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EL ÁNGEL. EL MOLINO. EL CARACOL DEL FARO, Gabriel Miró

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GABRIEL MIRÓ, El ángel. El molino. El caracol del faro, Biblioteca Nueva, Madrid, 1938 (1921), 152 páginas.
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EL ÁGUILA Y EL PASTOR

   Un águila seguía siempre al rebaño. Su grito resonaba en todo el ámbito azul del día; las ovejas se paraban mirándola; a veces volaba tan terrera que se sentía el ruido de sus plumas y de su pico, y toda su sombra pasaba por los vellones de las reses.
   Tendíase el pastor encima de la grama; y se apretaba el ganado contra el peñascal del resistero. Todo el hondo era de sol: labranza roja, árboles tiernos, huertas cerradas, caseríos como escombros, caminos hundidos en el horizonte de humo…
   El pastor pensó: “veo más mundo del que podré caminar en mi vida, y él no me ve; si ahora viniese el hijo del amo, y yo lo despeñara, nadie lo sabría, estando delante de tanta tierra.”
   Se revolvía muy contento, hundiendo la nuca en el Herbazal; pero le roía la frente una inquietud como de párpado que quiere abrirse, y alzaba los ojos. Agarrada a las esquinas de un tajo, doblándose toda, le miraba el águila. El pastor botaba, y maldecía, y apuñalaba el aire como un poseído. Crujía su honda, y zumbaba su cayado. Y el águila se iba elevando.
   Cuando se acostaba en la besana la sombra del monte, el pastor recogía su rebujal; el mastín sendereaba a los recentales y acudía por las ovejas zagueras. Arriba, despacio y recta volaba el águila, vigilándoles su camino.
   Toda la soledad estaba para el hombre llena del furor de los ojos del ave flaca y rubia; se sentía adivinado en sus pensamientos. ¿No hubo palomas enamoradas de hombres y corderos apasionados de mujeres? Pues el pastor y el águila se aborrecían. “¿Desde dónde estará mirándome ahora?”, se preguntaba de noche el pastor. Y escondió armandijos cerca de la majada, y les puso cebo de carroña, de tasajo y hasta el pan de su comida.
   Despertábale un temblor de huesos, de aletazos, de gañiles. En los cepos se retorcían raposas, grajas, perros, búhos…; y el pastor los aplastaba con sus esperteñas y con sus manos. No eran ellos los aborrecidos, y porque no eran los aborrecía y los chafaba. Y una mañana su risa y su voz rodaron triunfalmente por el valle. El águila aleteaba, desgraciada y magnífica, sangrándole las garras entre los muelles de presas. Recostóse el pastor a su lado y estuvo aguantando todo el sol para regodearse mirándola; quiso verse dentro de sus ojos inmóviles de brasas redondas, y en esas lumbres se estremecía una frialdad de bravura y de señorío indomable. Se los hubiera reventado, mordiéndolos como un fruto, lo mismo que ella a él, si el pastor hubiese muerto en el desamparo del monte. Pero cegándola, ya no sabría que él la miraba. La miraba implacablemente. El águila entreabrió el pico convulso; se le doblaban las alas como unos hombros desventurados con su manto de hermosura a cuestas como una cruz. Vino el mastín; la rodeó latiéndole y humeándole las fauces. La cabeza del águila se erguía, toda tallada sobre el azul, como la proa de una nave sobre el horizonte, y en sus ojos encendidos se reflejaba el perro, el pastor y un círculo gozoso de la mañana campesina.
   “¿Cómo la mataré?”, pensaba el pastor. ¿Cómo la mataría para que durase mucho muriendo? Entonces el mastín y el amo se miraron culpablemente; y el perro embistió. No pudo llegar a la cautiva, y le brincó la lengua en la tierra como un sacre herido, y le crujieron las quijadas. “¡No te atreves con ella!” –le dijo sin voz la risa gorda del amo-. Era verdad: no se atrevía. En torno del águila bramaba el aire con el ímpetu de su aliento, de sus plumas erizadas, de su rencor trágico. Y al pastor se le hinchaban de rabia las venas de su frontal, porque tampoco él osaba agarrarla ni acometerla. Levantóse de súbito, y se fue a su rancho. Dejó al mastín guardando el águila. No podía escaparse, pero es que no quería que descansara viéndose sola ni un instante. Un instante tardó en volver; trajo un bozal viejo.
   Acudió gente: un labrador, una vieja del caserío, un arriero que pasaba, un chico que iba a la escuela rural. Y le preguntaron:
   -¿Es esta el águila que te seguía siempre como tu alma?
   El chico quería que se la diesen para holgarse en la lección. La vieja le pidió una pluma remera y una uña, y el entresijo, para hacer remedios de aojamientos y enfermedades. Todos rodearon al águila y le pusieron el bozal de perro trenzándole las ataderas de alambre. Después la arrancaron del cepo como si ya fuese una oca. Le colgaba un dedo, y el pastor se lo quebró del todo, tirándoselo al mastín que lo cogió de un brinco y en seguida lo soltó y le huía como si le diese la sensación de toda el ave. Se la llegaba el pastor a los ojos. Dentro de la reja del bozal, la cabeza del águila tenía un infortunio pavoroso, y su mirada ardía tan humanamente que el pastor se la apartó, porque, estando tan cerca, le angustiaba el bozal, como si fuese él quien lo llevara clavado en su carne y en su sangre.
   Todos la cogían, pasándola de brazo en brazo; la tentaban la pechuga, soplándole al plumón para verle los piojos en la piel desnuda; le apretaban el pico, quitándole el resuello; sentían el palpitar de sus párpados; le rascaban las conchas y el calo de sus garfas. Removióse todo el animal en una sacudida delirante; tronó un aletazo duro y brincó entre el sol.
   Y la gente decía:
   -Se morirá como un perro, un perro en el cielo y en las cumbres.
   -Se morirá de reconcomio como una persona y cuando era feliz.
   Y la miraban, riéndose. El águila iba entrándose en el azul, gloriosa y libre, con el bozal de perro.

CUENTOS DE BARRO, Salarrué

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SALARRUÉ [SALVADOR SALAZAR ARRUÉ], Cuentos de barro, Dirección de Publicaciones e impresos, El Salvador, 2011 (1933).
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Publicado por primera vez en 1933, este volumen de relatos es justamente destacado por escritores como Miguel Á. Zapata, quien lo considera "una auténtica maravilla sobre la dignidad de los desposeídos, compuesto con una finura y un aliento poético insuperables".
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SEMOS MALOS

