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GREY, Alberto Chimal

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ALBERTO CHIMAL, Grey, Era, Ciudad de México, 2006, 90 páginas.
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UN AMOR

   En verdad él era dos hombres. Uno sentía el calor entre las piernas, veía ante sí los fantasmas de carnes desnudas, flores rojas, capullos del deseo, y entraba en el cuarto. El Otro salía del cuarto, tembloroso, con la vergüenza como escarcha sobre los hombros, y se tiraba al suelo, rezaba por su alma, pedía perdón por su debilidad, preparaba los látigos y los cilicios. 
   Por consiguiente, ella también era dos: una prístina virgen y una puta; la esposa fiel de un sátiro y la perdición de un casto. 
   Pero una noche, en el instante en que se abría la puerta de la habitación, el casto que salía volteó. Miró a la virgen, y se hablaron, y puestos de acuerdo huyeron juntos. Él se convirtió en numerario y ella se hizo monja. Y así los otros dos, abandonados, quedaron dueños de la casa, y nadie más habló mal de ellos, y fueron felices. 

UN EXTRAÑO ENVÍO, Julia Otxoa

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JULIA OTXOA, Un extraño envío (Relatos breves), Menoscuarto, Palencia, 2006, 168 páginas.

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LENGUAJE 

   Estamos los dos sentados en un pequeño plató de televisión, dos cámaras nos enfocan. El entrevistador me hace preguntas para un programa cultural al que he sido invitada como escritora. Él no escucha mis res-puestas, no parecen interesarle lo más mínimo; sólo espera a que yo termine de hablar para dispararme la siguiente pregunta, que lee nervioso de unos folios que mantiene sobre sus rodillas. 
   Así que, harta de este estado de cosas, en un momento de la conversación yo también desconecto, y cuando vuelve a preguntarme, contesto algo que no viene a cuento. Pronto mantenemos entre ambos una conversación totalmente absurda. 
   Extrañamente, es en ese preciso instante cuando el entrevistador y yo nos sentimos más próximos, tanto que incluso podemos llegar a vernos, arropados los dos en nuestros mutuos lenguajes sin sentido. 

EL PEZ QUE APRENDIÓ A CAMINAR, Claudia Ulloa Donoso

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CLAUDIA ULLOA DONOSO, El pez que aprendió a caminar, Estruendomudo, Lima, 2006, 150 páginas.

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07.02

   hoy ha llegado esta niña a mis manos y a mí me ha parecido un ángel. con el cuerpo frío sobre aquella cama de acero, la observo y me lleno de tristeza. está muerta, se ha suicidado esta tarde con ron y veneno para ratas. he abierto sus ojos y aún he visto brillo en sus pupilas. le he tocado las mano:. las tiene frías pero no tiesas, sino suaves y dóciles. en la comisura de sus labios tiene aún un poco de saliva casi plateada. yo sé que es un ángel, porque los ángeles están por todas partes. pero en la cafetería de la morgue muchos dicen que ella era una prostituta. dicen que llegó en un vestido rosa, escotado y pegadito. vulgares todos, dicen que se le veían las tetas bien apretaditas y el culo grande con las nalgas marcadas sobre la tela. yo la he visto desnuda. su silueta solo marcaba una sombra gris sobre el brillo del acero, resaltaba en ese espacio helado de la cámara frigorífica. es un ángel, insisto, pues nadie ha venido a recogerla. los ángeles siempre andan solos. los ángeles no tienen familia. 

CUENTOS, Gianni Rodari

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GIANNI RODARI, Cuentos, Edebé, Barcelona, 2006, 192 páginas.

