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DICCIONARIO GENERAL DE CITAS, Gregorio Doval

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GREGORIO DOVAL, Diccionario general de citas, Círculo de lectores, Barcelona, 1994, 446 páginas.
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En el Prólogo (pp. 7-8) Doval recoge la afirmación del orador ateniense Isócrates (S IV a.c.): «una colección de bellas máximas es un tesoro más apreciable que las riquezas».
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Es imposible ocultar el amor en los ojos del que ama.
John Crowne
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Los hombres inteligentes quieren aprender; los demás, enseñar.
Anton Chejov
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El cobarde sólo amenaza cuando está a salvo.
Johann W. Goethe
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En la cólera nada conviene más que el silencio.
Safo
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Pierdo el deseo de lo que busco, buscando lo que deseo.
Antonio Porchia
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El verdadero dolor es el que se sufre sin testigos.
Marcial
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Lo que importa es tener sed.
Georges Duhamel

EL SUPLICIO DE LAS MOSCAS, Elias Canetti

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ELIAS CANETTI, El suplicio de las moscas, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1994, 156 páginas. Traducción de Cristina García Ohlrich.

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Ninguna escritura es lo suficientemente secreta como para que el hombre se exprese en ella con veracidad.
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Su sueño es instalar a las personas que ama en estrellas separadas.
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Hay personas tan ínfimas que no es posible decirles las cosas a la cara, uno no encuentra ninguna máscara adecuada para hablarles.
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Es fácil ser razonable cuando no se ama a nadie, ni siquiera a sí mismo.
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En los días hermosos se siente demasiado seguro de su vida.
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Un mundo en el que cada cual puede morir las veces que quiera, pero sólo por un tiempo limitado.
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Hay cierta tristeza en las palabras desnudas, pero yo no soy sastre, y antes que probarles un traje prefiero seguir triste.
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Espera poder seguir viviendo en todas las imágenes excitantes que ha conocido.
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Grados de la desesperación: no recordar nada, algo, todo.
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En otoño el sol se agradece a sí mismo.

LAS AGUAS MADRES, Raúl Brasca

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RAÚL BRASCA, Las aguas madres, Sudamericana, Buenos Aires, 1994, 166 páginas.

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PESCANDO

   Lo veía allá abajo empequeñeciéndose por la distancia. Agitaba los brazos como una marioneta en medio de un enjambre de puntos blancos y su gorra boyaba1 lejos, solitaria. Después la imagen empezó a nublarse, ya casi no lo veo. Trato de hacer memoria. Estábamos en la escollera, él había intentado proteger sus sardinas de las gaviotas; recuerdo un revuelo de alas blancas alrededor de la cabeza y, confusamente, el aleteo violento que le castigó la cara cuando un picotazo certero nos separó. Y a él que se quedaba allí, hueco, debatiéndose. Y yo que me iba -que me voy- cautivo, por el aire cada vez más seco, mirándolo.

CUENTOS DE LA MONTAÑA, Miguel Torga

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MIGUEL TORGA, Cuentos de la montaña, Alfaguara, Madrid, 1994, 344 páginas.
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CAVACO

