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PRESENCIA Y OTROS CUENTOS, Juan Carlos Onetti

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JUAN CARLOS ONETTI, Presencia y otros cuentos, Almarabu, Madrid, 1986, 64 páginas.
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EL MERCADO

   Por exceso de festejos Martha se despertó en medio de la noche, trajinó y no quiso llorar como acostumbraba para conquistar los mimos de Helena. Trató de recuperar su sueño de felicidad y fracasó. Ahora sí lloró, pero con la cara dolida contra la almohada, tan sola y sin dicha en la noche negra.
   Pero Helena supo, presintió sin oír y vino desde el otro dormitorio. Paciente, estuvo escuchando la tragedia.
   —Que me robaron la mitad de un sueño feliz con una playa y un mar con sus caballos de tiza.
   La otra niña, Judith, se agregó al desconsuelo.
   —Yo tuve un buen sueño raro pero cuando me despertaron se fue, lo perdí, no me acuerdo de nada.
   Así que en la mañana Helena vistió a las niñas y fueron al mercado.
   La entrada era ancha pero al poco andar se tropezaba con gruesas columnas de mármol veteadas de intensos colores como en la mezquita de Córdoba y que obligaban, al avanzar, a desfilar y hombrearse e intentar caminos tortuosos hasta alcanzar el gran patio de azulejos con una fuente incesante de agua. Junto al techo revoloteaban lentas marmotas aladas y semidormidas. Una de ellas descendió y, sin mirar a Helena, mordisqueó suavemente las cabezas de las niñas y las fue llevando a través de un nuevo bosque de columnas hasta un pequeño altar donde un serafín las recibió sonriente y no necesitó preguntas para saber qué querían.
   Helena aún en la puerta, quién sabe, olvidada, e impedida por columnas que se elevaban, enormes y gruesos cilindros jaspeados, surgiendo a cada paso, ordenándose para obligarla a seguir un sendero viboreante, que se transformó en laberinto imperioso y desembocó, guiándola sin violencia hasta la puerta sin hojas, hasta la acera donde ya la esperaban las niñas con los conocidos pétalos de amapola que garantizan el sueño y su intocable absurdo.

DEDICATORIAS, Diana Quintana Serrano

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DIANA QUINTANA SERRANO, Dedicatorias, Amaru, Lanús, 1986.
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¿Se dará cuenta el avaro de que la tumba cubierta de oro puede quebrarle el esqueleto?
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La mentira duele más cuando es verdadera.
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El amor y el materialista son difíciles de unir. Quien ama entrega todo sin mirar, el materialista primero lo pesa todo.
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Una gran idea puede encontrarse en un cerebro pequeño. En un gran cerebro no entran ideas pequeñas.
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La fe de los incautos es la fortaleza de los infames.
No hay sabiduria comparable a la naturaleza, ni el sabio puede prescindir de ella.
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El poeta no duerme porque su vida es un sueño.

MUERTE SIN AHÍ, José Carlos Cataño

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JOSÉ CARLOS CATAÑO, Muerte sin ahí, Edicions del Mall, Barcelona, 1986, 58 páginas.

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El sol sutura la mirada
Por cada voz
Que se desploma.

EN CEJUNTA Y GAMUD, Antonio Fernández Molina

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ANTONIO FERNÁNDEZ MOLINA, En Cejunta y Gamud, Heliodoro, Santiago de Compostela, 1986, 64 páginas.


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En la Adenda (pp. 51-60) escribe Claudio Bastida a AFM: "Somos una generación sin futuro, Antonio; nadie escribirá tesis doctorales sobre nosotros, acompañando la letra con música de una flauta hecha con nuestras tibias y peronés".
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   En Cejunta, cuando un pobre está bajo de moral se le coloca una piedrecita en la boca y se le dan buenos consejos.
   El, después, a solas, ha de escupir la piedra y hacer propósito de que va a levantar su moral.
   En algunos casos se obtienen buenos resultados, pero es mejor prometerle entonces que algún día se casará con la hija del rey y que todo irá sobre ruedas. A los pobres les entra la euforia, empiezan a vestir con elegancia y rinden mucho más en el trabajo. Algunos, efectivamente, prosperan.
   Antes, este método no fallaba nunca. Pero un día, uno de los pobres de moral caída, dijo:
   —¿Casarme con la hija del rey? Ese rey no existe y, aunque existiera, para mí no sería suficiente.
   Tal fue el estupor que causaron sus palabras que no se reaccionó a tiempo y el pobre se marchó de allí a paso normal y sin que nadie le pidiera cuentas de nada.
   Y bastó esta sola excepción para que el método, que dio tan buenos resuitados, se aplique ya con mucha desconfianza.


