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RELATOS CON ABRELATAS, Ricardo Guadalupe

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RICARDO GUADALUPE, Relatos con abrelatas, Octaedro, Barcelona, 2013, 104 páginas.

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Ramón Alcaraz subraya en su prólogo una curiosidad de este libro: después de la lectura de cada texto, se presenta "un breve comentario del autor que nos trae algo más allá de lo que se acaba de leer, su propia visión o aportación particular (...)". Sin embargo, los relatos de Ricardo Guadalupe ya se defienden por sí mismos: cada punto final supone una apelación al lector para que se dirija en busca de un abrelatas, de forma que el filo vaya mellando el metal de las palabras y, al final, la tapa ceda hasta que con deleite pueda degustarse el interior.

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LA ESTELA DEL OLVIDO

   Mucho tiempo después, Teseo, solo, regresó al laberinto donde un día consiguiera ser un héroe. Recorrió sus muros, hasta que, al pasar una encrucijada, una risa le detuvo. Giró a tiempo de ver desaparecer una túnica femenina. ¡Ariadna! Se conjuró no volver a perderla. Persiguió su sombra, probó atajos, pero no la alcanzó. Pensó que habría escapado del laberinto, y cayó exhausto en un claro. Después le despertó la misma risa. Venía de todas partes. Esta vez no la siguió. Se dirigió hacia la salida, que tapió con piedras y selló dejando seco el barro al sol. Fue de vuelta al claro cuando la vio, más bella que nunca. Pero entonces Ariadna, de forma inesperada, desplegó dos grandes alas. Ella le dijo desde el aire que siempre supo volar. Él se quedó pegado al suelo, encerrado.

PALABRAS LITERARIAS, Ricardo Guadalupe

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RICARDO GUADALUPE, Palabras literarias, Octaedro, Barcelona, 2010, 96 páginas.


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Acierta Octaedro al publicar estas colaboraciones de Ricardo Guadalupe para el programa de la Radio del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Palabras literarias constituye un ameno catálogo de figuras literarias, de interés tanto para el lector interesado como para el futuro escritor.
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JITANJÁFORAS: LA MÚSICA DE LAS PALABRAS

   Vamos a hablar de la música de las palabras. Sí. Vamos a escu­charlas y a darnos cuenta de que, aún sin entender su signifi­cado, son capaces de expresar y transmitir algo solamente con su sonido. Este tipo de palabras al que me refiero abarca desde los primeros fonemas que puede balbucir un bebé hasta las palabras que nos inventamos cantando en la ducha.
   Y cuando hacemos esto, cuando utilizamos este tipo de pa­labras ininteligibles, esto tiene un nombre, estamos haciendo una jitanjáfora. El término fue acuñado por el escritor mexi­cano Alfonso Reyes en la primera mitad del siglo xx para de­nominar a las palabras o frases sin sentido pero con rima o ritmo.
   Se pueden encontrar fácilmente ejemplos en la música, como la jitanjáfora de los Beatles: «Obla-dí, obla-dá». Tam­bién los hay en la magia, como es el caso del famoso conjuro «abracadabra», O en el cine; Charlot en Tiempos Modernos, de­cía: «je le tu le tu le twaa» para darse aires franceses sin saber francés.
   En literatura, la jitanjáfora tuvo un gran auge con los poe­tas del Creacionismo. Este movimiento, impulsado por el chi­leno Vicente Huidobro, recurrió a la jitanjáfora porque propor­cionaba efectos nuevos y universales, ya que las jitanjáforas nacen con vocación de no variar de una lengua a otra. También Eugéne Ionesco, padre del teatro del absurdo, introdujo la ji­tanjáfora en varias de sus obras.
   Pero, en realidad, su uso es incluso anterior a que Alfonso Reyes le encontrara nombre. Ya se utilizaba en algunas paro­dias del Siglo de Oro español. Recordemos los versos de Lope de Vega:
A la dana dina,
a la dina dana,
a la dana dina,
señora divina.
  
  Actualmente, la jitanjáfora aparece sobre todo en la litera­tura infantil.
  Y tratando la jitanjáfora, no puedo dejar de recordar a un mago en el manejo del sonido de las palabras: Julio Cortázar. Empleaba con maestría onomatopeyas, aliteraciones, diminu­tivos o aumentativos para marcar a su antojo el tono y el ritmo de sus textos.
    La máxima expresión de esto la tenemos en el capítulo 68 de su novela Rayuela, donde para dar un tono íntimo y un ritmo propio al encuentro físico de los dos personajes protagonistas, crea un recurso literario extremo, un lenguaje codi­ficado pero sugerente, al que llamará glíglico. Dicho capítulo comienza de la siguiente manera:
   Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémi­so y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes.