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CAMPO NUBLO, Antidio Cabal

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ANTIDIO CABAL, Campo nublo, Ediciones Idea, Santa Cruz de Tenerife, 2008, 252 páginas.
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Necesito nuevos sueños, estoy copiándoles a los demás sus residuos.
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Que lo que sale de mí nunca vuelva; me reconozco solamente en lo que sobra, y en lo que no ha estado nunca en mí para quedarse. Vivo turbado, seleccionando lo que soy.
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El corazón a veces aúlla. En su maleza, él recuerda las costumbres que le faltan.
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La mayoría de mi yo no está en uso.
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La humanidad es su propio envase y su propio residuo.
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Los hombres llevan una canción que no oyen.
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Nacemos para morir, entretanto vamos al cine.
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Las células son estrellas fugaces.
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El drama de cada hombre es no ser rosa.

DICCIONARIO ETIMOLÓGICO COMPARADO DE NOMBRES PROPIOS DE PERSONA, Gutierre Tibón

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GUTIERRE TIBÓN, Diccionario etimológico comparado de nombres propios de persona, FCE, México, 2002 (1956), 252 páginas.

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Señala el autor en el Prólogo (pp. 7-9) a este deliciosa obra: «Los nombres de persona compendian la historia de la civilización».
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ELENA

Griego, Ἑλένη, «antorcha»: «la brillante, la resplandeciente», de raíz indoeuropea *suel, «arder». Elena de Troya, la mujer más bella del mundo, mereció el epíteto de «destructora de hombres», por etimología popular (confróntese Deyanira). La difusión de Elena como nombre de pila se debe a Santa Elena, madre del emperador Constantino y descubridora de la Vera Cruz. Variante gráfica: Helena, Italiano, Elena; Francés, Hélène; alemán, Hélène; inglés, Helen, Helena, Ellen. La Elaine de los romances de la Mesa Redonda es la versión francesa de una forma galesa de Elena. Aileen es la forma irlandesa. Confróntese Eleonor, Leonor, Berta, Fulgencio, Luz, Iluminada. Hipocorísticos alemanes Lena, Lene, Lenchen.

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INÉS

Del griego αγνη, «puro, casto»; en Italia se acercó, por etimología popular, al latín agnus, el cordero, símbolo de pureza e inocencia. Latín medieval, Agneta; italiano, Agnese, francés, Agnès, de donde el inglés Agnes, con su hipocorístico Aggy. Entre las santas de este nombre, la más famosa es la virgen romana perseguida a causa de su belleza y muerta por la fe a principios del siglo IV. Confróntese Cástulo. Inocencio, Pura.

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MÁXIMO

Latín, Maxĭmus, superlativo de magnus, «grande» (véase Magno). Raíz indoeuropea mag- como magnus: maxîmus es un antiguo *mag-somos. Máximo es «el más grande» en un sentido moral, es decir, «el más fuerte, el más poderoso, el más noble». Con el cristianismo los templos dedicados a I O M, Ioui Optĭmo Maxĭmo, «a Júpiter óptimo máximo", cambiaron su sigla en D O M, Deo Optĭmo Maxĭmo. Entre los treinta y un santos de este nombre, un mártir del siglo II que según la tradición predicó en España; un obispo de Turín (siglo V), y el famoso teólogo bizantino del siglo VII llamado el Confesor.

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RAQUEL

Hebreo, Rajel, «cordero», «oveja». Personaje bíblico, esposa de Jacob y madre de José. En la escolástica, Raquel es el símbolo de la vida contemplativa. Francés, inglés, alemán, Rachel; italiano. Rachele.

CUENTOS FRÍOS, Virgilio Piñera

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VIRGILIO PIÑERA, Cuentos fríos, Losada, Buenos Aires, 1956, 190 páginas.