   Loyo Cuestas y su «cipote» hicieron un «arresto», y se «jueron» para Honduras con el fonógrafo. El viejo cargaba la caja en la bandolera; el muchacho, la bolsa de los discos y la trompa achaflanada, que tenía la forma de una gran campánula; flor de «lata» monstruosa que «perjumaba» con música.
   -Dicen quen Honduras abunda la plata.
   -Sí, tata, y por ái no conocen el fonógrafo, dicen...
   -Apurá el paso, vos; ende que salimos de Metapán trés choya.
   -¡Ah!, es que el cincho me viene jodiendo el lomo.
   -Apechálo, no siás bruto.
   «Apiaban» para sestear bajo los pinos chiflantes y odoríferos. Calentaban café con ocote. En el bosque de «zunzas», las «taltuzás» comían sentaditas, en un silencio nervioso. Iban llegando al Chamelecón salvaje. Por dos veces «bían» visto el rastro de la culebra «carretía», angostito como «fuella» de «pial». Al «sesteyo», mientras masticaban las tortillas y el queso de Santa Rosa, ponían un «fostró». Tres días estuvieron andando en lodo, atascado hasta la rodilla. El chico lloraba, el «tata» maldecía y se «reiba» sus ratos.
   El cura de Santa Rosa había aconsejado a Goyo no dormir en las galeras, porque las pandillas de ladrones rondaban siempre en busca de «pasantes». Por eso, al crepúsculo, Goyo y su hijo se internaban en la montaña; limpiaban un puestecito al pie «diún palo» y pasaban allí la noche, oyendo cantar los «chiquirines», oyendo zumbar los zancudos «culuazul», enormes como arañas, y sin atreverse a resollar, temblando de frío y de miedo.
   -¡Tata: brán tamagases?...
   -Nóijo, yo ixaminé el tronco cuando anochecía y no tiene cuevas.
   -Si juma, jume bajo el sombrero, tata. Si miran la brasa, nos hallan.
   -Sí, hombre, tate tranquilo. Dormite.
   -Es que currucado no me puedo dormir luego.
   -Estírate, pué...
   -No puedo, tata, mucho yelo...
   -¡A la puerca, con vos! Cuchuyate contra yo, pué...
   Y Goyo Cuestas, que nunca en su vida había hecho una caricia al hijo, lo recibía contra su pestífero pecho, duro como un «tapexco»; y rodeándolo con ambos brazos, lo calentaba hasta que se le dormía encima, mientras él, con la cara «añudada» de resignación, esperaba el día en la punta de cualquier gallo lejano. Los primeros «clareyos» los hallaban allí, medio congelados, adoloridos, amodorrados de cansancio; con las feas bocas abiertas y babosas, semiarremangados en la «manga» rota, sucia y rayada como una cebra.
   Pero Honduras es honda en el Chamelecón. Honduras es honda en el silencio de su montaña bárbara y cruel; Honduras es honda en el misterio de sus terribles serpientes, jaguares, insectos, hombres... Hasta el Chamelecón no llega su ley; hasta allí no llega su justicia. En la región se deja -como en los tiempos primitivos- tener buen o mal corazón a los hombres y a las otras bestias; ser crueles o magnánimos, matar o salvar a libre albedrío. El derecho es claramente del más fuerte.
Los cuatro bandidos entraron por la palizada y se sentaron luego en la plazoleta del rancho, aquel rancho náufrago en el cañaveral cimarrón. Pusieron la caja en medio y probaron a conectar la bocina. La luna llena hacía saltar «chingastes» de plata sobre el artefacto. En la mediagua y de una viga, pendía un pedazo de venado «olisco».
   -Te dijo ques fológrafo.
   -¿Vos bis visto cómo lo tocan?
   -iAjú!... En los bananales los ei visto...
   -¡Yastuvo!...
   La trompa trabó. El bandolero le dio cuerda, y después, abriendo la bolsa de los discos, los hizo salir a la luz de la luna como otras tantas lunas negras.
   Los bandidos rieron, como niños de un planeta extraño. Tenían los «blanquiyos» manchados de algo que parecía lodo, y era sangre. En la barranca cercana, Goyo y su «cipote» huían a pedazos en los picos de los «zopes»; los armadillos habíanles ampliado las heridas. En una masa de arena, sangre, ropa y silencio, las ilusiones arrastradas desde tan lejos, quedaban abonadas tal vez para un sauce, tal vez para un pino...
   Rayó la aguja, y la canción se lanzó en la brisa tibia como una cosa encantada. Los cocales pararon a lo lejos sus palmas y escucharon. El lucero grande parecía crecer y decrecer, como si colgado de un hilo lo remojaran subiéndolo y bajándolo en el agua tranquila de la noche.
Cantaba un hombre de fresca voz, una canción triste, con guitarra.
   Tenía dejos llorones, hipos de amor y de grandeza. Gemían los bajos de la guitarra, suspirando un deseo; y desesperada, la «prima» lamentaba una injusticia.
   Cuando paró el fonógrafo, los cuatro asesinos se miraron. Suspiraron...
   Uno de ellos se echó a llorar en la «manga». El otro se mordió los labios. El más viejo miró al suelo «barrioso», donde su sombra le servía de asiento, y dijo después de pensarlo muy duro:
   -Semos malos.
   Y lloraron los ladrones de cosas y de vidas, como niños de un planeta extraño.

CUENTOS PARA LOS HOMBRES QUE SON TODAVÍA NIÑOS, Teresa Wilms Montt

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TERESA WILMS MONTT, Cuentos para los hombres que son todavía niños,  Otero & Co., Buenos Aires, 1919, 104 páginas.
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Cuentos para los hombres que son todavía niños fue el quinto y último libro de la escritora chilena Teresa Wilms Montt (1893-1921).
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EL RETRATO

   —¿Qué es el dolor? —preguntó una vez un chiquillo a su madre.
   —Qué dices hijito? —contestó ella, enarcando sus cejas en movimiento de complejidad y duda.
   —¿Qué es el dolor? —repitió la criatura, alzando su vocecita de flautín, con el gesto mimoso de su boca rosada.
   ¡Oh santa ignorancia de las pasiones! ¿por qué no anidas para siempre en la cuna amorosa del alma infantil?
   Dejó la joven madre su labor cerca de la lámpara, que alumbraba tibiamente el grupito amable, y tomando al nene entre sus brazos, enternecida, le habló:
   —¿Por qué me haces tan extraña pregunta, nene de mis entrañas? ¿Quién ha pronunciado a tu lado esa palabra?
   Y la mamá, apretaba con sus manos largas desnudas de joyas, manos de monja o de mujer honrada, la fina cabecita.
   —Mamita, me lo dijo la vecina, aquella viejecita que suele traerte flores para la Virgen.
   Verás. Primero me preguntó por ti, con esa voz que parece estuviera siempre llorando. “¿Cómo está tu mamita, nene? ¿Siempre tan sola? Tienes que cuidarla mucho”, dijo: Y después, suspirando, mientras yo jugaba con el gato en su puerta, ella hablaba sola y murmuraba: —Santa de Dios, y dicen que hay justicia cuando en esa pobre alma parece que la tierra se hubiese ensañado. ¡Oh dolor, dolor!, exclamó tan fuerte la viejecita, que yo me asusté y vine corriendo.
   —¿Decía así?… —interrogó la madre, estremeciéndose en un impulso helado de su alma.
   —Sí mamita, sí. Por eso te pregunto qué es el dolor.
   Palideció la mujer; un gotear de lágrimas silenciosas rompió el cristal de sus ojos enigmáticos: ojos de iluminada y de bestia humilde.
   —¿Por qué lloras mamá? ¡No quiero que llores! —gimoteó el chiquitín, acomodando su minúscula personita en el regazo maternal.
   El chico miraba hacia la ventana donde se veía, a través de los cuadrados, caer la espesa obscuridad de la noche, como un presentimiento agorero en el silencio de los campos.
   —Tengo miedo, mamita; tengo miedo.
   —De qué, hijito mío?
   —De tu llanto y de la oscuridad que veo desde aquí —y el chiquillo señalaba la ventana.
   —No te asustes, nene mío, no es nada. ¿Quieres dormir?
   —Bueno, mamita, —y la cabecita confiada, buscó el hueco blando de los brazos maternos.
   La llama de la lámpara tenía el palpitar desmayado de un corazón enfermo. Colgado a los barrotes del lecho se balanceaba, imperceptiblemente, un negro crucifijo de ébano con sus brazos de plata, abiertos como alas lunares.
   Las dos camas blancas, extendidas sin una arruga en las simples colchas, daban la impresión de que hubiese puesto en ellas las sonrisas de sus ojos la Madre de Dios.
   Suspendido entre las cabeceras, relucía un marco acerado, sosteniendo, en sus extremidades la imagen de un hombre.
   Dulce la mirada, correcto el corte de la nariz, funesto el pliegue de la boca.
   —¿Qué es el dolor, mamita?, — balbuceó débilmente entre sueños el hijito.
   La madre nada dijo, pero sus dedos afilados se crisparon, y levantándose en un gesto desconsolado y rebelde, señalaron el retrato, donde reía y reirá siempre la eterna causa del dolor femenino.

ALGUNAS PROSAS, Max Aub

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MAX AUB, Algunas prosas, Los Presentes, México D.F., 1954, 54 páginas.