GENTE DE LA CIUDAD, Guillermo Samperio

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GUILLERMO SAMPERIO, Gente de la ciudad, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1986, 182 páginas.

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EL HOMBRE DE NEGRO

   Un hombre embozado en su capetón negro, con un sentimiento hundido en el pecho como estaca, de manera subrepticia viola el tiempo donde existió y viola las oficinas de concreto. Sube, emocionado y misterioso, por las escaleras de servicio. Si escucha algún ruido, detiene el paso, lleva la mano derecha a la empuñadura del sable y espera que el peligro se aleje. Sigue subiendo, mientras en su pecho ahora juguetea una canción plateada que susurra voces negras: sólo tú.
   Llega a un piso muy extraño y sabe hacia dónde dirigir sus pasos. Penetra en la habitación del fondo, donde el aroma a mujer es tan fuerte que él lo reconoce al entrar. Aspira hondo para llevarse en la memoria esa presencia que en ese momento es sólo silencio y penumbra, tiempo perdurable y transfigurado. El Hombre de Negro mete el brazo debajo de su largo capetón, hurga en el pecho como sacándose un dolor, y extrae una flor luminosamente amarilla que trajo el tiempo, cultivada tal vez en la zona norte de San Marino. La deposita en un florero de barro y sale.

BESTIARIO MEDIEVAL, Ignacio Malaxecheverría

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IGNACIO MALAXECHEVERRÍA, Bestiario medieval, Siruela, Madrid, 1986, 280 páginas.

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Ignacio Malaxecheverría traduce y edita esta antología con la que se pretende ampliar la consideración de Nilda Guglielmi, para quien un Bestiario sólo es "una obra seudocientífica moralizante sobre animales, existentes y fabulosos". 
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Sirenas

   Dijo Isaías: «Que las sirenas construyan su morada, que los demonios brinquen; que den a luz los puercoespines».
   El moralista enseña que las sirenas son crueles; que viven en el mar, que los acentos de sus voces son melodiosos y que los viajeros quedan prendados de ellas hasta el punto de precipitarse en el mar, donde se pierden. El cuerpo de estas encantadoras es el de una mujer, hasta los senos; el resto recuerda al pájaro, al asno o al toro.
Semejantes son aquellos que tienen dos modos de actuar, los inconstantes. Hay gentes que frecuentan las iglesias sin alejarse del pecado. Tienen la apariencia de la rectitud, pero están muy lejos de lo que parecen ser. Cuando entran en la iglesia, parecen cantantes; después, mezclados con la multitud, se parecen a brutos. Esta especie de gentes participan de las naturalezas del dragón y de la sirena; tienen el poder seductor de los heresiar­cas, que arrebatan el corazón de los inocentes y de los débiles. Dijo Isaías: «Las palabras peligrosas dañan a la naturaleza dé­bil».
Phys. armenio, 126-127

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   Existen en Arabia serpientes aladas llamadas sirenas, que co­rren más que los caballos y, según se dice, también vuelan. Su ve­neno es tan fuerte que la muerte sobreviene antes de que se sien­ta la mordedura.
De Bestiis, 244

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   Las sirenas, dice el Fisiólogo, son unas criaturas mortíferas constituidas como seres humanos desde la cabeza hasta el ombligo, mientras que su parte inferior, hasta los pies, es alada. Melodiosamente, interpretan cantos que resultan deliciosos; así, en­cantan los oídos de los marinos, y los atraen. Excitan el oído de estos pobres diablos merced a la prodigiosa dulzura de su ritmo, y hacen que se duerman. Por último, cuando ven que los mari­nos están profundamente dormidos, se arrojan sobre ellos y los despedazan.
   Así, los seres humanos ignorantes e incautos se ven engaña­dos por las hermosas voces, cuando los encantan las faltas de delicadeza, los rasgos de ostentación o los placeres, o cuando se vuelven licenciosos debido a comedias, tragedias y cancioncillas diversas. Pierden todo su vigor mental, como si estuviesen sumidos en profundo sueño, y, de pronto, el ataque arrebatador del Enemigo cae sobre ellos.
Cambridge, 134-135



