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MOVIMIENTO PERPETUO, Augusto Monterroso

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AUGUSTO MONTERROSO, Movimiento perpetuo, Anagrama, Barcelona, 1990, 156 páginas.

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LA BREVEDAD

   Con frecuencia escucho elogiar la brevedad y, provisionalmente, yo mismo me siento feliz cuando oigo repetir que lo bueno, si breve, dos veces bueno.
   Sin embargo, en la sátira 1, I, Horacio se pregunta, o hace como que le pregunta a Mecenas, por qué nadie está contento con su condición, y el mercader envidia al soldado y el soldado al mercader. Recuerdan, ¿verdad?
   Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos, largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujección al punto y coma, al punto.
   A ese punto que en este instante me ha sido impuesto por algo más fuerte que yo, que respeto y que odio.

CHISPAS, Luis Goytisolo

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LUIS GOYTISOLO, Chispas, Anagrama, Barcelona, 2019, 136 páginas.

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EL JOYCE ESE

   —En una biografía de Joyce he leído que, cuando vivía en Zúrich, se dedicaba a espiar a una vecina de la galería de enfrente para pillarla cuando iba al retrete: ella acabó dándose cuenta y entonces empezó a demorarse tanto antes de entrar como al salir, gestos de lo más expresivo respecto a lo que iba a hacer o ya había hecho. Todo un flirteo.
   —¡Anda! ¿Y tú te lo crees?
   —Tratándose de Joyce, por supuesto. ¡Si era un voyeur! Fíjate cómo al comienzo de Ulises ya se cuenta que Leopold Bloom, el protagonista, se va a evacuar después del desayuno. Luego, en la playa, observando a unas adolescentes, acaba acariciándose el pito a través del bolsillo. Y ya de noche, un tanto colocado, la visita a la casa de putas. Y sobre el final, cuando acaba besando el culo de su mujer, ya dormida, y que ha estado follando con otro, como él bien sabe.
   —Lo leí hace ya mucho y un poco por encima, pero eso del beso lo recuerdo perfectamente. Supongo que abriéndole un poco las nalgas. ¡Menudo guarro!
   —Pero ¿por qué te escandalizas? Es un tipo de erotismo de lo más extendido: sexo anal.
   —¿Con una mujer? Yo creía que eso era entre hombres, cosa de gays, vamos. Al no poder hacerlo por delante...
   —Qué dices! Claro que es algo de lo que no se habla mucho, pero a las mujeres suele encantarles.
   —Y qué me dices de la coprofagia?
  —Son cosas que no tienen nada que ver una con otra. Ni siquiera con eso de que hay quien se excita viendo a una mujer haciendo caca y, a partir de ahí, se pone a hacer una serie de porquerías.
   —Pues, por lo que cuentas, Joyce podría haber sido uno de esos.
   —No te diré que no.
   —¡Pero bueno! ¿Se puede saber quién es ese Joyce del que estáis hablando? ¿Cómo y cuándo le habéis conocido?

UNA CIERTA EDAD, Marcos Ordóñez

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MARCOS ORDÓÑEZ, Una cierta edad, Anagrama, Barcelona, 2019, 336 páginas.

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La vida te pone siempre en tu sitio: el de un aprendiz. Ahí está la gracia, aunque a veces maldita la gracia que tiene.
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Escribo para fijarme. Para caer en la cuenta. Para fijarme en las cosas y en la gente y en lo que pienso y en lo que siento, que no siempre está claro. Fijarme en el sentido de observar todo con mayor precisión, porque todo pasa demasiado rápido, pasa por detrás y pasa por los lados, cuando andamos despistados, embabiecados, envueltos en ruido, y fijarme en la acepción de anclaje, de hincar los pies en el suelo, con las líneas como rieles, para que el viento del tiempo no se lo lleve todo y a mí con él, y no todo se afantasme antes de hora. Y para llegar a fin de mes.
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¿Cuándo se ha puesto de moda el adjetivo «solvente» aplicado a un artista? Hasta anteayer, como quien dice, «solvente» era un pagador o un hipotecado fiable. Aplicado a un artista es horrible, es un eufemismo o una simpleza que roza el insulto. Un artista es bueno o malo, estupendo o aburrido. «Solvente» lo será tu padre.
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Ya tenemos aquí la primavera. Por la mañana se oyen mirlos en el jardín; en el atardecer clarísimo se recortan contra el cielo los murciélagos. 
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Cuando un encargo comienza, precedido de una risita, por la frase «Voy a hacerte una proposición indecente», ten por seguro que lo es: te van a pedir algo a cambio de nada. Y cuando escuches la frase «con la que está cayendo», puedes apostar lo que no tienes a que quien habla está a cubierto gracias a los réditos de tu intemperie.
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Domingo. Empieza a anochecer más tarde.

AUSENCIA DEL HÉROE, Charles Bukowski

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CHARLES BUKOWSKI, Ausencia del héroe. Ensayos y relatos inéditos (1946-1992), Anagrama, Barcelona, 2012, 336 páginas. Traducción de Eduardo Iriarte.