   El Ronda era el hombre más pobre de Vilele. Pero le dio tal alegría saber que a Julio, su hijo, le habían dado sobresaliente en su primer examen escolar que le juró por su alma que le regalaría algo por Navidad. El muchacho oyó la promesa con desconfianza. A pesar de sus diez años, ya conocía la vida. ¡Un regalo, cuando ni siquiera tenían dinero para borona! De todos modos, y por si acaso, no dejó enfriar el asunto, y ya en diciembre, la víspera de la feria mensual del día veintitrés, se decidió a preguntarle a su padre:
   -¿Sigue pensando en ir a la Vila?
   -Sí.
   -¿Y va a traerme el regalo?
   -¡Claro!
   Se hizo un silencio. Habían cenado sopa de coles y castañas cocidas. Nada más. Hacía una noche de perros. Sobre el tejado caían cortinas de agua. Y como la casa era de piedra suelta y teja hueca y estaba llena de rendijas, el viento, que parecía el diablo, soplaba húmedo sobre la llama del candil, que se retorcía toda, y desaparecía por debajo de la puerta como un fantasma. Pero como en la lumbre estaba ardiendo corteza de castaño y su padre le había asegurado tan firmemente que cumpliría su promesa, todo parecía tener un color dorado de abundancia y bienestar.
   -¿Qué va a ser el regalo?
   -No te lo voy a decir…
   -¡Dígamelo!
   Tuvo que intervenir la madre y dar la conversación por terminada con las oraciones y la cama.
   -Infinitas gracias te sean dadas, Señor y Dios mío…
   Las palabras salían de su boca, límpidas, cálidas, solemnes. Y el chiquillo, que ya había oído esa cantinela miles de veces, y cayéndose siempre de sueño, se despabiló para intentar comprender el sentido íntimo de cada invocación.
   -A san Andrés Avelino, para que nos libre de una mala muerte…
   Padre e hijo respondían a una:
   -Padrenuestro que estás en los cielos…
   -A san Bartolomé, para que nos libre de las tentaciones del demonio, de los malos vecinos, de los momentos difíciles…
   -Padrenuestro…
   A pesar de todo, la atención del pequeño no tardó en cansarse. Al tercer misterio su voz vacilaba, y en la Salve, bóveda del solemne rito, dormía como un tronco.
   Ya iba a desplomarse sobre el banco de la cocina, cuando el amén definitivo le hizo volver a la vida. Abrió los párpados con todas sus fuerzas y consiguió dirigir la mirada hacia su padre, para hacerle una última pregunta.
   -¿De verdad que me lo va a traer? ¿De verdad?
   Pero su madre no dejó que le arrancase la confirmación deseada. Lo cogió por el brazo y, adormilado, lo levantó, lo llevó casi a rastras hasta la habitación, y poco después Julio caía en un sueño profundo, entoldado únicamente por la incertidumbre con que se había quedado dormido.
   Por la mañana, cuando se despertó, el padre ya había salido. La Vila estaba a tres leguas y la feria comenzaba temprano. Entonces se fue a atar la cabra, con una preocupación sabrosa, tibia, que le hacía detenerse morosamente en todas las encrucijadas, extasiado ante las zarzas y las piedras.
   -Muchacho, andas como atontado…
   Su madre no podía comprender lo que para él significaba recibir un regalo: extender la mano y ver en ella, en lugar del plato de sopa habitual, algo inesperado y gratuito, que representaba la irrealidad de la riqueza en la realidad de una pobreza tangible. Por eso se enfadó cuando vio que hacía ascos a la sota de maíz del desayuno y que al mediodía no comía más que una sardina.
   ¡Vaya por Dios! ¡Solo le faltaba que el crío se le pusiese enfermo!, ¡tener en casa una boquita escogida que desdeñase lo que había para comer!
   ¡Pobrecilla! Lo quería mucho… Solo que… ¡Era tan fácil de entender!
   Cuando la noche empezó a caer del lado de san Cibrão, cansado ya de vigilar el camino viejo por el que, desde que el mundo es mundo, se regresaba de la Vila, le pidió a su madre que le dejase ir a esperar a su padre. Solo hasta la Castanheira. ¡Que si no se daba cuenta de la niebla que había! ¡Que si no había oído el toque de ánimas! ¡Que fuese bueno!
   Se quedó mirando a su madre. ¡Tanto como lo quería y ahora no era capaz de entenderlo!
Se resignó. Se quedaría allí hasta que su padre asomase por la Silveirinha. Y en cuanto lo viera, ¡pies para qué os quiero! Pero, ¿qué sería el regalo? ¿Qué sería?
   La niebla, que no cubría más que el monte de san Romão cuando su madre le había hecho la advertencia, se posaba ahora espesa y húmeda sobre el pueblo. Y con ella también había llegado la noche.
   Desde la puerta solo se veía la oscuridad. Además, a la lluvia se había unido el viento y el frío para helarlo todo. Estaba tiritando y se acercó a la lumbre.
   -Padre se está atrasando…
   -En ir a la Vila y volver todavía se tarda…
   Se notaba que ella también estaba inquieta. ¿No sería que, al igual que él, estaba esperando un regalo?
   Ya era noche cerrada. Ahora estaba lloviendo a cántaros. Por las grietas de la casa el viento iba dando puñaladas traicioneras.
   -¡Ay Dios mío!
   El lamento de la madre terminó de llenar la cocina, ya inundada de humo.
   -¡Qué noche! ¡Y ese hombre por ahí!
   Se quedó mirándola con los ojos enrojecidos por la hoguera de leña verde.
   De repente, a la idea del regalo que le había acompañado alegremente durante todo el día, se unió otra, triste, imprecisa, que le daba miedo.
   -También ha ido el tío Adriano, ¿no?
   -Sí.
   Se hizo de nuevo el silencio entre ellos. Pero duró poco.
   -Cena y vete a dormir, que ya es hora…
   -¡Yo quería esperar a padre!
   -Cena y vete a dormir…
   A pesar de que su madre le obligaba no pudo tragarse la sopa ni, ya en la cama, podía quedarse dormido. La oía llorar en la oscuridad y oía cómo martilleaban en el tejado las gotas de lluvia gruesas y pesadas.
   Súbitamente oyó pasos en el huerto. ¡Por fin! ¡Era su padre! ¿Qué sería el regalo?
   El que llegaba golpeó la puerta suavemente y llamó a la madre en voz baja:
   -María…
   -¿Quién es? -preguntó la madre.
   -Soy yo, Adriano…
   Le dio un vuelco el corazón. ¿Así que el tío Adriano había regresado solo? Aguzó el oído, como un animalito asustado.
   Y así se enteró de que, en una reyerta, habían matado a su padre de una puñalada y que allí se había quedado, tirado en el suelo, junto a un cavaco que traía para él.