LAS OCURRENCIAS DEL INCREÍBLE MULÁ NASRUDÍN, Idries Shah

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IDRIES SHAH, Las ocurrencias del increíble Mulá Nasrudín, Paidós, Barcelona, 1986, 230 páginas.
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IDIOTA

   El Mulá Nasrudín transportaba a su casa una colección de finas piezas de cristal cuando estas se le cayeron en la calle. Todo quedó hecho añicos.
   Una multitud se aglomeró a su alrededor.
   —¿Qué pasa con ustedes, idiotas?, bramó el Mulá. ¿Es la primera vez que ven un tonto?.

COCINA CANÍBAL, Roland Topor

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ROLAND TOPOR, Cocina caníbal, Tropo Editores, Zaragoza, 2008, 125 páginas.

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Originalmente editado por Les Editions du Seuil en 1986, este "embrión del nuevo arte del buen comer" está ilustrado por el propio Topor. En el Prólogo, Fernando Arrabal apunta: gracias a Topor "el movimiento pánico fue una fiesta constante".

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PURÉ DE CABEZA DE JEFE
       
   Se le hace una pequeña visita al jefe a finales de año, justo antes de las fiestas de Navidad, y se le mata como a un cerdo, es decir, que se toma la precaución de dejarle desangrarse durante un tiempo para que su carne quede bien blanca. Una vez que la cabeza se ha cortado de tajo, se la deja chorrear. Después, se mete en agua hirviendo durante media hora aproximadamente. Al cabo de este tiempo se retira, se saca del agua hirviendo y se introduce en agua fría para refrescarla. Es sorprendente cómo la cabeza del jefe ha cambiado ya en ese momento. Su pelo se ha vuelto blanco y su mirada, aunque sigue siendo maliciosa, tiene cierto aire soñador. No es más que el principio, continuemos el ejercicio. Se atranca la mandíbula hasta el ojo, se deshuesa la cabeza, teniendo cuidado de unir las carnes para que no pierdan su forma. Una vez terminada la operación, se frota la cabeza con champú, y se envuelve en un paño atado con un cordel.
   Para cocerla, se diluyen tres cucharas de harina en agua, se añade un ramo de flores, un trozo de mantequilla, sal, pimienta. Se introduce la cabeza en el preparado, se hierve quitando la espuma de vez en cuando; después se retira y se deja caer en una cubeta de una altura de 1,5 m aproximadamente llena de puré  para que no pase frío en las orejas. Es un plato monumental que hay que reservar para las grandes reuniones familiares.

40 HISTORIAS DE BOLSILLO, Luigi Malerba

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LUIGI MALERBA, 40 historias de bolsillo, Espasa Calpe, Madrid, 1986, 149 páginas.

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Editadas por Enaudi en 1984, las 40 historias de bolsillo, traducidas por Elena del Amo cuentan con ilustraciones de Emilio Urberuaga.
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EL CHIQUITÍN

