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PARQUE DE DIVERSIONES, Marco Denevi

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MARCO DENEVI, Parque de diversiones, Emecé, Buenos Aires, 1970, 242 páginas.

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PIGMALIÓN Y GALATEA

   El día en que se enteró de que él la amaba sólo porque ella era su obra, Galatea le quiso demostrar que era capaz de iniciativas propias y le clavó un cuchillo en el pecho.

APÓLOGOS, Luis Martín Santos

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LUIS MARTÍN SANTOS, Apólogos, Seix Barral, Barcelona, 1970, 160 páginas.

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Salvador Clotas en el Prólogo (pp. 8-19) señala la relevancia de la obra de Martín Santos en la transformación de la literatura española de posguerra. Además de estos apólogos (emparentados certeramente por Clotas con los microrrelatos de Kafka), el libro contiene diversos artículos y ensayos y el prólogo a Tiempo de destrucción.
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EL CEMENTERIO CONSIDERADO COMO LUGAR DE MEDITACIÓN

   El hombre es un animal meditativo. Para sus fines utiliza complacido los bosques, las montañas, las llanuras; en ocasiones también la soledad del gabinete o hasta el tráfago violento de un café. Pero lugar especialmente apto para la meditación, resulta ser el cementerio.
   El porqué no ha dejado de intrigarme. Bajo el verde césped o bajo las losas blancas —según el sistema empleado— no que­da ya nada de la maravillosa estructura orgánica a la que dimos nuestro afecto. El recuerdo es puro producto de nuestra me­moria y no parece necesario, para suscitarlo, recurrir a la visión directa de la tumba. Por otra parte, la violencia de la pena no favorece, sino que más bien impide la meditación. ¿Medita realmente esta joven viuda que —oculto el rostro por el velo—deposita cada día un ramillete de flores en la tumba del difun­to? No medita; recuerda. Y al recordar, imagina escenas, las revive cálidamente y acaso, por un breve instante, logra ignorar la evidencia de la ausencia. En tal momento vive como si el muerto viviera y el recuerdo revivido —que es ya nueva vi­vencia, no recuerdo— llega a conmoverla físicamente. Sorpren­dida de este modo por la vida se sienta sobre la losa —ignora que está fría— descubre el rostro oculto retirando el velo y mira.
   Su atención se fija en el verde tierno de una yerba, en el pájaro que picotea un invisible alimento entre la grava.
   Yo me aproximo, la saludo con una respetuosa inclinación de mi cabeza y alcanzo apenas a ver cómo, sobre el rostro vivo, coloca apresuradamente la máscara del dolor.
   —Aprecié a su esposo —digo—. Era un hombre estimable.
   —Era un ser odioso —me contesta—. Arruinó mi vida.
   Cubre de nuevo su mirada con el velo —no sin que sus ojos oscuros me hayan herido gravemente— y sin despedirse, camina con paso rápido hacia la salida.

EL EMPERADOR DE CHINA Y OTROS CUENTOS, Marco Denevi

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MARCOS DENEVI, El emperador de China y otros cuentos, Librería Huemul, Buenos Aires, 1970, 78 páginas.

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LA INMOLACIÓN POR LA BELLEZA

   El erizo era feo y lo sabía. Por eso vivía en sitios apartados, en matorrales sombríos, sin hablar con nadie, siempre solitario y taciturno, siempre triste, él, que en realidad tenía un carácter alegre y gustaba de la compañía de los demás. Sólo se atrevía a salir a altas horas de la noche y, si entonces oía pasos, rápidamente erizaba sus púas y se convertía en una bola para ocultar su rubor.
   Una vez alguien encontró una esfera híspida, ese tremendo alfiletero. En lugar de rociarlo con agua o arrojarle humo -como aconsejan los libros de zoología-, tomó una sarta de perlas, un racimo de uvas de cristal, piedras preciosas, o quizá falsas, cascabeles, dos o tres lentejuelas, varias luciérnagas, un dije de oro, flores de nácar y de terciopelo, mariposas artificiales, un coral, una pluma y un botón, y los fue enhebrando en cada una de las agujas del erizo, hasta transformar a aquella criatura desagradable en un animal fabuloso.
   Todos acudieron a contemplarlo. Según quién lo mirase, semejaba la corona de un emperador bizantino, un fragmento de la cola del Pájaro Roc o, si las luciérnagas se encendían, el fanal de una góndola empavesada para la fiesta del Bucentauro, o, si lo miraba algún envidioso, un bufón.
   El erizo escuchaba las voces, las exclamaciones, los aplausos, y lloraba de felicidad. Pero no se atrevía a moverse por temor de que se le desprendiera aquel ropaje miliunanochesco. Así permaneció durante todo el verano. Cuando llegaron los primeros fríos, había muerto de hambre y de sed. Pero seguía hermoso. 

