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LO MEJOR DE MAITENA, Maitena

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MAITENA, Lo mejor de Maitena, Lumen, Barcelona, 2015, 272 páginas.

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SIMPLEMENTE, Quino

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QUINO, Simplemente, Lumen, Barcelona, 2016, 128 páginas.


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¡Tendré que retirarme: hay demasiada gente haciendo mi trabajo mucho mejor que yo!

CUENTOS, Emilia Pardo Bazán

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EMILIA PARDO BAZÁN, Cuentos, Lumen, Barcelona, 2011, 408 páginas.

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Eva Costa, responsable también de la selección, dice en el Prólogo (pp. 9-18) de los relatos de Pardo Bazán: «han resistido bien el paso del tiempo; mejor que algunas de sus novelas y tanto como sus críticas literarias o sus crónicas de opinión o de viajes».  
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MEMENTO

   El recuerdo más vivaz de mis tiempos estudiantiles —dijo el doctor sonriendo a la evocación— no es el de varios amorcillos y lances parecidos a los que puede contar todo el mundo, ni el de ciertas mejillas bonitas cuyas rosas embalsamaron mis sueños. Lo que no olvido, lo que a cada paso veo con mayor relieve, es..., la tertulia de mi tía Gabriela, doncella machucha, a quien acompañaban todas las tardes otras tres viejas apolilladas, igualmente aspirantes a la palma sobre el ataúd.
   Reuníanse las cuatro, según he dicho, por la tarde —pues de noche las cohibían miedos, achaques y devociones— en el gabinetito, desde cuyas ventanas se divisaban los ricos ajimeces góticos y los altos muros de la catedral; y yo solía abandonar el paseo —a tal hora lleno de muchachas deseosas de escuchar piropos— para encerrarme entre aquellas cuatro paredes vestidas de un papel rameado que fue verde y ya era blancuzco, sentarme en la butaca de fatigados muelles, anchota y blandufa, al cabo también anciana, y recibir de una mano diminuta, seca, cubierta por la rejilla de un mitón negro, palmadita suave en el hombro, mientras una cascada voz murmuraba: «Hola, ¿ya viniste, calamidad? Hoy se muere de gozo Candidita».
   De las solteronas, Candidita era la más joven, pues no había cumplido los sesenta y tres. Según las crónicas de los remotos días en que Candidita lozaneaba, jamás descolló por su belleza. Siempre tuvo el ojo izquierdo algo caído y las espaldas encorvadas en demasía. Lo que en ella pudo agradar fue su seráfica condición. Poseía Candidita, en relación con su nombre de pila, alta dosis de credulidad y buena fe. Cuanta paparrucha inverosímil se me antojase inventar, la tragaba Candidita sin esfuerzo; en cambio no había quien la convenciese de la realidad de picardía ninguna. Su alma rechazaba la maledicencia como se rechaza un elemento extraño, de imposible asimilación. Yo me divertía infinito disputando con Candidita cuando se negaba a dar crédito a maldades notorias...; y al hacerlo, sentía germinar en mi corazón una especie de ternura, un misterioso respeto por la inocente, que sin quitarse su traje de merino negro y sus zapatos de oreja, subiría al cielo al momento menos pensado.
   Mi tía Gabriela, en cambio, era sagaz, lista como una pimienta. Su vida retirada, en una soñolienta ciudad de provincia, le impedía conocer a fondo el mundo, y quizás exageraba las trastadas y gatuperios que en él se cometen, pero acercándose a la realidad y juzgando mil veces con maligno acierto. Preciada de su linaje, con pergaminos y sin talegas, la tía Gabriela era una señora a la vez modesta e imponente, chapada a la antigua, de alma más enhiesta que un lanzón; las otras tres solteronas parecían sus damas de honor, antes que sus amigas.
   Doña Aparición era la curiosidad de aquel museo arqueológico. Hermosa y mundana en sus verdores, conservaba, a los setenta y seis, golpes de coquetería y manías de adorno que hacían fruncir los labios a mí tía Gabriela, tan majestuosa con su liso hábito del Carmen. El peluquín de doña Aparición, con bucles y sortijillas de un rubio angelical; su calzado estrecho; sus guantes claros de ocho botones;, sus trajes de seda a rayas verde y rosa; sus abanicos de gasa azul, y el grupo de flores artificiales que prendía graciosamente su mantilla, nos daban harto que reír.
   Como estaba semiciega y casi sorda y la vestía su fámula, a lo mejor traía la peluca del revés, o en la nariz el toque de carmín de las mejillas, o los guantes uno lila y otro pajizo; y como padecía de gota, el cepo de las botitas prietas llegaba a mortificarla tanto que mi tía le prestaba unas holgadas pantuflas. En caso tal exclamaba infaliblemente doña Aparición: «Jesús! Nunca me pasó cosa igual. Un pliegue de la media me desolló el talón... Es un fastidio tener tan fino el cutis».
