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MOVIMIENTO PERPETUO, Augusto Monterroso

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AUGUSTO MONTERROSO, Movimiento perpetuo, Anagrama, Barcelona, 1990, 156 páginas.

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LA BREVEDAD

   Con frecuencia escucho elogiar la brevedad y, provisionalmente, yo mismo me siento feliz cuando oigo repetir que lo bueno, si breve, dos veces bueno.
   Sin embargo, en la sátira 1, I, Horacio se pregunta, o hace como que le pregunta a Mecenas, por qué nadie está contento con su condición, y el mercader envidia al soldado y el soldado al mercader. Recuerdan, ¿verdad?
   Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos, largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujección al punto y coma, al punto.
   A ese punto que en este instante me ha sido impuesto por algo más fuerte que yo, que respeto y que odio.

ZIBALDONE DE PENSAMIENTOS, Giacomo Leopardi

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GIACOMO LEOPARDI, Zibaldone de pensamientos, Tusquets, Barcleona, 1990, 312 páginas.

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En Una lectura del Zibaldone (pp. 9-32) Rafael Argullol destaca el afán de Leopardi de evitar elementos autobiográficos: «La intimidad debe permanecer, en cierta manera, camuflada, enquistada en el organismo conceptual que quiere penetrar en el cuerpo universal de la existencia».
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Vida tranquila de los animales en los bosques, países desiertos y desconocidos, etc., donde no deja de cumplirse enteramente el curso de su vida, con sus vicisitudes, actos, muerte, sucesión de las generaciones, etc., porque ningún hombre lo contempla o lo perturba ni ellos se enteran de lo que sucede en el mundo, porque lo que creemos que existe en el mundo pertenece sólo a los hombres.
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   La naturaleza prohíbe el suicidio. ¿Qué naturaleza? ¿La que tenemos ahora? Nuestra naturaleza actual es totalmente distinta de la que teníamos. Comparémonos con las naciones naturales y veamos si puede considerar-se que esos hombres pertenecen a la misma raza que nosotros. Comparémonos con nosotros mismos cuando éramos niños y obtendremos el mismo resultado. El hábito es una segunda naturaleza, sobre todo un hábito tan arraigado, tan prolongado, e iniciado a tan tierna edad, como es el hábito (compuesto de otros infinitos, y muy variados, hábitos) que nos hace ser tan distintos de los hombres naturales, o conformes a la primitiva naturaleza del hombre, y a la naturaleza general de los seres terrestres. Baste con decir que por más esfuerzos que hiciéramos para volver al estado natural no lo lograríamos, ni en lo físico, que no lo toleraría en modo alguno, ni, suponiendo que en lo físico y externamente fuese posible, tampoco en lo moral e internamente; lo que equivale a lo mismo, puesto que ya no podemos participar de la felicidad reservada naturalmente al hombre porque nuestro interior, que es nuestra parte principal, no puede volver a ser como era, por ningún medio o arte. ¿Qué pinta, pues, en este asunto del suicidio, y en cualquier otra cosa relacionada con nosotros, la ley o la inclinación de una naturaleza que no sólo no es nuestra, sino que, aun cuando lo deseáramos y procurásemos por todos los medios, no podría serlo nunca? Lo importante, pues, es averiguar cuál es la inclinación y el deseo de esa segunda naturaleza, que es realmente nuestra y actual. Y ésta, en lugar de oponerse al suicidio, no puede dejar de aconsejarlo, y anhelarlo intensamente: porque también ella odia sobre todo la infelicidad, y siente que sólo puede huir de ella a través de la muerte, y no soporta que la demora de ésta prolongue sus sufrimientos. Por tanto, nuestra verdadera naturaleza, que difiere en todo de la de los hombres de la época de Adán, permite, e incluso exige, el suicidio. Si nuestra naturaleza fuese la primitiva naturaleza humana, no seríamos infelices, y eso en forma inevitable, irremediable; y en lugar de desear la muerte la aborreceríamos. 
(29 de abril de 1822)
   Nuestra naturaleza actual es prácticamente la razón. Que también detesta la infelicidad. Y no hay razonamiento humano capaz de disuadir del suicidio, es decir, de la idea de que más vale no ser que ser infeliz. Y en todo lo demás nos atenemos a la razón, y pensamos que si obrásemos de otra manera estaríamos faltando a nuestro deber de hombres.

CALILA Y DIMNA, Carmen Bravo-Villasante

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CARMEN BRAVO-VILLASANTE, Calila y Dimna, Olañeta, Mallorca, 1990, 102 páginas.