LA VIDA TE CAMBIA LOS PLANES, Orlando van Bredam

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ORLANDO VAN BREDAM, La vida te cambia los planes, APEF, Formosa, 1994, 68 páginas.
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BAILE

   El odio, a diferencia del amor, siempre es recíproco. El bailarín de tango y la bailarina se despreciaban con la misma tenacidad con que alguna vez se quisieron. Sólo los unía la fama y contratos envidiables. Cada baile era un desafío a los mecanismos más profundos del rencor. Se deleitaban en esa humillación mutua más cercana a la perversidad que al oficio. Cuanto más se odiaban, más los aplaudían. Ella incorporó al vestuario inconsulto, dos largas trenzas criollas, vivaces y relampagueantes bajo la luz de los reflectores. Las agitaba como cadenas, como látigos, como sables. Él soñaba con quebrarla sobre sus rodillas como una caña hueca. Se miraban siempre a los ojos, no dejaban de mirarse nunca en esa guerra bailada, en ese combate florido. La noche que más los aplaudieron fue la última, cuando ella, después de tantos ensayos, logró enredar sus trenzas en el cuello del bailarín y siguió girando y girando hasta el último compás. 

EL DEBUT Y OTROS CUENTOS, Santiago Varela

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SANTIAGO VARELA, El debut y otros cuentos, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1994, 240 páginas.

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DON VICENTE EL ZAPATERO

   Don Vicente, el zapatero de mi barrio, era todo un filósofo. Escucharlo hablar sentado en su pequeño taburete, rodeado de cueros, pegamentos y tinturas era un placer. Dominaba perfectamente a los antiguos, sentía profundamente la duda cartesiana, admiraba la vitalidad de Voltaire, desentrañaba los oscuros vericuetos de Hegel, palpitaba con la fuerza de Unamuno, se angustiaba con Sartre, comulgaba con Levi Strauss, leía atentamente a Lacán, pero, eso sí, no hacía una media suela bien ni por puta.

LOS TRES DÍAS, Esperanza López Parada

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ESPERANZA LÓPEZ PARADA, Los tres días, Pre-Textos, Valencia, 1994, 76 páginas.

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Una puerta se abre y en una latitud
diferente otra viene a cerrarse.
Porque no hay ordenado universo
en que sea posible negar tal ley
y quede alguna acción desatendida.
Porque no corre ningún hombre
sin que los árboles se curven.
Y lo que perdí vendrá a saludarme.
Es una cuestión de paciencia y matemática.

IDEARIO DE OTOÑO, Dionisia García

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DIONISIA GARCÍA, Ideario de otoño, Diputación de Albacete, 1994, 208 páginas.

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La noche nos disculpa. Comenzamos a ser reos con la luz.
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Los objetos nos pueblan, igual que nuestros años.
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Tal vez sólo seamos infancia.
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Guardamos en nosotros el paisaje del origen, lo demás son sobrepuestos.
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Lo indecible, único refugio de nuestra intimidad.
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La muerte es inquilina con aspiraciones de dueña.
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Vivir lo imprevisible, ya el tiempo nos va ordenando.
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Parte de la emoción hacia lo desconocido está en el tránsito.
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El vértice de la Tierra podría estar en nuestros ojos.
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El poeta no porta luces, las enciende.

ESTO, LO OTRO Y LO DE MÁS ALLÁ, Julio Camba

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JULIO CAMBA, Esto, lo otro y lo de más allá, Cátedra, Madrid, 1994, 220 páginas.

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Como era de esperar, Cátedra presenta la reedición de este libro de artículos de Julio Camba con el aparato crítico del editor Mario Parajón, quIeN tras glosar vida y obra del autor, celebra la publicación de esta obra poco conocida de Camba, publicada por primera vez en 1945 por la editorial Plus Ultra.
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LA CAVERNA LINGÜÍSTICA

   El ido, el novial, el interlingua, el esperanto, el volapuk, el interglossa y el inglés básico: todos estos idiomas, unos sintéticos y otros reconstruidos, estarán muy bien, yo no lo dudo; pero hay quien opina que, tanto en materia de sim­plificación como en materia de internacionalismo se po­dría ir todavía bastante más lejos. Por ejemplo:
   Tengo frío: —¡Brrr!
   Tengo hambre: —¡Guau!
   Tengo sueño: —¡Aaaaaaaaau!
   Te quiero: —¡Reee! ¡Rrrr! ¡Rrrr!
   Te odio: —¡Jjjj! ¡Jjjj! ¡Jjjj!
  Se me dirá que este vocabulario, llamémosle así, es insu­ficiente para expresar las necesidades del hombre; pero, ¿quién puede afirmar que los vocabularios de que el hom­bre se sirve actualmente son una consecuencia de sus nece­sidades y no sus necesidades una consecuencia de sus voca­bularios? Enséñenle ustedes a un salvaje a decir corbata e inmediatamente el salvaje les pedirá a ustedes una; pero manténgalo ustedes en una total ignorancia respecto a esa prenda del atuendo masculino y el salvaje no sentirá jamás el menor deseo de ataviarse con ella. En realidad, nuestras verdaderas necesidades no son nunca más que dos. Así lo proclamaba ya la filosofía antigua, y así lo reconoció también nuestro delicioso Arcipreste:
   
   Según dise Aristóteles, cosa es verdadera, el hombre por dos cosas se mueve: la primera por haber mantenencia. La otra cosa era por haber yuntamiento con fembra placentera.
  
   Dejémonos, por lo tanto, no ya sólo de adjetivos, con­junciones, preposiciones, etc., sino también de sustantivos y de verbos, y hagamos un lenguaje cuyos principales ele­mentos sean el ladrido, que, por cierto, los perros apren­dieron de los hombres —está ya archidemostrado que los perros primitivos no ladraban, limitándose a aullar como los lobos—, el arrullo («rrr, rrr»), el bostezo («aaaaaaau»), el escalofrío («brrr») y algunos otros sonidos que nuestro alfa­beto no se presta a reproducir, pero que podrían ser repre­sentados por medio de unos símbolos especiales. Haga­mos este lenguaje, instalémonos en las primeras cavernas que encontremos a mano, vistámonos de pieles sin curtir y entonces será cuando, al fin, podremos alardear de haber simplificado realmente nuestra vida y de haber borrado todas las diferencias que hoy separan a unos hombres de los otros...

CUENTAS DEL TIEMPO, Ricardo Martínez-Conde

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RICARDO MARTÍNEZ-CONDE, Cuentas del tiempo, Pre-Textos, Valencia, 1994, 52 páginas.

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El tiempo: el vigilante.
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El libro desnuda, como una amante, la intimidad.
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Al cielo y al infierno por el mismo camino.
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El arte confirma la delicada espera de la muerte.
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¿Con qué argumentos disimularé hoy el miedo?
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El inconsciente no tiene sospechas, sino certezas.
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La realidad no somos nunca nosotros.
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El tiempo, cuyo único fin es suprimir.

UN MUNDO PELIGROSO, Felipe Benítez Reyes

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FELIPE BENÍTEZ REYES, Un mundo peligroso, Pre-Textos, Valencia, 1994, 116 páginas.

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EL VIGILANTE

   Que griten. Yo, como si fuese sordo. Que arañen sus elegantes forros de seda. A mí sólo me pagan para que vigile esto, no para que cuide de ellos ni para que me quiten el sueño con sus gritos. ¿Que bebo demasiado? No sé qué harían ustedes en mi lugar. Aquí las noches son muy largas… Digo yo que deberían tener más cuidado con ellos, no traerlos aquí para que luego estén todo el tiempo gritando, como lobos, créanme. Ahora bien, que griten. Yo, como su fuese sordo. Pero si a alguno se le ocurre aparecer por aquí, lo desbarato y lo mando al infierno de una vez, para que le grite al Demonio... Pero a mí que me dejen. Toda la noche, como les digo. Y tengo que beber para coger el sueño, ya me dirán. Si ellos están sufriendo, si están desesperados, que se aguanten un poco, ¿verdad? Nadie es feliz. Además, lo que les decía: tengan ustedes más cuidado. Porque luego me caen a mí, y ustedes no me pagan para eso, sino para cuidar los jardines y para ahuyentar a los gamberros, ¿no? ¿Qué culpa tengo yo de que los entierren vivos? Y claro, ellos gritan.

LA CASA DE MANGO STREET, Sandra Cisneros

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SANDRA CISNEROS, La casa de Mango Street, Seix Barral, Barcelona, 2004, 143 páginas.

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Seix Barral edita en España la traducción de Elena Poniatowska en Random House Mondadori (1994).
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MINERVA ESCRIBE POEMAS

   Minerva es apenas un poco mayor que yo y ya tiene dos hijos y un marido que se fue. Su madre sacó adelante a sus hijos solita y, por lo que se ve, sus hijas también van por ese camino. Minerva llora porque su suerte es mala suerte. Cada noche y cada día. Y reza. Pero cuando sus niños duermen después de que les ha dado de cenar hot cakes escribe poemas en papelitos que dobla y dobla y retiene en sus manos un largo tiempo, pedacitos de papel que huelen a dime.
   Me permite leer sus poemas. Yo la dejo que lea los míos. Siempre está triste como una casa que arde —siempre hay algo que está mal. Tiene muchos problemas, pero el más grande es su marido que se fue y sigue yéndose.
   Un día se harta y le dice que ya basta y basta. Allá va él patas pa’rriba. Ropa, discos, zapatos. Afuera por la ventana, y cierra la puerta con candado. Pero esa noche regresa y avienta una piedrota por la ventana. Luego lo lamenta y ella le abre la puerta de nuevo. La misma historia.
   A la siguiente semana llega azul y negra y pregunta qué puede hacer. Minerva. Yo no sé qué camino tomará. No hay nada que yo pueda hacer.

LIBRO DE ANIMALES, Wilfredo Machado

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WILFREDO MACHADO, Libro de animales, Monte Ávila, Caracas, 1994, 122 páginas.

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FÁBULA DE UN ANIMAL INVISIBLE

   El hecho —particular y sin importancia— de que no lo veas, no significa que no exista, o que no esté aquí, acechándote desde algún lugar de la página en blanco, preparado y ansioso de saltar sobre tu ceguera.

LOS PENSAMIENTOS DEL TÉ, Guido Ceronetti

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GUIDO CERONETTI, Los pensamientos del té, Muchnik, Barcelona, 1994, 155 páginas.
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Recoge Ceronetti en este libro sus reflexiones surgidas en el momento de reflexión que acompaña a la liturgia del té.
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Lo que los hijos no deben saber jamás es que se les ha hecho nacer.
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El agresor se huele las reservas de miedo que no sabemos mantener sepultadas.
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Cuatro piernas bajo una sábana: troncos de árboles talados, a la espera de ser cargados y posteriormente cepillados y transformados. Por la mañana,  fíngense verticales para demorar su transporte.
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—Tantas paredes, ¿para qué?
—¿Contra qué golpearían si no las cabezas?
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No mueras. Entra en la victoria profunda del olvido.
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A los cuerpos los une el placer, a las almas la pena.
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El amor es como el agua en un agujero y necesariamente termina en un agujero en el agua. Un agujero flota en el agua; la vis amoris nos atrae al fondo, del que emergemos vivos y anegados.

INTRALIMINAL, José Luis Moreno-Ruiz

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JOSÉ LUIS MORENO-RUIZ, Intraliminal, La Palma, Madrid, 1994, 240 páginas.

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Subtitulado (ejercicios exudatorios para virofóbicas) contiene microrrelatos y textos narrativos que acaban en una cita de la que pueden ser paráfrasis o proyección. En suma: el universo envolvente y personal que tanto complace a los lectores de Moreno-Ruiz.
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SPORTMAN

   Hiere la luz del día el cristal de mi mesa de trabajo. Los pedacitos de ceniza de cigarrillos que hay en el cristal echan un partido de fútbol. Pero como lo hacen muy mal, vierto el café con leche sobre ellos. No paso el trapo, sin embargo. Que se jodan con el campo embarrado.

POEMAS EN PROSA, Iván Turguénev

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IVAN TURGUÉNEV, Poemas en prosa, Rubiños, Madrid, 1994, 225 páginas.

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Explica Juan Eduardo Zúñiga en Los recuerdos poéticos de Iván Turguénev (pp. iii-v) que cincuenta y uno de estos Poemas en prosa fueron publicados voluntariamente por el autor, bajo el título de Senilia, en la revista Vestnik Evropy en 1882.  La traductora de esta edición bilingüe es María Sánchez Puig.
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EL ÚLTIMO ENCUENTRO

   En otros tiempos fuimos buenos amigos, incluso íntimos... Pero un buen día se torcieron las cosas, y nos separamos como enemigos.
   Pasaron muchos años... En cierta ocasión, estando yo de paso en la ciudad donde él residía, me enteré de que padecía un mal incurable y deseaba verme.
   Me dirigí a su casa, entré en su aposento... Nuestras miradas se encontraron.
   Apenas lo reconocí: Santo Dios, ¡cómo lo había dejado la enfermedad!
   Apergaminado y amarillento, totalmente calvo, con una barba canosa y rala, aparecía sentado, vestido con un camisón rasgado por todas partes... No podía soportar el más leve roce de ropa alguna. Me tendió apresuradamente la mano, una mano escuálida y descarnada y, haciendo un ímprobo esfuerzo, balbuceó algunas palabras ininteligibles, palabras de saludo ¿o, tal vez, de reproche? Quién sabe... Su demacrado pecho se estremeció y dos lágrimas, escuetas y lacerantes, brotaron de sus pupilas encogidas y febriles.
   El corazón se me puso en un puño... Me senté en una silla a su lado y, bajando involuntariamente la vista ante tanto horror y tanta ignominia, también le di la mano.
   Pero me pareció que no era su mano la que tomaba la mía.
   Me pareció ver entre nosotros a una mujer alta, blanca y silenciosa. Una túnica la envolvía enteramente de pies a cabeza. Sus ojos hundidos e incoloros no miraban a ninguna parte, sus labios finos y rígidos no decían nada...
   Esa mujer unió nuestras manos... Nos reconcilió para siempre.
   Sí... la Muerte nos reconcilió para siempre.

SOPA NOCTURNA, Ángel Guache

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ÁNGEL GUACHE, Sopa nocturna, Pre-Textos, Valencia, 1994, 128 páginas.

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METAMORFOSIS

   Cuando despertó aquella mañana, descubrió al resto de los humanos transformados en cucarachas, y él, Gregorio Samsa, representante de calcetines y de jamones de pata negra, recientemente instalado en España, se encontró, de la noche a la mañana, desprovisto de cliente; arruinado su negocio.
Después de darle muchas vueltas al asunto, hizo acopio de valor, y de una considerable cantidad de insecticidas.

RELATOS COMPLETOS, Virginia Woolf

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VIRGINIA WOOLF, Relatos completos, Alianza, Madrid, 1994, 424 páginas.

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Susan Dick, responsable de una edición que traduce Catalina Martínez Muñoz, resalta en sus palabras introductorias la novedad de reunir por primera vez en un solo volumen los relatos de Virginia Woolf, de forma que "leerlos tal y como aquí se ofrecen, en orden cronológico, es seguir de cerca la asombrosa evolución del talento de su autora".
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EL BALNEARIO

   Como todas las ciudades costeras, estaba impregnada de olor a pescado. Las jugueterías aparecían repletas de conchas esmaltadas, duras, aunque frágiles. Incluso los habitantes del lugar tenían cierta apariencia de molusco... un aspecto insignificante, como si alguien hubiese sacado el auténtico animal con la punta de un alfiler y sólo quedase el caparazón. Los ancianos del paseo eran moluscos. Sus polainas, sus pantalones de montar, sus catalejos parecían convertirlos en juguetes. Era tan poco cierto que ellos hubiesen sido alguna vez auténticos marineros o auténticos deportistas como que las conchas pegadas en los marcos de las fotografías y los espejos hubiesen yacido alguna vez en las profundidades del mar. También las mujeres, con sus pantalones, sus zapatos de tacón, sus bolsos de rafia y sus collares de perlas, parecían caparazones de auténticas mujeres que salen de mañana a hacer la compra.
   A la una en punto esta frágil población de moluscos esmaltados se congregó en el restaurante. El restaurante olía a pescado, tenía el olor de un barco de pesca que ha sacado sus redes cargadas de arenques. El consumo de pescado en este comedor ha debido de ser enorme. El olor invadía incluso la habitación con el rótulo «Señoras» situada en el primer piso. Esta habitación constaba sólo de dos compartimentos divididos por una puerta. A un lado de la puerta se aliviaban las necesidades de la naturaleza; y al otro, frente al tocador y el espejo, la naturaleza quedaba sometida por el arte. Tres muchachas procedían a ejecutar esta segunda fase del ritual cotidiano. Ejercían su derecho a mejorar la naturaleza, a sojuzgarla con sus polveras y sus pintalabios rojos. Mientras hacían esto, charlaban. Pero su conversación se vio interrumpida por la llegada de una ola; luego la ola se retiró y se oyó decir a una de ellas:
   —Nunca me preocupé por ella... es tonta de remate... A Bert nunca le han gustado las mujeres mayores... ¿Lo has visto desde que volvió?... Sus ojos... son tan azules... Como estanques... Los de Gert también... Los dos tienen los mismos ojos... Puedes hundirte en ellos... Los dos tienen los mismos dientes... Tiene unos dientes tan blancos, tan bonitos... Gert también... Pero los tiene un poco torcidos... cuando sonríe...
   El agua borboteó. Las olas derramaron su espuma y se retiraron. A continuación se oyó decir: «Debería tener más cuidado. Si le sorprenden haciendo eso le harán un consejo de guerra...» En ese momento se oyó correr el agua en el compartimento contiguo. La marea parece estar subiendo y bajando eternamente en el balneario. Descubre a estos pececillos; los cubre de agua. Se retira, y aquí están de nuevo los peces, despidiendo un intenso y extraño olor a pescado que parece inundar por completo el balneario.
   Pero de noche la ciudad se vuelve etérea. Un blanco resplandor ilumina el horizonte. Hay aros y diademas en las calles. La ciudad queda sumergida bajo el agua. Y sólo se distingue su esqueleto de bombillas de colores. 

ANIMALES Y MÁS QUE ANIMALES, Saki

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SAKI, Animales y más que animales, Valdemar, Madrid, 1994, 192 páginas.

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CLOVIS Y LAS RESPONSABILIDADES DE LOS PADRES

   Marion Eggelby estaba sentada junto a Clovis hablando del único tema del que le gustaba conversar: sus hijos y sus diversas perfecciones y logros. El estado de ánimo en el que se encontraba Clovis no podría describirse como receptivo; la generación juvenil de Eggelby, representada con los improbables colores brillantes del impresionismo maternal, no despertaba en él entusiasmo alguno. Pero la señora Eggelby tenía entusiasmo suficiente para los dos.
    —Le gustaría Eric —dijo en un tono que, más que la esperanza, expresaba su disponibilidad a la discusión. Clovis ya le había dado a entender de manera absolutamente inequívoca que era muy improbable que se interesara demasiado por Amy o por Willie—. Sí, estoy convencida de que Eric le gustaría. Le cae bien a todo el mundo enseguida. ¿Sabe?, siempre me recuerda ese famoso cuadro del joven David... he olvidado quién lo pintó, pero es muy conocido.
    —Eso bastaría para ponerme en su contra, si le veo demasiado —intervino Clovis—. Imagínenos, por ejemplo, en un bridge subastado, cuando uno trata de concentrarse en cuál ha sido la afirmación primera de su compañero, y recodar qué palos rechazaron en principio susoponentes... piense lo que sería tener a alguien que persistentemente te recuerda un cuadro del joven David. Sería simplemente enloquecedor. Si me pasara eso con Eric, le detestaría.
    —Eric no juega al bridge —afirmó con dignidad la señora Eggelby.
    —¿Que no juega? —preguntó Clovis—. ¿Por qué no?
    —He educado a mis hijos para que no jueguen a las cartas. Les estimulo para que jueguen a las damas, al salto de fichas, a ese tipo decosas. A Eric se le considera como un jugador de damas maravilloso.
    —Está usted sembrando de terribles riesgos el camino de su familia—afirmó Clovis—. Un capellán de presidio que es amigo mío me contó que entre los peores casos criminales que ha conocido, de hombres condenados a muerte o a prolongados períodos de pena, no había ni un solo jugador de bridge. En cambio conoció entre ellos a por lo menos dos expertos jugadores de damas.
    —Realmente no veo qué relación pueden tener mis chicos con la clase criminal —replicó con resentimiento la señora Eggelby—. Han sido cuidadosísimamente educados, eso se lo puedo asegurar.
    —Eso demuestra que dudaba usted cómo podrían salir. En cambio, mi madre nunca se preocupó por educarme. Sólo se interesaba porque me azotaran a intervalos decentes y me enseñaran la diferencia entre el bien y el mal; existe alguna diferencia, ya sabe usted; aunque he olvidado cuál es.
    —¡Olvidar la diferencia entre el bien y el mal! —exclamó la señora Eggelby.
    —Entiéndame, aprendí historia natural y toda una serie de temas al mismo tiempo, y uno no puede recordarlo todo. Solía acordarme de la diferencia entre el lirón de Cerdeña y el de tipo común, también sabía si el tuercecuello llega a nuestras costas antes que el cuclillo, o cuál de ellos se iba primero, y el tiempo que tardan las morsas en alcanzar la madurez; me atrevo a decir que usted supo alguna vez todas esas cosas, pero apuesto a que las ha olvidado.
    —Esas cosas no son importantes —contestó la señora Eggelby—, pero...
    —El hecho de que ambos las hayamos olvidado demuestra que son importantes —dijo Clovis interrumpiéndola—. Ya se habrá dado cuenta de que lo que uno olvida es siempre las cosas importantes, mientras que los hechos de la vida triviales e innecesarios se mantienen en nuestra memoria. Por ejemplo, mi prima, Editha Clubberly; nunca me olvido de que su cumpleaños es el doce de octubre. En realidad me es absolutamente indiferente la fecha de su cumpleaños, o incluso si nació o no; cualquiera de esos hechos me resultan absolutamente triviales o innecesarios... tengo montones más de primas. En cambio, cuando me alojo en casa de Hildegarde Shrubley, jamás puedo recordar la importante circunstancia de si su primer marido consiguió su nada envidiable reputación en las carreras de caballos o en la bolsa, incertidumbre que me obliga a eliminar inmediatamente como tema de conversación los deportes y las finanzas. Uno tampoco puede mencionar nunca los viajes, porque su segundo esposo tenía que vivir permanentemente en el extranjero.
    —La señora Shrubley y yo nos movemos en círculos diferentes —contestó muy envarada la señora Eggelby.
    —Nadie que conozca a Hildegarde podría acusarla de moverse en un círculo —contestó Clovis—. Su visión de la vida parece la de una marcha incesante con un inagotable suministro de gasolina. Si consigue que algún otro le pague la gasolina, tanto mejor. No me importa confesarle que me ha enseñado más que cualquier otra mujer en la que pueda pensar.
    —¿Qué tipo de conocimientos? —preguntó la señora Eggelby con la actitud que podría tener colectivamente un jurado que encuentra el veredicto sin necesidad de abandonar la sala.
    —Bien, entre otras cosas, me enseñó al menos cuatro maneras diferentes de cocinar la langosta —contestó Clovis con voz agradecida—. Aunque eso, desde luego, a usted no debe interesarle; quienes se abstienen de los placeres de la mesa de juego nunca llegan a apreciar realmente las posibilidades más sutiles de la mesa de comedor. Supongo que su capacidad de un placer animado se atrofia por la falta de uso.
    —Una tía mía se puso muy enferma después de comer langosta —dijo la señora Eggelby.
    —Me atrevería a decir, si conociéramos más su historia, que descubriríamos que a menudo había estado enferma antes de comer langosta. ¿Está usted ocultando el hecho de que había tenido sarampión, gripe, dolores de cabeza nerviosos e histeria, y todas esas cosas que tienen las tías, mucho antes de comer la langosta? Las tías que nunca en su vida han estado enfermas son realmente raras; de hecho, personalmente no conozco a ninguna. Aunque claro, si la comió cuando tenía dos semanas de edad, pudo ser su primera enfermedad... y la última. Pero si fue ése el caso no creo que usted lo hubiera mencionado.
    —Debo marcharme —afirmó la señora Eggelby con un tono totalmente desprovisto hasta de la pena más superficial.
    Clovis se levantó con actitud de graciosa desgana.
    —He disfrutado tanto con nuestra pequeña charla sobre Eric —dijo—. Ardo en deseos de conocerle algún día.
    —Adiós —contestó glacialmente la señora Eggelby; añadiendo en voz muy baja un comentario suplementario—: ¡Ya me ocuparé yo de que eso no suceda nunca!

EL CLAN DE LOS PARRICIDAS Y OTRAS HISTORIAS MACABRAS, Ambrose Bierce

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AMBROSE BIERCE, El Clan de los Parricidas y otras historias macabras, Valdemar, Madrid, 1994, 192 páginas.

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UNA CARRERA INACABADA

   James Burne Worson era un zapatero que vivía en Leamington, en el condado de Warwickshire, Inglaterra. Tenía un pequeño taller en uno de los caminos poco transitados que confluían en la carretera que llevaba a Warwick. En su humilde actividad se le consideraba un hombre honrado, aunque como muchos otros de su clase en los pueblos ingleses era muy aficionado a la bebida. Cuando estaba ebrio era capaz de hacer las apuestas más alocadas. En una de aquellas ocasiones, demasiado frecuentes, hizo alarde de su habilidad como caminante y atleta, y el resultado fue una prueba contra la naturaleza. Por un soberano se comprometió a ir corriendo hasta Coventry y volver, una distancia de algo más de cuarenta millas. Esto ocurrió el tres de septiembre de 1873. Se puso en camino enseguida; el hombre con el que había hecho la apuesta, cuyo nombre no se recuerda, acompañado de Barham Wise, comerciante de paños, y Hamerson Burns, fotógrafo, le siguieron en una carreta.
   Durante varias millas Worson marchó muy bien, con paso suelto y sin fatiga aparente, pues verdaderamente tenía una gran resistencia y no iba lo suficientemente ebrio como para menoscabarla. Los tres individuos de la carreta se mantenían a corta distancia detrás de él, tomándole el pelo o animándole de vez en cuando, según el humor del momento. De repente, en medio de la carretera, a menos de doce yardas de donde ellos se encontraban con los ojos fijos en él, Worson dio un traspié y, desplomándose hacia delante, emitió un tremendo grito y desapareció. No llegó a caer al suelo; desapareció antes de rozarlo. Nunca se encontró ni rastro de él.
   Después de dar vueltas por el lugar durante un tiempo sin saber qué hacer, los tres hombres regresaron a Leamington, donde contaron la asombrosa historia y fueron posteriormente arrestados. Pero tenían buena reputación, siempre se les había considerado sinceros, estaban sobrios en el momento del suceso y nunca se descubrió nada que desacreditara la exposición que hicieron bajo juramento de su extraordinaria aventura, en relación a cuya verdad, sin embargo, la opinión pública apareció dividida a lo largo del Reino Unido. Si tenían algo que ocultar, su elección de los métodos es, con toda seguridad, una de las más sorprendentes jamás realizadas por hombres cuerdos.