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LA GRAN SERPIENTE

   Voló la torcaz, disparé. Cayó como una piedra negra, mi perro fue a recogerla, entre breñales. Reapareció cuando, arrastrándose, gruñendo; tiraba de algo largo, oscuro, que principiaba. El animal retrocedía con esfuerzo, ganado poco terreno. Fui hacia él.
   La tarde era hermosa y se estaba cayendo. Los verdes y los amarillos formaban todas las combinaciones del otoño; la tierra, friable y barrosa, con reflejos bermejones, se abría en surcos, rodeada de boscajes. Suaves colinas, alguna nube en lontananza.
   El perro se cansaba. De pronto, le relevaron grandes cilindros, enormes tornos de madera alquitranada que giraban lentamente enroscando la serpiente alrededor de su ancho centro. Era la gran serpiente del mundo; la gran solitaria. La iban sacando poco a poco, ya no ofrecía resistencia, se dejaba enrollar alrededor de aquel cabestrante de madera que giraba a una velocidad idéntica y suave.
   Cuando el enorme carrete negro no pudo admitir más serpiente, pusieron otro y continuaron. Se bastaban dos obreros, con las manos negras.
   El perro, tumbado a mis pies, miraba con asombro, las orejas levantadas, la mirada fija: Era la gran anguila de la tierra, le había cogido la cola por casualidad.
   Me senté a mirar cómo caía infinitamente la tarde, morados los lejanos encinares, oscura la tierra, siempre crepúsculo. Seguía sosteniendo la escopeta con una mano, descansando la culata en la muelle tierra.
   Cuando se llenaron muchos carretes, la tierra empezó a hundirse por partes, se sumía lentamente, resquebrajándose sin estrépito; combas suaves, concavidades que, de pronto, se hacían aparentes; se metía a lo hondo donde antes aparecía llana, nuevos valles. La edad —pensé—, los amigos. Pero no cabía duda de que, si seguían extrayendo la gran serpiente, la tierra se quedaría vacía, cáscara arrugada.
   Apunté con cuidado a los dos obreros, disparé. El último torno empezó a desovillarse con gran lentitud, cayó la noche. La tierra empezó de nuevo a respirar.

LAS PRUEBAS DEL CAOS, Enrique Anderson Imbert

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ENRIQUE ANDERSON IMBERT, Las pruebas del caos, Yerba Buena, La Plata, 1946, 178 páginas.

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ALICIA

   Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
   Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.
   ¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
   Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
   Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.
   Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
   Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.

BAZAR, Samuel Ros

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SAMUEL ROS, Bazar, Espasa-Calpe, Madrid, 1928, 216 páginas.

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LA MANCHA ROJA

   Era hermosa, pero nadie sabía comprender su belleza. A su paso llamaba la atención un segundo; después todas las miradas huían en fuga desconcertante. Era que aquella mujer tenía su belleza interrumpida por una gran mancha roja que le cruzaba la cara, una mancha que llamaba las miradas y después las dispersaba, una mancha que hacía pensar en una maldición.
   Lo que nadie podría discutir era su elegancia. Vestía con mucho gusto. Iba precedida de una señora de compañía y llevaba sujeto con una tenue cadenita de plata un perro absurdo como legítimo marchamo de sus trajes muy Londón.
   Le gustaba pasear por los parques poco concurridos, y parecía ir cogida del brazo invisible de un fantasma. En los atardeceres violentos de color, que es cuando el ambiente se hace más humano, ella sentía una profunda tristeza, tristeza de separada, y notaba cómo aquel paisaje, ávido de emociones, hacía suya la mancha.
   Como era rica, tenía muchos pretendientes, hombres inferiores que pensaron que la mancha roja sería capaz de igualarlos a ella. Pero fracasaban porque querían halagarla con los aditivos acomodaticios a todas las bellezas. Era siempre una repetición de lo mismo con la música enojosa de la falsedad:
   —Tienes ojos de cielo. Tu pelo es negro como el azabache, tus manos son más finas que la seda...
   Pero la mancha roja no merecía nada; pasaban por alto aquella su característica, temiendo molestarla, y muchas veces, al describir la tersura de su rostro, se hablan azorado, como si estuviesen a punto de naufragar en aquella laguna irregular.
   Ella reía de estos entes ridículos, y parecía esperar algo inusitado, quizá ser comprendida. En el paseo por los parques solitarios su talle adquíría una flexibilidad de enamorada que se inclina para apoyarse en el brazo de su amado.
   Pasaba el tiempo sin llegar la forma humana del fantasma que la acompañaba; ella pensó que ya no le conocería nunca, y todos los atardeceres, en el parque, se despedía del paisaje lánguidamente, con una renuncia de sí misma y una €entrega mística de su mancha roja. Pero una tarde vio un hombre que la seguía a distancia: era un hombre de simpática juventud avejada, que había tenido la suerte de descubrirla en el parque y que en adelante no podría prescindir de ella. Pocos dlas después se decidió a hablarla:
   —¡Señorita! Usted me sabrá perdonar; pero esa mancha roja de su cara me atrae con una fuerza irresistible; esa mancha roja, que a otros podría parecer como una insolencia en su belleza, es para mí como un divino rubor.
   Y vino el idilio; el idilio que necesitaba ella de un hombre desordenado y desorientado que buscaba la belleza para sí mismo.
   En adelante paseó por el parque apoyada en el brazo de él, y nació el diálogo de un amor nuevo, con una interpretación como merecía:
   —Tu mancha roja, tu divina mancha roja —decía él—, me ha acercado a ti y te separa al mismo tiempo de los demás; yo no puedo tener más celos que los que me da el paisaje que quiere arrebatar tu mancha.
   —Yo te esperaba a ti; yo presentía que mi mancha tendría una interpretación, y he paseado apoyándome en tu sombra. Ahora parecemos una consecuencia.
   Sobrevenía el atardecer; un estremecimiento sacudía la naturaleza, que esperaba su muerte de mentirillas, segura de un abundante renacer. Temblaban las aguas de un lago y temblaba la hoja en el árbol. El paisaje violento de color lloraba la pérdida de una mancha roja...
   Entonces, él dejaba un beso en la mitad blanca de la cara de su novia, que se encendía de rubor y se unificaba con su otra mitad en un todo bello, armónico y magnífico.

LOS ANIMALES HABLAN, Álvaro Yunque

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ÁLVARO YUNQUE, Los animales hablan, Ediciones Pedagógicas, Buenos Aires, 1985, 104 páginas.

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Publicado originalmente en 1930, este libro de fábulas constituye una de las muestras más representativas de Álvaro Yunque, un autor encuadrado en la vertiente social de la literatura argentina y destacado integrante del grupo Boedo.

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METAMORFOSIS

   Una rana —una rana loca según opinión de los sapos— se dijo:
   —Desde hoy no comeré otra cosa que reflejos de estrellas...
   Después de algunas noches ya no canta: cli, cli, cli, cli, como antes.
   Ahora canta como un zorzal, canta como si le hubieran nacido alas de pájaro. 

