Mostrando entradas con la etiqueta 2010. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 2010. Mostrar todas las entradas

BALADAS DEL DULCE JIM, Ana María Moix

0


ANA MARÍA MOIX, Baladas del dulce Jim, Bartleby, Madrid, 2010, 84 páginas. Lectura de Pilar Adón.

**********
Las gaviotas volvieron al mediodía y bajo el sol nos asesinaron con razón: habíamos echado a perder la playa con tantos sueños.

***

Tembló el mar como una golondrina cuando por fin comprendimos que no podíamos hacer otra cosa que vivir. Pero las ciudades estaban lejos y, como si una gran heladería hubiera caído a mis espaldas y me fuera imposible regresar, no puedo decir cuántos días tardé en averiguar que todas las calles desembocan en los muelles y qué triste es tener que abandonar las casas para que las paredes y los libros no nos ven llorar.

***

Lo descubrí con la frente apoyada en el escaparate de la pastelería y en los ojos blancos, increíbles, le reconocí: era Dios y estuve a punto de decírselo: Te ves más viejo desde la última vez. Pero me pareció tan triste que hice como si no lo conociera.


***

Un pájaro azul y el horizonte lejos. El mar que regresaba despacio a mis espaldas, sin alcanzarme nunca. Recogeré las flores en la arena como si fuera la primera vez que sueño sobre la playa.

SOBRE NUPCIAS Y AUSENCIAS, Y OTROS CUENTOS, Lenito Robinson-Bent

0


LENITO ROBINSON-BENT, Sobre nupcias y ausencias, y otros cuentos, Ministerio de Cultura, Bogotá, 2010, 130 páginas.

**********
DILE QUE... ME MORÍ DE VIEJA

   «Dile que... me morí de vieja». Y estoy esperando con el lápiz sostenido a una cierta distancia sobre el papel, mirándola fijamente con la esperanza de ver alguna señal de retractación, aguardando q1ue ella corrija la fórmula de introducción de la carta. Ella se da cuenta de mi vacilación. «Eso mismo. Dile que me morí de vieja». Ella permanece inmóvil en la antigua mecedora de mimbre mientras medita y sopesa cada palabra antes de dictarla. «Tal vez con esa frase logre deshelarle ese corazón de mármol». Yo me apresto a transcribir la frase cuando me interrumpe. «No pongas esto». No lo transcribo y quedamos en silencio, ella meditativa, yo expectante. «Dile que tengo noventa años, con un pie en la iglesia y el otro en el cementerio, y el corazón con él. Ya no veo casi nada, solo masas, masas grandes y amorfas rodeadas de sombras; tengo telarañas creciendo en los ojos. Dile que no recuerdo muy bien cómo es su cara; debe haber cambiado mucho y no lo reconocería aunque no fuera cegata...». Una larga pausa, un suspiro profundo, otra pausa corta. «No escribas esto. Tengo que tratar de revolver el recuerdo para ver si encuentro algo útil para poner en esta última carta, porque tú te vas pronto y no habrá quien me haga otras líneas... Aquel domingo por la noche llegó corriendo a casa, casi sin aliento; tenía mucha prisa porque se embarcaba al alba. Tendría unos veintitrés años bien cumplidos y un sueño loco mal guardado. Dijo que quería escaparse del servicio militar. Yo me opuse tajantemente a su decisión, sin embargo él estaba dispuesto contra viento y marea a dejar atrás mujer, hijos y madre, y esa noche se embarcó al silencio. Prometió escribir y enviarme muchas cosas, promesa que cumplía sagradamente al comienzo de su ausencia, luego lo hacía de cuando en cuando, y ahora, nada. Nada. Dile... –me sobresaltó por estar concentrado en el relato y distraído en sus gestos dignos de lástima– que su hijo mayor contrajo matrimonio, que el otro ya se fue de casa como él. Dile que la casa se me está cayendo encima, está podrida la madera y el techo gotea; cuando llueve duermo de pie en el rincón donde él tenía su cama, si aún lo recuerda; que los lagartos anidan en la almohada donde pongo la cabeza, el verano sol, el invierno lluvia... dile que estoy decrépita, ya no soy la madre grande y fuerte que cargaba con los tres hermanos cruzando el arroyo para llevarlos a la escuela. Tiene que venir a verme, me va a encontrar como una ciruela pasa llena de canas y caspas». Trato de moderar la expresión, ella ve que yo vacilo. «Dile eso mismo». Sin arrepentimiento lo escribo. «Pregúntale qué le he hecho para merecer tanto olvido. Todavía tengo limpia mi conciencia de buena madre. He perdido todo menos eso. Recuérdale que también le fui un padre tierno. Madre, padre y mártir en una sola víctima; sí, mártir del recuerdo del sufrimiento, de la espera. Dile que nunca le pude presentar a su padre sino por vagas descripciones, no porque no lo conociera, sino que la voluntad de Dios me lo impidió». Hace una pausa larga mientras mira lejos sobre el mar como si escrutara los arrecifes lejanos para señalar algo, pero ya no ve nada. Y yo la miro callada y fijamente; veo en los bordes de sus ojos, por entre las pestañas canosas dos gotitas de lágrimas empezar a descender lentamente. Hay una pausa larga.
   «No escribas esto. Su padre salió una noche a pescar. Soplaba el viento del norte; yo dormía y soñé con él, cosa rara en ese tiempo. En el sueño escuché el ruido acostumbrado de los canaletes al ser descargados encima del techo de zinc de la cisterna, abrí la ventana y allí estaba él parado en el patio, vestía un viejo pantalón de paño negro y una camisa escocesa roja, estaba descalzo, con la cara pálida y triste, y flotando a media yarda sobre el suelo. Me desperté a la deriva en un sudor espeso, y delirando de pesadilla. Me costó tiempo y trabajo llegar a acertar si fue un sueño o si fue de verdad que lo había visto y oído todo, luego me quedé acostada, temblando y así permanecí hasta el amanecer, pensando en él, esperándolo a sabiendas de que no volvería, y desde aquel día, aguardando sin esperar a nadie, y cuando los hijos crecieron yo nunca encontré la forma de juntar las palabras para decirles cómo era su padre. Solo pude decirles que él era bueno y los quería a todos... Aquí todo llega por mar y por mar se va».
   «Dile que si cree en Dios, por favor venga a verme, no por mí, sino por él. Que todos mis hermanos y hermanas se han muerto, los nietos se fueron de casa y me he quedado completamente sola en este mundo poblado de sombras; ya no me acuerdo de casi nada, a veces me paso la noche entera buscando a tientas la cajita de fósforos para encender la linterna de queroseno, me voy tropezando con sillas, mesas, camas, y luego de la búsqueda infructuosa me acuesto en la oscuridad para darme cuenta solo al día siguiente de que durante todo ese tiempo la tenía crispada en la mano. También estoy perdiendo la cabeza, confundo nombres con fechas y números con lugares. Dile que... anoche vino su padre –detengo el lápiz y la veo dormitando– dile que vino su padre con los canaletes al hombro y los sedales en la mano y los puso encima de la cisterna; llegó empapado y se metió en mi cama debajo de la cobija, dijo que tenía frío y sueño, se sentía solo. Preguntó por qué no has venido aún. Los dos queremos verte, pero mucho. Dile que... el pastor de la escuela dominical pregunta por él, que repase las lecciones, que venga con los zapatos embolados...». La despierto de sus sargazos de delirio con el fin de avisarle de la terminación de la carta. Abre los ojos y asiente con un movimiento de cabeza sin mirarme. Comienzo a escribir el sobre y veo que ella llora en silencio, sus dedos tiemblan sobre los brazos de la mecedora. Doblo el pliego de papel en cuatro, lo meto en el sobre y cuando procedo a cerrarlo ella me interrumpe con sus sobresaltos y su gesto consternado: «Se me olvidó algo. Dile que me morí de vieja». No se te olvidó –le digo cariñosamente– con eso mismo empezamos la carta.