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En el Prólogo (pp. 11-12), Carmen Bravo-Villasante, la editora,traza el origen de esta colección de cuentos y fábulas que proceden de «la famosa colección india llamada Panchatrantra, escrita en el siglo II de nuestra era». La historia de los lobos hermanos sería traducida al persa y «posteriormente Abdalla Ben Almocafa hizo, hacia el año 750, una traducción al árabe», tan popular que conocerá versiones en latín y otras lenguas romances. En el siglo XIII será el Infante D. Alfonso el que la vierta al castellano antiguo.
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EL MÉDICO IGNORANTE QUE ENVENENÓ A LA HIJA DEL REY

   Dijo Dimna:
   —Dicen que en una ciudad había un médico que tenía buena suerte y gran habilidad en el arte de la medicina, y se murió, y estudiaron algunos de sus libros para aprender, y vino un hombre que fingió que era buen médico y no era tal. Y el rey de esa tierra tenía una hija a la que amaba mucho y enfermó y el rey envió a llamar a muchos médicos para que curasen a su hija.
   Y vino un médico muy sabio que era ciego y le dijeron la dolencia de la niña y les mandó que le diesen a beber cierto jarabe que llaman ramaseda. Y se dirigieron al rey y se lo dijeron y él buscó un médico que le diese de beber aquella medicina y vino un hombre que se alababa de médico y sabio en medicinas y de preparados y mandó traer las arcas en que estaban las medicinas del médico muerto y se las trajeron y las abrió y sacó de allí una de días que encontró en un saquito en que había ponzoña mortal y compuso con ello y con otras medicinas, una medicina, y dijo:
   —Ésta es ramaseda.
   Cuando el rey vio que lo había hecho tan pronto, pensó que era sabio y agudo y mandó que le dieran algo y buenos paños. Y él dio a beber la medicina a la dueña y tan pronto como la bebió sus intestinos se despedazaron y murió. Y cuando el rey la vio muerta mandó que le diesen a beber al médico de aquella medicina, y cuando la bebió, se murió.

BESTIARIO DE AMOR, Richard de Fournival

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RICHARD DE FOURNIVAL, Bestiario de amor, Miraguano, Madrid, 1990, 112 páginas.

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Traducido por Ramón Alba, toma como referencia la edición de 1860 de C. Hippeau. Los dibujos de José Luis Fernández Rodríguez reproducen los del manuscrito conservado en la Biblioteca Imperial.
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EL GALLO

   Porque cuanto más cerca de la mañana más a menudo canta; y cuando lo hace a medianoche más fuerza da a su grito y mayor potencia a su voz.
    El crepúsculo y el alba, que participan a la vez de la naturaleza del día y de la noche, significan un amor que no está del todo desesperado, pero no guarda intacta su esperanza. La medianoche simboliza el amor desesperado.
    Y ahora, que ya no tengo la menor esperanza de alcanzar vuestra gracia, es medianoche. Cuando tenía alguna esperanza me encontraba en el anochecer. Entonces cantaba más menudo, ahora es preciso que cante con más fuerza.
    Que los desesperados tengan una voz más fuerte, se justifica en la naturaleza del animal que más se esfuerza al rebuznar y tiene la voz más fea y pavorosa del mundo, el Asno Salvaje.

CATÁLOGO DE OBJETOS IMPOSIBLES, Jacques Carelman

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JACQUES CARELMAN, Catálogo de objetos imposibles, Aura Comunicación, Barcelona, 1990, 240 páginas.

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Este libro recoge fotografías y dibujos de los objetos imposibles ideados por el patafísico artista plástico francés. Humor sobre y crítica de la sociedad de consumo.
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El ajedrez es el cuerpo a cuerpo de dos laberintos.
André Breton

AJEDREZ ESFÉRICO CONOCIDO COMO «GLOBAJEDREZ»

   Este nuevo juego constituye un perfeccionamiento del inmemorial juego del ajedrez, pues añade, en efecto, otra dimensión: ¡la tercera! Qué sorpresa y qué interés adicional cuando, por ejemplo, una reina que uno no había visto surge de las antípodas para «comerse» una pieza. No sea como esos famosos ratones japoneses, que no conocen la tercera dimensión, y adopte nuestro tablero. Esfera metálica, pieza imantadas. Artículo muy esmerado y de gran clase que le hará entrar de golpe en el reducidísimo círculo de los «Nuevos jugadores de Ajedrez».

LA ÚLTIMA CANCIÓN DE MAGGIE ALCÁZAR, Lilian Elphick

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LILIAN ELPHICK, La última canción de Maggie Alcázar, Mosquito, Santiago de Chile, 1990, 68 páginas.