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POR QUÉ EL BÚHO SE ESCONDE DE DÍA

   Hace muchísimo tiempo, el búho trabajaba de tintorero. Todos los pájaros acudían a él para hacerse teñir las plumas. El búho se las teñía de los colores más hermosos, atendiendo a sus deseos. Todos estaban satisfechos de él, excepto el cuervo, que despreciaba el arte del búho tintorero y se jactaba siempre del candor inmaculado de sus plumas. Pero un buen día se cansó de tanta blancura y voló hacia el búho para decirle:
   —Tiñe también mis plumas. Pero las quiero de un color especial, ningún otro pájaro en el mundo debe tenerlas igual.
   El búho pensó un poco antes de decidir qué color daría a las plumas del cuervo. Y al final eligió el negro:
   —Ahora tus plumas son de un color único en el mundo.
   Cuando el cuervo se dio cuenta de que, en realidad, eran completamente negras, como si hubiese entrado por una chimenea, montó en cólera. Pero ¿qué podía hacer ahora? Desde aquel día, todos los cuervos salieron vestidos de negro.
   Pero no perdonaron nunca al búho. Cada vez que lo ven, se le echan encima y, si pudiesen, acabarían con él. Éste es el motivo de que el búho se oculte durante todo el día y vuele en busca de sus presas sólo de noche, cuando todos los cuervos duermen.

SOPA DE KAFKA, Mark Crick

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MARK CRICK, Sopa de Kafka, Edaf, Madrid, 2006, 98 páginas.

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Mark Crick escribe e ilustra Un recorrido por la literatura universal en 14 recetas.
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ESTOFADO DE CORDERO CON SALSA DE ENELDO
[a tenor de las averiguaciones de Raymond Chandler]

1 pierna de cordero limpia, de 1 kilo, cortada en trozos grandes
1 cebolla en rodajas 
1 zanahoria, cortada en juliana
1 cucharada sopera de semillas de eneldo machacadas, o tres o cuatro ramitas de eneldo fresco 
1 hoja de laurel
12 granos de pimienta 
½ cucharadita de sal 
850 ml de caldo de ave 
50 g de mantequilla 
1 cucharada sopera de harina 
La yema de un huevo
3 cucharadas soperas de nata lícfuida 
2 cucharadas de zumo de limón 
Pimienta negra recién molida.

   Eché un trago de whishy, sin pensarlo, apagué el cigarrillo en la tabla de cortar, mientras no le quitaba el ojo de encima a un insecto que se arrastraba por el fregadero. Lo que me vendría al pelo sería disponer de una mesa resecada en Maxim's, cien pavos y la compañía de una rubia despampanante, en cambio, solo tenía a mano una pierna de cordero y ni una sola pista. La agarré por el tendón, que estaba frió y húmedo como la mano de un coronel. Saqué un cuchillo y descuarticé la carne de cordero. Como ya tenía aquel instrumento cortante en las manos, partí una cebolla en como ya tenía rodajas y, sin pensármelo dos veces, hice lo propio con una zanahoria. Ninguno rechistó. Puse todo en una cacerola con un ramillete de eneldo, una hoja de laurel, unos cuantos granos de pimienta y una pizca de sal. Cuando me pareció que estaba a punto de caramelo, lo cubrí con caldo de ave y subí el fuego. Quería que se hiciese lentamente, lo suficiente como para que entrase en ebullición. Una hora y media después, y con media pinta más de bourbon en el cuerpo, los ingredientes ya no parecían estar tan duros, lo mismo que yo. Separé la carne de las verduras y la rocié con un poco de caldo para mantenerla jugosa. A pesar de que todavía llevaba el cuchillo en la mano, no se oía ninguna sirena.
   En esta ciudad la escoria siempre acaba por salir a flote. De modo que pasé el caldo por un colador y retiré la grasa. Eché un poco más de agua y dejé que la cosa se calentase de nuevo. Ahora tenía que vérmelas con la mantequilla y la harina; las mezclé hasta hacer una pasta que añadí al caldo. Como no encontré unas varillas, eché mano de la porra y acabé a golpes con los grumos hasta conseguir una salsa tersa. Comenzó a hervir de nuevo a fuego lento, y así la dejé durante un par de minutos.
   Le arreé a la yema de huevo y la mezclé con la nata y un poco de aquella salsa caliente, antes de volver a echarlo todo a la cacerola. Exprimí un limón hasta que le saqué todo el jugo. No me costó demasiado. Pero no podía pasar por alto que, si la salsa hervía, la yema se cuajaba. Cuando estaba a punto de rociar la carne con aquella salsa para llevarla a la mesa, caí en la cuenta de que se me había pasado el hambre. Ni rastro de la rubia. Así que me fui a dar una vuelta para seguir envenenándome a fuerza de cigarrillos y whisky.