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A JON WEBB
4 de septiembre de 1962

   Con respecto a la muerte de mi mujer el 22 de enero último, no hay mucho que decir, excepto que yo ya no seré el mismo. Quizá intente escribir sobre eso, pero está todavía demasiado cerca. Puede que siempre esté demasiado cerca. Pero aquella vez en el pabellón de caridad, años atrás, una chica mejicana que cambiaba las sábanas me dijo que se iba a acostar conmigo si yo mejoraba, e inmediatamente empecé a sentirme bien.
   Tenía una sola visita: la mujer borracha de cara redonda y roja, una amante del pasado que a veces se bamboleaba contra la cama, y se iba sin decir nada. Seis días después yo estaba manejando un camión, levantando paquetes de 20 kilos y preguntándome si la sangre vendría otra vez. Un par de días más tarde tomé el primer trago, ése que dijeron me mataría. Una semana más tarde conseguí una máquina de escribir y, después de una pausa de diez años y de haberle vendido mis cosas a la revista “Story” y a otras, mis dedos se pusieron a construir un poema. O mejor dicho, una charla de bar. Esa cosa que no es lírica, que no canta. Los rechazos llegaron bastante pronto. Pero no me afectaron, porque yo sentía que en cada línea estaba diciendo algo. No para ellos, sino para mí mismo. Ahora puedo leer muy poca poesía o muy poco de cualquier otra cosa.
   Bueno, la dama borracha que se bamboleaba contra mi cama, la enterré el último 22 de enero. Y nunca vi a mi chica mejicana. Vi a otras, pero ella hubiera estado bien. Hoy estoy solo, casi afuera de todas ellas: de los glúteos, los pechos, los vestidos limpios como trapos nuevos en la cocina. No me tomes a mal -todavía tengo 1,80 y 90 kilos de posibilidad, pero yo podía mejor con la que ya no está.

PARPADEOS, Eloy Tizón

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ELOY TIZÓN, Parpadeos, Anagrama, Barcelona, 2006, 144 páginas.

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SOBREMESA O FIN DEL MUNDO

   Hoy después de comer he retirado el mantel, he lavado los platos, y un día estaré muerto.

RELATOS, Paticia Highsmith

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PATRICIA HIGHSMITH, Relatos, Anagrama, Barcelona, 2018, 890 páginas.

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Esta edición de los Relatos contiene Pequeños cuentos misóginos en la traducción de Maribel de Juan.
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LA NOVELISTA

   Posee una memoria perfecta. Todo es sexo. Va por su tercer matrimonio y ha dejado tres hijos por el camino, pero ninguno de su actual marido. Grita: «¡Escuchad mi pasado! Es más importante que mi presente. Dejadme que os cuente lo cerdo que era mi último marido (o amante).»
   Su pasado es como una comida mal digerida, quizás indigerible, que se le ha quedado sentada en la boca del estómago. Uno desearía que pudiese vomitarla y olvidarla, sencillamente.
   Escribe resmas contando cuántas veces ella, o su rival, se metieron en la cama con su marido. Y cómo ella se paseaba arriba y abajo, insomne —negándose virtuosamente el consuelo de una copa—, mientras su marido pasaba la noche con la otra mujer, flagrantemente, etc., y a la mierda lo que pensaran los amigos o los vecinos. Dado que los amigos y los vecinos eran incapaces de pensar o no les interesaba la situación, no importa lo que pensasen. Se diría que éste es el momento para que un “novelista emplee su inventiva, para crear un pensamiento y una opinión pública donde no existen, pero la novelista no se molesta en inventar. Todo es tan escueto como una cojonera.
   Después de que tres amigas hayan visto y alabado el manuscrito, diciendo que es «real como la vida misma», y de haber cambiado cuatro veces los nombres de los personajes masculinos y femeninos, con considerable detrimento del aspecto del manuscrito, y después de que un amigo (posible amante) haya leído la primera página y se lo haya devuelto diciéndole que lo ha leído entero y le encanta, envía el manuscrito a un editor. Recibe una rápida y cortés negativa.
   Comienza a ser más cautelosa, a obtener cartas de presentación de amigos escritores, vagas, indirectas recomendaciones logradas a costa de comidas y cenas regadas con vino.
   Rechazo tras rechazo, a pesar de todo.
   —¡Yo sé que mi historia es importante! —le dice a su marido.
  —También lo es la vida del ratón, para él… o, quizás, para ella —contesta él. Es un hombre paciente, pero, con todo esto, está casi al límite de su resistencia.
   —¿Qué ratón?
   —Hablo con un ratón casi todas las mañanas mientras estoy en la bañera. Creo que su problema es la comida. Son dos. Uno u otro sale del agujero (hay un agujero en el rincón del cuarto de baño) y entonces les traigo algo de la nevera.
   —Estás divagando. ¿Qué tiene eso que ver con mi manuscrito?
  —Simplemente que a los ratones les preocupa un asunto más importante: la comida. No que tu marido te fuera infiel, o que tú sufrieras por ello, aunque fuese en un escenario tan maravilloso como Capri o Rapallo. Lo cual me sugiere una idea.
    —¿Cuál? —pregunta ella, con cierta ansiedad. Su marido sonríe por primera vez en varios meses. Experimentaba unos segundos de paz. No se oye en la casa el tecleo de la máquina de escribir. Su mujer le está mirando de verdad, esperando oír lo que tiene que decir.
   —Adivínalo. Tú eres la que tiene imaginación. No vendré a cenar.
   Luego se marcha del piso, llevándose su agenda y —con cierto optimismo— un pijama y un cepillo de dientes.
   Ella se acerca a la máquina y se queda mirándola, pensando que quizá podría sacar otra novela de esto, simplemente de esta noche ¿Debería hacer pedazos la novela por la que había alborotado durante tanto tiempo y empezar la nueva? ¿Quizá esta noche? ¿Ahora mismo? ¿Con quién iba a dormir él?

BESOS HUMANOS, Francisco Ferrer Lerín

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FRANCISCO FERRER LERÍN, Besos humanos, Anagrama, Barcelona, 2018, 176 páginas.