LA GUERRA, EL MAR Y OTROS EXCESOS, Fernando Quiñones

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FERNANDO QUIÑONES, La Guerra, el Mar y otros Excesos, Emecé, Buenos Aires, 1966, 145 páginas.
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De los trece relatos que contiene, cuatro son microrrelatos.
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LOS TRES HOMBRES JUSTOS
        
   Y a los tres días de camino encontró el Señor a tres camelleros que corrieron hacia Él con humilde y ardiente amor, y se sintió hambriento de concederles una, gracia.
   Y el primer. camellero se llamaba Jazid, y era negro y de muy alta estatura y nacido en la mayor de las siete praderas que rodean el desierto de Lozothar. Y el Señor se dirigió a él preguntándole qué haría a un hombre que se lleva una sierpe a la cara. Y le respondió Jazid que huir de él, sin hacerle mal.
   Y el segundo camellero, Galaad, tenía las manos como dos bueyes, y el Señor se dirigió a él preguntándole por las tierras de los vecinos de sus bisabuelos. Y le contestó GaIaad que eran muy ricas en frutos y en miel, de que los vecinos obsequiaban a su gente.
   Y Terneth, el tercer camellero, que era pequéño y oscuro corno las aceitunas caídas, no había oído nunca, hablar del amor. Y el Señor le preguntó si, además de ello, existía algo que no conociera bien, a lo que Terneth, con lágrimas en los ojos, respondió.
   —Oh, Señor, no había una sola cosa que yo conociera bien, pues desde que era niño no sé sino de echar de comer a los camellos y de andar con las caravanas. Y ni siquiera puedo decir
que entiendo de camellos, pues se me han muerto muchos de los que crié, sin yo poder sanarlos ni saber de qué morían.
   Y el Señor, tornándoles los rostros sudorosos, no sabía por cual de los tres camelleros había más bien venido al mundo, y se alejó de ellos con una tristeza callada porque, como Jazid, no se podía limitar a huir del mal sin atacar al que lo llevase, ni era capaz, como Galaad, de sentir la carrera del Tiempo igual que un hombre cualquiera, y padecerla y tratar de oponerle la memoria, ni tampoco podía ignorar las cosas, como Terneth.

COSAS / LOS DOS DE SIEMPRE, Castelao

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CASTELAO, Cosas / Los dos de siempre, Alianza, Madrid, 1967, 264 páginas.

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"Cousas" es el nombre que utiliza Castelao para denominar sus relatos breves ilustrados por un dibujo que complementa al texto, construyendo un conjunto que refleja, combinado explicitud y sugestión, la realidad socioeconómica de Galicia en su tiempo. Publicados en prensa entre 1919 y 1927, la traducción de Alberto Míguez, al lado de la novela Os dous de sempre, se ajusta a las piezas incluidas en la edición de 1934.

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DOÑA FLORINDA SE CASÓ CON FUNGUEIRIÑO

   Doña Florinda se casó con Fungueiriño y vivió en espera de un hijo que no llegó. Compadeciéndose de su mala suerte, doña Florinda se pasaba las horas en el balcón, escuchando el cacareo de las gallinas ponedoras. Fungueiriño era jugador y murió del corazón, dejándole a la pobre señora los deseos frustrados de acariciar un hijo.
   El luto le sentaba bien a doña Florinda y la carne blanca de sus brazos llamó la atención de don Roque. La buena señora supo despertar un amor serio en el pecho del solterón y logró casarse en segundas nupcias. Y después de casada le renació el deseo de ser madre, y siguió viviendo a la espera de un hijo que no llegó. Don Roque se marchó de este mundo, y doña Florinda se quedó sola, ante sus deseos frustrados.
   Pasaron muchos años. Ahora doña Florinda es una vieja arrugada por el tiempo, tan vieja y tan arrugada que parece una reliquia. Ahora, al final de su larga vida, doña Florinda ve cumplidos sus viejos deseos. La chochera le hizo creer que tiene un hijo, y cualquier día se queda muerta de alegría por ser madre.
   La buena señora le anda diciendo a todo el mundo:
   —¿No lo sabéis? Me nació un hijo.
   Y todos se echan a reír porque las gentes ya no saben emocionarse...

DE LOS ARCHIVOS DEL TRASGO, Rafael Dieste

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RAFAEL DIESTE, De los archivos del trasgo, Espasa Calpe, Madrid, 1989, 192 páginas.

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Publicados en 1926, los relatos de Dos arquivos do trasno se presentan en esta edición bilingüe traducidos por César Antonio Molina, quien también firma una introducción en la que recuerda cómo "lo real, lo irracional, el misterio, el terror, lo sobrenatural, lo poético, el humor, la ironía, la esperanza y el ensalzamiento de las virtudes más humanas y primarias del hombre, configuran los elementos más sobresalientes que el autor de estas historias conjuga con una gran precisión".
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EL NIÑO SUICIDA

   Cuando el tabernero acabó de leer aquella noticia inquietante —un niño se había suicidado pegándose un tiro en la sien derecha— habló el vagabundo desconocido que acababa de comer muy pobremente en un rincón de la tasca marinera, y dijo:
   —Yo sé la historia de ese niño.
   Pronunció la palabra niño de un modo muy particular. Así que los cuatro bebedores de aguardiente, los cinco de albariño y el tabernero se callaron y escucharon con gesto inquisidor y atento.
   —Yo sé la historia de ese niño —repitió el vagabundo. Y tras una sagaz y bien medida pausa, comenzó:
   —Allá por el mil ochocientos treinta, una beata que después murió de miedo vio salir del camposanto florido y oloroso de su aldea a un viejo muy viejo desnudo. Aquel viejo era un recién nacido. Antes de salir del vientre de la tierra madre había escogido él mismo esa manera de nacer. ¡Cuánto mejor ir de viejo a mozo que de mozo a viejo!, pensó siendo espíritu puro. A Nuestro Señor le chocó la idea. ¿Por qué no hacer la prueba? Y así, con su consentimiento, se formó en el seno de la tierra un esqueleto. Y después con carne de gusano, se hizo la carne del hombre. Y en la carne del hombre hormigueó el calorcillo de la sangre. Y como todo estaba listo, la tierra-madre parió. Parió un viejo desnudo.
   Cómo después el viejo encontró ropa y alimento es cosa de mucha risa. Llegó a las puertas de la ciudad y como todavía no sabía hablar, los alguaciles, después de echarle una capa encima, lo llevaron delante del juez, como si hubiesen sido testigos: Aquí le traemos a este pobre viejo que perdió el habla con la paliza que le dieron unos ladrones desaprensivos. No le dejaron ni la ropa.
   El juez dio órdenes y el viejo fue llevado a un hospital. Cuando salió, ya bien vestido y alimentado, le decían las monjitas: Va hecho un buen mozo. Hasta parece que perdió años.
   Por aquel entonces ya había aprendido a hablar algo y se hizo mendigo. Así anduvo muchas tierras. En Lourdes estuvo dos veces, la segunda tan rejuvenecido que, los que le habían conocido la primera vez, pensaron que había sido un milagro de la Virgen.
   Cuando adquirió suficiente experiencia pensó que lo mejor era mantener en secreto aquella extraña condición que lo hacía más joven cuantos más años corriesen. Así, no sabiéndolo nadie —a no ser uno o dos amigos fíeles— podría vivir mejor su verdadera vida.
   Trabajó de viejo y se hizo rico para descansar de joven. De los cincuenta a los quince años su vida fue lo más feliz que imaginarse pueda. Cada día gustaba más a las muchachas y anduvo envuelto con muchas y con las más bonitas. Y hasta dicen que una princesa... Pero de eso no estoy seguro.
   Cuando llegó a niño comenzó la vida a complicársele. Le daba miedo la sorpresa con que lo veían entrar tan libre en las tiendas a comprar golosinas y juguetes. Algún ratero de visera calada lo había seguido a veces a lo largo de muchas calles tortuosas. Y alguna vez comió sus golosinas temblando de angustia, con las lágrimas en los ojos y el almíbar en los labios. La última vez que lo encontré —tenía ocho años— estaba muy triste. ¡Cuánto pesaban en su espíritu de niño los recuerdos de su vejez!
   Luego comenzó a atosigarlo día y noche una obsesión tremenda. Cuando pasaran algunos años lo recogerían en cualquier calleja perdida. Quizá alguna señora rica y sin hijos. Después... ¡Quién sabe lo que pasaría después! La lactancia, los paseos en un carrito, con un sonajero de cascabeles en la tierna manecita. Y al final... ¡Oh! El final daba espanto. Cumplir su destino de hombre que vive al revés y refugiarse en el seno de la señora rica —puede que cuando ella durmiese— para ir allí consumiéndose hasta transformarse primero en una sanguijuela, después en un corpúsculo, y luego en pequeñísima simiente...
   El vagabundo se levantó muy pensativo, con las manos en los bolsillos, y comenzó a pasear muy amargado. Finalmente dijo:
   —Me explico, sí, me explico que se diese un tiro en la sien el pobre muchacho.
   Los cuatro bebedores de aguardiente, creían. Los cinco de albariño sonreían y dudaban. El tabernero negaba. Cuando todos discutían más animadamente, el tabernero de pronto se levantó de puntillas y se puso a mirar alrededor con los ojos muy abiertos. El vagabundo había desaparecido sin pagar.