LA VIDA AUSENTE, Ángel Zapata

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ÁNGEL ZAPATA, La vida ausente, Páginas de Espuma, Madrid, 2006, 102 páginas.

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MIGRACIONES 6

   De qué sirve una espiga. Una tormenta, puede. Dos tormentas, muchísimo mejor. Pero una espiga, para qué sirve: di. Repasa, cuando ya nadie quiera reprochártelo, la jerarquía de los meteoros. El arrepentimiento no está entre ellos. El verano tampoco. Ahora es de noche, las dunas tienen párpados, la sed le teme al rayo y a la tenacidad de las hormigas. Encuentras en tu cama una balsa de náufrago con el tamaño exacto del corazón. En ese caso: ¿vuelves a dormirte?

UNA COCINA TODA DE CHOCOLATE, Alain Serres

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ALAIN SERRES, Una cocina toda de chocolate, Kókinos, Madrid, 2006, 60 páginas.

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Nathalie Novi ilustra este bello libro de gran formato que contiene 60 recetas y relatos en torno al mundo del chocolate.
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RELATO DE LA SIRENA DE LA ESPAÑOLA

   El capitán Dylan vuelve a interpretar sus cartas pero no consigue comprender lo que ha podido pasar. Por la noche hubo una marejada de las buenas y está seguro de que el barco perdió el rumbo justo después de haber sobrepasado La Española. Sin que pudiera evitarlo, el barco viró bruscamente. Por un instante vio con sus propios ojos una sirena emergiendo de un mar extrañamente chocolateado. Su piel parecía más suave que las olas. El barco estaba muy cerca. Por la mañana, en cuanto se levanta, Dylan corre a mirarse en el trozo de cristal que le sirve de espejo. Antes de hablar a su tripulación quiere asegurarse de que no tiene restos de cacao alrededor de los labios. Sigue sin entenderlo, y el capitán Dylan no soporta no entender. 

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VIEIRAS Y CREMA DE CACAO

INGREDIENTES

20 vieiras, 3 cucharadas soperas de cacao en polvo sin azúcar, 30 centilitros de nata, 20 gramos de mantequilla, vinagre de frambuesa, sal gorda, pimienta negro. 

PARA 4 PERSONAS PREPARACIÓN

15 minutos (cocción incluida).

COCCIÓN: 6 minutos

  1. Conjuntados de forma muy sencilla estos dos sabores se combinan de maravilla. Para empezar, partimos por la mitad las vieiras a lo ancho. Las pasamos por cacao con ayuda de un tenedor, rebozándolas bien, Luego las dejamos caer en una sartén con mantequilla fundida para dorarlas. 
  2. Damos la vuelta con cuidado a las vieiras a los dos minutos. Un minuto después las retiramos y las reservamos en un plato caliente dejando en la sartén el jugo de las vieiras. Añadimos la nata, una cucharada sopera de cacao en polvo, una cucharadita de vinagre y dos pellizcos de sal. Ligamos la salsa mezclándola bien con la espátula durante dos ó tres minutos. 
  3. Echamos un poco de esta crema de cacao en cada plato. sobre esta capa repartimos las vieiras, espolvoreadas con dos o tres vueltas de molinillo de pimienta y un pellizco de sal gorda, justo antes de servirse.

MICROGRAMAS II (1926-1927), Robert Walser

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ROBERT WALSER, Microgramas II (1926-1927), Siruela, Madrid, 2006, 256 páginas.