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PÁRPADOS AZULES

   Hoy Marta lo mira más despacio, como queriendo averiguar algún sudor retrasado en la comisura de los labios. Al bajar la vista descubre un camino de hormigas cerca de la cabeza y luego vuelve a mirarlo de lleno. Nota cambios en la cara. Se ve más negra, es cierto; ayer los párpados estaban azules, quizás de tanto ver estrellas. Hasta que Marta los cerró con la yema de los dedos, presionándolos un poco para intentar nuevamente revivir esos ojos de felino solitario.
   —Soy un hombre solo y el desierto me gusta —le dijo un día, antes de que se mudaran a vivir a la mina abandonada.
   Y a ella le da miedo tomar la pala y comenzar a hacer el hoyo. No tiene fuerza para hundirla en esa tierra resquebrajada que aún sigue caliente debajo del cuerpo de su hombre. «Tierra muerta —piensa Marta—; siempre lo estuvo, y nosotros aquí naufragando desde el principio. Hundidos, como si el sol nos hubiese cargado con piedras.
   Por eso le da miedo cavar, no está segura, quizás él duerma solamente, aunque ponga su oído en el pecho y lo huela intenso a mar o a conchales, y le sienta un reventar de olas cerca del estómago.
   Allí estarían lejos del mundo. Nadie los molestaría, y el cuchicheo de las vecinas se tornaría en viento, el viento de la tarde que azota la piel y el alma, le escuchó decir. Ahora ya no habla, pero Marta le adivina el ulular que se desprende de su boca. «Déjame aquí, mujer, no hagas nada, déjame…» Ella no entiende, cómo no hacer nada sino espantar moscas y lagartijas insolentes; habrá que cavar antes de que oscurezca y llegue la noche desfigurándolo más aún, para que duerma tranquilo sin el brillo anémico de la luna arrastrándose por sus venas; habrá que cavar profundo hasta encontrar el agua que lo despierte y le despelleje el mal sueño. «Dios mío, reza Marta, dame fuerzas, que ya llevo dos días tratando de enterrarlo y él no me deja. ¿No oyes lo que me dice?». Sin embargo, Marta sigue de rodillas junto al hombre, inmóvil como una estatua desamparada, sintiendo sus pechos insomnes latir y latir al acordarse de que sólo hace una semana retozaba con él cerca de un cactus ciego.
   «¿Ves ese cerro blanco?; ahí mismo está la mina. La veta no se ha agotado como piensan los demás. Aprenderé rápido y tú me ayudarás», le decía entusiasmado. Eso y otras cosas le decía antes de que todo estallara y le dejara ese remedo de hombre, ese cuerpo sangrante que ya no buscaría más vetas que las de su recuerdo.
   Ahora el sol se esconde detrás del mismo cerro y Marta tiene frío. Mañana lo hará, hable o no. Casi sin cambiar de posición se acuesta al lado de él, respirando de a poco para no robarle más aire, sin importarle su carne que cambia de color ni los jugos que chorrean sus piernas dinamitadas; sin espantar a la soledad, Marta se duerme con la mano del hombre puesta entre sus pechos.

CINCO DEL ÁGUILA, Carlos Chimal

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CARLOS CHIMAL, Cinco del águila, Era, México, 1990, 144 páginas.

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ÉXTASIS
A Margarita Burgos, José Juan Delfín y Andrés

   Fue una despejada y silenciosa mañana. Era también la invisible brisa que poco a poco se disipaba. Alguien me lo había advertido antes, pero no fue sino hasta ese domingo que pude comprobarlo con mis propios ojos. Mientras caminaba hacia el centro, recordé: "Los pájaros pueden predecir el futuro". Orienté mi oído a la selva, que ahora se hallaba privada del aletear y el barullo de todo averío, como si pico, espoleta y nido hubieran sido echados del mundo. Aunque nadie debió sentirse sorprendido. La radio hablaba de ello días antes y las brigadas de prevención hacían su labor, si bien de manera discreta para no crear, digamos, expectación entre los visitantes. Aquí todos vivimos de ellos, o casi todos. Quizás alguno que otro maya se dedique a la siembra o a la pesca, pero la bendición del Creador llega por avión. "Y no vienen a inquietarse", ha dicho el gallego, "sino a derramar".