   A través de las paredes acolchadas llegaban ruidos, regañinas, lamentos y alguna que otra carcajada. Las paredes amortiguaban los ruidos, las aguas los reflejaban y creaban alegres efectos de eco en los que aparecían vocales, sílabas, silbidos, consonantes simples y dobles, diptongos, balbuceos, gorjeos y otros sonidos. El chiquitín estaba allí acurrucado al calor y dormitaba de la mañana a la noche sin preocupaciones, sin problemas. No sólo no se consideraba preparado para salir al mundo, sino que, por el contrario, había decidido que permanecería en su refugio el mayor tiempo posible.
   Las noticias que llegaban de fuera no eran nada buenas: frío en las casas porque faltaba el gas-oil, muchas horas a oscuras porque faltaba la electricidad, largas caminatas porque faltaba la gasolina. También faltaba la carne, el papel, el cáñamo, el carbón; faltaba la lana, la leche, el trabajo, la leña; faltaba el pan, la paz, la nata, la pasta; faltaba la sal, el jabón, el sueño, el salami. En resumen, faltaba casi todo e incluso un poco más. El chiquitín no tenía ningunas ganas de salir y de encontrarse en un mundo en el que solamente abundaba la catástrofe y el hambre, la especulación y los disparates, las tasas y las toses, las estafas y las contiendas, la censura y la impostura, la burocracia y la melancolía, el trabajo negro y las muertes blancas, las Brigadas Rojas y las tramas negras.
   “¿Quién va a obligarme a entrar en un mundo así? -se dijo el chiquitín-. Yo de aquí no me muevo, estoy muy a gusto, nado un rato, me doy la vuelta de vez en cuando y luego me adormezco. Hasta que no cambien las cosas yo de aquí no me muevo”, se dijo para sí. Pero no sabía que no era él quien debía decidir.
   Un día, mientras estaba dormitando como de costumbre, oyó un gran gorgoteo, extraños movimientos y crujidos, después un motor que silbaba, una sirena que pitaba, una voz que se quejaba. ¿Qué estaba ocurriendo? El chiquitín se acurrucó en su refugio, intentó agarrarse a las paredes porque notaba que se escurría hacia abajo y no tenía ningunas ganas de ir a un lugar del que había oído cosas tan terribles. Intentaba estar quieto y, en cambio, se movía, resbalaba. De repente notó que una mano robusta le cogía de los pies y tiraba, tiraba. Al llegar a cierto punto ya no entendió nada más; se encontró bajo una luz deslumbrante y tuvo que cerrar los ojos. Movió los brazos como para nadar, pero a su alrededor estaba el vacío, el aire, la nada, sólo dos manos que le sujetaban con fuerza por los pies, con la cabeza hacia abajo.
   “Pero ¿qué quieren de mí? -se preguntó el chiquitín-. ¡Qué maleducados! ¡Me tienen cogido como un pollo!”. De pronto le dieron dos azotes en el trasero desnudo. “Pero ¿qué mal os he hecho? ¿Por qué os metéis conmigo?”. Se puso a gritar con todas sus fuerzas. Quería protestar, aclarar la situación, contestar, criticar, pero de su boca sólo salieron dos vocales y dos signos de admiración. A su alrededor oyó voces de gente que parecía contenta, quién sabe por qué. Él, no, no estaba nada, nada, nada contento.


CUENTOS, Juan Perucho

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JUAN PERUCHO, CuentosAlianza, Madrid, 1986, 256 páginas.

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Los cuentos de esta antología proceden de Galería de espejos sin fondo, Nicéforas y el grifo y Rosas, diablos y sonrisas.

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DIANA Y EL MAR MUERTO

   Diana era una chica que estudiaba en la Facultad de Letras de Madrid. Tuvo un flirt con un joven profesor de Geografía. En una ocasión le regaló el libro de Constantin Zoubichryn El Mar Muerto, que le apasionó enormemente y fortaleció su vocación. El joven profesor había declarado que su amor podía más que la muerte. Proyectó hacer oposiciones a cátedra y casarse.
   Tengo el ejemplar de El Mar Muerto, y conozco tales detalles, porque, durante la guerra, los que estábamos al servicio de las armas sabíamos cosas insospechables.
   Realmente, todo era algo insospechable.

CUENTOS PARA LEER EN INVIERNO, Ánxel Fole

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ÁNXEL FOLE, Cuentos para leer en invierno, Espasa-Calpe, Madrid, 1986, 272 páginas.

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Además de realizar un repaso a la trayectoria literaria del autor gallego, Juan Soto, en su prólogo, ofrece un resumen de cada uno de los cuentos incluidos en esta antología, principalmente recogidos de Á lus do candil (1953) y Terra brava (1955).