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En el Epílogo (pp. 163-170) Ignacio Echevarría vincula no pocos textos de este volumen con «esa forma híbrida que es la del poema en prosa».
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PARTIDA DE NACIMIENTO

   Hoy he tomado el aperitivo con el poeta Ferrer Lerín. Ha sido un encuentro casual. Yo volvía de la Gestoría González, de resolver unos asuntos de la herencia de mi padre, y al ver a Lerín sentado solo en la terraza de Casa Fau me he acercado a él con el ánimo de saludarle, sorprendiéndome a mí mismo por el atrevimiento, dado que apenas conocía al poeta (me lo presentaron en la boda de la hija de Rato). Lerín ha resultado encantador. Se acordaba de mí. Incluso ha entrado en detalles acerca del atuendo de mi señora en el evento romano. Ha llamado al camarero y me ha invitado a un Campari con patatas Lay's onduladas, su alimento favorito. No ha parado de hablar, sobre literatura, aves y jugadas de póquer, y yo estaba embobado ante disquisiciones tan interesantes pero no dejaba de mirar de reojo a la gente comprobar si era ya del dominio público mi camaradería con semejante autoridad. De golpe, Lerín se ha callado y, tras echar un trago de vermú, me ha mirado a los ojos y, ceremonioso, ha dicho: «Ernesto (yo me llamó Enrique), voy a darte una primicia que te autorizo plasmes en tu periódico (no soy periodista, soy usurero)» Han pasado unos segundos que me han parecido eternos, y ha vuelto a la carga: «Sorprendido el médico de cabecera por la no correspondencia entre la edad que constaba en mi ficha y la edad que é me atribuía por mi excelente forma física, me animó a investigar mi partida de nacimiento.» Nuevo silencio (sabía que me tenía expectante) y, con voz profunda, ha continuado: «El médico estaba en lo cierto, la lectura de mi partida de nacimiento no era correcta, una mancha de tinta confundía al lector apresurado, yo no había nacido en 1942 sino en 1952. Tenía diez años menos.» A Ferrer Lerín se le ha iluminado el rostro. Me ha guiñado un ojo. Ha soltado una carcajada. Y ha pedido otra ronda. (Está claro que no le importan los problemas que se le vienen encima si hace público el descubrimiento; una actualización biográfica que supondría la pérdida de la pensión, la anulación de su matrimonio, la devolución de medallas, el desprecio de los hijos. Le he aconsejado que no diga nada, que siga con su vida como si tal cosa, pero Lerín es un tipo legal y quiere estar en paz con su conciencia. Le he recomendado los servicios de la Gestoría González, muy eficientes.)

TAZAS DE CALDO, Vicente Verdú

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VICENTE VERDÚ, Tazas de caldo, Anagrama, Barcelona, 2018, 200 páginas.

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El pensamiento se suicidaría sin el lenguaje. Ya casi se ahorca incluso con él.
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La mnemotecnia ayuda a recordar, pero ¿cómo ayudarse para olvidar?
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¿El amor? He aquí la forma de soborno perfecto.
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Todos desearíamos ser invisibles, pero, simultáneamente, verlo todo.
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Estar solo es la manera más seria y productiva de mirar.
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Ser mejor no lleva a ninguna parte. Lo que hace viajar más lejos es la mejora de los demás.
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El silencio es autoridad. Si Dios no habla es debido a su suprema majestad.
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Odiar al mundo es, al cabo, incluirse en él.
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La muerte nos come. Hay animales muy carnívoros, pero ninguno posee mandíbulas tan perfectas.

CASI TODO BAXTER. NUEVAS Y ESCOGIDAS OCURRENCIAS, Glen Baxter

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GLEN BAXTER, Casi todo Baxter. Nuevas y escogidas ocurrencias, Anagrama, Barcelona, 2017, 160 páginas.

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Jordi Costa en El misterio Baxter. Unas tentativas de explicación (pp. IX-XIV) señala: «Como Gorey o como los creadores de Oulipo, Glen Baxter es un artista que se crece ante el desafío de la limitación, ante la presión del corsé». Sinsentido y sensibilidad (pp. V-VIII), el genial texto de Joaquín Reyes, más que un prólogo de encargo, es puro Baxter.
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AUNQUE OFICIALMENTE ESTABA PROHIBIDO
TENER MASCOTAS, SIEMPRE HABÍA ALGUNOS
QUE, AL ANOCHECER, DECIDÍAN NO HACER
CASO DE LAS NORMAS DE LA ESCUELA

EL RAYO INMINENTE, Glen Baxter

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GLEN BAXTER, El rayo inminente, Anagrama, Barcelona, 1985, 96 páginas.

 BIG TED  ERA SIN DUDA UN SASTRE MUY MAÑOSO

EL ARTE DE NO DECIR LA VERDAD, Adam Soboczynski

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ADAM SOBOCZTNSKI, El arte de no decir la verdad, Anagrama, Barcelona,  2011, 182 páginas.

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Treinta y tres propuestas para aprender a mentir: algo más que el anunciado literal decálogo. 
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SEDUCIR

   Desde luego, no es el trabajo perfecto. Al menos no para todo un arquitecto. Stephan Karst recoge dos tazas de café, limpia la mesa y, tras la barra, hace un par de habilidosos juegos malabares con las tazas. Luego las lava con cierta vehemencia. Se termina la música. ¿Es que tendrá que volver a poner a esa cantante francesa de cuyas canciones los clientes no parecen hartarse? Stephan no soporta su voz ronca. ¡Bah, qué más da!
   ¿El trabajo? Bueno, lo importante es que vuelve a entrar algo de dinero en la caja. Hace unos días, finalmente, se hartó de pasarse el día en la cama dando vueltas a pensamientos de lo más sombríos. Un día sintió en su interior una tímida chispa de ganas de vivir. Se levantó, observó en el espejo su rostro barbudo y concluyó que al menos su estado depresivo lo había hecho adelgazar bastante. Cuando miró a su alrededor, quedó estupefacto. El polvo se había acumulado en forma de feas bolas por toda la casa. El suelo estaba lleno de copas de vino, botellas de cerveza y DVD; en la cocina, la calefacción llevaba días funcionando sin motivo alguno a toda máquina; la luz del contestador parpadeaba nerviosamente, llevaba tiempo sin ser escuchado, aunque probablemente sólo le había dejado mensajes su madre. La ventana también se podría limpiar de vez en cuando, pensó Stephan, de pie en medio de la cocina. Dos pizzas habían empezado a enmohecerse, todo desprendía un hedor desagradablemente dulzón y en la basura revoloteaban agitados una gran cantidad de moscones.
  Se hace difícil decir qué fue lo que finalmente lo empujó a poner fin a aquel desorden infernal. Quizá sencillamente el hecho de rebasar determinado umbral de descuido a partir del cual, por decirlo así, nuestra resistencia se activa automáticamente.
   Desde que dejaron de prolongarle el contrato en el despacho de arquitectura y lo había abandonado enfurecido, Stephan Karst había pasado mucho tiempo en la cama como anestesiado, en parte soñando en mejores tiempos pasados, en parte atormentado por la terrible vergüenza que sentía ante sus padres. Su madre había sido siempre la fuerza impulsora de su vida: a pesar de su origen humilde, lo había empujado con esfuerzo a que se presentara a la selectividad y estudiara una carrera, mediante amenazas lo había obligado a sacar las mejores notas, etc., etc. Tenía mucho que agradecerle. Stephan parecía no soportar el patético fracaso momentáneo de su carrera.
   Por primera vez en muchos días, tras recoger la basura más visible del piso, Stephan Karst salió a la calle. Hacía un tiempo infernal, llovía; Stephan se abrochó apresuradamente el abrigo y empezó a deambular por el barrio. Se compró un cruasán relleno de salchicha con queso gratinado y, absorto en sus pensamientos, casi pasó de largo el pequeño letrero que colgaba en el cristal de un café: «Se busca camarero». Miró a través del cristal y distinguió a muchas mujeres entre los treinta y los cuarenta años, entre ellas algunas madres, que charlaban animadamente. Por algún motivo, le gustó. Quizá debía dejar apartada la arquitectura por un tiempo. Lo atrajo la idea de trabajar en el café y servir amablemente a las mujeres, que, quién sabe, quizá esperaban con ansia dar un vuelco a su vida.
   Unos instantes más tarde hablaba ya con el propietario del local, un hombre con barba de dos días, algo más joven que él, que había abierto el café después de dejar la carrera y parecía muy feliz, hecho con el que Stephan se sintió muy identificado. De alguna manera, se podía decir que el hombre era un compañero de fatigas. Stephan podía empezar enseguida. Para celebrarlo, se bebió una cerveza con su nuevo jefe.
   Y así llegamos al punto en el que Stephan se encontraba tras la barra del café, hecho que ocultaba a sus padres. La situación sería algo delicada el fin de semana siguiente, pues le tocaba trabajar y su madre había anunciado que vendría a la ciudad porque tenía una cita en un bufete de abogados para tratar un tema laboral (al padre de Stephan lo habían obligado a prejubilarse).
   Con las manos en el fregadero, Stephan pensaba en el abogado de sus padres cuando la vio: una mujer sentada sola en una mesa junto al cristal. Tenía el cabello corto y oscuro, y su cara le resultó familiar, como si fuera una actriz que hubiera visto hacía años en alguna película. Aquellos ojos grandes, aquel rostro…, ¿cómo describirlo? Quizá el adjetivo «clásico» era el adecuado; en cualquier caso, tenía unas facciones muy simétricas.
   No había sido mala decisión coger aquel trabajo en el café, pensó Stephan, indudablemente le ayudaba a pensar en otras cosas. Además, le daba un aire de tipo desenvuelto. ¡Cuánta libertad! Otros seguían el camino marcado. Stephan Karst no. Otros se deslomaban hasta la muerte, hasta que los sorprendía el infarto de miocardio. Stephan Karst no. Todos se aburguesaban. Menos él. Mientras otros, sentados frente a sus ordenadores portátiles, sufrían contracturas en la espalda, a él las mujeres le lanzaban miradas de deseo. Sonrió complacido.
   Por ejemplo, aquella mujer. Sí, los ojos de Stephan podían solazarse en ella, desde luego. No se acordaba de haberla visto entrar. Como a cámara lenta, le pareció, ella le devolvió la mirada y se la aguantó un buen rato, como si se conocieran de toda la vida. ¡Qué ínfimo y sutil cambio en las facciones hacía falta para pasar de la mayor seriedad a una sonrisa!, pensó Stephan, azorado. Efectivamente, le estaba sonriendo. Le vino a la cabeza una palabra pasada de moda: garbo. Ella se levantó; fueron unos pocos pasos, pero a Stephan le pareció que andaba como danzando. Se inclinó sobre la barra, calló por un momento y finalmente dijo con una voz indescriptiblemente lasciva:
   —¿De verdad no se puede fumar aquí?
  No, no se podía. De acuerdo con la legislación, el jefe de Stephan lo había prohibido terminantemente. Pero ¡en este caso…! En un santiamén, Stephan encontró los ceniceros, guardados en el último cajón, le alcanzó uno a ella y, esforzándose a su vez por resultar lascivo, dijo:
   —Sólo porque eres tú.
   En este punto, no podemos pasar por alto que aquel acto de desenvoltura le acarreó toda clase de problemas a Stephan Karst. Su jefe, Timo, apareció inesperadamente y, al ver a la mujer fumando junto al cristal, reaccionó…, cómo decirlo…, con estrépito. Otros clientes, sobre todo las madres (tremendamente alarmadas por sus hijos), ya se habían levantado y protestaban airadamente en la barra.
   Pero lo que más nos concierne es un breve SMS que nuestra fumadora, nada más sentarse a su mesa con el cenicero, le escribió a una buena amiga. Contenía estas terribles palabras: «Estoy fumando en el café de las madres. Apuesta ganada».

EL ATASCO Y DEMÁS FÁBULAS, Luis Goytisolo

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LUIS GOYTISOLO, El atasco y demás fábulas, Anagrama, Barcelona, 2016, 184 páginas.

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CELESTE

   Exactamente igual que cuando Arnaut Daniel nos decía de mi pot far l'amors q'inz el cor m'intra miells a son vol c'om fortz de frevol verga, como San Juan de la Cruz podía decir que ya sólo en amar es mi ejercicio, o como para los antiguos la invocación a la hija de Júpiter, robador de Europa y de Ganímedes, era obligado preámbulo, del mismo modo que para la Emperatriz Escarlata la blanca extensión de sus dominios era sólo el símbolo de aquel otro blanco donde ni un solo cetro se abatiera sin rendirle homenaje, exactamente así, todo en amor sigue vigente. 
   Mi amor: tu amor es tan grande que hace hasta innecesaria la existencia concreta de un ser amado. La convicción de que no puede no existir te basta. 
   Etérea, etérea, inasible, irradiante. Nada más seductor que lo repentino, ya que no inesperado. Cazar al vuelo el brillo de unos ojos, comprender su sentido, darle cálida cabida. Y después, a la luz discreta de un cuarto de baño como de mansión deshabitada, reabrocharse, experta, el vestido, ajustárselo con precisos toques, arreglarse el pelo y, al amparo de las gafas oscuras, atrás ya lo púrpura, reaparecer en la calle, ligera, flexible, renovada, ingrávida, sin dejar huella ni prueba alguna de su paso. 
   Un corazón, nos consta, que guarda siempre una singular predilección por cada uno de sus amantes, más aún, adoradores. Y así como el número de éstos, en virtud de su misma naturaleza, es prácticamente ilimitado, ella, en cambio, la de todos amada, es siempre fenómeno único, cualidad irreemplazable, creatura donde cuantas circunstancias suelen concurrir a su presencia entre nosotros parecen complacerse en perfilar el contraste. Condiciones requeridas: elasticidad, seguridad en sí misma, buenos reflejos, fuerza enigmática. Otro atractivo: las encantadoras maneras de manifestar y resolver sus aspiraciones más íntimas, sus necesidades más elementales. 
   Régimen alimenticio: ensaladas, consomé, panaché de verduras del tiempo, melón con jamón, pescado blanco grillé, carne saignante, quesos frescos; abstenerse en lo posible de féculas. Bebidas: té, zumos de frutas, una copa de vino durante las comidas, whisky; en ocasiones, vodka helado. Colores: oros, blancos, celestes. Árbol: el abedul. Piedra: el ágata. Divinidades: Visnú. Vientos propicios: del norte; cierzo, mistral, tramontana, etc. Números: el 2 y el 11. Día de la semana: el viernes. Perfumes: secos, tenues, picantes. Lugares: preferentemente paisajes de carácter agreste: playas calcinadas, nieve, ventisqueros; interiores sofisticados. Ama las conversaciones telefónicas, la correspondencia secreta. Ejercicios aconsejables: esquí acuático y, en general, todos los deportes náuticos; danza clásica, equitación. Atención a los excesos de velocidad en carretera. Épocas favorables: de final de junio a primeros de septiembre; fin de año. Un solo problema: el estreñimiento. 
   Imposible no morir de amor cada vez, el pecho como anegado, al recordar o, más todavía, al imaginar lo que él debe estar recordando, morir de amor cada vez que a lo largo de la acera se ve reflejada en los escaparates. 
   Las historias de amor son siempre sustancialmente las mismas. Lo único que cambia es la forma de contarlas. De ahí que, aunque algún día llegasen a cambiar en su sustancia, el cambio, al seguir pareciéndonos mera cuestión de forma, carecería en la práctica de toda trascendencia. 

¿HAY VIDA EN LA TIERRA?, Juan Villoro

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JUAN VILLORO, ¿Hay vida en la Tierra?, Anagrama, Barcelona, 2014, 376 páginas.

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UNA LLAMADA PARA MARIBEL

   Desde que los teléfonos dejaron de ser negros, la vida de Maribel se volvió un desastre. Qué confiables eran los antiguos aparatos, de honesta estridencia y peso granítico. Entonces sólo las divas de Hollywood usaban teléfonos blancos, con un cable de veinte metros, no para platicar mientras recorrían su mansión (aquellas diosas no salían de su cama redonda) sino para enrollarlo morosamente entre los dedos.
   Maribel tiene amigos que oyen su voz en la grabadora. No contestan, pero están ahí, entregados al vicio de filtrar llamadas. Su aparato es una baratija extraliviana, color jamón de Virginia, muy a tono con su perpetua crisis de telecomunicaciones. Hace unos días despertó con la noticia de que México tenía un satélite averiado. El Solidaridad 1 orbitaba la Tierra, en el silencio del espacio exterior, incapaz de transmitir señales a las computadoras y las terminales telefónicas. «Sólo faltaba eso, que me perjudicara un satélite.» Pensó en los recados urgentes que aguardaba. No dio con ninguno y esto confirmó sus preocupaciones: las sorpresas no se anuncian. ¿Funcionaría su bíper? Hizo diez llamadas al respecto y diez voces perfectamente adiestradas en la indiferencia le dijeron que no se preocupara. «¿Le falta algún mensaje?», preguntó la última secretaria con cierta sorna, como si la considerara una vil solitaria. «No», dijo Maribel, y se sintió una tonta y volvió a fumar. ¿Cómo quejarse de las frases que se ignoran y sin embargo deberían estar ahí?
   Su bíper le comunicó una cita de limpieza facial, un escueto reproche de su madre y una narcótica junta de trabajo. Tal vez lo mejor se había perdido por culpa del Solidaridad 1.
   ¡Cuántas palabras sueltas en el cielo! Seguramente los satélites mexicanos funcionaban como el resto del país; imaginó celdas fotoeléctricas atadas por esos alambritos forrados de plástico que cierran las bolsas de pan. Sólo faltaba que aquella cápsula de las llamadas pendientes explotara en la estratósfera y cayera sobre la Colonia Villa de Cortés en una lluvia de metales fundidos.
   Al día siguiente supo que los teléfonos celulares iniciaban el programa «el que llama paga». ¿Serían capaces sus amigos, de por sí faltos de iniciativa, de valorarla en más de dos pesos el minuto?
   Obviamente, hubiera llevado una vida más tranquila sin las plurales expectativas del correo electrónico, el teléfono inalámbrico, el celular y el bíper. Pero si así se sentía aislada, ¿qué sería de ella en un mundo donde muy de tanto en tanto escuchara el silbato del cartero y acaso una vez en la vida las batientes alas de una paloma mensajera?
   Hay que aceptar los hechos: hasta las monjas de clausura usan celular. Maribel tuvo el mal tino de divorciarse durante la guerra santa de Telmex, AT&T y Avantel. En una etapa en la que nadie se acordaba de ella tan seguido como merecía, las únicas personas verdaderamente ansiosas de llegar a sus oídos eran los propagandistas de las compañías en discordia:
   —¿Está usted satisfecha con su servicio telefónico?
   —No: detesto la calidad de las personas que me hablan. ¿No pueden reparar a la gente al otro lado de la línea?
   En una de esas revistas que cada abril reinventan la vinagreta o la ubicación del punto G, Maribel leyó que una persona que recibe de veinte a treinta llamadas al día califica como «sociable». Para mantener una buena balanza entre el interés y el afecto, la revista recomendaba que sesenta y cinco por ciento de las llamadas fueran de trabajo y treinta y cinco por ciento personales. Ella hizo su estadística y no quedó tan mal: veintiocho llamadas en un día, que redujo a veintiséis cuando una amiga le habló horrores del fraude electoral en Guerrero (se sintió culpable de su lista y eliminó al hombre que preguntó si ahí era Don Queso y a la mujer que produjo un jadeo inclasificable). Maribel era «sociable» pero sus protocolos telefónicos dejaban mucho que desear: David la decepcionó por sus llamadas de aeropuerto (le encantaría estar con ella, ¡lástima que ya tenía pase de abordar!); Pedro la estafó con una llamada desde la cárcel (le pareció un detallazo que él la escogiera para su único mensaje legal hasta que ella tuvo que pagarle el abogado); tronó con Manfred cuando compró un aparato que le permitía tener llamadas en lista de espera («te voy a poner on hold», dijo él en forma imperdonable: ¿existe humillación superior a la de aguardar ante una voz prioritaria?).
   En la noche, una mujer se asoma al cielo sin estrellas de la ciudad y observa un repentino resplandor: el satélite vuelve a funcionar o avisa que caerá a la Tierra. Maribel cierra los ojos, respira hondo y cruza los dedos.

MOMENTOS DE INADVERTIDA INFELICIDAD, Francesco Piccolo

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FRANCESCO PICCOLO, Momentos de inadvertida infelicidad, Anagrama, Barcelona, 2016, 168 páginas.

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El lector no encontrará hasta la página 91 una referencia al anverso de este libro. Serán momentos desdichados "Todas las veces que me dirán: era mejor Momentos de inadvertida felicidad." Es cierto que son más frecuentes en esta segunda entrega los relatos de mayor extensión, pero ello no mitiga el provecho: Piccolo mantiene el ingenio al expresar con sutileza su benevolente sátira costumbrista.
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   Cuando me viene a la cabeza una idea que me parece buenísima, tan buena que me confío, no voy a poder olvidarla. Luego, al cabo de un rato, se desvanece, ya no la recuerdo. De lo único que me acuerdo es de que era una buena idea, pero ya ni siquiera sé de qué iba.
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   Algunos trabajadores de atención al cliente me llaman para hacerme una oferta comercial, pero no son lo bastante insistentes. Les digo que estoy trabajando, ellos se desaniman de inmediato y cuelgan. Me gustaría que fueran más combativos, me gustaría que insistieran, que intentaran convencerme de la bondad de su oferta, que fueran realmente molestos, como tienen que ser. Obviamente, de todas formas al final diría que no.
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   Cuando jugamos un partido, o un juego de competición, o un concurso, suelo dejar que gane mi hijo. Pero algunas veces no, sobre todo cuando lo veo demasiado competitivo. Sé que no le gusta perder, y por eso es necesario que a veces pierda. Y yo le hago perder. El intenta —como le he enseñado— aceptar la derrota, pero se nota que lo hace por mí, y que por dentro no la ha aceptado. Sé que lo estoy haciendo bien, que eso es justo, que lo hago por él.
   Pero lo siento. Me siento triste después. Así que no lo resisto y le digo: ¿jugamos la revancha?
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   Hago un regalo. Digo: si no te gusta puedes cambiarlo. Me responde: pero ¿qué dices?, me gusta muchísimo, es mi color favorito, ¿cómo lo has adivinado?
   Y al día siguiente va a cambiarlo.
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   Cada uno de nosotros está formado por un equilibrio finísimo de todas las cosas, buenas y malas; y he aprendido que —como los palillos del Mikado— si extrajera lo que menos me gusta de la persona a la que amo, también saldría lo que más me gusta.

MIS CHISTES, MI FILOSOFÍA, Slavoj Žižek

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SLAVOJ ŽIŽEK, Mis chistes, mi filosofía, Anagrama, Barcelona, 2015, 168 páginas.