   Al cruzar por el Palmasola, un supermercado que ostenta una enorme vitrina hacia la calle, miré a sus tranquilos, e incluso distraídos empleados, y a un pequeño grupo de compradores con apenas una o dos bolsas más de lo común. Pasé luego a corta distancia del malecón y vi a los pescadores descargando afanosamente la pesca de bajura, la pesquería, una versión fresca del pange lingua, y a los animosos visitantes abordar un barco excesivamente empavesado para su corta eslora. Llegué por fin al centro, donde se hallaban reunidos ya el gallego, el inglés y mi socio. "Cumplir con el precepto", atravesó mi cabeza. El gallego, que se siente más mexicano que mi socio y yo juntos, envidia al inglés porque todas sus ganancias no rebasan los 20 cm. Ha sabido comprimir una vida y no posee nada más voluminoso y pesado que una maleta con una docena de trajes de lino y camisas de algodón. El resto es cristalería pura, brillantes y algunos diamantes. Envidiable bisutería. De hecho, asistió a la escuela en la esquina de Knightsbridge y Sloalle St., en ele corazón no sólo de Londres, sino, según cualquier Sloane Ranger, del universo entero. Piensa que la familia es lo que realmente importa, aunque no es casado, y ama el pasado. De alguna imprecisa forma dice estar ligado a la aristocracia. Siente que su alma pertenece al medio rural y cree que una ciudad, si posee notable arquitectura antigua, merece vivirla para que el ciudadano disfrute de su servicio, permitiendo que quienes están en capacidad, hagan un par de millones, de libras quiero decir, y se retiren al campo. Mi socio y yo hemos venido a esta isla precisamente huyendo de una urbe que es como una embarcación donde el agua que has sacado, al día siguiente vuelve a alcanzar su nivel. Nunca hacia arriba, nunca hacia abajo. ¿Un trago, un café?; tal vez un éxtasis, 24 horas de fuste, arqueo y papel, un hielo en el Caribe, una noche pirata y see you at AIDS. Llegó el capitán de nuestro barco y le dijimos: "Haga usted lo que le mejor le parezca". Luego de una conveniente despedida, cada quien se fue a desencallar su virilidad, a echar al través su espíritu sagaz o remiso, como el de mi socio. ¿Para qué tanta agua y comida? ¿Para qué perder tantos días sin snorquelear y tantas noches piratas? ¿Qué con los clientes?
   Tomé mi dotación de pilas y me largué a mi casa, donde mi mujer terminaba de afianzar su posición en la tierra y mi pequeño hijo aguardaba, haciendo y deshaciendo figuras de madera. Tomamos las últimas providencias colocando bandas de cinta adhesiva en las ventanas. Mientras lo hacíamos, recordé la manera impaciente de apilar aquellos tambos de plástico con los que intentaban proteger el enorme cristal de Palmasola. La tarde caía y encendí por última vez la radio. Denuedo. Umbral. Filiación. Línea. Nodo. De pronto, el cielo desapareció y con él el horizonte. Y así la tierra. El refrigerador y el aire acondicionado exhalaron, dando paso a la entelequia, a una mónada crepitante que nos aventó a la cocina, y allí, acurrucados, vimos una inmensa mano que golpeaba los cuatro puntos y un haz de cerdas que chasqueban en la zona más profunda de nuestras cabezas. Tal fue la noche y tal la mañana. Y durante esa noche, la noche de la justicia original, el capitán prefirió vivir en alta mar su propia galerna. Montado en cuatro motores Dina y con la tripulación completa, buscó hora tras hora la línea del viento y la enfrentó. Bajo el soplo opalescente y el aura irreconocible, rodeado de un simún extraviado, vieron pasar el transbordador de Cozumel, espectral, movido por la fuerza de la costumbre. Más tarde, mucho más tarde, cuando el entorno había mudado su semblante y el cerrojo de la bóveda fue corrido, dejándonos ver una nítida mañana, como un axioma celestial, apenas reconocí el rostro desencajado de mi socio, que corría por las calles clamando agua y comida. Caminamos ansiosos hacia la playa, sin que nos quedara otra cosa en el estómago más que un novillo arrinconado. Decenas de tambos y millones de astillas reposaban en el fondo de Palmasola El gallego siguió envidiando al inglés, que tomó el último vuelo y probablemente a estas horas despertaba de nuevo su pasión por la India. Como un golpe en vago, ayudamos a rescatar los cuerpos de varios criados mayas, ahogados porque sus patrones nunca les anunciaron el tope, ni les dijeron cuándo parar. En el momento en que envolvíamos un cuerpo más, vimos aparecer, ese magnífico día, nuestro barco en el horizonte. Agobiados, erráticos, con lágrimas en los ojos, mi socio y yo comenzamos a aplaudir.