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HAY GENIOS BORRACHOS

   Hay genios borrachos capaces de ser cargantes, cosa que no sucedía con el mío, pues estaba totalmente compuesto de hierro y la bebida no le perjudicaba en nada. Puede hablarse de una total ausencia de influencia de la bebida, que no causaba absolutamente ningún efecto en el genio, del que cabría anunciar o afirmar que en la borrachera mostraba un comportamiento tan impecable que las personas honradas le estrechaban la mano. Al abordar estas líneas en prosa sobre un alcohólico, éstas brillan de aguardiente y cerveza, de forma que me veo obligado a rogar, respetuoso, a las damas que acudieron amables para conocer su contenido que es preferible que no lo lean. Sólo hombres rebosantes de arrojo y con miembros hercúleos y poderosos son capaces de soportar y asimilar algo semejante a una Viñeta ahogada en bebidas espirituosas de todo tipo. Después de empezar con una jarra de cerveza, la borrachera prosiguió su terrorífica carrera con asombrosa tranquilidad hasta que finalmente a los señores posaderos, convertidos en testigos de un inaudito conocimiento en el ámbito del vicio de la bebida, se les pusieron los pelos de punta y el aguardiente le esperó al borrachín desde la copa: «Te he vencido», a lo que el indomable replicó: «Ni por asomo». ¿No se sentaba o acuclillaba allí majestuoso y tieso como una vela, con la mirada, radiante de celestial alegría, dirigida hacia el infinito? Algún que otro ebrio ha sido agarrado por el cuello de tela para ser despachado fuera, al aire libre. Pero esto nunca sucedió con el genio borracho, pues cualquier medida de esa índole parecía de lo más superfina, dado que el genio, que en medio de la embriaguez sentaba bases firmes, permanecía por entero imperturbable frente al monstruo del alcohol. Llevar continuamente el borde de los vasos a sus labios arqueados y dedicarse a los encadenamientos lentos pero frecuentes del trasiego provocaba un indecible brillo del arte de vivir en sus ojos, los cuales, viendo lo más feo que existe, concretamente la bebida, cobraban maravillosa hermosura. De vez en cuando las mujeres regalaban flores al genio borrachísimo, sobre todo porque portaba un magnífico sombrero sobre su cabeza rodeada de pelo, que él aceptaba con la más gentil gratitud. Una noche cayó de rodillas ante el pórtico de la iglesia del Salvador, pues el copioso consumo que se acaba de describir prolija y alegremente le provocó una especie de remordimiento, de lo que cabe colegir lo sensible que era.

CAPERUCITA ROJA Y OTROS CUENTOS,

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JACOB & WILHELM GRIMM, La Bella Durmiente y otros cuentos, Anaya, Madrid, 2006, 262 páginas. 

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Escribe Gustavo Martín Garzo en La piel de la suerte (pp. 7-13): «Luz de las tinieblas y luz del cielo. así es la luz de los cuentos. En ellos convive lo delicado y lo atroz, lo tierno y lo hosco, los seres generosos y los malvados». Y leemos. Las ilustraciones son obra de Jordi Vila Delclòs.
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EL SASTRE EN EL CIELO