EL VIAJERO IMPERTINENTE, Percy Hopewell

0


PERCY HOPEWELL, El viajero impertinente, Reino de Cordelia, Madrid, 2010, 168 páginas.

**********
Tomás Gracía Yerba recuerda la envidia que suscitó el encargo de Juan Fernado Dorrego a Hopewell de recorrer España para compartir su mirada foránea en El Semanal. Ilustra Anthony Garner.
**********

EL CARNAVAL DE LAZA

   Me habían hablado tanto del carnaval de Laza —«esos días el pueblo es un caos de periodistas, antropólogos, fumadores y curiosos»— que decidí acercarme a esta localidad orensana para ver lo que allí ocurría.
   Y lo primero que vi, nada más llegar, es que la gente bebe mucho y duerme poco, pero quitando este impulso, muy común a todos los festejos, lo que ocurre en Laza es distinto.
   Normalmente, en los carnavales, uno se divierte si participa. En Laza, aunque te sientes en una silla, no hay momento ni ocasión para el bostezo.
   La figura central, sobre la que rotan todas las miradas, es el peliqueiro. La vestimenta de este fantoche, compuesta por una máscara de gesto sarcástico, una mitra napoleónica, una piel en la nuca, unos pantalones abullonados y unos cencerros en la cintura, cuesta alrededor de las doscientas mil pesetas. De peliqueiro se puede vestir cualquiera siempre que sea de Laza (no es obligatorio, pero sí aconsejable) y tenga el dinero suficiente para hacerse el traje o alquilarlo.
   Este personaje es intocable. En sus manos lleva una fusta con la que flagela a los transeúntes que se meten con él (la gracia está en meterse con él), pero la gente no le puede responder con un empujón o un mamporro. Tampoco participa en las batallas callejeras de barro y hormigas. Él es un ser sagrado que corre y trota y cuyo comportamiento está perfectamente ritualizado.
   ¿Qué simboliza el peliqueiro? Cada lugareño sostiene una teoría diferente. Hay una historia muy bonita que lo asocia con los antiguos recaudadores de impuestos. El recaudador, para no ser reconocido, se ponía una careta y al que no quería pagar le propinaba una paliza. Esta hipótesis, sin embargo, ha sido descartada, pues hay antecedentes del disfraz y actitudes del personaje que se remontan a la noche de los tiempos.
   Así, en las Lupercales romanas ya había actores ataviados con pieles de animales que golpeaban con un látigo a la multitud. Y bastantes años más atrás, en Mesopotamia, aparecen máscaras con bichos dibujados a los que se otorga una variada gama de atributos.
   Si en vez de rastrear el ovillo del jeroglífico con eruditas divagaciones, uno observa con atención el comportamiento del peliqueiro, se llega a una serie de conclusiones. En primer lugar, la vistosidad, la pulcritud y lo costoso del traje están marcando las diferencias entre el señorito y la plebe. A todo el mundo le gusta ser jefe, aunque sólo sea por unos días, y el peliqueiro ofrece esa posibilidad. Por otro lado, ese protagonismo, acompañado del anonimato y unos cuantos tragos de vino, ayuda a ligar, deporte del que nadie se cansa.
   En Laza hay una regla de oro: está prohibido enfadarse. Advertencia importante para todos aquellos botarates y mosqueones que siempre encuentran disculpa para la camorra.
   El domingo, con las carreras de los peliqueiros y el reparto de la bica (una torta de dimensiones gigantescas), la fiesta transcurre por cauces más o menos pacíficos. El lunes, día de los maragatos, las calles viven una auténtica batalla campal. Luz verde para arrojarse de todo: trapos mojados, harina, agua sucia, barro apestoso y, sobre todo, un arma que no falta en ningún carnaval de Laza: las hormigas carniceras. Son rojas, con la cabeza muy grande, y se las rocía de vinagre para que se enfurezcan y muerdan con más ganas.
   Un grupo de jóvenes me tomó por intruso y, en un abrir y cerrar de ojos, me pusieron perdida la chaqueta de tweed y el sombrero de fieltro. Luego me arrojaron hormigas. Me dejé hacer. Les dije: «Más, por favor». Al instante cambiaron de actitud. Me obligaron a que les acompañara a un bar. Les invité a una ronda, ellos me invitaron a diez y acabamos abrazados, en un corro, cantando La Virgen de Guadalupe.
   Me contaron que hace veinte años salía por las calles una máscara zarrapastrosa que representaba al maragato y a la que se podía vejar, golpear e insultar sin descanso. Solía representarlo el hombre más fuerte del pueblo, pero la posibilidad, admitida por todos, de encerrarle y abandonarle en una cuadra a su suerte, dejó la plaza vacante.
   Otra figura que no falta a la cita es La Morena, una vaca loca y lujuriosa que arremete contra las mozas y les levanta las faldas. La Morena se compone de un individuo tapado con un saco —que hace de armazón—, una máscara con cuernos y una rama por rabo. El personaje intenta ser simpático, pero sus evoluciones resultan sosas y reiterativas. A mí me parece que el señor-armazón debe de acabar un poco harto de tanto hacer el ganso. Harto y, seguramente, con tortícolis.
   El carnaval muere con la quema del muñeco de paja —símbolo de estas fiestas—, que se pasea en un carro. Antes tiene lugar el Testamento del burro, donde se recitan coplas burlescas y satíricas que aluden a los acontecimientos o cotillerías de la localidad.
   Cuando se acaba el carnaval, Laza no parece un pueblo, parece el último reducto de una campaña militar, como si allí se hubiera encontrado el general Custer con un contingente de indios. No importa. Las manchas se quitan y la porquería se barre. El pueblo ha sido feliz y la diversión permanece en el recuerdo.

OCURRENCIAS DE UN OCIOSO, Kenko Yoshida

0


KENKO YOSHIDA, Tsurezuregusa. Ocurrencias de un ocioso, Hiperión, Madrid, 2010, 206 páginas. Traducción de Justino Rodríguez.
**********
Una reforma que no acarree ningún bien es mejor no hacerla.
***
El especialista en una materia, aunque no tenga conocimiento exhaustivo de ella, la conocerá mejor que el aficionado, por grandes que sean los talentos que éste posea. Esto es lo que distingue a una persona cauta y precavida, que no toma decisiones a la ligera, de aquella otra que hace todo lo que se le antoja. Y lo mismo se puede decir de todo, no sólo de las artes y del ingenio. La base del éxito en la vida está en la prudencia y en la perseverancia. Los talentos, cuando tienen por guía una voluntad débil, van al fracaso.
***
La sucesión de las cuatro estaciones se efectúa en un tiempo fijo; sólo la muerte carece de momento determinado. La muerte no sólo nos viene de frente, sino que también nos sorprende por la espalda. Todos sabemos que algún día hemos de morir, pero no sentimos su urgencia y, cuando estamos más desprevenidos, llega. Somos semejantes a los bancos de arena que penetran en el mar: viene una ola y desaparecen.
***
Nuestra vida es como la nieve. Creemos que todavía nos queda bastante, pero se nos va marchando por la base y, entre tanto, trabajamos por conseguir muchas cosas y soñamos con ellas.

DICCIONARIO COLACAÓTICO E INACABADO..., Herre

0


HERRE, Diccionario colacaótico e inacabado..., Éride Ediciones, Madrid, 2010, 96 páginas.

**********

Ascopeta: Arma de caza que dispara cartuchos a la que le hace falta una enorme limpieza, es repugnante y maloliente.
***
Calamor: Molusco cefalópodo siempre romántico y siempre enamorado, de cuerpo alargado, con una concha interna en forma de pluma de ave y diez tentáculos provistos de ventosas, dos de ellos más largos que el resto. Vive formando bancos que son objeto de una activa pesca.
***
Estupidiez: Torpeza muy notable en comprender las cosas. Dicho o hecho enorme propio de un estúpido. Cosas de políticos.
*** 
Malvino: Nombre muy poco adecuado para un bodeguero.
***
Orgasmus: 1. Beca que consiguen algunos españoles para salir al extranjero e intentar hincharse a follar, y de paso estudiar algo. 2. de Rotterdam, filósofo contemporáneo de Lutero, el Protestón, que entre otras cosas, creó (Orgasmus, y no Lutero) la corriente denominada Órgasmismus, que no tuvo éxito debido a la fuerte censura tanto de Lutero como de la iglesia catolica.
***
Sincerdo: Persona muy abierta y confiada, que se fía de todos, y cuenta que tiene una casita de campo donde cría animales y algunas frutas y verduras. Cuando vuelve a su casita de campo se da cuenta de que la pocilga está completamente vacía. Adiós jamones, chorizos, longanizas  y otras viandas.

¿POR QUÉ LA ARAÑA NO SE QUEDA PEGADA A LA TELA?, Robert Matthews

0


ROBERT MATTHEWS, ¿Por qué la araña no se queda pegada a la tela?, Ariel, Barcelona, 2010, 272 páginas.
**********
En el Prefacio (pp. 9-10) Mattews recuerda que «los grandes descubrimientos científicos han empezado con una pregunta».
**********


¿DAÑA LA VISTA LEER CON POCA LUZ?

   Mi primera reacción fue considerar la idea como una de esas chorradas que se transmiten de padres a hijos a lo largo de generaciones. Sin embargo, como ello dice más de mis problemas con la autoridad que con los hechos reales, consulté a Larry Benjamin, secretario honorífico del Real Colegio de Oftalmólogos británico. Por lo visto existen experimentos animales (no pregunten cuáles) que prueban que si se priva a los ojos de luz durante los primeros estadios de vida, éstos son más propensos a la miopía; nadie sabe por qué. Dado que los ojos de un niño están en desarrollo hasta los tres años, podría ser que la escasez de luz provocara defectos de visión en la vida adulta; sin embargo, considerando que pocos niños se pasan horas leyendo a la luz de las velas, esto resulta poco convincente. Según el señor Benjamín, aunque esta práctica probablemente no sea perjudicial para la vista, carecemos de pruebas que nos lo confirmen, y, dado los problemas que suponen la realización de este tipo de estudios, seguiremos a oscuras en relación a este asunto.

CUENTOS REUNIDOS, Kjell Askildsen

0


 
KJELL ASKILDSEN, Cuentos reunidos, Lengua de Trapo, Madrid, 2010, 298 páginas.

**********
Fogwill, en la presentación de su edición, señala que «Askildsen no teme reiterarse (no es improbable que jamás haya temido algo)».
**********

LA SEÑORA M

   Una de las pocas personas que saben que aún existo es la señora M., de la tienda de la esquina. Dos veces por semana me trae lo que necesito para vivir, pero no es que se mate por el peso. La veo muy de tarde en tarde, porque tiene una llave del piso y deja la compra en la entrada, es mejor así, de ese modo nos protegemos mutuamente, y mantenemos una relación pacífica, casi diría amistosa.
   Pero una vez que la oí abrir la puerta con su lave, me vi obligado a llamarla. Me había caído y me había dado un golpe en la rodilla, y era incapaz de llegar hasta el diván. Por suerte, era uno de los días en que le tocaba subirme la compra, así que sólo tuve que esperar cuatro horas. La llamé cuando llegó. Quiso ir a buscar un médico inmediatamente, su intención era buena, sólo es la familia más allegada la que llama al médico de mala fe, cuando quiere librarse de la gente mayor. Le expliqué lo necesario sobre hospitales y residencias de ancianos sin retorno, y la buena mujer me puso una venda. Luego hizo tres sándwiches que me dejó en una mesa junto a la cama, además de una botella de agua. Al final, llegó con una vieja jarra que encontró en la cocina. «Por si la necesita», dijo.
   Y se marchó. Por la noche me comí un sándwich, y mientras me lo estaba comiendo vino a verme. Su visita fue tan inesperada que he de admitir que me vencieron los sentimientos, y dije: «Qué buena persona es usted». «Bueno, bueno», dijo escuetamente, y se puso a cambiarme la venda. «Esto le irá bien», dijo, y añadió: «Así que no quiere saber nada de las residencias de ancianos; por cierto, supongo que sabe que ahora no se llaman residencias de ancianos, sino residencias de la tercera edad». Nos reímos los dos de buena gana, el ambiente era casi alegre. Es un placer encontrarse con personas que tienen sentido del humor.
   La pierna me estuvo doliendo durante casi una semana, y ella vino a verme todos los días. El último día dije: «Ahora estoy bien, gracias a usted». «Bueno, no se ponga solemne —me interrumpió—, todo ha ido perfectamente». En eso tuve que darle la razón, pero insistí en que, sin ella, mi vida podría haber tomado un desgraciado rumbo. «Bah, se las hubiera arreglado de una u otra manera —contestó—, es usted muy terco. Mi padre se parecía a usted, así que sé muy bien de lo que hablo». Me pareció que estaba sacando conclusiones sobre una base demasiado endeble, pues no me conocía, pero no quise que pareciera una reprimenda, de modo que me limité a decir: «Me temo que piensa demasiado bien de mí». «Oh, no —contestó—, debería usted haberlo conocido, era un hombre muy difícil y muy testarudo». Lo decía completamente en serio, admito que me impresionó, me entraron ganas de reírme de alegría, pero me mantuve serio y dije: «Comprendo. ¿También su padre llegó a muy mayor?». «Ah sí, muy mayor. Hablaba siempre mal de la vida, pero nunca he conocido a nadie que se esforzara tanto por conservarla». A eso podía sonreír sin problemas, resultó liberador, incluso me reí un poco, y ella también. «Supongo que usted también es así», dijo, y me preguntó impulsiva si le dejaba leerme la mano. Le tendí una, no recuerdo cuál de las dos, pero quiso la otra. La miró muy atenta durante unos instantes, luego sonrió y dijo: «Justo lo que me figuraba, debería usted haber muerto hace mucho tiempo».

CUENTOS MÁGICOS Y DEL INTRAMUNDO, Alejandro Jodorowsky

0


ALEJANDRO JODOROWSKY, Cuentos mágicos y del intramundo, DeBolsillo, Barcelona, 2010, 208 páginas.

**********
TESTARUDO

   Horadó el fondo del abismo para poder continuar su caída. 

ISLA DECEPCIÓN, Rafael Fombellida

0


RAFAEL FOMBELLIDA, Isla Decepción, Pre-Textos, Valencia, 2010, 176 páginas.

**********

Las ocasiones perdidas. Como espectros aparecidos en la tenebrosidad de nuestro lecho de muerte. Como fantasmas goyescos girando alrededor, acercando sus belfos, el hedor de su aliento, sus narices deformes. Mofándose de nosotros, bu­fándonos, abucheándonos. 
***
Lluvia de sol y ráfagas de polen chocando contra el ros­tro. Lluvia de sol en la camisa abierta, y catarata de polen ven­teado, danzando en los ramajes, posándose sobre carrocerías de automóvil, en guijos de la senda, en la cabellera de mujeres rubias. Polen bailándose al desgaire, yendo y viniendo; polen recreándose en su propio bienestar, en su mecerse sobre el suelo. Los dones se regalan así, desprendidos con suavidad, sin pre­tender pesar sobre las cosas. Lluvia de sol y de partículas fecundas,  baño de polen y alegría. 
***
La letra cursiva avanza con mayor decisión hacia el sentido.
***
   Discuto mentalmente con Thoreau. “Un libro habría de ser una veta de oro, igual que la frase es un diamante en­contrado en la arena o una perla sacada del mar». 
  Su idealismo, en ocasiones ingenuo, le hace desvariar; su exa­geración no nos convence. No le exijamos tanto al libro. De igual modo que esa rica veta de mineral no se sostendría en el aire sin un soporte terreno, el libro necesita esas gangas, esas arcillas, tierras y musgos que sostienen y equilibran el filón de cada frase, en cada página. El peso de su brillantez. El libro es ese monte que contiene las vetas en su seno, una distinta para cada lector que sepa hallarla. Y después, si lo desea ese lector, puede lavar la mena y desprenderla de impurezas. Así lucirá más ese metal, aunque tal vez el libro ya no sea tan humano. Pero denme ese monte con sus senderos, su fango, sus arterias de agua subte­rránea, su eucaliptal, sus bardales, sus rastros perdidos. Denme ese monte entero. Y no le exijamos tanto al libro. Ningún dios lo escribió.

HAIKUS SIN ESTACIÓN, José Antonio González Fuentes

0


JOSÉ ANTONIO GONZÁLEZ FUENTES, Haikus sin estación, Carena, Barcelona, 2010, 84 páginas.

**********

Taxidermista:
se afana el tiempo solo
en secar la flor.

TRAYECTOS, Miguel Armillas

0


MIGUEL ARMILLAS, Trayectos, Lulu, 2010, 144 páginas.

**********

Un frágil amor,
el roce ávido y fugaz
del cercanías.

EL LECHO DE PROCRUSTO, Nassim Nicholas Taleb

0


NASSIM NICHOLAS TALEB, El lecho de Procrusto: aforismos filosóficos y prácticos, Paidós, Barcelona, 2010, 160 páginas.
**********
No es posible divertirte cuando lo intentas.
***
Lo que los tontos llaman "perder el tiempo" es a menudo la mejor inversión.
***
Un hombre sin una inclinación heroica comienza a morir a la edad de treinta años.
***
La preocupación por la eficacia es el principal obstáculo para una vida poética, elegante, robusta y heroica.
***
Nacen, los ponen en una caja; se van a casa a vivir en una caja; estudian marcando casillas; van a lo que se llama "trabajo" en una caja, donde se sientan en su cubículo; conducen hasta el supermercado en una caja para comprar comida en una caja; hablan de pensar "fuera de la caja"; y cuando mueren, los ponen en una caja.
***
La persona que más miedo tienes de contradecir es a ti mismo.
***
Al menos una vez al día necesitamos sentirnos un poco perdidos, física o intelectualmente, en algún lugar.
***
Si quieres que te ayuden desconocidos, sonríe. Para quienes te son más cercanos, grita.
***
La mayoría de los errores empeoran cuando tratas de enmendarlos.
***
Nunca ganamos una discusión hasta que nos atacan en términos personales.

LOS LIBROS Y LA LOCURA Y OTROS ENSAYOS, G.K. Chesterston

0


G. K. CHESTERSTON, Los libros y la locura y otros ensayos, B de el buey mudo, Madrid, 2010, 174 páginas.

**********
Contiene este volumen XXXVII artículos publicado en el Daily News entre 1901 y 1911. 
**********

EL FANÁTICO [1910]