AGUAFUERTES PORTEÑAS, Roberto Arlt

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ROBERTO ARLT, Aguafuertes porteñas, Losada, Buenos Aires, 1990, 192 páginas.

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Publicados en prensa en 1933, estos retratos inspirados en la realidad argentina recuerdan, preceden y tal vez hayan influido en el singular carácter de los articuentos de Juan José Millás.
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EL HOMBRE CORCHO

   El hombre corcho, el hombre que nunca se hunde, sean cuales sean los acontecimientos turbios en que está mezclado, es el tipo más interesante de la fauna de los pilletes.
   Y quizá también el más inteligente y el más peligroso. Porque yo no conozco sujeto más peligroso que ese individuo, que, cuando viene a hablaros de su asunto, os dice:
   —Yo salí absuelto de culpa y cargo de ese proceso con la constancia de que ni mi buen nombre ni mi honor quedaban afectados.
   Bueno, cuando malandra de esta o de cualquier otra categoría os diga que “su buen nombre y honor no quedan afectados por el proceso”, pónganse las manos en los bolsillos y abran bien los ojos, porque si no les ha de pesar más tarde.
   Ya en la escuela fue uno de esos alumnos solapados, de sonrisa falsa y aplicación excelente, que cuando se trataba de tirar una piedra se la alcanzaba al compañero.
   Siempre fue así, bellaco y tramposo, y simulador como él solo.
   Este es el mal individuo, que si frecuentaba nuestras casas convencía a nuestras madres de que él era un santo, y nuestras madres, inexpertas y buenas, nos enloquecían luego con la cantinela:
   —Tomá ejemplo de Fulano. Mirá qué buen muchacho es.
   Y el buen muchacho era el que le ponía alfileres en el asiento al maestro, pero sin que nadie lo viera; el buen muchacho era el que convencía al maestro de que él era un ejemplo vivo de aplicación, y en los castigos colectivos, en las aventuras en las cuales toda la clase cargaba con el muerto, él se libraba en obsequio a su conducta ejemplar; y este pillete en semilla, este malandrín en flor, por “a”, por “b” o por “c”, más profundamente inmoral que todos los brutos de la clase juntos, era el único que convencía al bedel o al director de su inocencia y de su bondad.
   Corcho desde el aula, continuará siempre flotando; y en los exámenes, aunque sabía menos que los otros, salía bien; en las clases igual, y siempre, siempre sin hundirse, como si su naturaleza física participara de la fofa condición del corcho.
   Ya hombre, toda su malicia natural se redondeó, perfeccionándose hasta lo increíble.
   En el bien o en el mal, nunca fue bueno; bueno en lo que la palabra significaría platónicamente. La bondad de este hombre siempre queda sintetizada en estas palabras:
   “El proceso no afectó ni mi buen nombre ni mi honor”.
   Allí está su bondad, su honor y su honradez. El proceso no “los afectó”. Casi, casi podríamos decir que si es bueno, su bondad es de carácter jurídico. Eso mismo. Un excelente individuo, jurídicamente hablando. ¿Y qué más se le puede pedir a un sinvergüenza de esta calaña?
   Lo que ocurrió es que flotó, flotó como el maldito corcho. Allí donde otro pobre diablo se habría hundido para siempre en la cárcel, en el deshonor y la ignominia, el ciudadano Corcho encontró la triquiñuela de la ley, la escapatoria del código, la falta de un procedimiento que anulaba todo lo actuado, la prescripción por negligencia de los curiales, de las aves negras, de los oficiales de justicia y de toda la corte de cuervos lustrosos y temibles. El caso es que se salvó. Se salvó “sin que el proceso afectara su buen nombre ni su honor”. Ahora sería interesante establecer si un proceso puede afectar lo que un hombre no tiene.
   Donde más ostensibles son las virtudes del ciudadano Corcho es en las “litis” comerciales, en las trapisondas de las reuniones de acreedores, en los conatos de quiebras, en los concordatos, verificaciones de créditos, tomas de razón, y todos esos chanchullos donde los damnificados creen perder la razón, y si no la pierden, pierden la plata, que para ellos es casi lo mismo o peor.
   En estos líos, espantosos de turbios y de incomprensibles, es donde el ciudadano Corcho flota en las aguas de la tempestad con la serenidad de un tiburón. ¿Que los acréedores se confabulaban para asesinarlo? Pedirá garantías al ministro y al juez. ¿Que los acreedores quieren cobrarle? Levantará más falsos testimonios que Tartufo y su progenitor ¿Que los falsos acreedores quieren chuparle la sangre? Pues, a pararse, que si allí hay un sujeto con derecho a sanguijuela, es él y nadie más. ¿Que el síndico no se quiere “acomodar”? Pues, a crearle al síndico complicaciones que lo sindicarán como mal síndico. Y tanto va y viene, y da vueltas, y trama combinaciones, que al fin de cuentas el hombre Corcho los ha embarullado a todos, y no hay Cristo que se entienda. Y el ganancioso, el único ganancioso, es él. Todos los demás ¡van muertos!
   Fenómeno singular, caerá, como el gato, siempre de pie. Si es en un asunto criminal, se libra con la condicional; si en un asunto civil, no paga ni el sellado; si en un asunto particular, entonces, ¡qué Dios os libre!
   Tremendo, astuto y cauteloso, el hombre Corcho no da paso ni puntada en falso.
   Y todo le sale bien. Así como en la escuela pasaba los exámenes aunque no supiera la lección, y en el examen siempre acertó por una bolilla favorable, este sujeto, en la clase de la vida, la acierta igualmente. Si se dedicó al comercio, y el negocio le va mal, siempre encuentra un zonzo a quien endosárselo. Si se produce una quiebra, él es el que, a pesar de la ferocidad de los acreedores, los arregla con un quince por ciento a pagar en la eternidad, cuando pueda o cuando quiera. Y siempre así, falso, amable y terrible, prospera en los bajíos donde se hubiera ido a pique, o encallado, más de una preclara inteligencia.
   ¿Talento o instinto? ¡Quién lo va a saber!

CUENTOS ANDALUCES

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Cuentos andaluces, Olañeta, Palma de Mallorca, 1990, 88 páginas.

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Seleccionados por Carmen Bravo-Villasante, estos cuentos originarios de diferentes puntos de Andalucía presentan, al lado de ciertos rasgos de estilo que delatan el pulimento esperable en su paso a la lengua escrita, los elementos propios del "habla andaluza", permitiendo la ilusión, a pesar de que la puerta a los relatos esté construida de papel, de que en realidad "los estemos oyendo".