LOS MUERTOS, LAS MUERTAS Y OTRAS FANTASMAGORÍAS, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Los muertos, las muertas y otras fantasmagorías, Cruz y Raya, Madrid, 1935, 188 páginas.

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LA CABELLERA DE LA SOMBRA

   En la oscuridad sentí una cabellera, una larga cabellera...
   No quise ni encender, ni espantarla...
   Quise cazar aquella cabeza a la que pertenecía la cabellera y saqué mi peine de bolsillo para convencer al cabello con esa caricia del peinado que convence a todas las cabelleras.
   Eran sedosos y vivos los cabellos —juro que no eran los de ninguna muerta—, y aunque avancé sigiloso por las galerías oscuras sin dejar de peinar los oleosos cabellos, no encontraba la cabeza buscada.
   ¡Qué larga cabellera! Cola como de de vestido que daba vueltas a las habitaciones aunque su dueña estuviese muy lejos.
   Era una cosa de la realidad con algo de ilusión. Me acerqué los cabellos como quien se acerca una flor para cloroformizarse de perfume, y percibí el olor humano de los cabellos, con un remoto recuerdo lanar...
   Jugándome el todo por el todo, dejé la cabellera y encendí la luz.
   Nada.
   Pero había tenido la voluptuosidad de tener en mis manos la incentiva cabellera de la oscuridad.

LA FLOR DE CALIFORNIA, José María Hinojosa

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JOSÉ MARÍA HINOJOSA, La flor de California, Huerga y Fierro, Madrid, 2004 (1928), 125 páginas.
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Los dibujos de Joaquín Peinado se intercalan en esta edición a cargo de José Antonio Mesa Toré, quien en el prólogo, José María Hinojosa: el tallo que se dobla (pp. 11-35) señala la relevancia del autor, puesto que este libro publicado en 1928 lo sitúa como el "primer ejemplo de surrealismo en España", tal y como también reconoce su contemporáneo José Moreno Villa en Carta al autor (pp. 41-42).

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LA FLOR DE CALIFORNIA
a Manuel Altolaguirre

   El camino tenía siempre un desnivel y la rampa subía y bajaba con ritmo de montaña rusa, con ritmo de tralla restallada.
   Los zigzag fueron menudeando hasta hacerse de una violencia tal que el camino llegó a echar un nudo a mis pies y los puntos suspensivos de los pasos se unieron para formar la línea recta del resbalón.
   Cuando hube llegado a la meta se me ofreció como única salida un túnel recubierto de láminas de sangre. Sobre una placa fotográfica en negativo había escrito a la entrada del túnel la siguiente inscripción:

          CRISTO PUSO LA PRIMERA PIEDRA
          EL VIERNES SANTO DEL AÑO 1925

   Como el camino con sus restallidos no cesaba de crujirme las piernas me vi obligado a entrar cuanto antes en el túnel a pesar de mi repugnancia.
   El túnel, muy largo, fue de una monotonía insufrible y maloliente, no cruzándome en mi marcha con persona alguna y sólo, ya casi al final, me encontré con un guardia que me dijo imperativamente:
   — Lleve usted la derecha.
   Pasé momentos de angustia terribles. Hasta entonces no me había apercibido de la falta de mis dos brazos y sin ellos ¿cómo averiguar cuál era mi derecha?
   Hice esfuerzos enormes por correr y no pude salir del paso lento; quise ocultarme y no hallé lugar propicio para ello y al fin, extenuado, aguardé pacientemente a la terminación del túnel.
   A la salida recuperé los brazos y no bien me hube sentado y encendido un cigarro para fumármelo con tranquilidad, en reposo de mis recientes fatigas, cuando empezaron a agruparse a mi alrededor cuantos transeúntes pasaban por allí. Me lanzaban insultos y me acusaban de llevar una camisa verde con la cual pretendía hacerme pasar por un loro. Era falso lo que me imputaban y cuando llegó el juez le dije con la serenidad que supone la inocencia:
   —Señor juez, le juro que no he dejado un momento de llevar mi derecha.
   Con esta explicación se dio el juez por satisfecho y yo para librarme de los curiosos me zambullí por la primera puerta que vi abierta.
   Esta primera puerta fue la de una iglesia toda blanqueada y con los altares totalmente cubiertos por flores de papel de colores chillones.
   El órgano tocaba un schottisch muy castizo que nunca más he vuelto a oír y que me ha sido imposible recordar su melodía.
   Entré de puntillas sobre las baldosas gibadas dando saltos de pelota de goma por la nave central y en dirección al altar mayor.
   Aún no iba a mediados de la nave cuando comenzaron las columnas a mover sus brazos para indicarme que abandonara aquella dirección y me apartara a una nave lateral.
   Sin pedir explicación alguna me fui a la nave izquierda donde me encontré con una capilla de zinc, y en ella una mujer. La mujer morena de pechos de aluminio y vestida con maillot de cera. Me enredó en un lazo de siseos con el cual tiró de mí hasta atraerme junto a la verja y poder cuchillear a mi oído:
   —Coge la flor de Californía.
   La mujer morena salió de la capilla de zinc y fue saltando con velocidad vertiginosa de una lámpara a otra, de un altar a otro, de una nave a otra.
   Y yo no cesaba de oír por todas partes con euritmia de péndulo exhausto de cuerda:
   —José María, José María,
   Coge la flor de Californía.
   —José María, José María,
   —Coge la flor de Californía.
   —Coge la flor de Californía.
   —Coge la flor de Californía.
Fornía, Fornía, Fornía, Fornía, nía, nía, nía, nía, nía, nía, nía, nía, nía. La mujer morena del maillot de cera y de los pechos de aluminio comenzó a arder por los cabellos.
   Nía, nía, nía, nía.
   La mujer morena ardió por completo y sólo quedaron sus dos pechos que convertidos en globos se los llevó un niño vestido de primera comunión.
   Momentáneamente me quedé solo en la iglesia, oliendo a cera quemada, oliendo a flores contrahechas yo solo.
   Mis pasos retumbaban y fui el centro de aquel ruido sin límites y solo en aquella cárcel de ruido blando pugnaba por salir de ella, en vano, por forjar radios que me condujeran a la tangente.
   Me encaré con las columnas y las columnas no me dijeron nada, me hacían señas equívocas y empecé a creer que eran verdaderas columnas de piedra.
   Partió en dos mi éxtasis una frase ya olvidada pero rediviva: "Coge la flor de Californía".
   Me encaramé en el púlpito y cuando iba a comenzar mi oración para mí, solo en la iglesia, vi moverse con lentitud sobre las baldosas una cigala roja y fosforescente.
   Abrí los brazos y planeé desde el púlpito al suelo. Una vez en mí, sólo en mí, y sin prisión pude ver de cerca la cigala cuyo extremo posterior era una flor color de carne.
   Fue un latigazo quien me decidió a abalanzarme brusca y repentinamente sobre la cigala. Le arranqué la flor y en un supremo hálito de satisfacción me la puse en el ojal del smoking.
   No hube vuelto aún de mí cuando la flor color de carne empezó a corromperse.
   Aún no había pisado el umbral de la puerta para salir de la iglesia y ya se paseaban los gusanos por mi pechera almidonada y blanca, por mi pechera impecable de buceador nocturno.
   Salí a la calle y los gusanos me habían sacado ya los ojos.
   El sol, que llenaba por completo la atmósfera, sólo pude palparlo y de mis manos brotaron diez ojos.