   No sería doña Peregrina, la cuarta solterona, la que se impusiese torturas para presumir de pie. Al contrario: se declaraba sans façon. Reducida a mezquina orfandad, compraba en los ropavejeros sus manteletas color de ala de mosca. Por lo demás, era mujer de empuje y brío, alta, gruesa, de una frescura rancia —si es licito expresarse así—, viva de ojos y arrebatada de color, amiga de la broma, pero gazmoña a ratos, siempre dentro de la nota del buen humor y la marcialidad.
   ¡Cómo me festejaban aquellas cuatro señoras! Hay sitios adonde vamos atraídos, no por nuestro gusto, sino por el que damos a los demás. Diez años haría tal vez que las solteronas no veían de cerca un semblante juvenil, Mi presencia y mi asiduidad eran un rasgo de galantería de incalculable precio, que halagaba la nunca extinguida vanidad sentimental de la mujer. El mozo que quiera ganar buen nombre, sea amable con las viejecitas, con las desechadas, con las retiradas del juego. Las muchachas nada agradecen. Aquellas cuatro inválidas, con su manso charloteo, me crearon una reputación fabulosa de discreto, de galán, de simpático, de estudioso. A su manera, me allanaban el camino de una lucida posición y de una boda brillante. En los exámenes yo podía contestar mal o bien, que segura tenía la nota: tal labor subterránea hacían mis solteronas con los catedráticos. En mi salud no cesaban de pensar. «Vienes descolorido, Gabriel... ¿Qué tienes? ¡Ojo con las bribonas!» Y me enviaban remedios caseros, y piperetes, y vinos cordiales, y reliquias milagrosas, y hasta sábanas, por si las de la posada no eran «de confianza».
   A fin de animar la tertulia, se me ocurrió leer en alto versos y novelas románticas. Auditorio semejante no lo ha soñado ningún lector. Diríase que, para escuchar, hasta la respiración suspendían. Según avanzaba la lectura, crecía el interés. Una indignación, cómica a fuerza de ser ingenua, contra los traidores; un terror vivísimo cuando los buenos iban a caer en las emboscadas de los malos; un gozo pueril cuando la virtud salía triunfante... Las exclamaciones me interrumpían. «¿Ese pifio se equivoca y toma el veneno? ¡Castigo de Dios!» «¡Ay, que si Gontrán entra en el bosque encuentra al otro con el puñal! Que no entre, que no entre!» «Jesús, al fin le da la puñalada!» «¡Infame!» «¿Ve usted como el niño que robó el titiritero era hijo de la princesa?», etcétera. En los episodios vehementes, cuando los amantes se dicen ternezas al claror de la luna, las solteronas se deshacían. Un leve sonrosado animaba las mejillas amarillentas; se humedecían los áridos ojos; los encogidos pechos anhelaban; aparecíase el bello fantasma de la lejana juventud, y un aura dulce y tibia agitaba un momento aquellos espíritus resignados, como el aire primaveral agita el polvo de una tierra seca y estéril.
   Llegó el plazo en que yo tenía que emprender mi viaje a la corte para cursar el doctorado. Di la noticia a mis solteronas, y aunque no podía sorprenderlas, no fue menor el efecto que produjo. Mi tía Gabriela, sin perder el compás de la dignidad, se puso temblona y me advirtió, en frases que revelaban ternura, que era preciso excusar a los viejos si se afectaban en las despedidas, porque no estaban seguros de volver a ver a los que partían. Doña Peregrina manoteó, protestó, bufó, me insultó, y al fin se echó a llorar como una fuente. Doña Aparición suspiró, alzó la vista al cielo y dijo haciendo monerías; «Un joven de estas prendas..., naturalmente, ¡va a lucir en la corte! Mañana recibirá usted un alfiler de esmeraldas..., que fue de mi papá». Por su parte, Candidita guardó silencio y a poco se levantó, asegurando que tenía que hacer una visita urgente. Aproveché el pretexto para abreviar la escena; salí con ella, la ayudé a ponerse el mantón y le ofrecí el brazo por la escalera de peldaños carcomidos.
   De repente, en el primer descanso, escuché un ahogado sollozo; unos brazos endebles me rodearon el cuello, y una cara fría como la nieve se pegó a mis barbas. Comprendí de súbito..., y, créanlo ustedes, me quedé más volado y más compadecido que si viese a mi propia madre de rodillas ante mí! Noté que Candidita pesaba como pesan los cuerpos inertes; la supuse desmayada y la arrimé al balaustre, tartamudeando lleno de piedad: «Adiós, adiós, ya sabe que se la quiere». Mas como no me soltaba, me encontré ridículo y la rechacé... Al hacerlo, me pareció que estaba degollando a una ovejuela enferma, y la lástima me obligó a volver atrás y corresponder al abrazo de Candidita con una caricia rápida y violenta, filial y santa en la intención, Después eché a correr y salí a la calle, resuelto a no volver por la tertulia. ¡Ah, eso sí! La caridad tiene sus límites... Y ahora, que también soy viejo yo, suelo acordarme de Candidita... ¡Pobre mujer!