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ANTÓN DE CIDRÁN

   Aunque les parezca mentira, el señor de Sabarei hablaba muchas veces conmigo, mano a mano, como si fuera mi igual. Era el hombre más cumplido del mundo. Me contó esto en Lugo, en una tasca de la Mosquera. Le gustaba mucho andar por las tascas, por muy bien trajeado que fuese. Muy plantado él, robusto y sanguíneo. Siempre venía a Lugo montado en un caballo blanco.
   Antón de Cidrán era un labrador de O Páramo que también trataba en maderas. El señor de Sabarei me dijo que era un hombre muy echado para adelante y que se arreglaba muy bien en su casa.
   Una vez vino a Lugo con su compadre Pedro. Vinieron los dos a caballo. Era por San Froilán y el tiempo estaba muy húmedo. Todavía no se había hecho el ferial que hay hoy. Ya sabéis que todos los labradores en tres leguas a la redonda van a Lugo por las fiestas de San Froilán. Aunque no vayan a comprar ni vender. Tan sólo por ver los fuegos y por comer el pulpo. Pero ellos habían ido a Lugo para rematar un contrato de traviesas para la vía del tren.
   Por la mañana habían hecho el contrato. Los dos estaban muy contentos, pues les quedaban libres más de siete mil reales. Se llevaban muy bien y hacía buenos negocios. Nunca habían reñido por sus asuntos. Eran hombres muy cabales, y no andaban uno ni otro con dimes y diretes, ni con bobadas. Tanto cuesta, tanto te doy. Compraron algunas cosas para las mujeres y se fueron a comer el pulpo a una taberna de la calle del Miño. Comieron y bebieron de buten, como dos curas. Y después se fueron al café Español y tomaron sus cafés y sus copas. Y otra vez a dar una vuelta por la feria para ver las barracas.
   Como las cosas les habían ido bien también había que merendar. Dejaron las caballerías en casa Cosme, en la misma plaza de la feria, que se llamaba la plazuela da Herba. Nadie como Cosme para preparar en seguida una merienda. ¡Y qué buen vino de Chantada tenía! Allí estuvieron otro buen rato bebiendo y charlando... El caso es que cuando llegaron a Canturín ya era noche cerrada.
   Camina que te camina, pronto llegaron a Paradela. Antón le proponía a su compañero que compraran una serrería que se vendía en la Puebla. Pedro le decía que era mejor tomar en aparcería el molino de Moscán. ¿Por qué no la serrería y el molino? Ganarían mucho más, que es de lo que se trataba. Los dos veían llover onzas del cielo.
   Tenían que atravesar la campa de Juan de la Cruz, ya que habían decidido dejar la carretera e ir por el atajo para estar más pronto en casa. Aquella campa es muy grande. Allí se remansa mucho el agua por el tiempo de las lluvias de otoño.
   Pedro le hablaba a Antón de los buenos duros que iban a ganar con el molino y la aparcería. El vino le hacía ver todo muy fácil. Ya estaban frente a la campa. Su compañero no le contestaba. Le tuvo que gritar:
   —¿Qué te pasa, hombre, que no dices nada?
   —Para —le respondió Antón.
   Pedro le notó algo muy raro en la voz. Como si tuviese miedo, vamos.
   Tiró de las riendas a la mula y le preguntó:
   —¿Acaso nos salen al camino? Llevo un buen revólver en la culera del pantalón.
   —¿No ves unas luces frente a nosotros, por la campa adelante? —le dijo a su compañero—. Por entre los robles llevan una caja de muerto en un carro.
   —Yo no veo luces ni nada —le contestó Pedro—. Ya te dije que no bebiéramos tanto. Tú tuviste la culpa.
   —Juraría que vi un entierro —le dijo Antón—. Ahora ya no veo nada. Aunque me diesen cuanto vale el mundo, no atravesaría la campa. Vamos por el camino de la Encomienda, aunque tengamos que dar un rodeo.
   Y diciendo esto, metió espuelas. Su compañero tuvo que seguirlo. Una hora después lo dejaba en casa.
   Al día siguiente Antón fue a varear castañas por la mañana temprano. Cuando estaba en la cima del castaño resbaló y se cayó. Debajo había un carro lleno de erizos. Se clavó uno de los teleras por la barriga y la punta le salió por la espalda. Lo llevaron a casa. Pero ya llegó muerto.
   Todo aquel día había llovido a mares. La campa de Juan de la Cruz estaba en el camino del cementerio. Se había inundado. Tuvieron que llevar la caja en un carro de bueyes.
   Es bien cierto que quien ve su entierro en vida ya está con un pie en el otro mundo.

