JUAN EDUARDO CIRLOT,
Del no mundo, Imprenta Miret, Barcelona, 1969, 10 páginas.
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La belleza es la ilusión de la trascendencia. Por la figuera quiere la caótica materia llegar a ser idea. Pero la muerte no le permite perpetuarse.
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La muerte de la persona es una muerte que ocurre en el ser. Es necesaria la discontinuidad de lo diverso a que llega el ser en su proceso de expansión para que la muerte de esa persona no llegue a ser muerte como ser, propagándose a la totalidad del ser.
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Los contrarios no son fuerzas paralelas: convergen en el ser.
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Hay un plano en el que la imagen reflejada y el espejo son dos realidades. Pero hay otro plano en que son una misma cosa.
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Muerte no es solamente la terminación personal. Muerte es todo cese.
Siempre que lo más mínimo se separa, se experimenta la muerte.
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La vida: una música que crea esculturas que, por seguir siendo música, se desarrollan, culminan, cambian, decaen, cesan.
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Donde termina la necesidad del bien, empieza la necesidad del mal.
EDUARDO GUDIÑO KIEFFER, Fabulario, Losada, Buenos Aires, 1969, 208 páginas.
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CIERVO
No te sorprendas cuando encuentres al ciervo en el jardín. El ciervo es asustadizo y tu propia sorpresa puede espantarlo. Sé suave, sé silencioso, sé gentil. Cuando lo veas (será sin duda en un atardecer ocre y rojizo, con nubes como catedrales y rumor de órgano entre los eucaliptos), cuando lo veas, decía, debes simular que no te parece nada extraordinario. Un ciervo en el jardín es la cosa más natural del mundo. Con las manos en los bolsillos caminaras por los senderos de grava, sintiéndola crujir bajo tus pies. Te detendrás junto a las rosas amarillas, pero no cortarás ni una (el menor indicio de crimen puede asustar al ciervo). Cuando estés cerca, muy cerca de él podrás sonreír y extender dulcemente la mano. Los ijares del ciervo temblarán y no tendrás más remedio que volver la mano al bolsillo y dar la espalda al animal, estudiando atentamente el ir y venir de las hormigas por ese caminito que conoces de memoria. El ciervo tiene miedo, un miedo que él mismo ignora pero que desborda de sus tiernos ojos húmedos. Es el mismo miedo que estás sintiendo ya, como unos terribles dedos cariñosos acariciándote la nuca, como unos brazos amantes ciñéndote, como unos labios cálidos posándose en tus hombros y en tu columna vertebral. ¡Mira a las pobres hormigas afanándose locamente por mover un liviano pétalo de rosa! Ahora sabes que el ciervo ya no está. Trata de caminar. Prueba. Verás que lindo es saltar sobre tus cuatro patas ágiles, qué lindo es mirarse en los estanques y descubrirse un gracioso hocico negro y dos grandes ojos tristes y una profusa cornamenta. A lo lejos oirás el cuerno de caza y el furioso ladrar de la jauría. Entonces deberás huir, llevándote contigo al miedo: amado, detestado y perpetuo inquilino.
ANTONIO FERNÁNDEZ MOLINA,
En Cejunta y Gamud,
Media Vaca, Valencia, 2006,
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Media Vaca añade ocho microrrelatos a los 48 que componían la edición primera de Monte Ávila, Caracas, 1969. Los dibujos los aporta Alejandro Magallanes.
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En Gamud sienten gran interés por la enseñanza y al tema le dedican frecuentemente tratados, conferencias y coloquios.
La disciplina en las aulas se basa en el castigo equitativo.
Si hay un niño cojo y otro le insulta llamándoselo, al ofensor también se le deja cójo en la misma medida. Así no podrá ser injusto de nuevo con su compañero y su maldad queda castigada. Si un niño a un compañero tuerto le llama «tuerto", a él se le arranca un ojo.
Pero no se piense que los niños de Gamud sean imbéciles y estén decididos a formar legión entre los cojos y los tuertos. Para insultar a un cojo le llaman «ojoc» y a un tuerto «otreut». Entonces sóló se puede amonestarles, y al ser castigo inocuo, la mayor parte de las veces se hace la vista gorda.
Tampoco se les castiga severamente si le llaman a otro «lameculos», «lirón», «soplagaitas» y otros insultos por el estilo.
La dificultad está cuando a uno que lo es, con ánimo de agraviarle, se le llama «hermoso», «inteligente» o «afortunado». Todavía no se ha llegado a determinar claramente qué sería oportuno hacer en esos casos y surgen situaciones curiosamente indecisas.
AUGUSTO MONTERROSO, La oveja negra y demás fábulas, Seix Barral, Barcelona, 1981 (1969), 106 páginas.
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EL PARAÍSO IMPERFECTO
—Es cierto —dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno—; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.