EL AVARO, Luis Loayza

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LUIS LOAYZA, El avaro, Inventarios Provisionales, Las Palmas, 1970, 22 páginas.

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LA ESTATUA

   Junto a la avenida que lleva al templo hay una estatua, dos veces tan grande como el hombre más alto de la ciudad. Los viejos la conocen desde niños y no recuerdan a nadie que no la haya visto siempre. Su origen es, pues, desconocido. Sucede con ella como con el templo, del que nada sabemos; la casta sacerdotal es la que posee sus misterios (aunque, debo decirlo, los jóvenes no confiamos en ellos: ¿por qué son tan herméticos? ¿no es posible que hayan olvidado el misterio y se valgan para su simulación de severa, silenciosa apariencia?). En la opinión de la mayoría, al menos, el secreto de la estatua les ha sido revelado. Pero ella permanece: el rostro totalmente inexpresivo, el brazo levantado hacia el templo, la túnica circular sin ningún pliegue. Se transforma según cómo y a qué hora se la mire: desde el templo el brazo parece levantado para golpear; mirándola desde el otro lado parece que señalara al templo. En la mañana la luz la rodea y resplandece como un dios hermoso; a la hora del crepúsculo es terrible. Su rostro también es discutido: todos los sentimientos le son adjudicados porque todos los sentimientos pueden imaginarse en él. Entre estas sugestiones predomina una, según la época. Así hubo un tiempo en que se adoró la estatua: se le ofrecieron sacrificios y se olvidó al dios del templo; años después se le consideró como una amenaza que se evitaba mirar: algunos llegaron a pensar en destruirla. Ante todas las actitudes los sacerdotes han guardado exasperado silencio: hemos suplicado, hemos amenazado; es inútil. Vieron con indiferencia como era adorada y execrada, no oyen nuestras preguntas. 

LA BUENA GENTE, Pedro Orgambide

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PEDRO ORGAMBIDE, La buena gente, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1970, 168 páginas.

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LA INTRUSA

   Ella tuvo la culpa, señor Juez. Hasta entonces, hasta el día que llegó, nadie se quejó de mi conducta. Puedo decirlo con la frente bien alta. Yo era el primero en llegar a la oficina y el último en irme. Mi escritorio era el más limpio de todos. Jamás me olvidé de cubrir la máquina de calcular, por ejemplo, o de planchar con mis propias manos el papel carbónico. El año pasado, sin ir muy lejos, recibí una medalla del mismo gerente. En cuanto a ésa, me pareció sospechosa desde el primer momento. Vino con tantas ínfulas a la oficina. Además ¡qué exageración! recibirla con un discurso, como si fuera una princesa. Yo seguí trabajando como si nada pasara. Los otros se deshacían en elogios. Alguno deslumbrado, se atrevía a rozarla con la mano. ¿Cree usted que yo me inmuté por eso, Señor Juez? No. Tengo mis principios y no los voy a cambiar de un día para el otro. Pero hay cosas que colman la medida. La intrusa, poco a poco, me fue invadiendo. Comencé a perder el apetito. Mi mujer me compró un tónico, pero sin resultado. ¡Si hasta se me caía el pelo, señor, y soñaba con ella! Todo lo soporté, todo. Menos lo de ayer. "González —me dijo el Gerente— lamento decirle que la empresa ha decidido prescindir de sus servicios". Veinte años, Señor Juez, veinte años tirados a la basura. Supe que ella fue con la alcahuetería. Y yo, que nunca dije una mala palabra, la insulté. Sí, confieso que la insulté, señor Juez, y que le pegué con todas mis fuerzas. Fui yo quien le dio con el fierro. "¡Turra alcahueta!" —le gritaba y estaba como loco. Ella tuvo la culpa. Arruinó mi carrera  la vida de un hombre honrado, señor. Me perdí por una extranjera, por una miserable computadora, por un pedazo de lata, como quien dice.

AUTOPISTA, Jaume Perich

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JAUME PERICH, Autopista, Crítica, Barcelona, 2012, 192 páginas.

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Publicado originalmente en 1970 como una parodia de la obra Camino de Escrivà de Balaguer, como explica Antonio Fraguas Forges en el Prefacio (pp. 7-8), mantiene en la actualidad la misma mordacidad que elogiaba Luis Carandell en el Prólogo a la primera edición (pp. 9-13), también incluido. El diseño editorial dispone el libro en doce secciones, que toman su título de cada signo del zodíaco.
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FAUNA
Las jirafas no tienen el cuello largo, sino el cuerpo corto.
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LOS NIÑOS
El llanto de un niño es lo más enternecedor del mundo la primera media hora.
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GENTE AFORTUNADA
Federico Pastichet tuvo mucha suerte. Condenado a cinco penas de muerte, fue indultado de cuatro.
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LA FAMILIA
La familia es una de las dos cosas grandes de este mundo. La otra es soportarla.
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AVISO
Se vusca mecanfograf ha urgente.
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SOBRE EL PELO
La caída del pelo solo es peligrosa si es desde un quinto piso y detrás sigue usted.
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EL PATITO FEO
Érase una vez un patito feo que leyó el cuento de Andersen, y quedó muy contento al pensar que el día de mañana llegaría a ser un cisne. El muy imbécil no sabía que era un pato.
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ERRORES
Todo el mundo puede equivocarse más de una vez, menos los buscadores de setas.
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GEOMETRÍA
La parábola es la única figura geométrica que tiene moraleja.
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INTELIGENTÍSIMA DEFINICIÓN DE LA SOCIEDAD DE CONSUMO
La sociedad de consumo es como un "tiovivo": Se nos monta en un coche, se nos hace ir pagando y no llegamos a ninguna parte.
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ERROR DE LA NATURALEZA
Uno de los más graves errores de la naturaleza es la terrible desproporción que existe entre el tiempo que pasamos muertos y el tiempo que pasamos vivos.

VIDAS IMAGINARIAS, Marcel Schwob

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MARCEL SCHWOB, Vidas imaginarias, Instituto del libro, La Habana, 1970, 132 páginas. Traducción: Hugo Acevedo.
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CRATES.CÍNICO

   Nació en Tebas, fue discípulo de Diógenes y conoció, también, a Alejandro. Ascondas, su padre, era rico y le dejó doscientos talentos. Un día en que había ido a ver una tragedia de Euripides se sintió inspirado ante la aparición de Télefo, rey de Misia, vestido con harapos de mendigo y llevando en la mano una cesta. Se puso puso de pie en mitad de la función y con fuerte voz anunció que distribuiría entre quienes los quisieran los doscientos talentos de su herencia, y que en adelante le bastaría con las vestimentas de Télefo. Los tebanos se echaron a reír y se atropellaron ante su casa; sin embargo, él reía más que ellos. Les arrojó su dinero y sus muebles por las ventanas, tomó un manto de tela y una alforja, y luego se fue.
   Llegado a Atenas, erró por las calles; apoyaba su espalda contra las murallas, entre los excrementos. Puso en práctica todo lo que aconsejaba Diógenes. El tonel le pareció superfluo: En opinión de Crates, el hombre no era un caracol ni un erizo. Desnudo permaneció entre la basura, recogiendo cortezas de pan, aceitunas podridas y espinas de pescado para llenar su alforja. Decía que su alforja era una ciudad espaciosa y opulenta la que no se hallaban parásitos ni cortesanas, y que producía para su rey bastante tomillo, ajo, higos y pan. Así, Crates llevaba a babuchas su patria y se nutría de ella.
   No se mezclaba en los asuntos públicos, ni aun para ridiculizarlos, y no afectaba insultar a los reyes. No aprobó aquella pulla de Diógenes, quien, habiendo gritado un día: «¡Hombres, acercáos!», golpeó con su bastón a los que acudieron, diciéndoles: «A hombres he llamado, no a excrementos». Crates fue tierno con los hombres. Nada lo preocupaba. Las llagas le resultaban familiares. Su gran pena, consistía en no tener el cuerpo lo bastante flexible para poder lamérselas, como hacen los perros. También deploraba la necesidad de tener que valerse de alimentos sólidos y de beber agua. Pensaba que el hombre debía bastarse a sí mismo, sin ayuda exterior alguna. Al menos, no salía en busca de agua para lavarse. Conformábase, cuando la mugre lo incomodaba, con frotarse el cuerpo contra las murallas, pues había observado que los asnos no proceden de otro modo. Rara vez hablaba de los dioses, y éstos no lo inquietaban: poco le importaba que los hubiera o no, y bien que sabía que nada podían hacerle. Por lo demás, reprochábales que adrede hubiesen hecho desventurados a los hombres al hacerles volver el rostro hacia el cielo y privarlos de la facultad que poseen la mayoría de los animales, que andan en cuatro patas. Pensaba Crates que puesto que los dioses han decidido que hay que comer para vivir, más bien debían haber vuelto el rostro de ios hombres hacia la tierra, donde crecen las raíces: nadie puede mantenerse con aire o con estrellas.
   La vida no fue generosa con él. A fuerza de exponer sus ojos al acre polvo del Ática, contrajo la legaña. Una desconocida enfermedad de la piel lo cubrió de tumores. Se rascó, y observó que de ello sacaba un doble provecho, pues usaba sus uñas, que nunca recortaba, y al mismo tiempo experimentaba un alivio. Sus largos cabellos se volvieron semejantes a los del fieltro espeso, y se los acomodó de manera de protegerse de la lluvia y el sol.
   Cuando Alejandro fue a verlo, él no le dirigió palabras punzantes, sino que lo consideró uno más entre los espectadores, sin hacer ninguna diferencia entre el rey y la multitud. Crates no tenía opinión acerca de los grandes. Le importaban tan poco como los dioses. Sólo los hombres le preocupaban, así como la manera de pasar la existencia con la mayor sencillez posible. Las censuras de Diógenes le causaban risa, no menos que sus pretensiones de reformar las costumbres. Crates se consideraba infinitamente por encirma de tan vulgares desvelos. Transformaba la máxima inscrita en el frontis del templo de Delfos, y decía: «Vive tú mismo». La idea de cualquier conocimiento le parecía absurda. Sólo estudiaba las relaciones de su cuerpo con lo que éste necesitaba, procurando reducirlas lo más posible. Diógenes mordía como los perros, pero Crates vivía como los perros.
   Tuvo un discípulo llamado Métrocles. Era un rico joven de Maronea. Su hermana Hiparquia, bella y noble, se enamoró de Crates. Hay constancias de su pasión por él y de que salió en su busca. Parece imposible, pero es cierto. Nada pudo desanimarla: ni la suciedad del cínico, ni su absoluta pobreza, ni el horror de su vida pública. Él le previno que vivía a la manera de los perros, en las calles, y que buscaba huesos en los montones de basura. Le advirtió que nada de su vida en común permanecería oculto y que habría de poseerla públicamente si así le venía en ganas, como los perros hacen con las perras. Hiparquia se avino a todo. Sus padres intentaron disuadirla: ella los amenazó con matarse. Tuvieron piedad de ella. Entonces Hiparquia abandonó el burgo de Maronea, desnuda, con los cabellos sueltos, cubierta sólo con una vieja tela, y se fue a vivir con Crates, vestida casi como él. Se dice que tuvieron un hijo, Pásicles; pero a este respecto nada seguro hay.
   Hiparquia fue, al parecer, buena con los pobres, y compasiva. Acariciaba a los enfermos; sin la menor repugnancia lamía las heridas sangrantes de aquellos que sufrían, convencida de que, eran para ella lo que las ovejas son para las ovejas, lo que los perros son para los perros. Si hacía frío, Crates e Hiparquia se acostaban muy juntos contra los pobres y procuraban darles, con sus cuerpos, un poco de calor. Les prestaban la silenciosa ayuda que los animales se prestan unos a otros. No sentían preferencia alguna por ninguno de los que se acercaban a ellos. Les bastaba con que fuesen hombres.
   Eso es todo cuanto ha llegado a nosotros con respecto a la mujer de Crates; no sabemos cuándo murió ni cómo. Su hermano Métrocles admiraba a Crates, y lo imitó. Pero no tenía tranquilidad. Su salud se veía perturbada por continuas flatulencias, que no podía contener. Desesperado, resolvió morir. Crates supo de su desgracia y quiso consolarlo. Ingirió una buena porción de alcamuces y se fue a ver a Métrocles. Le preguntó si era la vergüenza de su enfermedad lo que lo afligía a tal punto. Métrocles confesó que no podía soportar su desgracia. Entonces Crates, hinchado por los alcamuces, soltó unos cuantos vientos en presencia de su discípulo y le afirmó que la naturaleza sometía a todos los hombres al mismo mal. Enseguida le reprochó que sintiera vergüenza de los demás y le propuso su propio ejemplo. Luego soltó unos cuantos vientos más, tomó a Métrocles de la mano y se lo llevó.
   Ambos anduvieron largo tiempo juntos por las calles de Atenas, sin duda con Hiparquia. Se hablaban apenas. No sentían vergüenza de cosa alguna. Aun cuando hurgaban en los mismos montones de basura, los perros parecían respetarlos. Puede sospecharse que, de haber sido asaltados por la hambruna, se habrían acometido unos a otros a dentelladas. Pero los biógrafos no han informado nada por el estilo. Sabemos que Crates murió viejo, que terminó por quedarse en un mismo sitio, echado bajo el colgadizo de un almacén del Pireo donde los marinos resguardaban sus bultos, que dejó de vagar en busca de algo que roer, que ya no quiso siquiera extender el brazo y que un día lo hallaron consumido por el hambre.