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LA SIRENA

   Eran unos padres que tenían un hijo y el padre era pescador y todos los días iba a pescar. Un día vio que la red pesaba muchísimo y que apenas podía sacarla; cuando lo consiguió, vio en ella un pescado muy grande que le dijo:
   —Yo te voy a comer si no me ofreces traerme al primero que encuentres.
   El pescador pensó que sería como siempre la perrilla la que se adelantaba a recibirle y ésa le llevaría. Así que el pez se sumergió, se marchó hacia su casa; mas esta vez, en lugar de la perrilla quien salió fue su hijo.
   El padre preguntó que por qué se había apresurado a salir a su encuentro, y el hijo le dijo que como tardaba estaba con cuidado. El padre le contó lo que había pasado; que había sacado una Sirena en la red y que le había exigida le llevase al primero que en su casa saliese a recibirlo.
   El hijo conoció que su padre tenía que cumplir su palabra; pero, antes de ir, quería marchar a un pueblecito inmediato para despedirse de unos amigos que él tenía; yendo por el camino, se encontró una hormiga, un lobo y un águila; todos tres estaban comiéndose un burro muerto; pero cada uno quería llevarse la mejor parte y no lograban partirlo. Cuando lo vieron pasar lo llamaron y le dijeron les hiciera las particiones del burro. Él lo repartió dándole la carne al águila, los huesos al lobo y la piel a la hormiga; cuando ya se marchaba, volvieron a llamarlo y él temió si querían comérselo también; pero se acercó y le dijeron que querían darles las gracias y su recuerdo por su buena obra. El lobo le dio un pedacito de oreja que tenía la virtud, que en sacándola y diciendo: —¡Ay de mí! ¡el lobo!—, se convertía en lobo. El águila le dio una pluma para que dijese: —¡Ay de mí! ¡el águila!— y se convirtiese en águila; y la hormiga, una patita para que dijera: —¡Ay de mí! ¡Hormiga!—, y se volviese hormiga.
   Ya con estos regalos, se volvió a su casa y le dijo al padre que podía entregarlo a la Sirena. Aquél lo llevó y al entregárselo tocó la pluma y después de decir las palabras —¡Ay de mí! ¡Águila!—, se volvió águila y se marchó del primer vuelo al palacio, y la princesa, al ver aquel pájaro tan bonito lo hizo coger y lo colocó atado a los pies de la cama. Por la noche se volvió hombre; la princesa se asustó; pero él la tranquilizó y le contó su historia. El rey quiso se quedase en palacio y todos lo querían mucho; todas las tardes salía en coche con el rey y la princesa, y otras veces a dar paseos en lancha por el mar.
   Un día la Sirena lo vio y le echó mano y se lo tragó a vista del rey y la princesa- El rey dijo que aún encontraba medio de sacarlo de la Sirena. Como a las sirenas les gustar mucho el oro y la plata, mandó hacer un remo de plata, y un día salieron en busca de la Sirena, y le dijeron que si les enseñaba el joven aunque no fuese más que medio cuerpo, le regalarían el remo de plata. La Sirena les enseñó la cabeza solamente así que él nada pudo hacer todavía: mas la princesa le dijo que si se lo enseñaba de medio cuerpo, le regalaría un remo de oro. La Sirena dijo que sí y al otro día se lo llevaron y la Sirena sacó el medio cuerpo del joven que, hallándose en esta libertad, pudo tomar la forma del águila y se echó a volar. La Sirena dijo: —¡Ah, pícaros, que me han engañado! Pero yo me vengaré. Y, al irse a volver a palacio la princesa, se abrió la tierra y se la tragó. El águila, que vio lo que pasaba, dijo: —Pues yo habré de sacarla. Y, hecho hombre de nuevo, le dijo a unos albañiles le hicieran un agujero pequeño en aquel sitio. Entonces sacó la patita de la hormiga y dijo: —Vuélvome hormiga, y se entró dentro de un castillo y quiso volverse águila: la reina lo conoció enseguida y cuando salió el gigante que la guardaba, el joven se convirtió en hombre y le dijo a la princesa que se volviese ella también hormiga para salir juntos. Así lo hicieron y llegaron a palacio donde el padre se puso tan contento y permitió al libertador de su hija que se casara con ella. Vivieron muy felices; pero siempre cuidando de no pasear nunca por el mar para no encontrarse con la Sirena.

MUECAS PARA ESCRIBIENTES, Virgilio Piñera

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VIRGILIO PIÑERA, Muecas para escribientes, Alfaguara, Madrid, 1990, 344 páginas.

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El volumen reúne los dos libros de relatos póstumos que, tres años antes, habían sido publicados de forma independiente: Muecas para escribientes y El fogonazo.

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LA MUERTE DE LAS AVES

   De la reciente hecatombe de las aves existen dos versiones: una, la del suicidio en masa; la otra, la súbita rarificacion de la atmósfera.
   La primera versión es insostenible. Que todas las aves —del cóndor al colibrí— levantaran el vuelo —con las consiguientes diferencias de altura— a la misma hora —las doce meridiano—, deja ver dos cosas: o bien obedecieron a una intimidación, o bien tomaron el acuerdo de cernirse en los aires para precipitarse en tierra. La lógica mas elemental nos advierte que no está en poder del hombre obrar tal intimidación; en cuanto a las aves, dotarlas de razón es todo un desatino de la razón. La segunda versión tendrá que ser desechada. De haber estado rarificada la atmósfera, habrían muerto sólo las aves que volaban en ese momento.
   Todavía hay una tercera versión, pero tan falaz que no resiste el análisis; una epizootia, de origen desconocido, las habría hecho más pesadas que el aire.
   Toda versión es inefable y todo hecho es tangible. En el escoliasta hay un eterno aspirante a demiurgo. Su soberbia es castigada con la tautología. El único modo de escapar al hecho ineluctable de la muerte en masa de las aves, sería imaginar que hemos presenciado la hecatombe durante un sueño verdadero.
   Sólo nos queda el hecho consumado. Con nuestros ojos las miramos muertas sobre la tierra. Más que el terror que el terror que nos procura la hecatombe, nos llena de pavor la imposibilidad de hallar una explicación a tan monstruoso hecho. Nuestros pies se enredan entre el abatido plumaje de tantos millones de aves. De pronto todas ellas, como en un crepitar de llamas, levantan el vuelo. La ficción del escritor, al borrar el hecho, les devuelve la vida. Y sólo con la muerte de la literatura volverían a caer abatidas en tierra.