   El fanatismo es la incapacidad de concebir seriamente la alternativa de una proposición. No tiene nada que ver con la creencia en la proposición misma. Un hombre puede estar suficientemente seguro de algo como para dejarse quemar por ello, o para dar guerra a todo el mundo, y sin embargo no estar ni un milímetro más cerca de ser fanático. Es fanático solamente cuando no puede comprender que su dogma es un dogma, aunque sea verdad. La persecución puede ser inmoral, pero no es necesariamente irracional; el perseguidor puede comprender con el intelecto los errores que ahuyenta con su lanza. No es fanatismo, por ejemplo tratar al Corán como sobrenatural. Pero es fanatismo tratar al Corán como natural, como evidente para cualquiera y común a todos. No es fanatismo de parte de un cristiano considerar a los chinos como paganos. Su fanatismo empieza, más bien, cuando insiste en mirarlos como cristianos.
   Una de las formas de fanatismo más de moda es la que se demuestra en la exhibición de explicaciones fantásticas y triviales sobre cosas que no necesitan de ninguna explicación. Estamos sumidos en esta tierra nebulosa del prejuicio, por ejemplo, cuando decimos que un hombre se vuelve ateo porque quiere ir de francachela, o que un hombre se hace católico porque los curas lo han atrapado, o que un hombre se convierte en socialista porque envidia a los ricos. Pues todas estas explicaciones remotas y al azar demuestran que nunca hemos visto, como un diagrama claro, la verdadera explicación: que el ateísmo, el catolicismo y el socialismo son todas filosofías muy plausibles. No es necesario que a una persona se la empuje o se la atrape o se la soborne para que las adopte, pues esa persona puede convencerse de ellas.
   La verdadera liberalidad en resumen, consiste en ser capaz de imaginarse al enemigo. El hombre libre no es aquel que piensa que todas las opiniones son igualmente verdaderas o falsas: eso no es libertad, sino debilidad mental. El hombre libre es aquel que ve los errores con la misma claridad con que ve la verdad. Mientras más sólidamente convencido esté un hombre, menos usará frases como: «Ninguna persona culta puede sostener realmente...», o «no puedo comprender cómo el señor Jones puede llegar a afirmar...», seguidas de una opinión muy antigua, moderada y defendible. Una persona progresista puede opinar lo que le agrade. Yo comprendo perfectamente cómo el señor Jones sostiene esas opiniones maniáticas que sostiene. Si un hombre cree sinceramente que tiene el mapa del laberinto, éste debe mostrar igualmente los buenos y los malos caminos. El debería ser capaz de imaginar el panorama completo de un error, la lógica compléta de una falacia. Debe ser capaz de pensarlo, si no es capaz de creerlo.
   Se acepta, incluso en los diccionarios, que un ejemplo ayuda a una definición. Tomaré el ejemplo de un error de fanatismo de mi propia biografía, por así decirlo. Nada más acentuado en esta extraña época nuestra que la combinación de un tacto exquisito y una simpatía por las cosas de gusto y estilo artístico, con una estupidez casi brutal en las cosas que se refieren al pensamiento  abstracto. No hay grandes filósofos combativos hoy en día porque nos preocupamos del gusto, y no existe disputa sobre gustos. Un destacado crítico del New Age hizo hace poco una observación sobre mí que me divirtió bastante. Después de decir muchas cosas demasiado elogiosas, pero maravillosamente simpáticas, y de hacer muchas criticas que eran realmente delicadas y exactas, terminaba —hasta donde la memoria me es fiel— con estas sorprendentes palabras: «Pero yo nunca puedo considerar mi igual intelectual a un hombre que cree en algún dogma». Era como ver a un buen escalador alpino caer tres mil metros para dar en el barro.
   Porque esta última frase es esa antigua, inocente y rancia cosa que se llama fanatismo: es la incapacidad de una mente para imaginarse otra mente. Mi infortunado crítico está entre los más pobres de los hijos de los hombres. Tiene un solo universo. Todos, por cierto, deben ver un cosmos como el verdadero; pero él no puede ver ningún otro cosmos, ni siquiera como una hipótesis.
   Mi inteligencia es menos fina, pero por lo menos es más libre. Yo puedo ver cinco o seis universos con toda claridad. Puedo ver el universo espiral por el que se arrastra, esperanzadamente, la señora de Besant; puedo ver el mundo de mecanismo relojero a cuyo compás tictaquea tan efectivamente el cerebro del señor McCabe; puedo ver el mundo de pesadillas del señor Hardy, y su Creador cruel y necio como un tonto de pueblo; puedo ver el mundo ilusorio del señor Yeats, una bellísima cortina que cubre sólo oscuridad; y no me cabe duda de que podré ver la filosofía de mi crítico también, si es que alguna vez se llega a dar el trabajo de expresarla en términos inteligentes. Pero como la expresión «cualquiera que cree en cualquier dogma» no significa, para una mente racional, ni más ni menos que «la-larira-ra», lamentó que por el momento sólo pueda colocarlo entre los grandes fanáticos de la historia.

TRAS LAS LETRAS, Antonio Rubio

0


ANTONIO RUBIO, Tras las letras, Oxford, Barcelona, 2010, 124 páginas.

***********
Cada uno de los veintiocho relatos está ilustrado por Leticia Ruifernández.
***********
LL DE LLAVE

   Aquella llave era muy pequeña.  Servía para abrir una caja. Una caja de tesoros.
   Aquella llave estaba muy orgullosa de ser la llave de un tesoro.
   Otras llaves servían para abrir una puerta, o un armario, o una maleta, pero no una caja de tesoros.
   Todas estaban colgadas en un llavero a la entrada de la casa.
   Cada día, los mayores de la casa usaban aquellas llaves. Usaban todas menos la llave del tesoro
  Aquella llave era del niño de la casa. Y la utilizaba de vez en cuando para comprobar que sus tesoros seguían dentro de la caja.
   Cuando el pequeño comprobaba que en la caja estaban su sacapuntas de metal, su moneda de 10 céntimos y su chicle de fresa, volvía a cerrarla.
   Y, muy tranquilo, colocaba otra vez la llave en el llavero. 