CUENTOS DE ANTOLOJÍA, Juan Ramón Jiménez

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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Cuentos de antolojía, Clan Editorial, Madrid, 1999, 304 páginas.

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Con prólogo (La belleza completa, pp. 7-24) y notas de Juan Casamayor Vizcaino e ilustraciones de Marina Arespacochaga, la editorial Clan, siempre interesada en la recuperación de textos y autores, presenta esta antología que aporta 47 cuentos inéditos.

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EL HOMBRE DOBLE
       
   Yo lo había conocido al piano, una tarde grata, de cerca, en la penumbra gris y dulce del crepúsculo de primavera, en su salón. Me había parecido dulce, bueno, sencillo, vibrante el corazón de la música de su piano, entre sus hijos, su mujer y sus flores.
   Luego, al otro día, en su despacho, de lejos, entrando yo por la puerta distante del banco grande, me pareció que lo había equivocado con otro. Estaba más enjuto, más oscuro, recostado entre legajo y hule, y con unos ojillos de pimienta que en nada se parecían a los azules del día antes, unos ojillos que me miraban, acercándose, como con desagrado.
   Llegando a un punto de la estancia, como en esos cambios de los árboles cuando nos acercamos a ellos, como si hubiera un escamoteo teatral, el hombre de hoy, el del escritorio, se transformaba otra vez, en el hombre de ayer, el del piano, y la sonrisa grande y blanda sucedía al mirar pequeño, duro y desagradable.
   Debió de notar mi confusión, y le dije lo que era: «Al pronto no lo había conocido a usted. Me parecía usted otro».
   Se rió con una risa fuerte, como si estuviera en el secreto de mi duda, una risa no sé si mala o buena, que no sé de cuál de los dos es, si del nombre dulce del piano, que se reía de mi sospecha, o del hombre molesto del banco, que se reía de mi infelicidad.
   ...La mujer leyó esta pájina, y, de pronto, sintió un escalofrío y dio un grito.
  No era sospecha suya sólo. El poeta también lo había visto. En su casa había dos hombres.

(1920)

CUENTOS DE MUERTE Y DE SANGRE, Ricardo Güiraldes

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RICARDO GÜIRALDES, Cuentos de muerte y de sangre, Artemisa, Santa Cruz de Tenerife, 2004 (1915), 144 páginas.

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En El hombre sin generación (pp. 7-28), Mateo de Paz repasa la vida y obra del escritor argentino, subrayando tanto sus aciertos formales (la "musicalidad modernista del poema en prosa, la imagen y la metáfora elaboradas" aderezan una narrativa "naturalista de ambientación fantástica") como su compromiso social, con la contribución "a la salvación literaria del gaucho aferrado a unos valores telúricos y nómadas no siempre entendidos por una sociedad subida al tren del capitalismo". Como cierre a este prólogo, Paz aboga por la reivindicación de Güiraldes como "maestro del cuento breve", precursor de un género en alza en la actualidad como el microrrelato.

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DE UN CUENTO CONOCIDO

   Panchito el tartamudo era en la estancia objeto de continuas bromas. Su padre, don Ambrosio Lara, viejo ya y casi inútil para el trabajo, arrastraba sus últimos años a lomos de un lobuno zarco, de huesos sólidos y sobrepaso.
   Hacían la recorrida juntos, pues eran, en caso de necesidad, más útiles los doce años del muchacho que la experiencia del viejo: fuera para un tiro de lazo, la operación de un enfermo o, cosa más frecuente en esa época, para la cueriada de algún encardao que, hinchado hasta la exageración, levantaba dos patas al cielo en un esfuerzo póstumo.
   Natividad, la segunda mujer de don Ambrosio (que sabe Dios si lo era), manejaba estos dos semihombres sin que su mulata obesidad le impidiera estar alerta a todo.
   Ambrosio —gritaba, riñendo al viejo, no has desatado la mula 'e la noria, y dejuro se estará redamando el agua.
   —Güeno, güeno —contestaba el anciano meneando la cabeza con vaga sonrisa de bondad—. ¡Ave María!, ni que se hubiera distraído el cura en misa. —Y se alejaba lentamente: la lonja del rebenque barriendo el suelo, las piernas zambas, el tirador zarandeado por un movimiento de caderas que se comunicaba al enorme facón en balanceo desigual.
   La silueta del viejo paisano desaparecía entre los paraísos, y en breve el muchacho, rastreando sus pasos, tomaba la misma ruta.
   Así se iban por muchas horas.
   Doña Natividad pasaba el tiempo en soltar la majada, alimentar las gallinas, preparar la comida y dar patadas a los perros, siempre metidos en la cocina.
   Se comía en silencio, y sólo las largas mateadas traían, tiempo a tiempo, sus conversaciones. Motivo eran los sucesos recientes del pueblo que algún charlatán contara a su manera. Casamientos, carreras y, sobre todo, peleas traían sus extensos comentarios de parte de los viejos ante la presencia invariablemente muda del muchacho, huraño hasta con los padres.
   Algunas veces, cuando la ocasión lo hacía inevitable, empezaba a trastabillar sobre una letra. "Cantá, cantá", decía la madre; y sobre melodía plañidera, sin sentido, se arrastraban las palabras con un lloriqueo nasal, mientras el semblante conservaba su habitual expresión de empaque.
   Un día, a hora inesperada, el estrépito de una carrera llamó a doña Natividad en dirección al palenque. El semblante de Panchito traía una expresión de dolor.
Hizo señales desesperadas. "¡Cantá, muchacho!", gritó la madre, ansiosa; pero fue inútil.
   Obedeciendo a los signos repetidos, y recobrando en un momento de angustia la agilidad de sus jóvenes años, la anciana trepó en ancas de su hijo.
   Era cerca de la bebida.
   Caballo y jinete yacían en grupo de vieja flacura. El lobuno tentó levantarse, pero fue vano su deseo. Sentía en el lomo un vacío que le pesaba, y todo su esfuerzo alcanzó a esbozar una mirada hacia su amo, tirado unos pasos más lejos, la cabeza sobre el borde del abrevadero, una herida incolora ceñida en la frente, a flor de hueso.
   Una espuela desaparecía enterrada en el suelo, y el negro chiripá, volcado en pliegues desordenados, envolvía el cadáver como un crespón de luto.
   Así había muerto don Ambrosio —de viejo quizá—, arrastrando en su caída al caballo impotente, cuyo ojo zarco no reflejaría más, en claro brillo, su alma de esclavo bondadoso.
   El hijo miraba todo aquello, sacudido el torso por pequeños estremecimientos nerviosos, como si el llanto hubiera tartamudeado en su garganta.
   Y a pesar de los ruegos de su madre, que exigía detalles, Panchito no cantó ese día.

GREGUERÍAS, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Greguerías, Cegal, Madrid, 1988, 116 páginas.

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Ricardo Senabre en Ramón y la greguería (pp. 7-10) desmonta,  atinadamente, la definición  insuficiente, acuñada por el propio autor: "humorismo + metáfora = greguería". Para superar un lenguaje anquilosado, Ramón acude a "la experimentación tenaz con las palabras, la búsqueda constante de nuevas relaciones y significados, la utilización del instrumento verbal como objeto".
Para esta edición no venal del año 1988, selecciona en bloques temáticos las greguerías.

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La muerte es la abrepuertas fatal. Tiene ganzúa para todas.
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El epitafio es la última tarjeta de visita que se hace el hombre.
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El más pequeño ferrocarril es la oruga.
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La lechuga es toda enaguas.
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El encanto de la mujer tirada en la arena es que parece la estatua a medio desenterrar.
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Sólo la mujer da cuerda a los corazones.
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LA B es el ama de cría del alfabeto.
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Hay un momento en que al bandoneón parece que se le cae una pila de libros que no ha podido abarcar con las dos manos.

DISPARATES Y OTROS CAPRICHOS, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Disparates y otros caprichos, Menoscuarto, Palencia, 2005, 264 páginas. Edición de Luis López Molina.