FLORES DEL AÑO MIL Y PICO DE AVE, Álvaro Cunqueiro

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ÁLVARO CUNQUEIRO, Flores del año mil y pico de ave, Seix Barral, 1990, 242 páginas.
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Editado originalmente por Taber en 1968, contiene además de los Siete cuentos de otoño, otros microrrelatos.
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EL BARQUERO
       
   Felipe de Amancia, cuando yo lo conocí, pasaba ya de los sesenta. Tenía con él, para ayudarle en el oficio, a un nieto que no llegaba a los doce años, y se llamaba Joselín. Amancia, la madre de Felipe, había sido barquera, y se tiene como seguro que no sabía quién fuese el padre de su Felipe, aunque hemos de pensar que fue un señor, por las maneras y fantasías que quitó Felipe en su viaje por este mundo. Felipe, calvo y huesudo, tenía negros ojos, burladores. Todo él era reidor y campechano, aunque le gustase aparentar sequedad, y, por veces, melancolía. Quizás algún seminarista de Mondoñedo que por allí pasó de los de ropón corto y banda colorada, recordando un verso de Horacio le dijo aquello de Caronte melancólico, y como Felipe era muy dado a creer en imaginaciones, tomó ésta para componer su figura. Aún me parece verlo sentado en el padrón con los pies descalzos descansando en la popa de la chalana, liando cigarro y mirando sin ver para el río. Yo era muy rapaz y me tenía por su amigo.
   —¡Tarde llegas! —me decía—. Aún no hace una hora pasé en la barca al obispo de París, tuve que hacer dos viajes; uno para Su Señoría y su camarero, y otro para una sombrilla que traían, amarilla con vueltas coloradas.
   Lo creía todo. Un día vino a pintarle la barca un pintor de Lugo.
   —Pinto la lancha —me dijo— porque pasó hoy por aquí la infanta Catalina con seis caballeros negros, y cada uno de los caballeros me dio un carolus del rey, que es moneda que sólo corre entre reyes y príncipes. He de ir a cambiarlos por tres onzas a Compostela. La infanta llevaba en la mano un malvis cantador, y en el medio del río pare la barca para que ella tirara una rosa a las aguas, que es costumbre de la Casa Real saludar los ríos que pasan. Agradeció que yo estuviese al tanto de tal cortesía.
   Felipe de Amancia sonreía y me daba palmaditas en la espalda. Yo me ponía a caballo de la proa de la barca y allí me estaba viendo correr el agua, alanceándola con la pértiga.
   Felipe de Amancia amaneció muerto un día de San Froilán en el patio de la posada. Todos sus ahorros los tenía en oro, en una bolsa de seda carmesí, en la que había mandado bordar una barca con su barquero, navegando unas aguas azules. Debajo de las aguas, un letrero decía: «Oro secreto». Allí estarían el tornés del Delfín, los carolus de los caballeros de doña Catalina, el luis del obispo de París, la libra del príncipe de Gales y las monedas bizantinas de don Leonís. Y también la más hermosa moneda que poseyó nunca Felipe de Amancia: su fantasía, un florín de ley. Lo gastaba cada día.

CUENTOS ESQUIMALES

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Cuentos esquimales (Los cuentos del iglú), Olañeta, Palma de Mallorca, 1990, 55 páginas.

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Recopilados por Edward L. Keithahn, estos cuentos de los "comedores de carne cruda", explica Louise Weiss en la Presentación (pp. 5-6), son "representativos del desolado mundo polar que tanto fascina en la actualidad a los felices habitantes de nuestras templadas tierras". Las ilustraciones interiores son reproducciones de obras procedentes de museos canadienses.

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EL NIÑO GLOTÓN
  
   Un niño vivía con su abuela en el iglú construido por el abuelo. A partir de la muerte de este último, el hambre campaba a sus anchas por la casa. Un día, la anciana sacó al nieto del iglú. Ya no podía alimentarlo más. Le rogó que buscara algo para comer.
   El niño salió y se encontró un bacalao que había sido arrojado a la playa. Lo recogió, le arrancó la cabeza y se lo devoró de un bocado. Continuó su paseo y tropezó con un león marino. Se arrojó sobré él, le arrancó la cabeza y se lo comió. Pero aun así, seguía hambriento. Más adelante se topó con una morsa de largos bigotes que se calentaba al sol. Antes de que la morsa hubiera llegado al agua, el niño ya le había arrancado la cabeza y sin molestarSe en despiezarla, se la tragó.
   Por último el pequeño glotón divisó una ballena blanca que acababa de ser arponeada por un pescador. De la misma manera que había hecho con el bacalao, el león marino y la morsa, le quitó la cabeza y se la comió entera, con piel, barba e intestinos incluidos. Entonces se sintió mejor. Por primera vez en su vida había conseguido devorar a su propia hambre. Se puso a cantar y le dedicó la canción a su estómago. Tuvo sed y se dirigió a un pequeño lago, donde bebió sin tomar aliento. El lago se secó y el niño volvió al iglú. Pero había engordado tanto, que no pudo entrar por la puerta.
   —Entra por la ventana —le aconsejó la abuela.
   La ventana era más pequeña que la puerta. Con todo pudo meter la cabeza, pero los hombros se quedaron atascados.
   —Entra por el tubo del respiradero —le aconsejó la anciana. El tubo era más pequeño que la ventana, pero la cabeza y los hombros del niño pasaron, el estómago no.
   —Pasa por el ojo de mi aguja —invocó la esquimal.
   Levantó su aguja hacia el techo del iglú y el niño pasó y se cayó al suelo. En aquel momento la anciana se dio cuenta de que su nieto había engordado tanto sólo por comer demasiado.
   —¡No te acerques a la lámpara!— le dijo con firmeza.
   Pero el niño, que había perdido el equilibrio, rodó hasta la lámpara, ésta cayó sobre él y estalló. La anciana había tenido tiempo de escapar. Cuando volvió a reinar el silencio, la vieja se arrastró hasta el iglú y miró por la ventana. El niño y la lámpara habían desaparecido. En su lugar se hallaban un bacalao, un león marino, una morsa y una ballena que nadaban en un pequeño lago azul.

