Femenina del Glorioso Movimiento Nacional. De ahí ese esparrancarse —mimetismo emocionado— con fétido aroma pulposo y podrido que tenían las mujeres falangistas y danzarinas. El pulpo, buen alumno, aprendió a no cambiarse de bragas, esa condición indispensable que ya hizo de la Reina Isabel la Católica embrujo de marea baja mariscadora en los páramos de las muy nobles y muy fieles tierras de Castilla y de León.
                 

BESTIARIO, Ops

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OPS, Bestiario, Alfaguara, Madrid, 1989.
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LIV láminas con sus correspondientes textos componen este singular Bestiario de Andrés Rábago, algunas veces El Roto, otras Ops.

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LÁM. XXXVI
CORREOSO
   
   Plantígrado cartívoro de carácter retraído que vive oculto en los buzones de correos. Su alimentación consiste, exclusivamente, en cartas comerciales y sellos tiernos.
    En los días de tormenta se le puede oír cantar.

EL LIBRO DE LOS ABRAZOS, Eduardo Galeano

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EDUARDO GALEANO, El libro de los abrazos, Siglo XXI, Madrid, 2001 (1989), 272 páginas.

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Adornadas por ilustraciones del propio autor, estas pequeñas piezas narrativas no dudan en estrechar en un emotivo a la vez que reflexivo abrazo a quien se asome al interior de sus páginas.

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EL ADIÓS DE LOS SUEÑOS

Los sueños se marchaban de viaje. Helena iba hasta la estación del ferrocarril. Desde el andén, les decía adiós con un pañuelo.