MEMORIA DEL FUEGO 3: EL SIGLO DEL VIENTO, Eduardo Galeano

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EDUARDO GALEANO, Memoria del fuego 3: El siglo del viento, Siglo XXI, Madrid, 2005 (1986), 376 páginas.
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Volumen con el que se cierra, tras Los nacimientos y Las caras y las máscaras, la trilogía Memoria del fuego. El siglo del viento es el siglo XX, retratado desde la creación literaria, pero al margen de corsés genéricos: "El autor ignora a qué género pertenece esta obra: narrativa, ensayo, poesía épica, crónica, testimonio... Quizás pertenece a todos y a ninguno".
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YUPANQUI

   Tiene cara de indio que mira la montaña que lo mira, pero viene de las llanuras del sur, de la pampa sin eco, que nada esconde, el gaucho cantor de los misterios del norte argentino. Viene de a caballo, parando en cada lugar, en cada persona, al azar del camino. Por continuar el camino canta, cantando lo que anduvo, Atahualpa Yupanqui. Y por continuar la historia: porque la historia del pobre se canta o se pierde y bien lo sabe él, que es zurdo para tocar la guitarra y para pensar el mundo.

DICCIONARIO DEL DIABLO, Ambrose Bierce

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AMBROSE BIERCE, Diccionario del diablo, Ediciones del Dragón, Madrid, 1986 (1911), 180 páginas.

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La traducción de Rodolfo Walsh. En Ambrose Bierce: un retrato imaginario (pp. 7-12) José Mª Álvarez presenta en su primera sección un poema (valga un verso: totalmente decidido a quemarlo todo); en la segunda y tercera, una apretada biografía que traza el perfil convulso de un involuntario aventurero. 
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Adagio, s. Sabiduría deshuesada para dentaduras débiles.
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Belladona, s. En italiano, hermosa mujer; en inglés, veneno mortal. Notable ejemplo de la identidad esencial de ambos idiomas.
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Camino, s. Faja de tierra que permite ir de donde uno está cansado a donde es inútil ir.
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Decálogo, s. Serie de diez mandamientos: número suficiente para permitir una selección inteligente de los que se quiere observar.
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Egoísta, s. Persona de mal gusto, que se interesa más en sí mismo que en mí.
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Filosofía, s. Camino de muchos ramales que conduce de ninguna parte a la nada.
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Gramática, s. Sistema de trampas cuidadosamente preparadas en el camino por donde el autodidacto avanza hacia la distinción.
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Historia, s. Relato casi siempre falso de hechos casi siempre nimios producidos por gobernantes casi siempre pillos o por militares casi siempre necios.
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Inmigrante, s. Persona inculta que piensa que un país es mejor que otro.
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Justicia, s. Artículo más o menos adulterado que el Estado vende al ciudadano a cambio de su lealtad, sus impuestos y sus servicios personales.
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Korán, s Libro que los mahometanos, neciamente, creen escrito por la inspiración divina, pero que los cristianos consideran una perversa impostura, contraria a las Sagradas Escrituras.
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Lenguaje, s Música con que encantamos las serpientes que custodian el tesoro ajeno.
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Malhechor s. El pirncipal factor en el progreso de la raza humana.
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Nepotismo, s. Práctica que consiste en designar a la propia abuela para un cargo público, por el bien del partido.
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Odio, s. Sentimiento cuya intensidad es proporcional a la superioridad que lo provoca.
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Peligro, s. Bestia salvaje que el hombre desprecia cuando está dormida, y de la que huye cuando despierta.
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Quiromancia, s. Método número 947 (según la clasificación de Mibleshaw) de obtener dinero con engaños. Consiste en "leer el carácter" en las líneas de las manos. El carácter puede realmente leerse de este modo, ya que cada mano exhibida al quiromántico lleva escrita en sus líneas la palabra "tonto". El engaño consiste en no decirlo en voz alta.
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Realidad, s. El sueño de un filósofo loco. Lo que queda en el filtro cuando se filtra un fantasma. El filtro de un vacío.
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Sabiduría, s. Tipo de ignorancia que distingue al estudioso.
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Teléfono, s. Invención del demonio que suprime algunas de las ventajas de mantener a distancia a una persona desagradable.
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Urbanidad, s . La forma más aceptable de la hipocresía. Especie de cortesía que los observadores urbanos atribuyen a los habitantes de todas las ciudades, menos Nueva York. Su expresión más común consiste en la frase "Usted perdone"; no es compatible con el desprecio de los derechos ajenos.
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Vanidad, s. Virtud que rinde un tonto al mérito del asno más cercano.
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Wall Street, s. Símbolo de pecado expuesto a la execración de todos los demonios. Que Wall Street sea una cueva de ladrones, es una creencia con que todo ladrón fracasado sustituye su esperanza de ir al Cielo.