   Sucedió que un hermosísimo día Dios quiso ir a tomar el aire al jardín celestial y se llevó consigo a todos los apóstoles y santos, de tal manera que en el cielo solo se quedó San Pedro. El Señor le había mandado que en su ausencia no dejara pasar a nadie. Pedro estaba en el portón y vigilaba. No mucho tiempo más tarde llamó alguien. Pedro le preguntó quién era y qué es lo que quería.
   —Soy un pobre sastre honrado —contestó una voz aguda—, que pide entrar.
   —Sí, honrado —dijo Pedro—, como el ladrón en la horca, y tienes dedos largos y le has hurtado paño a la gente. Tú no entras en el cielo; el Señor me ha prohibido dejar entrar a nadie, mientras esté fuera.
   —¡Sé compasivo! —gritó el sastre—. Pequeños retales que se caen solos de la mesa, eso no es robar y no vale la pena hablar de ello. Mira, estoy cojeando y en el camino me han salido ampollas en los pies; me es imposible dar la vuelta. ¡Déjame entrar, que yo haré el trabajo duro! Cuidaré a los niños, lavaré los pañales, limpiaré y secaré los bancos en los que han jugado y zurciré sus trajes rotos.
   San Pedro se dejó llevar de la compasión y abrió al sastre cojo la puerta del cielo, lo justo para que pudiera deslizarse con su cuerpo enjuto. Se tuvo que sentar en una esquina detrás de la puerta y comportarse bien y estar callado, para que cuando regresase el Señor no notase su presencia y se enfureciera. El sastre obedeció, pero cuando San Pedro se levantó y lleno de curiosidad fue por todas las esquinas del cielo aprovechando la ocasión. Finalmente, llegó a un sitio en el que había muchas y preciosas sillas, y en el medio, un sillón todo de oro, recubierto de bellas piedras preciosas. Era más alto que los demás y había un cascabel de oro ante él. El sastre se detuvo y contempló durante algún tiempo el sillón, que le gustaba mucho más que los otros. Finalmente, no pudo reprimir su curiosidad, subió y se sentó en el sillón. Entonces, vio todo lo que sucedía en la tierra y se fijó en una vieja y fea mujer que estaba en un arroyo y lavaba, mientras disimuladamente escondía dos cortinas. El sastre, a la vista de esto, se enfadó tanto que cogió el escabel de oro y, a través del cielo, lo lanzó a la tierra en dirección a la vieja ladrona. Pero al ver que no podía recuperar el escabel, se deslizó con tiento del sillón y se sentó en su sitio detrás de la puerta como si no hubiera roto nunca un plato. Cuando el amo y señor regresó con su acompañamiento celestial, no descubrió al sastre detrás de la puerta, pero cuando se sentó en su sillón, echó en falta el escabel. Le preguntó a San Pedro dónde había ido a parar el escabel, y este no lo sabía. Entonces, le siguió preguntando si había dejado entrar a alguien.
   —Yo no sé de otro —contestó Pedro— que haya venido aquí más que un sastre cojo, que todavía está sentado detrás de la puerta.
   Entonces, el Señor hizo venir al sastre a su presencia y le preguntó si había cogido el escabel y dónde lo había puesto.
   —¡Oh, Señor! —contestó alegremente el sastre—. En un momento de ira lo he lanzado a la tierra a una vieja mujer a la que vi coger dos cortinas mientras lavaba.
   —¡Oh, pícaro! —dijo el Señor—. Si juzgara yo como tú juzgas, ¿cómo piensas que te hubiera ido a ti hace tiempo? No tendría aquí ya ni sillas, ni bancos, ni sillones, ni siquiera atizadores, sino que los hubiera lanzado a todos los pecadores: ¡Largo! Tú no puedes estar aquí en el cielo, sino que tienes que salir por la puerta, y mira adonde vas. Aquí nadie castiga más que yo.
   San Pedro tuvo que llevar al sastre de nuevo fuera del cielo y, como tenía los zapatos rotos y los pies llenos de ampollas, cogió un bastón en la mano y se marchó al país de «espera un poco», donde están los soldados valientes y se divierten metiéndose con la gente.


LA BELLA DURMIENTE Y OTROS CUENTOS, Jacob & Wilhelm Grimm

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JACOB & WILHELM GRIMM, La Bella Durmiente y otros cuentos, Anaya, Madrid, 2006, 262 páginas. 

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Xabier P. Docampo en el hermoso prólogo Un alfabeto (incompleto) del cuento (pp. 7-15) escribe: «Una vez. Estas palabras son el tiempo y todos los tiempos. Son el pasado, pero son también el presente de nuestra vida en los cuentos que escuchamos». Y leemos. Ilustra Jesús Gabán.
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EL ABUELO Y EL NIETO

   Érase una vez un hombre más viejo que Matusalén, al que se le habían enturbiado los ojos, se le habían ensordecido los oídos y le temblaban las rodillas. Cuando estaba sentado a la mesa, casi no podía sostener la cuchara, y derramaba la sopa en el mantel y hasta escupía algo por la boca. A su hijo y a la mujer de este les daba asco, y al final el anciano abuelo tuvo que sentarse en un rincón de la habitación, detrás de la estufa, y ellos le echaban la escasa comida en una tarterilla de barro. Él miraba consternado a la mesa y los ojos se le llenaban de lágrimas: una vez, sus manos temblorosas no pudieron sostener la tarterilla, se le cayó al suelo y se rompió. La mujer le regañó; pero él no dijo nada y únicamente suspiró. Entonces, ella le compró una escudilla de madera por unos cuantos céntimos y desde aquel momento le echaba en ella la comida.
   Estando allí sentados vieron una vez que el nietecillo reunía en el suelo pequeñas tablillas.
   —¿Qué estás haciendo? —preguntó el padre.
   —Estoy haciendo una escudilla—contestó el niño—, para que coman en ella papá y mamá cuando yo sea mayor.
   El hombre y la mujer se miraron durante un rato y luego se echaron a llorar. Trajeron inmediatamente al abuelo a la mesa e hicieron que, a partir de ese momento, comiera siempre con ellos, sin decir nada cuando derramaba algo.