ME HIZO JOAN BROSSA, Joan Brossa

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JOAN BROSSA, Me hizo Joan Brossa, Lumen, Barcelona, 1989, 96 páginas.

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La primera edición bilingüe de Me hizo Joan Brossa apareció en Las Palmas en 1973. Del original (Cobalto, 1951) se reproduce íntegro el prólogo (pp. 9-10) de João Cabral de Melo.
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ÁGUILA

Codroniz, lechuza, mochuelo, pinzón, oropéndola,
verderón, gavilán, perdiz, tordo.
Cruza una mujer, vestida de negro, y sale.
Buitre, pardillo, mirlo, alcotán, abubilla,
gorrión, urraca.
 

POESÍA REUNIDA. AFORISMOS, Ramón Andrés

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RAMÓN ANDRÉS, Poesía reunida. Aforismos, Lumen, Barcelona, 2016, 352 páginas.
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La segunda parte de este volumen se compone de los tres libros de aforismos que Ramón Andrés ha escrito hasta el momento: Los extremos -ya publicado en 2011, también en Lumen- y los inéditos Puntos de fuga (2012-2015) y Malas raíces (2010-2015).

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¿Por qué sentimos nostalgia al paso de las aves migratorias?
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Las redes siempre han sido sociales.
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No debemos buscar oasis, sino brechas.
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El tiempo que crees haber perdido es, sin embargo, el de tu historia más esencial.
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El ‘Yo’ no es una instancia psíquica, ni una unidad de percepción, ni una jerarquía de substancias. Es el apego.
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Los himnos acaban siendo un dolor en voz baja.
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La utopía, la de cada uno, fuerza el olvido de las causas comunes.
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Las grandes fisuras empiezan por los grandes convencimientos.
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La afirmación, un ancla que enturbia el fondo.
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Se dice que los dioses nacieron del fuego, pero la creencia en ellos viene del frío.

ABUELAS. MANUAL DE INSTRUCCIONES, Raquel Díaz Ruguera

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RAQUEL DÍAZ REGUERA, Abuelas. Manual de instrucciones, Lumen, Barcelona, 2014, 58 páginas.

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Complacerá sin dudas este álbum de Raquel Díaz Reguera al lector de sus obras, en particular a los que disfrutaron de Abuelas de la A a la Z.
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LAS ÚNICAS CAPACES DE DECIRLE A...

   Una abuela no se corta un pelo a la hora de decir lo que piensa y no se para a pensar lo que dice. Al parecer llega una edad en la que los pensamientos no se pueden guardar dentro, así que salen a borbotones tal y como pasan por la cabeza. Y allí donde las madres convierten las palabras que no se atreven a decir en miradas que hay que saber descifrar, las abuelas no se limitan a poner ojitos ni a hacer gestos: ellas no se callan una, y hala, que tiemble el mundo. Por eso, algunos nietos se aterrorizan cuando su abuela va a verlos a una audición de piano o a un entrenamiento de baloncesto. A ella no le tiembla el pulso si tiene que plantarse en mitad de la cancha y quitarle el balón a aquel infeliz al que se le ha ocurrido hacerle una falta a su niño o niña. Se trata de una situación que a algunos nietos les parece bochornosa, pero que, pasados los años, al recordar ese momentazo, les hará morir de risa.

¿Qué le diría tu abuela a...?

Ferran Adriá
“¿Croquetas líquidas? ¿Qué es eso de croquetas líquidas? A mí me salen unas lentejas con chori­zo que no tienen nada que envi­diar a tus inventos.”

Fernando Alonso
“Qué manía de correr tanto... ¿No tienes ya edad de sentar la cabeza en vez de andar jugan­do con los cochecitos y dándole tantos disgustos a tu madre con las carreritas.”

Lady Gaga
“Bonita, si tú en el fondo eres mona. Si quieres. te puedo acompañar a comprar ropa que te siente bien y además baratita.”

Messi
“Pero ¿a ti no te han dicho tus padres que escupir es de muy mala educación, y más en los campos de fútbol donde te ve todo el mundo por la tele? ¡Que eso da muy mal ejemplo!”

Alejandro Sanz
“¿Y tú eres cantante? A ti te hago yo un tomillito con miel y limón y te aclaro esa voz tan cascada en un santiamén. Que no es que no cantes bien, pero en mis tiempos, con esa voz, desde luego que no te sacaban por la radio.”

Marc Gasol
“Tu madre, la pobre, no ganaría para zapatos. Y no me mires por encima del hombro.” (Una de sus bromitas.)

Angela Merkel
“Usted debería estirar el cuello y caminar derecha, porque con todo lo que sale en la tele y con lo importante que es, digo yo que tendría que preocupar­se un poco de tener mejor planta.”

REGÁLAME UN BESO, Roger Olmos & David Aceituno

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ROGER OLMOS & DAVID ACEITUNO, Regálame un beso, Lumen, Barcelona, 2014, 32 páginas.

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Olmos y Aceituno vuelven a sorprender con otro magnífico álbum ilustrado alrededor del beso.
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EL BESO SOÑADO DE LA BELLA DURMIENTE

   Se queda dormida en cualquier parte.
   Pasa de la A la ZZZZZZZ en un abrir y cerrar de OJOS.
   Nada tiene que ver con el aburrimiento o el insomnio; ni si es de día o es noche cerrada.
   Simplemente ocurre: sus párpados son, dos telones de terciopelo al final de una obra.
   En clase, en el cine con sus amigas, mientras le empastan una muela, en el parque de atracciones, y más arriba, en las copas celestiales de las secuoyas, sin previo aviso ni bostezo: ZZZZZZZ.
   Lo más extraño del asunto es que siempre sueña lo mismo: está en un lugar precioso con el chico que le gusta. Y de la misma manera que cuando pierdes el equilibrio en un sueño es la caída lo que te despierta, ocurre que el profesor sigue hablando, que la película termina, que la cara del dentista se convierte en un poema, que la noria se detiene, y que allí en lo alto un pájaro la mira con sorpresa.
   No hace mucho el chico de sus sueños la invitó al cine, y cuando iba a besarla, ella de pronto: ZZZZZZZ.
   Soñó entonces con la película.
   Y terminaba bien.



DENTRO DE UN EMBUDO, Antonio Fernández Molina

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ANTONIO FERNÁNDEZ MOLINA, Dentro de un embudo, Lumen, Barcelona, 1973, 78 páginas.

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EL HUEVO CASCADO

   En la miseria, un huevo es cena frugal y sueño tranquilo. Lo cogí en mis manos y lo casqué para depositarlo en la sartén. 
   En lugar de la clara y la yema, salió un hombrecillo en todo semejante a mí. Cascaba un huevo sobre la sartén y salía otro personaje, aún más pequeño, que también se me parecía, con un huevo en la mano. 
   Y así indefinidamente…

MADRE SOLO HAY UNA Y AQUÍ ESTÁN TODAS, Raquel Díaz Reguera

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RAQUEL DÍAZ REGUERA, Madre no hay más que una y aquí están todas, Lumen, Barcelona, 2013, 42 páginas.