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El CAMBIO

   El amigo esperaba a las dos parejas. Iban por fin los amantes a reunirse en su carne,  y justo es confesar que el amigo había preparado las cosas con tacto exquisito. Pero exigió, a cambio de la dicha inmensa que les proporcionaba, que todo fuese consumado en la más absoluta tiniebla y en el silencio más estricto. Así, llegados a su presencia los amantes, les hizo saber que la última cámara iluminada que contemplarían en el transcurso de su memorable noche carnal era esta que ahora los alumbraba a todos. Entonces, tras las consiguientes protestas de cortesía y las frases de estilo, se pusieron en marcha por una pequeña galería que desemboca frente a lo que el amigo decía eran las inmensas puertas de dos cámaras nupciales.
   Ya el trayecto por dicha galería había sido consumado en la más definitiva oscuridad. El amigo, que no tenía necesidad del poder de la luz, les hizo saber que estaban a la entrada del paraíso humano, y que a una señal suya las puertas se abrirían para dejar paso a los eternos amantes hasta ahora separados por las asechanzas del destino.
   De pronto, un movimiento de terror hubo de producirse: parece que un golpe de viento levantó rudamente la túnica de las damas, las cuales, aterrorizadas, se apartaron de sus amantes y fueron a estrecharse enloquecidas contra el pecho del amigo, que estaba en el centro de aquel extraño grupo. El amigo, sonriendo levemente, y sin romper la consigna dada, las tomó por las muñecas y, obligándolas a un breve giro, las cambió, de tal suerte, que cada una de ellas fue a quedar en brazos del amante que no le correspondía. Éstos, como caballos bien amaestrados, aguardaban, silenciosos y tensos. Pronto el orden quedó restablecido y a una señal del amigo se abrieron las puertas y entraron por ellas los amantes trocados.
   Allí, en la cámara carnal, se prodigaron las caricias más refinadas e inauditas. Guardando una gratitud y un respeto amoroso al juramento empeñado, no pronunciaron ni siquiera el comienzo de una letra, pero se cumplieron en el amor hasta agotar, como se dice, “la copa del placer”. Entre tanto, el amigo, en su cámara iluminada, se retorcía de angustia. Pronto saldrían de las otras cámaras los amantes y comprobarían el horrible cambio y su amor quedaría anulado por el hecho insólito que es haberlo realizado con objetos que les eran absolutamente indiferentes.
   El amigo se dio a pensar en varios proyectos de restitución; de inmediato desechó el que consistiría en llevar a las damas a una cámara común para de allí restituirlas, ya trocadas rectamente, a sus respectivos amantes. Solución parcial: por ejemplo, cualquiera de las damas podía caer en sospecha de que algo anormal ocurría en virtud de ese paseo de una cámara oscura a una cámara iluminada. De pronto, sonrió el amigo. Dio una palmada y llegaron al instante dos servidores. Deslizó algunas palabras en sus oídos y éstos desaparecieron volviendo poco después armados de un diminuto punzón de oro y unas enormes tijeras de plata. El amigo examinó los instrumentos y acto seguido indicó a los  servidores las puertas nupciales.
   Entraron éstos y, tanteando en las tinieblas, se apoderaron de las mujeres y rápidamente les cercenaron la lengua y les sacaron los ojos, haciendo cosa igual con los hombres. Una vez desposeídos de sus lenguas y de sus ojos fueron conducidos a presencia del amigo, quien los esperaba en su cámara iluminada.
   Allí les hizo saber que, deseando prolongar para ellos aquella memorable noche carnal, había ordenado que dos de sus criados, armados de punzones y tijeras, les vaciaran los ojos y les cercenaran la lengua. Al oír tal declaración, los amantes recobraron inmediatamente su expresión de inenarrable felicidad y por gestos dieron a entender al amigo la profunda gratitud que los embargaba.
   Así vivieron largos años en una dicha ininterrumpida. Por fin les llegó la hora de la muerte, y, como perfectos amantes que eran, les tocó la misma mortal dolencia y el mismo minuto para morir. Visto lo cual, el amigo sonrió levemente y decidió sepultarlos, restituyendo a cada amante su amada, y, por consiguiente, a cada amada su amante. Así lo hizo, pero como ellos ya nada podían saber, continuaron dichosamente su memorable noche carnal.

FINAL DEL JUEGO, Julio Cortázar

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JULIO CORTÁZAR, Final del juego, Punto de lectura, Madrid, 2009, 208 páginas.

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Publicado originalmente en 1956, Final del juego es el tercer libro de relatos escrito por Cortázar. Respecto a Bestiario, su volumen de cuentos precedente, los textos se caracterizan por una mayor brevedad, a la vez que reclaman un lector más activo a la hora de interpretarlos. La organización de estos 18 cuentos en tres bloques (I, II y III) vuelve gradual la exigencia en su lectura y comprensión.

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CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

   Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
    Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

LOS NIÑOS TONTOS, Ana María Matute

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ANA MARÍA MATUTE, Los niños tontos, Arión, Madrid, 1956, 59 páginas. 