PARPADEOS, Eloy Tizón

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ELOY TIZÓN, Parpadeos, Anagrama, Barcelona, 2006, 144 páginas.

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SOBREMESA O FIN DEL MUNDO

   Hoy después de comer he retirado el mantel, he lavado los platos, y un día estaré muerto.

ESCANDINAVIA Y OTROS DESTINOS, Odette da Silva

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ODETTE DA SILVA, Escandinavia y otros destinos, Monte Ávila, Caracas, 2006, 70 páginas.

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BUENOS AIRES

   Te salven los dioses María Santa María del Buen Ayre llena eres de tango de milonga de arrabales el señor Borges Cortázar el señor Sábato es contigo somos todos contigo bendita eres entre todas las ciudades bendito el fruto de tu vientre el bandoneón de Piazzolla santa Maradona madre de los goles ruega por nosotros hijos bastardos de Europa ruega porque podamos adorar tu arrogancia comprensible Amén.

LOS HAIKU DEL VIEJO LIBO, César Bianchi

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CÉSAR BIANCHI, Los haiku del Viejo Libo, El Aleph, Buenos Aires, 2006, 106 páginas.
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altas estrellas
en las constelaciones
leo tu nombre

VOCABULARIO FIGURADO, El Roto

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EL ROTO, Vocabulario figurado, Reservoir Books, Barcelona, 2006, 234 páginas.

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Dice en el Prólogo (pp. 7-10) Luis Goytisolo de este trabajo de Andrés Rábago: «¿Invitación a la reflexión? Sí. ¿Breves fábulas de contenido moral? También. ¿Un anatema susceptible de conjurar el mal, de abrir un margen de esperanza? Apenas. Se diría que la única enmienda en la que El Roto cree es la que resulta de un buen escarmiento, de una ejemplar catástrofe».
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MENTIRAS




MACANUDO 1, Liniers

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LINIERS, Macanudo 1, Reservoir Books, Barcelona, 2006, 96 páginas.

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CUENTOS PARA EL ADIÓS, Begoña Ibarrola

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BEGOÑA IBARROLA, Cuentos para el adiós, SM, Madrid, 2006, 202 páginas.

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Estos cuentos infantiles «están pensados para ayudarles a sacar su dolor y a expresar toda la inmensa gama de sentimentos y emociones que la muerte o el abandono provocan», escribe Ibarrola en Nota de la autora (pp. 7-14) sobre estos cuentos a los que acompaña una batería de preguntas que promueven la reflexión del neolector.
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PIZARRAS DE ARENA