LA MUERTE DE LA POLILLA Y OTROS ESCRITOS, Virginia Woolf

0


VIRGINIA WOOLF, La muerte de la polilla y otros escritos, Capitán Swing, Madrid, 2010, 272 páginas.
**********
En la Presentación (pp. 11-25) Gloria Fortún destaca de estos escritos de Woolf una minuciosidad «no reñida con cierto tono conversacional que otorga a los textos la inmediatez de una charla durante una cena entre amigos».
**********


LA MUERTE DE LA POLILLA

   Las polillas que vuelan durante el día no deben ser denominadas polillas; no suscitan esa placentera sensación de las oscuras noches de otoño y de hiedra en flor que la mariposa nocturna más común, dormida a la sombra de una cortina, nunca deja de despertar en nosotros. Son criaturas híbridas, ni alegres como las mariposas ni sombrías como las de su propia especie. No obstante, el espécimen actual, con sus alas estrechas de color paja, ribeteadas con una borla del mismo color, parecía estar satisfecha con la vida. Era una mañana agradable, de mediados de septiembre, templada, benigna, aunque con una brisa más intensa que la que sopla en los meses de verano. El arado ya surcaba el campo que se extendía delante de la ventana, y por donde había pasado la reja la tierra estaba llana y brillaba con la humedad. Destilaban tanta energía los campos y la colina que se elevaba más allá que resultaba difícil mantener la vista fija en el libro. Los grajos también celebraban una de sus festividades anuales; volaban alrededor de las copas de los árboles, hasta que llegó un momento en que dio la impresión de que había sido arrojada al aire una inmensa red con miles de nudos negros; ésta, pasados unos instantes, descendió lentamente sobre los árboles hasta que todas las ramitas parecieron tener un nudo en su extremo. Entonces, de pronto, la red volvió a ser arrojada al aire en un círculo más amplio esta vez, con el mayor clamor y vocerío, como si ser arrojada al aire y depositarse despacio sobre las copas de los árboles fuera una experiencia sumamente apasionante.
   El mismo vigor que inspiraba a los grajos, a los labradores, a los caballos e incluso, por lo que parece, a las suaves colinas desnudas, hacía que la polilla revoloteara de un lado a otro de su cuadrado de cristal de la ventana. Una no podía evitar observarla. Una era, de hecho, consciente de tener un extraño sentimiento de lástima por ella. Las posibilidades de obtener placer parecían esa mañana tan enormes y tan variadas que desempeñar tan sólo el papel de una polilla en la vida, y de una polilla diurna además, parecían un destino duro, y el entusiasmo con que aprovechaba sus escasas oportunidades al máximo, patético. Voló enérgicamente a un rincón de su compartimento, y después de esperar allí un segundo, se desplazó hacia el otro. ¿Qué le quedaba sino volar hacia un tercer rincón y después hacia un cuarto? Esto era lo único que podía hacer, a pesar del tamaño de las colinas, la anchura del cielo, el humo lejano de las casas y la romántica voz que, de vez en cuando, emitía un barco de vapor mar adentro. Lo que podía hacer lo hacía. Observándola, se diría que una fibra muy fina pero pura, con la enorme energía del mundo había sido introducida en ese cuerpo frágil y diminuto. Con la misma asiduidad con la que cruzaba el cristal, me imaginaba que un hilo de luz vital se hacía visible. Ella era apenas o solamente vida.
   Sin embargo, por ser una forma tan pequeña y sencilla de la energía que se deslizaba por la ventana abierta y se abría paso a través de muchos pasillos estrechos e intrincados de mi propio cerebro y de los de otros seres humanos, había algo maravilloso así como patético en ella. Era como si alguien hubiera tomado un abalorio diminuto de pura vida y, engalanándolo del modo más ligero posible de vello y plumas, lo hubiera puesto a bailar y a zigzaguear para mostrarnos la verdadera naturaleza de la vida. Presentada así, era imposible dejar de maravillarse ante su rareza. Se tiene tendencia a olvidarlo todo sobre la vida, viéndola encorvada, dominada, adornada e impedida de modo que debe moverse con la mayor circunspección y dignidad. De nuevo, la idea de todo lo que esa vida habría podido ser si hubiera nacido con cualquier otra forma nos hacía ver sus sencillas actividades con una especie de lástima.
   Al cabo de un tiempo, cansada de su baile al parecer, se posó sobre el alféizar de la ventana, al sol, y al estar ese curioso espectáculo a punto de terminar, me olvidé de ella. Luego, al levantar la vista, me llamó la atención. Trataba de reanudar su baile, pero parecía tan rígida o bien tan torpe que tan sólo pudo aletear hasta la base del cristal; y al intentar cruzarlo de un vuelo, fracasó. Concentrada en otras cuestiones, observé esos intentos fútiles durante un rato sin pensar, esperando de forma inconsciente a que la polilla reanudara su vuelo, tal como se espera que una máquina que se ha parado por un momento arranque de nuevo sin considerar la razón del fallo. Después de quizá siete intentos, resbaló del alféizar de madera y cayó, aleteando, de espaldas sobre la repisa de la ventana. El desamparo de su actitud me conmovió. Se me ocurrió de repente que estaba en apuros, que ya no podía levantarse, que sus patas luchaban en vano. Pero cuando le acerqué un lápiz con la intención de ayudarla a enderezarse, me dio la sensación de que ese fracaso y esa torpeza eran la proximidad de la muerte. Volví a dejar el lápiz.
   Las patas se agitaron una vez más. Miré como si buscara al enemigo contra el que la polilla luchaba. Miré hacia el exterior. ¿Qué había ocurrido allí? Es de suponer que era mediodía y toda labor había cesado en los campos. La calma y el silencio habían sustituido la animación anterior. Los pájaros se habían alejado para alimentarse en los arroyos. Los caballos estaban inmóviles. Sin embargo, el poder estaba ahí de todas formas, concentrado fuera, indiferente, impersonal, sin prestar atención a nada en particular. De algún modo se oponía a la pequeña polilla de color paja. Era inútil intentar hacer algo. No quedaba sino observar los esfuerzos extraordinarios que realizaban esas patas diminutas contra una muerte cercana que podía, de haber querido, sumergir una ciudad entera, y no simplemente una ciudad, sino masas de seres humanos; nada, lo sabía, tenía oportunidad alguna contra la muerte. No obstante, tras una pausa por agotamiento, las patas volvieron a estremecerse. Fue soberbia esta última protesta, y tan desesperada que la polilla consiguió al fin enderezarse. Nuestras simpatías, por supuesto, estaban todas con la vida. Además, al no haber nadie que se preocupara o se interesara, este esfuerzo gigantesco que realizaba una pequeña polilla insignificante en contra de un poder de tal magnitud, a fin de conservar lo que nadie más valoraba ni deseaba, conmovía de un modo extraño. De nuevo, de algún modo, veíamos vida, un simple abalorio. Levanté el lápiz una vez más, aun sabiendo que no serviría para nada. Pero en el mismo momento en que lo hacía, se manifestaron las señales inequívocas de la muerte. El cuerpo se relajó y, al cabo de un instante, se quedó rígido. La lucha había terminado. Aquella pequeña criatura insignificante conocía ya la muerte. Mientras miraba la polilla muerta, me llenó de asombro este mínimo triunfo a medias de una fuerza tan grande en oposición a un contrincante tan miserable. Del mismo modo que la existencia había sido extraña unos minutos antes, igual de extraña era en este momento la muerte. La polilla, habiéndose enderezado, yacía en este momento en una serenidad de lo más decente y resignada. Ah sí, parecía decir, la muerte es más fuerte que yo.