AFORISMOS, Georg Christoph Lichtenberg

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GEORG CHRISTOPH LICHTENBERG, Aforismos, Edhasa, Barcelona, 1990, 326 páginas. Edición de Juan del Solar.
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Ordenado en bloques cronológicos, este volumen ofrecen una selección de la amplia producción aforística del físico alemán. El mismo editor, en su Introducción (pp. 7-13), reconoce lo desorientador de un título que se ha mantenido desde la primera edición crítica del siglo XX: en sus cuadernos, "ese sorprendente cajón de sastre", los pensamientos de carácter más aforístico conviven con anécdotas, citas, greguerías, sueños, y otras formas de literatura encapsulada.

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Los relojes de arena no sólo recuerdan la veloz huida del tiempo, sino también el polvo en el que alguna vez nos convertiremos.
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Estoy convencido de que todo empezará a ir bien el día en que la historia cierre sus libros, pero, ¿quién podrá tomarme a mal el que también yo haga gruñir a veces mi contrabajo en este concierto? 
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Con la cinta que debía atar sus corazones han estrangulado su paz. 
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Del primer poeta del mundo al fabricante de versos.
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Le expresaron un agradecimiento muy ardiente, algo quemado.
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Ningún invento le ha costado menos trabajo al hombre que el del Cielo. 
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La gente que nunca tiene tiempo es la que menos cosas hace.
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De qué sirven todas las salidas del Sol si no nos levantamos.

DESPISTES Y FRANQUEZAS, Mario Benedetti

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MARIO BENEDETTI, Despistes y franquezas, Alfaguara, Madrid, 1990, 256 páginas.

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En este volumen, Benedetti exhibe su destreza en el cultivo de diferentes géneros, combinando entre sus páginas poemas, cuentos de variada extensión y Graffiti sin muros (pp. 77-78), un breve muestrario aforístico.

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Las modas pasan, los escombros quedan.

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De todos los ismos sólo queda el abismo.

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Lo grave no es el pecado original sino las fotocopias.

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Aggiornamento: Sésamo instaló portero eléctrico.

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PERSECUTA

Como en tantas y tantas de sus pesadillas, empezó a huir, despavorido. Las botas de sus perseguidores sonaban y resonaban sobre las hojas secas. Las omnipotentes zancadas se acercaban a un ritmo enloquecido y enloquecedor. 
Hasta no hace mucho, siempre que entraba en una pesadilla, su salvación había consistido en despertar, pero a esta altura los perseguidores habían aprendido esa estratagema y ya no se dejaban sorprender.
Sin embargo esta vez volvió a sorprenderlos. Precisamente en el instante en que los sabuesos creyeron que iba a despertar, él, sencillamente, soñó que se dormía.

SILOGISMOS DE LA AMARGURA, E. M. Cioran

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E. M. CIORAN, Silogismos de la amargura, Tusquets, Barcelona, 1990, 152 páginas.

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Separados en diez bloques, el tiempo, la historia, el amor, la música o el vacío son algunos de los temas que, siempre con la amargura que el título señala, recoge este conjunto de aforismos.

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El pesimista debe inventarse cada día nuevas razones de existir: es una víctima del «sentido» de la vida.

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En el paroxismo de la Insensibilidad, se piensa en una buena crisis de epilepsia como en una tierra prometida.

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Envejeciendo aprendemos a convertir nuestro terrores en sarcasmos.

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¿Para qué releer a Platón cuando un saxofón puede hacernos entrever igualmente otro mundo?

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Todas las calamidades —revoluciones, guerras, persecuciones— provienen de un equívoco inscrito sobre una bandera.

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Creo en la salvación de la humanidad, en el porvenir del cianuro.

LA MANO DE LA HORMIGA, Antonio Fernández Ferrer (editor)

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ANTONIO FERNÁNDEZ FERRER (editor), La mano de la hormiga. Los cuentos más breves del mundo y de las literaturas hispánicas, Fugaz Ediciones, Madrid, 1990, 463 páginas.

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Prólogo del editor: páginas 7-13. Amplísima nómina de autores de diversas épocas y nacionalidades: Arreola, Andersón Imbert, Bierce, Brecht, Calvino, Cunqueiro, Denevi, Dieste, Elizondo, Fellini, Girondo, Gorostiza, Hoffmann, Ionesco, Jünger, Kafka, Kierkegaard....


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LA TIMIDEZ

   Tenía tal preocupación por no causar molestias que volvió a cerrar la ventana detrás suyo, después de haberse lanzado al vacío, desde lo alto del sexto piso.

Jacques Sterneberg, Contes glacés.