   Como todos los días, Leyla salía a la calle temprano para intentar conseguir un poco de comida. Pero ese día no pudo porque el sonido de las metralletas se oía demasiado cerca.
   —Otro día sin poder salir —dijo Leyla en voz alta pensando que su hija todavía dormía.
   Yamina, sin embargo, oyó desde la cama la voz desesperada de su madre y supo que ese día tampoco desayunarían.
   —¡Yamina, levántate! —le dijo su madre—, tenemos que irnos de aquí.
   Yamina se levantó con rapidez, se vistió y siguió a su madre a través de unas callejuelas estrechas hasta llegar a las afueras del pueblo.
   No preguntaba nada porque sabía que su madre cuidaba de ella y se sentía segura a su lado, fueran donde fueran.
   Mientras caminaba recordó el día que unos hombres armados entraron en su casa y se llevaron a su padre y a su hermano para luchar con ellos. Desde ese día no habían sabido nada de ellos, y su madre se ponía a llorar cada vez que lo recordaba.
   —Mamá, ¿adonde vamos? Estoy muy cansada —le dijo Yamina.
   —Nos aguarda un largo camino, hija; espero que el campamento esté cerca porque tenemos muy poca comida y poca bebida. ¿Crees que podrás aguantar la caminata?
   —Sí, mamá, no te preocupes, cuando me canse te lo diré.
   Fue un viaje agotador de varios días, pero las dos consiguieron llegar al campo de refugiados, donde les dieron comida y bebida y, sobre todo, un lugar bajo una tienda donde protegerse del sol y poder, por fin, descansar.
   Yamina miraba el horizonte y soñaba que algún día conseguiría vivir en un lugar donde no se oyeran los disparos y pudiera vivir con sus padres y su hermano en paz.
   La vida en el campamento no fue fácil porque había poco espacio para tanta gente, pero al menos no les faltaban alimentos y podían dormir sin sobresaltos.
   Una tarde, mientras su madre descansaba, Yamina cogió un palo y se puso a dibujar en el suelo.
   —¿Qué haces? —le preguntó un niño—. Me gustan esos dibujos.
   —No son dibujos, son letras —le contestó Yamina—. Las aprendí en la escuela y no quiero que se me olviden, por eso voy a escribirlas todos los días.
   —¿Quieres enseñarme las letras? Yo no he podido ir a la escuela y no las conozco.
   Yamina le dio un palo y allí, sobre la arena, improvisó una pizarra donde fue escribiendo las letras, una por una, y el niño las fue copiando debajo.
   Y sin darse cuenta se convirtió en una pequeña maestra a la que se acercaban, cada tarde, más niños que querían aprender a escribir las letras. 
   Poco a poco se corrió la voz en el campamento y algunas personas mayores decidieron también aprender a escribir. Entre todos limpiaron un espacio más grande de suelo y alisaron la arena para poder escribir mejor, mientras Yamina se sentía ilusionada con su nuevo trabajo. ¿Cómo se iba a imaginar que acabaría siendo maestra en un campamento de refugiados?
   Pasó el tiempo y una niña mayor que sabía leer comenzó a enseñarles la magia de las palabras. Pero cuando el viento soplaba, se llevaba las letras escritas en la pizarra de arena, así que buscaron entre todos la manera de poder escribir sin que las letras se borraran.
   Encontraron trozos de cartón de los envases de comida que llegaban al campamento, sacos de tela que antes habían contenido harina y arroz, incluso pequeños trozos de madera que no servían para otra cosa.
   Para Yamina y los demás niños fue emocionante poder escribir y que las letras se quedaran allí sin que se las llevara el viento y que cualquiera las pudiera leer.
   —Si juntamos varios cartones podremos hacer libros y escribir en ellos todo lo que sabemos para que no se pierda y pase a nuestros hijos —dijo un día una de las mujeres del campamento.
   La idea fue muy bien recibida y, por las noches, los hombres y mujeres más ancianos empezaron a contar los cuentos que sus padres les habían contado, sus tradiciones, sus canciones, y los niños las escribían con ilusión sobre los trozos de cartón. Cuando tenían unos cuantos ya escritos, los envolvían en la tela de saco y así se conservaban mejor.
   Y así, día a día, se fue creando una curiosa y pequeña biblioteca, a la que se iban añadiendo los sucesos del campamento y las noticias que iban llegando sobre sus pueblos de origen.
   Yamina seguía mirando al horizonte con ilusión mientras su madre miraba justamente hacia el lado opuesto, el lugar que un día habían tenido que abandonar, donde su marido y su hijo, si aún vivían, estarían luchando.
   —Hija, me gustaría volver algún día a nuestro pueblo y buscar a tu padre y a tu hermano, pero mientras dure la guerra es muy peligroso —le dijo su madre.
   —Espero que estén bien, y que algún día volvamos a estar todos juntos, en el pueblo o en otro lugar donde podamos vivir en paz —le contestó Yamina con tristeza.
   La vida en el campamento siguió su curso.
  Yamina siguió enseñando las letras a los más pequeños, aprendió a leer, y enseñó a leer a los mayores, y la biblioteca siguió creciendo.
   Y cada tarde, al mirar el horizonte, esperaba con ilusión el momento de salir de allí con su madre, sin importarle ya cuál fuera su destino.