AHÍ AFUERA, EN TUS OJOS, Juan Massana

0



JUAN MASSANA, Ahí afuera, en tus ojos, Ollero & Ramos, Madrid, 2010, 88 páginas.

**********
Contiene este poemario algunas formas breves.
********** 

AMANECER

Primera luz
desbrozando sombras.
Con cuidado alisa
las heridas del cielo.

NO SE PUEDE DECIR IMPUNEMENTE ‘TE QUIERO’ EN VENECIA, Alonso Ibarrola

0


ALONSO IBARROLA, No se puede decir impunemente "te quiero" en Venecia, Visión Libros, Madrid, 2010, 404 páginas.
**********
AUTO-STOP

   Le aseguraban que la práctica del autostop entraña muchos peligros, pero él se negaba a admitirlo. ¿Cómo podía ser peligrosa, por ejemplo, la presencia de aquella dulce muchacha de ojos azules que llevaba sentada a su lado, recogida quince kilómetros antes? Quería llegar a Venecia. “¿Conoce usted Venecia?”. No, no conocía esa ciudad ni cualquiera otra de Italia. Jamás había estado en Italia. ¿Era normal?, se preguntó. No, no era normal. Fue un viaje maravilloso, turbado solamente por el recuerdo de la mujer, suegra e hijos que había dejado atrás. Intentó explicar lo ocurrido por carta, antes de afrontar el regreso.

PASAJERO EN TRÁNSITO, Rogelio Guedea

0


ROGELIO GUEDEA, Pasajero en tránsito, Ediciones Arlequín, Zapopan, 2010, 126 páginas.
**********
PASAJERO EN TRÁNSITO

   Palabras que dije y he olvidado. Papeles, borradores, deseos. Poemas que escribí en los aeropuertos. En las terminales de autobuses. En las estaciones de tren. Poemas que nunca fueron a ninguna parte o que volvieron de todas, sin destino. Gente que pasaba, niñas con los ojos pegados a un adiós, brazos que abrazaban lo imposible. Y luego las conversaciones. Hablando de mi país con esa mujer. Recordando cómo era su espalda antes de encontrarla. Los parques, las avenidas, los restaurantes cómo eran sin nosotros. Ganas de convertirme en el hombre que tuvo. Ganas de que ella vuelva a ser las palabras que olvidé. 

DE LOS DERROTEROS DE LA PALABRA, Atilano Sevillano

0


ATILANO SEVILLANO, De los derroteros de la palabra: microrrelatos, Celya, Salamanca, 2010, 124 páginas.

**********
SCHEREZADE

   Los cuentos tienen sus falsificaciones. De boca a boca nos ha llegado el rumor de que la joven, bella y astuta Scherezade no relató mil y un cuentos. Tras narrar doscientos ochenta, lamentó estar falta de inspiración, y sólo se le ocurrió un relato hiperbreve.

HUELLAS DE UNICORNIO, Rafael García Bidó

0


RAFAEL GARCÍA BIDÓ, Huellas de unicornio, Uno Editorial, Albacete, 2010, 112 páginas.
**********
Hondo en el bosque
hasta la luz es verde.
Serenidad.