RAJATABLA, Luis Britto García

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LUIS BRITTO GARCÍA, Rajatabla, Laia, Barcelona, 1987 (1970), 216 páginas.

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ELLA ÉL

   Él, que se acuesta con ella, él, que para atraerla fue poniendo de manifiesto tan diversos rasgos de carácter, su desilusión, entre otros, su manera de manejar a lo pase que Dios quiera, entre otros, su capacidad de contar verdades como si fueran embustes, entre otros. Él que cuenta en su haber los cien metros planos el gusto por las medias caras el paralelo y risible descuido por los zapatos el aprecio por autores de los que llaman menores el tiro con rifle la manía de no botar las camisas viejas el tabaco inglés la confesión de que cualquier pendejada lo conmueve la constancia —llámenla si quieren testarudez— irracional, la teoría de que hablar con las mujeres es perder el tiempo de que mejor las manos que además siempre deben estar doblando tapas de refrescos monedas quebrando astillas aplastando nueces para hacerla sentir a ella una cierta impresión de peligro de inminente tenaza.
   Ella, que tan repetidamente ha puesto de manifiesto su miedo por las ratas cierto sueño infantil de desamparo su aversión hacia las señoras gordas el gusto de que le hagan cosquillas en el tercer espacio intercostal derecho su indiferencia por la metafísica su interés en la hiperconductividad metálica su compulsión de romper jarrones su amor por los cuartos encerrados y sin muebles su aversión por las jaulas con pajaritos su convicción de que los caracoles arrastran el invisible carro del olvido su risa por las señoritas que se platinan su propensión a crear lenguajes cuyas palabras son ciertos guiños ciertas formas de relamerse los labios.
   Él, ese carajo a quien inventé atribuyéndole las cualidades todas que creí que podrían atraerla que en efecto la atrajeron y que en el fondo no tienen nada que ver conmigo que soy otra cosa, que como sabrán ustedes soy enteramente otra cosa.
   Ella, que tantos antedichos rasgos inventó para atraer, no a mí, sino al monigote falso que yo había creado, no a mí, sino a ese ser increíble que todas las noches la posee y que tiene tan poca existencia como el que ella ha creado.
   Ella él quién pudiera reventarle los ojos decirles a él cabrón a ella puta levantarles la tapa de los sesos, quien entonces yo y tú mirándonos con horror y con asco desde nuestra repentina verdad y nuestra extrañeza.