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Otra vez lo ha vuelto a conseguir: estos textos ingeniosísimos que catalogan hasta treinta modelos de madre (desde la Madre Nadasetira hasta la Madresuegra), están acompañados por las bellísmas ilustraciones a las que nos ha acostumbrado Raquel Díaz Reguera. Además completan el álbum nueve Páginas especiales que, por ejemplo, permiten inventariar el tipo de bolso de cada madre o las frases a las que más frecuentemente recurren. Para lectores inteligentes de todas las edades. ¡Ah! Que nadie espere encontrar aquí ninguna ñoñería. 
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MADRE DOMADORA DE PENAS

   Todas las madres, o como mínimo el cien por cien de ellas y cada una a su manera, hacen lo indecible por ver felices a los miem­bros de su prole. Pero los niños no pueden estar alegres las ocho mil se­tecientas sesenta horas del año, porque sería agotador incluso para ellos. Los hijos también tienen días en los que se levantan con el pie izquierdo o se sienten como si llevaran aburridos «tooooooda» su vida, o tienen una pena insondable que se materializa en un llanto constante insufrible para los padres, que ni imitando todas las voces de animales parlantes de los dibujos animados consiguen que cese la llorera.
   En esos días no hay nada mejor que tener en casa una Madre Domadora de penas. Y es que estas madres tienen una sabiduría natural para ponerle un final feliz a los «momentos dramáticos» Es un don que las hace capaces de domesticar las penas más salvajes. A modo de estrellas circenses, consiguen que las lágrimas hagan toda suerte de acrobacias y equilibrios hasta que se convierten en risas desternillantes. Saben cómo meter en cintura a la tristeza y son expertas en darle la vuelta a la tortilla. Ellas ponen en práctica la estrategia «no hay mejor defensa que un buen ataque», así que para defenderse de un llanto lastimero contraatacan con una sobredosis de cosquillas, con una ristra de chistes o con un discurso que en otras madres podría sonar como aleccionador y, sin embargo, en sus palabras y a su modo, calma todas las congojas. Transforman los pu­cheros en caras con sonrisas de oreja a oreja. Las Madres Domadoras de Penas son dueñas de la carcajada más contagiosa del mundo, la única capaz de amendrentar a una tristeza leonina, haciendo que esta huya por donde llegó con el rabo entre las piernas.


LOS EXTREMOS, Ramón Andrés

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RAMÓN ANDRÉS, Los extremos. Aforismos, Lumen, Barcelona, 2011, 64 páginas.

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Los muertos no recuerdan. Eso es la inmortalidad.
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Distancia insalvable: querer llegar a un lugar.
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Temer o ser temido. Dos formas de humillación.
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¿Qué sería de los héroes sin su materia prima, la muerte?
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Cada ventana de mi casa da a un yo distinto.
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Cada semilla es una duda.
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Sólo podemos manifestarnos claramente desde la memoria, dado que el presente nos enturbia. Nos solapa.
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La angustia es un residuo de nuestro dios muerto.
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Por qué no nos detenemos, una vez llegados.

BREVE TRATADO DE LA PASIÓN, Alberto Manguel

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ALBERTO MANGUEL, Breve tratado de la pasión, Lumen, Barcelona, 2008, 207 páginas.

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Alberto Manguel se encarga de ofrecer al lector cien proclamas de amor en las que, como bien señala en el Prólogo (pp. 9-14), "Cartas o poemas, da igual. El enamorado busca en las palabras decir lo indecible".
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Jorge Luia Borges a Estela Canto
[1944-1945]

Jueves, hacia las cinco

   Estoy en Buenos Aires, te veré esta noche. te veré mañana, sé que seremos felices juntos (felices deslizándonos y a veces sin palabras y gloriosamente tontos), y ya siento el dolor corporal de estar separado de ti por ríos, por ciudades, por matas de hierba, por circunstancias, por los días y las noches.
   Estas son, lo prometo, las últimas lineas que me permitiré en este sentido; no volveré a entregarme a la piedad por mi mismo. Querido amor, te amo; te deseo toda la dicha; un vasto, complejo y entretejido futuro de felicidad yace entre nosotros. Escribo como algún horrible poeta prosista; no me atrevo a releer esta lamentable tarjeta postal. Estela, Estela Canto. cuando leas esto estaré terminando el cuento que te prometí, el primero de una larga serie. Tuyo,
Georgie


Adrogué, sábado

   A pesar de dos noches y de un minucioso día sin verte (casi lloré al doblar ayer por el Parque Lezama), te escribo con alguna alegría. Le avisé a tu mamá que tengo admirables noticias; para mí lo son y espero que lo sean para ti. El lunes hablaremos y tú dirás. Pienso en todo ello y siento una especie de felicidad; luego comprendo que toda felicidad es ilusoria no estando tú a mi lado. Querida Estela: hasta el día de hoy he engendrado fantasmas; unos, mis cuentos. quizá me han ayudado a vivir; otros, mis obsesiones. me han dado muerte. A estas las venceré. si me ayudas. Mi tono enfático te hará sonreír; pienso que lucho por mi honor, por mi vida y (lo que es más) por el amor de Estela Canto. Tuyo con el fervor de siempre y con una asombrada valentía,

Georgie

EL MAR DE CORAL, Patti Smith

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PATTI SMITH, El mar de coral, Lumen, Barcelona, 2012, 94 páginas.

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UN CORAZÓN SUBASTADO

   La imagen de una muchacha con un sombrero alado de encaje. Una sierva milagrosa o la hermana Mercurio. Su perfil, sus gestos antaño huidizos, expandiéndose ahora en completo detalle. Él pidió un té que tardaron mucho en servirle. Se recostó y pensó en la casa de su tío y en salón bañado de fuerte luz. En el jardín, una muchacha con una sombrilla, dándose la vuelta. Se sintió un tanto indispuesto y el té estaba tibio. Se puso las bolsas húmedas en los párpados cerrados y, al apretar, se sumergió en una serie de fotogramas, una pálida orquídea estrujada por una mano aún más pálida, una muchacha sin alhajas que ofrece su cuello desnudo. Deseo, un liquido, que le corre por la garganta, el pecho, que se desliza por sus rodillas abiertas. Él se quedo en la evanescente sombra. El llanto de la muchacha le despertó repugnancia mezclada con amor. Un amor que solo Cupido podría abrazar en la travesura del sueño. Y que solo M podría abrasar en la crueldad de despertar.

TODAS LAS MADRES DEL MUNDO, Gustavo Martín Garzo

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GUSTAVO MARTÍN GARZO, Todas las madres del mundo, Lumen, Barcelona, 2012, 256 páginas.

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Catálogo de 59 relatos a los que sirven de pórtico una acertada selección de fotografías en blanco y negro.
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LAS OGRESAS

   Lo peor de las madres de los ogros era su terrible apetito. No era, en absoluto, que no quisieran a sus hijos. Es posible, de hecho, que pocas madres hubiera en el mundo que quisieran más a los suyos, sólo que tenían que luchar contra esa naturaleza devoradora de carne que como ogresas les correspondía. Y esto las hacía sufrir terriblemente, pues les bastaba con ver a sus ogritos y ogritas recién nacidos, para que, al encontrarlos tan guapos, sintieran unas irresistibles ganas de comérselos. Por eso, la crianza era para ellas un auténtico infierno. Como todas las madres, se veían obligadas a bañarlos y a cambiarlos, a darles de comer y a dormirlos, y, como a todas ellas, nada les parecía más hermoso en esos momentos que el bebé que tenían que cuidar y atender. Pero su problema, al contrario que el de las otras madres que existían, humanas y no humanas, era que cuanto más hermosos los veían más apetecibles les resultaban. Y más ganas, por tanto, les entraban de comérselos. Por eso, no había escena más dolorosa que asistir al momento en que, tras no poder resistirse más, una ogresa finalmente se comía a su hijita, mientras enormes lágrimas corrían por sus mejillas. Dicho así parece una barbaridad, pero puedo aseguraros que no había en el mundo una escena de amor más delicada y tierna. «Qué culpa puedo tener yo —parecían estar diciendo mientras besaban y lamían los huesecillos que iban quedando en la mesa— de que fueras una ogrita tan guapa.»

CUENTOS REUNIDOS, Sherwood Anderson

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SHERWOOD ANDERSON, Cuentos reunidos, Lumen, Barcelona, 2009, 336 páginas.

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Vicenç Tuset, traductor y prologuista, explicita el carácter crítico y metaliterario de algunos de los cuentos seleccionados en el volumen: "En ellos, Anderson expone su visión de la literatura como paciente desvelar de una verdad esquiva e inalcanzable que terminará por no ser más que un montón de hojas en blanco, un texto siempre por escribir (...)".

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EL TONTO

   Hay una historia, no puedo contarla, no tengo palabras. La historia está casi olvidada pero a veces la recuerdo. La historia trata de tres hombres en una casa en una calle. Si pudiera decir las palabras cantaría la historia.
   La susurraría a los oídos de mujeres, de madres.
   Correría por las calles contándola una y otra vez.
   Con mi lengua, que se habría soltado, repicando contra mis dientes.
   Los tres hombres están en una habitación en la casa.
   Uno de ellos, joven y peripuesto.
   Ríe sin parar.
   Hay un segundo hombre con una larga barba blanca.
   Lo consume la duda pero a veces su duda lo abandona y se queda dormido.
   El tercer hombre es el que tiene ojos malvados y se pasea nervioso por la habitación frotándose las manos una contra la otra. Los tres hombres esperan. Esperan.
   Arriba en la casa hay una mujer de pie con la espalda apoyada contra la pared, en la penumbra junto a una ventana.
   Esos son los cimientos de mi historia y todo cuanto sabré se encuentra destilado en ellos.
   Recuerdo que un cuarto hombre llegó a la casa, un silencioso hombre blanco.
   Todo era tan silencioso como el mar por la noche.
   Sus pies no hacían ningún ruido contra el suelo de la habitación en la que estaban los tres hombres.
   El hombre de ojos malvados hervía por dentro, corría de un lado a otro como un animal enjaulado.
   El viejo hombre gris se contagió de su nerviosismo, se quedó tirándose de la barba.
   El cuarto hombre, el blanco, subió hasta donde estaba la mujer.
   Ahí estaba ella, esperando.
   Qué silencio había en la casa, qué alto sonaba el tictac de todos los relojes del vecindario.
   La mujer de arriba anhelaba el amor. Esa tiene que haber sido la historia. Deseaba el amor con todo su ser. Quería enamorar, cuando el hombre blanco y silencioso compareció, ella se abalanzó hacia él.
   Sus labios estaban separados.
   Había una sonrisa en sus labios.
   El hombre blanco no dijo nada.
   En sus ojos no había ningún reproche, ninguna pregunta.
   Sus ojos eran tan impersonales como estrellas.
   Abajo el tipo malvado gemía y corría de un lado a otro como un perrillo perdido y hambriento.
   El tipo gris intentaba seguirle por todas partes pero al poco tiempo se cansó y se echó en el suelo para dormir.
   Nunca más despertó.
   El peripuesto también yacía en el suelo.
   Reía y jugaba con su fino bigote negro.
   No tengo palabras para contar lo que sucedió en mi historia.
   No puedo contar la historia.
   El tipo blanco y silencioso puede que fuera la Muerte.
   La mujer anhelante en espera puede que fuera la Vida.
   El barbudo gris y el malvado me confunden.
   Pienso y pienso, pero no logro entenderlos.
   Sin embargo, la mayor parte del tiempo ni siquiera pienso en ellos.
   Me obsesiona el tipo peripuesto que ríe a lo largo de toda la historia.
   Si pudiera comprenderle, podría entenderlo todo.
   Podría correr por el mundo contando una historia maravillosa. Dejaría de ser tonto.
   ¿Por qué no se me dieron las palabras?
   ¿Por qué soy tonto?
   Tengo una historia maravillosa que contar pero no conozco el modo de contarla.