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En el Epílogo Momus señala que lo que caracteriza el estilo de Slavoj Žižek es el dominio de «la ligereza de la profundidad». 
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   En un viejo chiste de la difunta República Democrática Alemana, un obrero alemán consigue un trabajo en Siberia; sabiendo que todo su correo será leído por los censores, les dice a sus amigos: «Acordemos un código en clave: si os llega una carta mía escrita en tinta azul normal, lo que cuenta es cierto; si está escrita en rojo, es falso». Al cabo de un mes, a sus amigos les llega la primera carta, escrita con tinta azul: «Aquí todo es maravilloso: las tiendas están llenas, la comida es abundante, los apartamentos son grandes y con buena calefacción, en los cines pasan películas de Occidente y hay muchas chicas guapas dispuestas a tener un romance. Lo único que no se puede conseguir es tinta roja».
   ¿Y no es ésta nuestra situación hasta ahora? Contamos con todas las libertades que queremos; lo único que nos falta es la «tinta roja»: nos «sentimos libres» porque carecemos del lenguaje para expresar nuestra falta de libertad. Lo que esta carencia de tinta roja significa es que, hoy en día, todas las principales expresiones que utilizamos para designar el presente conflicto —«guerra contra el terror», «democracia y libertad», «derechos humanos»— son falsas, enturbian nuestra percepción de las cosas en lugar de permitirnos pensar en ellas. La tarea que se nos plantea hoy en día es darles a los manifestantes tinta roja.

NEIN. UN MANIFIESTO, Eric Jarosinski

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ERIC JAROSINSKI, Nein. Un manifiesto, Anagrama, Barcelona, 2016, 122 páginas.

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#LaAudaciaDeLaEsperanza
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La buena noticia:
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Han encontrado la esperanza que perdimos.
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La mala:
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Se niega a volver.

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Amor: 1. Una tregua entre la indiferencia y el asco. 2. Un segundo que cobra por horas. 3. El consuelo que da saber que al menos existe otra persona con tan poco criterio como tú.
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Consumo: La droga preferida del capitalismo: elegir.
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Crisis de los cuarenta: Cuando un día, de repente, te das cuenta de que llevas mucho tiempo muriéndote.
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Gramática: Instrucciones de montaje de Ikea distintas en cada país. Pero sólo disponibles en alemán.
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Nabokov: Un coleccionista de mariposas que las libera en forma de párrafos.
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Patriotismo: El amor al país que profesan aquellos que nunca han salido de él.
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Poeta: Alguien que corta líneas para completar una idea.
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Tecnología: El abismo más profundo en la más plana de las pantallas.

LA DESGRACIA DE SER GRIEGO, Nikos Dimou

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NIKOS DIMOU, La desgracia de ser griego, Anagrama, Barcelona, 2012, 104 páginas.

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Estas 193 microrreflexiones pretenden retratar la idiosincrasia del pueblo griego y su propensión a un destino que linda con lo trágico.

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Definimos la felicidad como el estado (por lo general pasajero) en el que la realidad coincide con nuestros deseos.
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La exageración no es sólo un defecto nacional. Es una manera de vivir de los griegos. Es la resultante de su carácter nacional. Es la causa fundamental de su desgracia, pero también su mayor gloria. Pues, en la autoconciencia, la exageración se llama pundonor. En el comportamiento, la exageración se llama gallardía.
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Cuando los griegos hablan de «Europa», excluyen automáticamente a Grecia. Cuando los extranjeros hablan de Europa, no concebimos que puedan no incluir a Grecia.
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Contrariamente a los animales, el ser huma­no tiene deseos que, «por naturaleza y por posi­ción», son irrealizables. Anhela la inmortalidad. Lo único, sin embargo, que sabe con certeza so­bre su futuro es que un día morirá.
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Para los griegos, la negación es una posición. De suene que cuando tienen una posición, la niegan, para empezar de nuevo desde una negación.
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La «ley de Parkinson» griega: dos griegos (a causa del desacuerdo) hacen en dos horas lo que un griego hace en una.
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Cuanto más humano es alguien tanto más desea y demanda, tanto mayor es la brecha. Y si es héroe, lucha y perece. Y si es artista, intenta llenar la brecha con formas.

LA CAÍDA, Diogo Mainardi

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DIOGO MAINARDI, La caída. Memorias de un padre en 424 pasos, Anagrama, Barcelona, 2015, 176 páginas.

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Con cada uno de sus fragmentos, Mainardi acompaña los pasos que su hijo Tito, afectado por  parálisis cerebral, logrará ir dando poco a poco: frente a la caída, la literatura; la palabra desgarrada  de un padre con la que ir abriendo, trenzando para su hijo, la emoción de un camino que recorren juntos.

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   El miedo duró una semana. 
   Luego desapareció.
   El motivo por el que desapareció en tan sólo una semana fue una caída. 
   Tito estaba en mi regazo. Yo leía el diario en el sofá del salón. Mi mujer, que caminaba apresuradamente de aquí para allá, tropezó con la alfombra y se cayó de bruces justo delante de nosotros. Al verla caer, Tito soltó una carcajada. Fingimos otras caídas. Tito se desternilló de risa. Nosotros nos desternillamos con él.
   La parálisis cerebral de Tito se convirtió al instante en algo más familiar. Las payasadas eran un lenguaje que todos comprendíamos.
   Tito se cae. Mi mujer se cae. Yo me caigo.
   Lo que nos une —lo que siempre nos unirá— es la caída.

REFLEXIONES DEL SEÑOR Z

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H. M. ENZENSBERGER, Reflexiones del señor Z, Anagrama, Barcelona, 2015,152 páginas.

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Estas 259 Reflexiones del señor Z o migajas que dejaba caer, recogidas por sus oyentes oscilan entre la breve narración o ejemplo, el microensayo y el tono aforístico.

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Z. calificaba la invención de la máquina de afeitar de auténtica bendición. Según él, evitaba a los hastiados de retocarse la barba día tras día el impulso de poner fin a la rutina matutina haciendo uso de la tentadora navaja. A propósito de ello, le venía a la cabeza Adalbert Stifter, quien un buen día se cortó la garganta porque estaba hasta la coronilla de los idilios campestres que había compuesto.
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Sobre la educaci6n, Z. se expresaba con desprecio. Como legítima defensa contra los niños podía tener su justificación, pero su inconveniente era que los adultos se creían más listos que sus hijos. Eso constituía un grave error, en el que sin embargo caían casi todos los padres y profesores de escuela y universidad. A este respecto, se consolaba con una frase del historiador de la ciencia Otto Neugebauer, que al parecer afirmó que no existe ningún sistema pedagógico conocido por la humanidad capaz de malograr el entusiasmo de todos los niños.
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«¿A qué se debe que la estupidez sea invencible?», se preguntó Z. «Su génesis es un enigma para la biolo­gía evolutiva. Sus efectos devastadores saltan a la vista, pero ¿por qué la selección natural no ha hecho que se extinga, si tantos males provoca? La única explicación es que también conlleva ventajas para la supervivencia. Hay innumerables situaciones en las que la capacidad de hacerse el tonto resulta de lo más útil. Un ejemplo clásico nos lo ofrece Las aventuras del buen soldado Svejk, la genial novela de Jaroslav Hasek, que demues­tra que el límite entre la auténtica estupidez del tonto de remate, de baba o del bote, y una astucia bien disimulada es mis difícil de trazar de lo que presuponen los sabelotodos.»

EL MUNDO COMO SUPERMERCADO, Michel Houellebecq

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MICHEL HOUELLEBECQ, El mundo como supermercado, Anagrama, Barcelona, 2005, 144 páginas.
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Libro de carácter misceláneo que recoge textos de distinta forma y origen, pero que comparten un lúcido análisis de la sociedad actual.

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LA REDUCCIÓN DE LA EDAD DE JUBILACIÓN

   Hace tiempo, éramos animadores de los lugares de vacaciones; nos pagaban para entretener a la gente, para intentar entretener a la gente. Después, ya casados (o más a menudo divorciados), volvemos a esos lugares de vacaciones, esta vez como clientes. Los jóvenes, otros jóvenes, intentan divertirnos. Por nuestra parte, intentamos tener relaciones sexuales con algunos miembros del lugar de vacaciones (a veces ex animadores y a veces no). A veces lo conseguimos; la mayoría de las veces fracasamos. No nos divertimos mucho. Nuestra vida ya no tiene sentido, concluyó el ex animador de lugar de vacaciones.
   Construido en 1885, el Holiday Inn Resort de Safaga, en la costa del Mar Rojo, tiene 327 habitaciones y seis suites espaciosas y agradables. Entre los servicios podemos citar el vestíbulo de entrada, el coffee-shop, el restaurante, el restaurante de la playa, la discoteca y la terraza de espectáculos. En la galería comercial hay tiendas diversas, un banco, una peluquería. La diversión está asegurada gracias a un simpático grupo franco-italiano (bailes, juegos). En resumen, para utilizar la expresión de la agencia de viajes, «un paquete estupendo».
   La reducción de la edad de jubilación a cincuenta y cinco anos, continuó el ex animador de lugares de vacaciones, sería una medida acogida favorablemente por los profesionales del turismo. Es difícil rentabilizar una estructura de tal envergadura sobre la base de una temporada corta y discontinua, esencialmente limitada al período estival, v en menor medida a las vacaciones de invierno. Es evidente que la solución pasa por establecer vuelos chárter para jubilados jóvenes, con tarifas preferentes, que permitirían armonizar los flujos. Tras la desaparición del cónyuge, el jubilado se encuentra en una situación parecida a la del niño: viaja en grupo, tiene que hacer amigos. Pero mientras que los niños juegan con los niños y las niñas charlan con las niñas, los jubilados no atienden a distinciones de sexo. De hecho, se ha comprobado que multiplican las alusiones y sobreentendidos de carácter sexual; tienen una lubricidad verbal sencillamente abrumadora. Por penosa que pueda ser mientras dura, hay que reconocer que la sexualidad parece ser algo que uno echa de menos más tarde, un tema que a la gente le gusta adornar con variaciones nostálgicas. Y así se hacen amistades, de dos en dos o de tres en tres. Juntos descubren el valor de cambio de la divisa, programan una excursión en un todo terreno. Un poco encogidos, con el pelo corto, los jubilados parecen gnomos, gruñones o amables según su personalidad. A menudo sorprende lo robustos que son, concluyó el ex animador.
   «Yo digo que allá cada cual con su religión, y que todas las religiones son respetables», intervino sin venir a cuento el responsable del despertar muscular. Ofendido por la interrupción, el ex animador se refugió en un triste silencio. Con cincuenta y dos años, este fin de enero era uno de los clientes más jóvenes. Además ni siquiera estaba jubilado, sino prejubilado, o en un convenio de reconversión, o algo así. Valiéndose con todo el mundo de su calidad de ex procesional del turismo, había sabido ganarse cierto prestigio con el grupo de animación. «Inauguré el primer Club Mediterráneo en Senegal», solía decir. Luego canturreaba, esbozado un paso de baile: «Me voy a alucinar a Seee-ne-gal / con una copilooo-to sin igual.» En fin, que era un tipo estupendo. Pero yo no me sorprendí cuando encontraron su cadáver a la mañana siguiente, flotando entre dos aguas en la piscina que miraba al mar.