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APUNTES SOBRE EL SUICIDIO, Simon Critchley

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SIMON CRITCHLEY, Apuntes sobre el suicidio, Alpha Decay, Barcelona, 2016, 112 páginas.

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A la inteligente y entretenida disertación de Simon Critchley le sucede Sobre el suicidio de David Hume, una sucinta colección de fragmentos que, concebidos en el siglo XVIII, sorprenden por su lúcido posicionamiento acerca de la libertad individual.

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Un cabello, una mosca o un insecto pueden destruir a ese poderoso ser cuya vida reviste tamaña importancia. ¿Acaso es absurdo suponer que la prudencia humana puede disponer legítimamente de algo que, depende de causas tan insignificantes?
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No sería ningún crimen por mi parte desviar el Nilo o el Danubio de su curso si me fuera dado efectuar tal propósito. ¡Dónde está entonces el crimen de separar unas pocas onzas de sangre de sus cauces naturales!
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La sumisión a la provicencia que se me exige en toda calamidad que me sobrevenga no excluye recurrir a arte o industria humana que por sus medios me permitan evitar las calamidades o escapar de ellas. ¿Y por qué no iba a poder yo emplear este remedio cuando bien recurro a otros? 
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Si no soy dueño de mi vida, sería tan criminal por mi parte ponerla en peligro como darle fin. Tampoco podría merecer el apelativo de héroe aquel hombre a quien la gloria o la amistad invitan a visitar los más graves peligros y merecer el reproche de canalla o malhechor aquel otro que decide poner punto final a su vida por idénticos o parecidos motivos.
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Un hombre que se retira de la vida no causa daño a la sociedad. Sólo deja de hacerle bien, lo cual, de ser un perjuicio, lo es de la naturaleza más leve.
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Si se admite que el suicidio es un crimen, sólo la cobardía puede empujarnos a cometerlo. Pero si no es un crimen, son la prudencia y el coraje los que nos llevarán a deshacernos de la existencia cuando ésta se convierta en una carga. Sólo así podremos ser útiles a la sociedad, pues sentamos un ejemplo que, de ser imitado, hará que todo individuo conserve su oportunidad de ser feliz en la vida y lo librará efectivamente de todo peligro y desdicha.

NO LEER, Alejandro Zambra

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ALEJANDRO ZAMBRA, No leer, Alpha Decay, Barcelona, 2013, 240 páginas.

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LECTURAS OBLIGATORIAS

   Aún recuerdo la tarde en que la profesora de castella­no se volvió a la pizarra y escribió las palabras prueba, próximo, viernes, Madame, Bovary, Gustave, Flau­bert, francés. Con cada palabra crecía el silencio y al final solamente se oía el triste chirrido de la tiza. Por entonces ya habíamos leído novelas largas, casi tan lar­gas como Madame Bovary, pero esta vez el plazo era imposible: teníamos apenas una semana para enfren­tar una novela de cuatrocientas páginas. Comenzába­mos a acostumbrarnos, sin embargo, a esas sorpresas: acabábamos de entrar al Instituto Nacional, teníamos doce o trece años, y ya sabíamos que en adelante todos los libros serían largos.
   Así nos enseñaron a leer: a palos. Todavía pienso que los profesores no querían entusiasmarnos sino di­suadirnos, alejarnos para siempre de los libros. No gas­taban saliva hablando sobre el placer de la lectura, tal vez porque ellos habían perdido ese placer o nunca lo habían experimentado realmente: se supone que eran buenos profesores, pero en ese tiempo ser bueno era poco más que saberse los manuales.
   Como en el poema de Parra, los profesores nos vol­vían locos con preguntas que no iban al caso. Pero al poco tiempo ya conocíamos sus trucos o teníamos tru­cos propios. En todas las pruebas, por ejemplo, había un ítem de identificación de personajes, que incluía puros personajes secundarios: mientras más secunda­rio fuera el personaje era mayor la posibilidad de que nos preguntaran por él, así que memorizábamos los nombres con resignación y también con la alegría de cultivar un puntaje seguro.
   Había cierta belleza en el gesto, pues entonces éra­mos justamente eso, personajes secundarios, centena­res de niños que cruzaban la ciudad equilibrando ape­nas las mochilas de mezclilla. Los vecinos del barrio tomaban el peso y hacían siempre la misma broma: pa­rece que llevaras piedras en la mochila. El centro de Santiago nos recibía con bombas lacrimógenas, pero no llevábamos piedras sino ladrillos de Baldor o de Vi­llee o de Flaubert.
    Madame Bovary era una de las pocas novelas que había en mi casa, así que esa misma noche comencé a leerla, siguiendo el método de urgencia que me ha­bía enseñado mi padre: leer las dos primeras páginas y enseguida las dos últimas, y sólo entonces, sólo des­pués de saber el comienzo y el final de la novela, se­guir leyendo de corrido. Si no alcanzas a terminar, al menos ya sabes quién es el asesino, decía mi padre, que al parecer solamente había leído libros en que ha­bía un asesino.
   La verdad es que no avancé mucho más en la lectu­ra. Me gustaba leer, pero la prosa de Flaubert simple­mente me hacía cabecear. Por suerte encontré, el día anterior a la prueba, una copia de la película en un vi­deoclub de Maipú. Mi mamá intentó oponerse a que la viera, pues pensaba que no era adecuada para mi edad, y yo también pensaba o más bien esperaba eso, pues Madame Bovary me sonaba a porno, todo lo francés me sonaba a porno. La película era, en este sentido, decepcionante, pero la vi dos veces y llené las hojas de oficio por lado y lado. Me saqué un rojo, sin embargo, de manera que durante bastante tiempo asocié Mada­me Bovary a ese rojo y al nombre del director de la pe­lícula, que la profesora escribió entre signos de excla­mación junto a la mala nota: ¡Vincente Minnelli!
   Nunca volví a confiar en las versiones cinemato­gráficas y desde entonces creo que el cine miente y la literatura no (pero no tengo cómo demostrar eso, por supuesto). Leí la novela de Flaubert mucho tiem­po después y suelo releerla más o menos a la altura de la primera gripe del año. No es misterioso el cambio de gustos, pues cosas similares suceden en la vida de cualquier lector. Pero es un milagro que hayamos so­brevivido a esos profesores, que hicieron todo lo posi­ble para demostrarnos que leer era la cosa más aburri­da del mundo.

LOS NUEVOS INQUISIDORES, Javier Tomeo

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JAVIER TOMEO, Los nuevos inquisidores, Alpha Decay, Barcelona, 2004, 278 páginas.

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El volumen supone una muestra representativa de la obra narrativa breve de Tomeo desde 1950, en la que se barajan textos publicados en libros y revistas con inéditos.

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EL CIERVO VAMPIRO

   El ciervo atraviesa lentamente el calvero del bosque en busca del río donde abreva cada mañana. Sabe que su cabeza es un jeroglífico imposible de descifrar y se siente orgulloso de su cornamenta.
   «No quiero que pueda traducirme cualquier becario sin talento», piensa.
   Se detiene a orillas del río. El agua es roja. Recuerda que ayer noche hubo aguas arriba una batalla entre hombres que no pensaban del mismo modo y que estuvieron degollándose recíprocamente durante un par de horas. Muchos de los combatientes, al saberse heridos de muerte, prefirieron meterse en el agua hasta el cuello y morir desangrados.
   El dilema que se le presenta al hermoso ciervo es bastante peliagudo: o renunciar a beber y morir de sed, o arriesgarse a beber agua contaminada de sangre humana y convertirse en hombre.