ABUELAS DE LA A A LA Z, Raquel Díaz Reguera

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RAQUEL DÍAZ REGUERA, Abuelas de la A a la Z, Lumen, Barcelona, 2012, 80 páginas.

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En Índice y explicaciones (p. 3) leemos: "Muchos sabemos que hay pocas sensaciones comparables a la de quedarse dormidos en el regazo de una abuela Tejedora de cuentos". Ésta es una de las ventinueve abuelas descritas en este tomo bellamente ilustrado por la también autora de unos textos marcados por la sutileza y un humor delicadamente amable. Completan el libro las Páginas especiales: Los bolsillos de las abuelas, Los recuerdos, Esencias enfrascadas de las abuelas del mundo...
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ABUELA DESMEMORIADA

   Hay abuelas que pueden recordar perfectamente lo que desayunaron un domingo de hace ciento veinte años (y quién las acompañaba y cómo iban vestidas y lo que haga falta) pero, sin embargo, no se acuerdan nunca de tu nombre; son las llamadas abuelas Desmemoriadas y las hay de dos tipos: las preocupadas por esos involuntarios tropezones de la memoria y las despreocupadas, que son las divertidas porque han decidido que allá donde no llegue su memoria llegará la improvisación, así que empiezan a cocinar cualquier cosa y acaban guisando cualquier otra, van a no sé dónde y terminan descubriendo no sé qué, empiezan un cuento conocido que termina teniendo un final imprevisible. Lo mejor de las abuelas Desmemoriadas es que les puedes decir que siempre es tu cumpleaños y así siempre se lo creen. Acostumbran a desordenar los nombres de sus nietos, es decir encadenan estos, uno tras otro, y los dicen de carrerilla y sin respirar hasta llegar al que realmente querían nombrar. Pierden cualquier cosa en cualquier lugar y dejan olvidado todo en todas partes, por lo que las tardes en casa de estas abuelas se convierten en una gymkana en la que sus nietos deben seguir pistas de los descuidos de la abuela hasta localizar cada uno de los objetos extraviados.

   Las abuelas Desmemoriadas tienen un pañuelo largo, larguísimo, en el que van haciendo nudos. Un nudo por cada cosa que deben recordar. Tienen una libreta para anotar qué tienen que recordar con cada nudo, una grabadora para dejar un mensaje que explica dónde guardan la libreta, que a su vez explica para qué sirven los nudos, y un broche de compartimento secreto con un papel con el teléfono de su hija, para que les recuerde dónde está la grabadora que le recordará dónde está la libreta que le recordará para qué sirve cada nudo.

   Los nietos más ingeniosos de este tipo de abuelas colocan pósit en las puertas, espejos o neveras de sus casas. En ellos, para ayudarlas a no olvidar escriben en mayúsculas: CERRAR LOS GRIFOS, APAGAR EL HORNO, HACER GALLETAS CON MERMELADA LOS SÁBADOS, LLEVAR A TUS NIETOS AL CINE LOS DOMINGOS.




APÓLOGOS Y MILESIOS, Juan García Hortelano

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JUAN GARCÍA HORTELANO, Apólogos y milesios, Lumen, Barcelona, 1975, 129 páginas.

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En una de las secciones del libro ...y ahora, ocho flores del mal menor... (51-86) predominan las formas breves.
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TU MELENA ENCIENDE LA LUNA
        