APILADOS CRÁNEOS DE MAMUT DE PIEDRA, Armando Gutiérrez Méndez

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ARMANDO GUTIÉRREZ MÉNDEZ, Apilados cráneos de mamut de piedra, Ediciones La Rana,  Guanajuato, 2006, 112 páginas.

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EL ALQUIMISTA

   Luego de ahorcar al médico Basilio Valentín, la impetuosa turba saqueó su casa y sólo encontró, oculta en el sótano y cubierta de polvo y telarañas, una ampolla de vidrio en forma de cráneo, herméticamente cerrada y llena de un líquido cerúleo, en cuyo fondo arenoso reposaban los huesos desarticulados de un diminuto esqueleto humano. Pero nunca, ni aún después de escudriñar los muros y los cimientos, hallaron el oro.

PARVA MEMORIA, Francisco Pérez de los Cobos Orihuel

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FRANCISCO PÉREZ DE LOS COBOS ORIHUEL, Parva memoria, Tirant Lo Blanch, Valencia, 2006, 54 páginas.
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Dice Cristóbal Serra en El rastro de Agur (pp. 9-10): «Potentísimos son los análisis de esta mente lúcida, que desecha a ratos la expresión figurada en aras del sondeo mental». 
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La envidia es mera falta de información.
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No pesa estar solo, sino estar consigo.
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La más fructífera siembra del diablo es el cinismo.
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A fuerza de descender a los infiernos, los hemos hecho ascender a la superficie. La frecuentación del infierno demoniza.
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También el amor fatiga.
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Somos vulnerables a cualquiera que nos haya rescatado de la soledad.
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El silencio prudente es raro. Normalmente calla quien no tiene qué decir.
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El amor que muere requiere el trabajo del duelo.

PULPO EN SU TINTA Y OTRAS FORMAS DE MORIR, Will Rodríguez

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WILL RODRÍGUEZ, Pulpo en su tinta y otras formas de morir, Ficticia, México D.F., 2006, 104 páginas.

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ASESINATO DE UNA CEBOLLA

   El cocinero partió en dos a la pobre cebolla, pero ésta no sintió pesar; murió satisfecha porque al ser descuartizada hizo llorar al asesino.

POEMAS, RELATOS Y REFLEXIONES, Conchita Bermejo

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CONCHITA BERMEJO, Poemas, relatos y reflexiones, Universidad de Murcia, Murcia, 2006, 176 páginas.

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LA CARAVANA Y EL DESIERTO

   Arena. Puntos y horizonte. Lejanía. Pero me muevo y el círculo y el torbellino siguen dentro. El sol. La línea forzosa de la caravana. Linealidad. Y el mundo vertiginoso de la mente. Rodear, avanzar en línea... Ha muerto el tiempo. Pero yo no he muerto. Quiero avanzar pero sólo puedo hacerlo en línea, solo puedo esperar un grano de arena y después otro y otro, como las palabras, pero no como el pensamiento. Este me rodea, me asume y me atrapa en espiral, en vorágine. Y quiero conducir mi pensamiento en línea, “arenosamente”, punto a punto, pero es imposible. Quiero escaparme de la caravana. Quiero girar totalmente.
   Voces. Ordenes, multiplicidad, simul, y el hilo de la vida allí lineal, dependiendo una hora de la hora anterior, un minuto del minuto anterior, un segundo del segundo. Urgencias. La vida en simultaneidad apresurada. Y la vida gota a gota. Arena, caravana... Un hematíe se añade a otro hematíe. Pero...
   –Tecla correctora. Pero sólo puede borrar letra a letra. Hay que renunciar.-
   Hay un estoicismo necesario y doloroso. Una letra sigue a una letra, una palabra sigue a una palabra. Pero yo soy un todo sin porvenir atómico.
   La bolsita del té y el agua. Nada puede interrumpirse gestando sus burbujas una a una. Y las burbujas, cada una, subiendo a la superficie. Y el telediario, pesadillas simul. Hasta estallar el sufrimiento y la resistencia de cada circunvalación de mi cerebro, ¡por fin! no lineal, clave descifradora de mi confusión. El solo él, la explicación del todo y la línea, de mi desierto y de mi irrenunciable caravana.