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La Introducción (pp. 7-36), donde se encuadra al escritor al lado de otros precursores del microrrelato como Juan Ramón Jiménez y Max Aub, estudia algunos de los temas más recurrentes de su obra, como el erotismo, la fantasía, la muerte o el humor. Además, se justifica la selección de los 200 textos que integran la antología atendiendo "ante todo, aunque no solamente, a la brevedad y a la narratividad".

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EL GAS DEL DIABLO

Lucifer, en esta hora de los negocios, ha pensado hacer la competencia a las fábricas de gas.
Él puede dar el metro cúbico a céntimo chico. La competencia con las fábricas va a ser ruinosa, además de que el gas infernal tendrá un poder calorífero mucho mayor y las cazuelas de aluminio se calentarán en menos tiempo que en las cocinas de gas municipal.
Algo compremeterá a las almas el gastar gas del infierno, aunque quizá por eso ha envuelto su propaganda en el socorrido antifaz de las compañías anónimas.

TAM TAM, Tomás Borrás

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TOMÁS BORRÁS, Tam Tam, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, Madrid, 1931, 146 páginas. Ilustraciones de Rafael Barradas.

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Irene Andrés-Suárez incluye en la bibliografía de El microrrelato español. Una estética de la elipsis este libro de Tomás Borrás cuyo título completo es Tam Tam. Pantomimas. Bailetes. Cuentos coreográficos. Mimodramas. Ya advierte la autora que no estamos ante un libro compuesto en su totalidad por microrrelatos. El ejemplar del que extraemos esta deliciosa narración procede de la biblioteca personal de Wenceslao Fernández Flórez. Esta rareza de Tomás Borrás, a quien podemos considerar un precursor del microrrelato, está magníficamente conservada en la sede de la Fundación Wenceslao Fernández Flórez: Villa Florentina.
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EL PINTOR CUBISTA

El estudio del pintor cubista. Lienzos de tamaños irregulares, nunca rectángulos, ni óvalos, ni cuadrados, ni círculos como los lienzos de los pintores anticuados, sino pedazos de tela en su bastidor, cortados de modo ageométrico y caprichoso. Todos los lienzos ostentan pinturas cubistas indescifrables para el vulgo profano y son de colores enteros y brillantes. El laberinto de la línea no sigue más regla que la genial arbitrariedad. Ningún atisbo de forma humana, desde luego, ni de paisaje, ni de naturaleza inerte. Triángulos, eses, diagonales, vientres de curvas azul cobalto, punteados de blanco plata y de carmín, ziszás ocres y violetas. Una vibración lumínica indefinida, un maremagno calidoscópico y debajo letreros bien visibles: «Retrato de la Señora de Pérez», «El rebaño», «Puesta de sol».
En primer término se ve una escultura cubista. Es una masa de yeso de gran tamaño, formada por infinitos conos, esferas, cilindros, planos. Al pie, dice: «El sembrador».
Las sillas del estudio son cubos perfectos. Por la claraboya, medio oculta por una tela roja con rayas azules, entra el sol. Un plato de dodecaedros y pentaedros sobre una «silla». Un cartel de cierta Exposición de pintura en la técnica simultaneísta. La luz eléctrica está encerrada en lámparas de colorines y volúmenes absurdos. Un piano eléctrico de cola, echa al aire su faldón de frac, dejando el cordaje al descubierto.
La mujer del pintor comenta a solas la pintura de su marido. Está estupefacta. Es una mujer muy joven y muy bella. Viste sencillamente una túnica, a la griega. Los cabellos los lleva recogidos en moño sobre la nuca y partidos en dos alas. El gusto simple y depurado de su figura recuerda a madama Recamier. Descorre la cortina de la claraboya para que entre más sol. Coge algunos lienzos del esposo y los va examinando uno a uno con gestos de incomprensión y de tristeza desesperada. Suena en otro piano que no se ve, una canción emotiva, clara, con olor a aire libre, como La alegría del labrador, de Schumann.
Levántase para danzar, impulsada por un arrebato de su inspiración lírica, y lo hace ingrávida y suave como un soplo de aire en acción de caricia. Siguen sonando las tranquilas armonías campestres. Se abre violentamente la puerta y entra el pintor cubista, que arriba de la calle. Su traje es una exageración de norteamericanismo desde los zapatones hasta el hongo. Reprende a su mujer, violento, porque  escucha y baila aquella música insubstancial y vieja. Despójase de abrigo y sombrero y, utilizando objetos del estudio, ejecuta un jazz-band estruendoso, burlándose antes de la cursilería de su mujer, que prefiere la melodía al ruido. Ahuyenta al músico vecino, cesando de sonar el piano. Corre la cortina de la claraboya y enciende la luz artificial, huyendo de la del sol. Admira la estatua con ademanes expresivos y desdeña a su mujer, que quiere abrazarle. Se abisma en la contemplación de «El sembrador». Su mujer llora afligida. Entra en las habitaciones interiores. El pintor cubista se pone a trabajar aplicando la pintura con los tubos.
Mientras trabaja acude la Musa a inspirarle. Es una rueda giratoria, quieta hasta entonces, que se mueve animada por ondas eléctricas. La rueda ilumina y obscurece segmentos de colores encendidos y enciende y apaga letras que no forman palabras. Todo lo cual procura reproducir el artista en su lienzo.
Entran Esnob y Esnobinilla. Son dos figuras rígidas. Tienen el rostro como los muñecos de madera, y con sólo dos expresiones: la de asombro, abriendo mucho los ojos y la boca, y la de indiferencia inmóvil. Las ejecutan como si para ello les tirasen de una cuerda. Esto y su rigidez les da una fuerte apariencia de mecanismos vivientes. Se paran delante de todos los cuadros, haciendo su admirativo ¡Ooooh! facial. Compran un lienzo, y él se lo pone debajo del brazo. La mujer del pintor, que ve la escena entre las cortinas, sin comprender cómo pueden comprar aquello, sale a tiempo de impedir al marido que bese la mano de Esnobinilla. Entre marido y mujer se desarrolla una escenita: celos por parte de ella, hastío por la de él. Es inútil que le muestre sus brazos desnudos. Y su ligero escote, que mueva con gracia la cabeza delicada, que exhiba el encanto de su cuerpo en movimientos de plástica lentitud. El pintor cubista, obsesionado por su estética intelectualizada, sólo hace gestos de estupor admirativo ante la escultura. Esnob y Esnobinilla aprueban y desdeñan a la rechazada esposa, que tiene el atrevimiento de ofrecer a su marido unas rosas que se ha puesto a la cintura, cuando él —como lo hace notar— sólo gusta de los dodecaedros, los cubos y las pirámides que sustituyen en el plato a las flores y a las frutas. La esposa se aflige nuevamente; luego se queda pensativa un instante, mientras se despiden del pintor Esnob y Esnobinilla. Por fin ella, con repentino júbilo, éntrase. Se le ha ocurrido una idea.
El pintor, idos Esnob y Esnobinilla, cuenta con fruición los billetes de Banco que le han dado. Llaman a la puerta y, guardándose el dinero, corre a abrir. Entra el sastre. Su vestimenta es de telas de diversos colores unidos en la forma corriente del traje de americana. Ostenta en el cogote un letrero: «Sastrería futurista». Como el sastre le trae la ropa recién hecha, se pone el chaquetón inaudito. Enchufa el contacto y el piano eléctrico expele horripilante composición que eriza los nervios. Sastre y pintor, después de sabotear, admirativos, los primeros compases, se ponen a bailar de cabeza, enlazados por los pies: coreografía gimnástica y apayasada.
Después del baile el pintor, para obsequiar a su visita, éntrase y vuelve con bandejas de mermeladadas, quesos, galletitas, frutas, té... El sastre se le ríe, se le mofa. Aquel género de alimentos está proscrito por los avanzados. Mientras el pintor, deposita su carga de golosinas en la mesa cúbica, el sastre saca a la superficie del bolsillo que luce en una de las mangas, sendas jeringuillas. Las carga tomando el líquido de una ampolla carmesí, y ofrece al pintor, como quien ofrece un pitillo, el paraíso artificial encerrado  en la columnilla cristalina. Con cierto temor el artista se aplica la dosis, después de vacilar y pensarlo mucho. El sastre también se clava el aguijón y hace gestos de relamerse de gusto. Por el contrario, el pintor sufre, se aprieta el lugar del pinchazo, se estremece, tirita, pero disimula y finge soñar con sublimidades y exquisiteces, como el sastre, que para ello se ha encaramado en un bastidor y desde allí pone los ojos en blanco.
Molesto el pintor, inclina el trebejo de madera y el sastre se da un grande porrazo que le espabila. Después de las excusas, se despide afectuosamente y tomando su caja de entregas —«Sastrería futurista»— sale del estudio.
El pintor no puede resistir más la comedia. Se quita la chaqueta de colorines en escuadras y paralelas y, arrojándola al suelo, la pisotea. Vístese la prenda que llevaba antes. Descorre la cortina que tapaba el sol. Apaga la luz eléctrica y arrincona la escultura cubista. De debajo de un lienzo saca una fotografía de su mujer y la contempla extasiado haciendo demostraciones de amor. Pónese gabán y sombrero y, abriendo la ventana, invita al músico que tocaba antes a repetir la canción de sabor a campo: vuelve a oírse, pura, noble, serena. Saborea el pintor las frutas, sorbe una taza de té, se deleita con un trozo de queso a caballo en un trocito de pan. Arroja por la ventana la jeringuilla tomándola con dos dedos, con infinito asco. Llama a su esposa, alegre al pensar en el día de placer que les espera. Detiene el girar de la Musa.
Y entra su mujer. Pero no es la joven perfecta y abrileña que tenía en su aspecto sencillo una seducción de morbideces y de finas sensualidades, sino un elevado montón de masas trabajadas geométricamente como la escultura cubista del estudio. Es un conjunto de rombos, planos oblicuos y verticales, conos y elipses que anda, llevando los guantes y la sombrilla al extremo de dos estrechos cilindros y el sombrero sobre un poliedro. El pintor cubista retrocede aterrado, huye cuando se le aproxima el irregular conjunto de volúmenes y al intentar éste abrazarle, cae al suelo desmayado.
Entonces la mujer que se disfrazó pensando que tal era el gusto de su marido, rompe a bailar encima de éste —triunfo de lo natural—  el jazz band que tocó él, aún más ruidoso y desenfrenado.