   Reconoce ser autor también de la famosa canción “Tu melena enciende la luna”, palinodia o pamema que esta Autoridad certifica no haber oído jamas. Requerido, en consecuencia, a que circunstancie el argumento de esa música, tras una resistencia inicial, dice que, en esencia, la melena de ella, sin duda del denominado tinte pelirrojo, al ser deshorquillada o desplegada enrojece la superficie lunar, en las noches en que dicho astro o satélite desaparece en fase de novilunio. A la pregunta de que si cree en un fenómeno meteorológico de tan dudosa verosimilitud, contesta que no. Inquirido sobre la incongruencia de asegurar, sin previa comprobación y convencido de su falsedad, la tesis de que la luna enrojece (o, al menos, según admite, adquiere una tonalidad castaño obscuro) siempre que su chica se suelta el pelo, reitera la petición de telefonear a un abogado. Niega tozudamente conocer el nombre y demás filiación de la antedicha manceba, capaz de manchar de bermejo la impoluta blancura selenita. Se le reconviene, mostrándole la temeridad de sus aseveraciones, por el indudable desprestigio que se deriva para las hembras de nuestra raza, al hacerles sospechosas de deambuleos por campos o vías públicas a horas inconvenientes; se le señalan los indicios de calumnia infamante que conlleva relacionar a la fémina con los ciclos de la luna; y, por último, se le apercibe de haber cometido injuria patente al claustro materno, donde, aunque declara ignorarlo, se forman y conforman los lunares, para futuras identificaciones por parte de esta Autoridad. Convenientemente interrogado, tras una pausa o recuperación, declara que, además de haber compuesto jerigonzas como “¿Por qué, dime, se marchitan las rosas, cuando tu teléfono no contesta?”, “Si te alejas, se me llagan las manos” y “Cosecha de corazones”, ha pretendido su máxima difusión, movido por apetencia dineraria, ansias de notoriedad y (con un cinismo, que esta Autoridad cree su deber subrayar) por íntima complacencia. Añade, sin coacción alguna, que no sólo ambiciona llevar sus composiciones a labios de la juventud, sino que, a mayor abundamiento, aspira a que sean silbadas por la madurez reprimida, damas insatisfechas y burócratas, terminando, una vez más, por solicitar la presencia de un abogado. Desmiente haberse lucrado con la exhibición de sus manos llagadas, rubricando, sin embargo, las fatigas a que ha de someter a su mente y a sus neuronas hasta descubrir que se han resecado las rosas en el florero a causa de no conseguir línea con su expresada barragana. Acorralado por la evidencia, asiente al hecho incontrovertible de su anómala correspondencia con el mundo físico, astronómico, botánico y anatómico, exclamando que no le importaría, con tal de presenciarla, una explosión cósmica, que le borrase la faz al Universo. Paulatinamente excitado (lo que obliga a medidas precautorias), se debate y vocifera su necesidad de acabar de una vez, al tiempo que jura que su próxima composición se titulará “Mi madre me concibió en un lupanar”, con lo cual esta Autoridad obtiene la buscada confesión, da por finalizado el período inquisitivo y se permite recomendar el más implacable rigor, sin tener en consideración la innegable mediocridad y saboteadora cursilería del encausado, por cuanto todos estos autoconfesados hijos de prostituta resultan igualmente perniciosos y corrosivos, con independencia de sus aptitudes personales para el verso.

LIBRO DE JUEGOS PARA LOS NIÑOS DE LOS OTROS, Ana María Matute

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ANA MARÍA MATUTE, Libro de juegos para los niños de los otros, Lumen, Barcelona, 1961, 50 páginas. Fotografías de Jaime Buesa.
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EL JUEGO DE TODOS LOS DÍAS QUE NO TIENE TRAMPA

   Éste de todos los días es el peor juego; el más maldito juego. ¿Y mañana, y pasado, y el otro, el otro, el otro...? Nos lo sabemos todo, y ¿para qué? Somos nosotros, y mañana será otra vez mañana. Y nada más. ¡Si lo sabemos todo! No nos da miedo ya, estamos aburridos de jugar y nadie puede levantarse y decir: He terminado. Porque no hay trampa, y mañana es otra vez mañana. Hay que jugar.

EL CÍRCULO DE LOS MENTIROSOS II, Jean-Claude Carrière

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JEAN-CLAUDE CARRIÈRE, El círculo de los mentirosos, Lumen, Barcelona, 2008, 380 páginas.
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En el Prólogo (pp. 9-10) Jean-Claude Carrière afirma: "He trabajado algo más de diez años en este segundo volumen, que fue un compañero fiel al que yo volvía casi a diario y al que veía crecer lentamente a mi lado. ¿Escribiré un tercer volumen?"
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LA BOÑIGA

   Una historia de origen polaco ilustra admirablemente cierta estructura del espíritu. Habla de un polaco y un judío que, juntos, se dirigen a pie a un mercado. Ven un montón de excrementos y el judío le dice al campesino polaco:
   —Te doy diez zlotys si te comes esa boñiga.
   El campesino se queda pensativo. Imagina todo lo que podría hacer con diez zlotys mientras se pregunta por las intenciones ocultas del judío, que tiene fama de pícaro.
   Al fin acepta y, mal que bien, se traga la boñiga. El judío le da los diez zlotys prometidos y los dos hombres siguen caminando.
   Sin embargo, el judío reflexiona y se dice que sólo ha conseguido perder diez zlotys y que el polaco no parece haber sufrido gran cosa al engullir la boñiga.
   Al descubrir un segundo montón de excrementos, el judío se para y le dice al polaco:
   —Si me como esa boñiga, ¿me devuelves los diez zlotys?
   —Bueno, de acuerdo —dice el campesino tras pensarlo brevemente.
   El judío se pone manos a la obra y, a duras penas, gruñendo y ahogándose, se traga toda la boñiga.
   Vuelven a ponerse en camino los dos. Una media hora más tarde, el polaco le pregunta al judío:
   —Puesto que eres tan inteligente, ¿puedes decirme por qué nos hemos comido toda esa mierda?
   No conocemos la respuesta del judío.

CUENTOS, Emilia Pardo Bazán

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EMILIA PARDO BAZÁN, Cuentos, Lumen, Barcelona, 2007, 408 páginas.

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La tarea de selección de estos relatos corresponde a Eva Acosta, así como un prólogo donde exalta el "estilo eficaz, conocedor y depurador de los clásicos españoles" de la autora coruñesa, que le llevó a construir, durante más de treinta años, "un corpus cuentístico sin igual en su tiempo y en nuestro país".