EL SILENCIO DEL CUERPO, Guido Ceronetti

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GUIDO CERONETTI, El silencio del cuerpo, Versal, Barcelona, 1986 (1979), 224 páginas.

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Conjunto de pensamientos enmarcados entre el mensaje introductorio (pp. 11-12) y una Despedida de la Medicina (pp. 217-220), la forma que autor elige para denominar a estos "materiales de uso y de desahogo, base a veces de alguna pequeña aventura erudita" extraídos "de la oscuridad de [sus] cuadernos-tumba" (p. 12).

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El optimismo es como el óxido de carbono: mata dejando sobre los cadáveres una impronta de rosa.
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Ir por el campo, hoy, es como pasar por un viejo barrio en demolición.
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Si el Mal ha creado el mundo, el Bien tendría que deshacerlo.
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La caricia viene como el viento; abre un postigo, pero no entra si la ventana está cerrada.
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La elección profunda del hombre será siempre un infierno apasionado, antes que un paraíso inerte.
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Isabel Wittelsbach, emperatriz de Austria, padecía de fobia de la mirada (abanicos y sombrillas y huidas siempre para hurtarse a las miradas). Su asesino le espetó en el corazón un punzón sin mirarla. Los médicos, si hubiese muerto entre encajes y bajo baldaquinos, la hubieran hecho sufrir mucho más, al mirarla a la cara.
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La guerra nos cura de las heridas de la paz, pero haciendo morir en masa a sus pacientes.

CINCUENTA HAIKUS, Issa Kobayashi

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ISSA KOBAYASHI, Cincuenta haikus, Hiperión, Madrid, 1986, 96 páginas. Traducción de Ricardo de la Fuente y Shinjiro Hirosaki. Introducción y notas de Ricardo de la Fuente.

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La Introducción (pp. 5-15) recoge algunas claves de la vida de Issa y su relación con el haiku, además de reflejar brevemente la repercusión de esta forma poética en Occidente y los criterios seguidos para su traducción. El medio centenar de haikus se presentan en bloques correspondientes a las cuatro estaciones, con el poema original transcrito en rômaji y, en ocasiones, acompañados por detalladas notas a pie de página que facilitan su interpretación.

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Oboro oboro
fumeba mizu nari
mayoimichi

Penumbra primaveral.
Pisar agua es
camino equivocado.

JUEGO CAUTIVO, Neus Aguado

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NEUS AGUADO, Juego cautivo, Laia, Barcelona, 1986, 83 páginas.

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En el Prólogo (pp. 9-11) Carme Riera alaba las "miniaturas deliciosas, en las que la concentración y la intensidad dominan".

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LA ORQUÍDEA

Nunca podrás regresar al pueblo sin acordarte de mí. Transcurrirán días de aparente tranquilidad, mas de repente haré mi aparición. Entraré arteramente por la puerta de la cocina o subiré a la era, cerca del pozo, el cual volverá a reflejar nuestras imágenes. Tendremos el aspecto moho y hoja que se les atribuye a ciertos vampiros. Esta vez no descubriremos el futuro. Esta vez, te obligaré a beber el agua sucia del pozo. Después arrastraré tu cadáver escaleras arriba y abriré las ventanas del cuartito que dan al camino de las yeguas. Te colocaré, sin un gemido, encima del catre.
Tan sólo una orquídea, colocada con anterioridad en una caja de plástico, custodiará tu corrupción.