SENOS, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Senos, Albino y Asociados, Buenos Aires, 1979, 89 páginas.

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Federico Martino en la Aproximación (pp. 7-8) glosa la capacidad de observación de Ramón. El volumen, el tercero de una serie de cuatro, contiene diez xilografías de José M. Moraña, que se insertan entre los 53 microrrelatos.
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LOS SENOS DE EVA

Por pensar en todos los senos hemos pensado en los de Eva, caudalosos, fuertes, de piel dura, rojiza y áspera; senos de ama de cría montañesa, de leche pura, salutífera y prodigiosa, la leche en su primera fuente, la fuente que no se ha agotado después. Adán no se dio verdadera cuenta de ellos, porque estaba asombrado ante otras sorpresas. Fueron los únicos senos que hicieron un perfecto ángulo recto en relación con el plano del pecho, un ángulo recto que inmediatamente después fue perdiendo grados y decayendo. Los senos de Eva fueron los que conservaron la estructura que les imprimió el molde de metal, el flanero que utilizó el Creador para su formación y que después colgó en su cocina.

SEIS BARBAS DE BESUGO Y OTROS CAPRICHOS, Ramón Gómez de la Serna & Alfredo

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA & ALFREDO, Seis barbas de besugo y otros caprichos, Media Vaca, Valencia, 2007, 132 páginas.

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En "Regalos para un tiempo de malestar" (pp. 123-127), Ignacio Carrión traza el vínculo entre el dibujante Alfredo y RGDLS. El libro lo componen 50 caprichos: "Relatos breves o greguerías largas". La selección de textos corresponde a Vicente Ferrer.

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LA TÍA DEL NIÑO

Estaba tan floripondiado el jardín que la solterita Araceli, que había salido a pasear a su sobrino de cuatro meses, sintió una tentación rimborondante.
Sentada en el banco verde de las ideas seductoras, pensaba hacer con su mano ese giro de planetas que es sacar un seno y dárselo al mamoncillo.
El sideralismo oculto de los días obraba por persuasión con sus fuerzas de más a aquella hora.
La virginal muchacha contenía el gesto de pelotari venusina, pero la apremiaban los deseos del jardín y el haber concebido la idea.
¿Si? ¿No? A la una, a las dos, a las tres...
Y desabrochando su corpiño tuvo la tremulante alegría de poner su seno al descubierto en pleno jardín público, conseguida una preeminencia que sólo pueden tener las estatuas y las madres.
El niño jugó con la pura morbidez y un ejército de soldados de jardín comenzó a pasar por delante de la maravillosa falsificación del único gesto de impudicia permitido.

LA UÑA, Max Aub

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MAX AUB, La uña, Bruguera, Barcelona, 1977, 158 páginas.

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La descriptiva contraportada de este volumen anuncia que son tres los libros, "de muy diverso contenido" aquí agrupados: Geografía (1929), Yo vivo (1953) y Algunas prosas y otras (1954).

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ESE OLOR

Ese olor. Ese olor que me acongoja, ese olor que me sigue, ese olor que me persigue. Ese olor...
Lo vi, estaba allí: quieto, repugnante, alrededor de la cosa. Podrido. De un salto se me agarró desesperadamente, y, ahora, por más que hago, no hallo manera de deshacerme de él. Me lavo, me restrego, me hundo en el agua, ando bajo la lluvia, en el mar. Me alejo. —Ya lo perdí. Sonrío: —Ya lo engañé. Me desespero: —Pude con él.
Y ahí vuelve, solapado, leve, lento, tenue, hediondo, persistente, quieto, fijo, horrible.
—¿Usted no sabe cómo podría deshacerme de él? Me persigue. Me estoy quieto sin respirar. Atento, mirando, convenciéndome de que se va, de que se fue. Pero no. Está ahí, aguardándome taimado. ¿De dónde?
Cambio de ropa. Hago las más diversas abluciones; me perfumo. Yo, ¡que no me perfumo nunca! Vuelve el tufo, peste ligera, no por ello menos peste. Me persigue, le aseguro que me persigue. Mugre lenta, despaciosa, socarrona. De connivencia, ¿con quién?, ¿con qué?, ¿qué me quiere?, ¿por qué me sigue?, ¿qué engaño?, ¿qué astucia?
Me escondo tras la primera esquina, espero. Sé que me busca. Pasa de largo, me pierde. Respiro.
Pero está ahí, por lo bajo disimulado, a lo zaíno. Callado. ¡Oh, si gritara!
Me envuelve, penetra sinuoso, espía, me acaba.
¿Qué es un mal olor? Nada. ¿Quién se fija? Un tufo. Un hedor. ¡A quién le importa! ¿A quién le digo que me atosiga? Creerán que no sé lo que digo. ¡Sí! ¡Sí!
Pero ahí está esta basura mugrienta. Nada me libra. ¡Si tuviese color!
Lo tiene. Es rojo, rojo pardo, rojo sucio, rojo verde, rojo oscuro, rojo negro, rojo, rojo corrupto, rojo carroñoso, rojo basura, rojo fétido, rojo mugre, rojo sinuoso, rojo disimulado, ¡ahí!, en mi pecho, subiendo por la garganta, saltando por encima de la boca, metiéndose por las alas de la nariz, revolcándose con el moco, llenándome todo.
¡Llevadlo! ¡Llevadme! ¡Ese olor, ese olor muerto! ¡Ese olor de muerte! ¡Ese olor putrefacto, que me carcome! Ese olor vivo de la muerte.