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EL DÉCIMO

   ¿La historia de mi boda?
   Oiganla ustedes; no deja de ser rara.
   Una escuálida chiquilla de pelo greñoso, de raído mantón, fue la que me vendió el décimo de billete de lotería, a la puerta de un café a las altas horas de la noche. Le di de prima una enorme cantidad, un duro. ¡Con qué humilde y graciosa sonrisa recompensó mi largueza!
   —Se lleva usted la suerte, señorito —afirmó con la insinuante y clara pronunciación de las muchachas del pueblo de Madrid.
   —¿Estás segura? —le pregunté, en broma, mientras deslizaba el décimo en el bolsillo del gabán entretelado y subía la chalina de seda que me servía de tapabocas, a fin de preservarme de las pulmonías que auguraba el remusguillo barbero de diciembre.
   —¡Vaya si estoy segura! Como que el décimo ese se lo lleva usted por no tener yo cuartos, señorito. El número... ya lo mirará usted cuando salga... es el mil cuatrocientos veinte; los años que tengo, catorce, y los días del mes que tengo sobre los años, veinte justos. Ya ve si compraría yo todo el billete.
   —Pues, hija —respondí echándomelas de generoso, con la tranquilidad del jugador empedernido que sabe que no le ha caído jamás ni una aproximación, ni un mal reintegro—, no te apures: si el billete saca premio..., la mitad del décimo, para ti. Jugamos a medias.
   Una alegría loca se pintó en las demacradas facciones de la billetera, y con la fe más absoluta, agarrándome una manga, exclamó:
   —¡Señorito! Por su padre y por su madre, déme su nombre y las señas de su casa. Yo sé que de aquí a cuatro días cobramos.
   Un tanto arrepentido ya, le dije como me llamo y donde vivía; y diez minutos después, al subir a buen paso por la Puerta del Sol a la calle de la Montera, ni recordaba el incidente.
   Pasados cuatro días, estando en la cama, oí vocear «la lista grande». Despaché a mi criado a que la comprase, y cuando me la subió, mis ojos tropezaron inmediatamente con la cifra del premio gordo: creía soñar; no soñaba; allí decía realmente 1.420... mi décimo, la edad de la billetera, ¡la suerte para ella y para mí! Eran muchos miles de duros lo que representaban aquellos benditos guarismos, y un deslumbramiento me asaltó al levantarme, mientras mis piernas flaqueaban y un sudor ligero enfriaba mis sienes. Hágame justicia el lector: no se me ocurrió renegar de mi ofrecimiento... La chiquilla me había traído la suerte, había sido mi «mascota»... Era una asociación en que yo sólo figuraba como socio industrial. Nada más Justo que partir las ganancias.
   Al punto deseé sentir en los dedos el contacto del mágico papelito. Me acordaba bien: lo había guardado en el bolsillo exterior del gabán, por no desabrocharme, ¿Dónde estaba el gabán? ¡Ah!, allí colgado en la percha... A ver... Tienta de aquí, registra de acullá... Ni rastro del décimo.
   Llamo al criado con furia, y le preguntó si ha sacudido el gabán por la ventana... ¡Ya lo creo que lo ha sacudido y vareado! Pero no ha visto caer nada de los bolsillos; nada absolutamente... Le miró a la cara; su rostro expresa veracidad y honradez. En cinco años que hace que está a mi servicio no le he cogido jamás en ningún gatuperio chico ni grande... Me sonrojo lo que se me ocurre, las amenazas, las injurias, las barbaridades que suben a mis labios.
   Desesperado ya, enciendo una bujía, escudriño los rincones, desbarajo armarios, paso revista al cesto de los papeles viejos, interrogo a la canasta de la basura... Nada y nada; estoy solo con la fiebre de mis manos, las sequedad de mi amarga boca y la rabia de mi corazón.
   A la tarde, cuando ya me había tendido sobre la cama a fumar, para ver de ir tragando y dirigiendo la decepción horrible, suena un campanillazo vivo y fuerte, oigo en la puerta discusión, alboroto, protestas de alguien que se empeña en entrar, y al punto veo ante mí a la billetera, que se arroja en mis brazos, gritando con muchas lágrimas:
   —¡Señorito, señorito! ¿Lo ve usted? Hemos sacado el gordo.
   ¡Infeliz de mí! Creía haber pasado lo peor del disgusto, y me faltaba este cruel y afrentoso trance: tener que decir, balbuciendo como un criminal, que se había extraviado el billete, que no lo encontraba en parte alguna y que, por consecuencia, nada tenía que esperar de mí la pobre muchacha en, cuyos ojos negros, ariscos, temí ver relampaguear la duda y la desconfianza más infamatoria...
   Pero la billetera alzándolos todavía húmedos me miró serenamente y dijo encogiéndose de hombros:
   —¡Vaya por la Virgen! Señorito... no nacimos ni usted ni yo pa millonarios.
   ¿Cómo podía recompensar la confianza de aquella desinteresada criatura?
   ¿Cómo indemnizarla de lo que le debía, sí, de lo que le debía? Mi remordimiento y la convicción de mi grave responsabilidad pesaba sobre mí de tal suerte, que la traje a casa, la amparé, la eduqué y por último me casé con ella.
   Lo más notable de esta historia es que he sido feliz.

CRÍMENES EJEMPLARES, Max Aub

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MAX AUB, Crímenes ejemplares, Lumen, Barcelona, 1972, 77 páginas.

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La edición de Lumen cuenta con las ilustraciones de Ángel Jove.
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Íbamos como sardinas y aquel hombre era un cochino. Olía mal. Todo le olía mal, pero sobre todo los pies. Le aseguro a usted que no había manera de aguantarlo. Además el cuello de la camisa, negro, y el cogote mugriento. Y me miraba. Algo asqueroso. Me quise cambiar de sitio. Y, aunque usted no lo crea, ¡aquel individuo me siguió! Era un olor a demonios, me pareció ver correr bichos por su boca. Quizá lo empujé demasiado fuerte. Tampoco me van a echar la culpa de que las ruedas del camión le pasaran por encima.