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Esta primera edición cuenta con las ilustraciones de Miguel Lloch.
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EL ESCAPARATE DE LA PASTELERÍA


   El niño pequeño, de los pies descalzos y sucios, soñaba todas las noches que entraba dentro del escaparate. Tras el cristal había tartas de manzana, guindas rojas y salsa de caramelo, que brillaba. Aquel niño pequeño iba siempre seguido de un perro descolorido, delgado. Un perro de perfil.
   Una noche, el niño se levantó con ojos extrañamente abiertos. Los ojos de aquel niño estaban barnizados de almíbar, y su boca tenía dientecillos agudos, ansiosos.
   Llegó al escaparate y apoyó la frente en el cristal, que estaba frío. Sintió gran desolación en las palmas de las manos. Todo estaba apagado, y nada veía. Pero aquel niño sonámbulo volvió a su choza con las redondas pupilas, de color de miel y azúcar tostado, muy abiertas.
   El sol llegó, grande, y el niño lo vio entrar. No podía cerrar los ojos y suspiraba. En aquel momento una señora caritativa asomó la cabeza por la puerta. Traía un cazo lleno de garbanzos que le habían sobrado.
   —Yo no tengo hambre. Yo no tengo hambre —dijo el niño. Y la señora caritativa, escandalizada, se fue a contarlo a todo el mundo. “Yo no tengo hambre”, repitió el niño, interminablemente.
  El flaco perrillo se marchó de allí, con el corazón oprimido. Volvió, trayendo en la boca un trozo de escarcha, que brillaba al sol como un gran caramelo. El niño lo chupó durante toda la mañana, sin que se fundieran en su boca fría, con toda la nostalgia.

LOS NIÑOS TONTOS, Ana María Matute

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ANA MARÍA MATUTE, Los niños tontos, Destino, Barcelona, 2001 (1978), 82 páginas. 

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Tanto la cubierta como las ilustraciones interiores son obra de José María Prim. 
 
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EL TIOVIVO

   El niño que no tenía perras gordas merodeaba por la feria con las manos en los bolsillos, buscando por el suelo. El niño que no tenía perras gordas no quería mirar al tiro en blanco, ni a la noria, ni, sobre todo, al tiovivo de los caballos amarillos, encarnados y verdes, ensartados en barras de oro. El niño que no tenía perras gordas, cuando miraba con el rabillo del ojo, decía: “Eso es una tontería que no lleva a ninguna parte. Sólo da vueltas y vueltas y no lleva a ninguna parte”. Un día de lluvia, el niño encontró en el suelo una chapa redonda de hojalata; la mejor chapa de la mejor botella de cerveza que viera nunca. La chapa brillaba tanto que el niño la cogió y se fue corriendo al tiovivo, para comprar todas las vueltas. Y aunque llovía y el tiovivo estaba tapado con la lona, en silencio y quieto, subió en un caballo de oro que tenía grandes alas. Y el tiovivo empezó a dar vueltas, vueltas, y la música se puso a dar gritos entre la gente, como él no vio nunca. Pero aquel tiovivo era tan grande, tan grande, que nunca terminaba su vuelta, y los rostros de la feria, y los tolditos, y la lluvia, se alejaron de él. “Qué hermoso es no ir a ninguna parte”, pensó el niño, que nunca estuvo tan alegre. Cuando el sol secó la tierra mojada, y el hombre levantó la lona, todo el mundo huyó, gritando. Y ningún niño quiso volver a montar en aquel tiovivo.

LOS NIÑOS TONTOS, Ana María Matute & Javier Olivares

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ANA MARÍA MATUTE, Los niños tontos, Media vaca, Valencia, 2000 (1956).  Ilustraciones de Javier Olivares.
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En 1956 Ana María Matute publica los veintiún relatos que componen Los niños tontos, en dos ediciones: la de la editorial Arión, en Madrid y la de Destino en Barcelona. La edición de Media Vaca añade a modo de apéndices dos textos: "Cómo comencé a escribir" (pp. 103-106) de la autora; y "Cosas que recuerdo" (pp. 107-109), texto del ilustrador, Javier Olivares, quien elige el añil y el negro como colores dominantes de sus ilustraciones. 

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EL HIJO DE LA LAVANDERA

Al hijo de la lavandera le tiraban piedras los niños del administrador porque iba siempre cargado con un balde lleno de ropa, detrás de la gorda que era su madre, camino de los lavaderos. Los niños del administrador silbaban cuando pasaba, y se reían mucho viendo sus piernas, que parecían dos estaquitas secas, de esas que se parten con el calor, dando un chasquido. Al niño de la lavandera daban ganas de abrirle la cabeza pelada, como un melón-cepillo, a pedradas; la cabeza alargada y gris, con costurones, la cabeza idiota, que daba tanta rabia. Al niño de la lavandera un día lo bañó su madre en el barreño, y le puso jabón en la cabeza rapada, cabeza-sandía, cabeza-pedrusco, cabeza-cabezón-cabezota, que había que partírsela de una vez. Y la gorda le dio un beso en la monda lironda cabezorra, y allí donde el beso, a pedrada limpia le sacaron sangre los hijos del administrador, esperándole escondidos, detrás de las zarzamoras florecidas.