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23 de enero de 2014

Tove Ditlevsen, Autorretrato


Fotografía de Melodie McDaniel

AUTORRETRATO

Yo no sé:
cocinar
usar sombrero
ser amable
llevar joyas
arreglar flores
recordar citas
agradecer regalos
dar la propina adecuada
retener a un hombre
mostrar interés en las reuniones de padres.

No puedo dejar de:
fumar
beber
comer chocolate
robar paraguas
quedarme dormida por la mañana
olvidarme de recordar cumpleaños
y limpiarme las uñas.
Hablar por boca de otros
revelar secretos
amar lugares extraños y psicópatas.

Puedo:
estar sola
fregar platos
leer libros
construir frases
escuchar
y ser feliz
sin remordimiento.




ph Erik Petersen
Tove Ditlevsen  
(Copenhaguen, Dinamarca, 1918 - 1976)
de Voksne, 1969
Traducción de Francisco J. Uriz
extraído de TOVE'S TANGO
para leer MÁS

14 de julio de 2012

Tove Ditlevsen, Matrimonio


Fotografía de Şule Gürler 



MATRIMONIO

En una pasión rememorada,
despertada por el recuerdo de otro abrazo,
la caricia lejana de una piel fresca,
el perfil soñador de una mujer desconocida
sobre las luces de neón de la ciudad ­
o tal vez:
por haber visto en el tren un soldado joven
de ojos claros, en cuya calma él ha visto
un espíritu bastante sencillo reflejar el suyo
y devolvérselo, no digerido,
en toda su enigmática madurez ­
sus sentidos se vuelven inquisitivos hacia mí,
velados por una necesidad oscura de traición.
Y yo que habito enteramente esta casa
fecundo el polvo con la idea frágil
de una vida propia, yo que me arrodillo cada día
perdida en oraciones vagas, al lado
de la fidelidad silenciosa de un cubo amarillo esmaltado ­
observo furtivamente su rostro secreto,
repentinamente desnudo, casi indefenso,
como esos jardines abandonados que la naturaleza ha reconquistado: 
sólo un destello de ternura encolerizada,
entristecida, secretamente arrancada una muerte
del amor legal sin causa demostrable.
Lo veo escaparse y me acuerdo de otras caricias
de dulzura inconmensurable, quizás una vez suyas,
pero que no despiertan ya en mí el deseo
excepto en la memoria, nunca más.
Sin palabras, vengadores, negamos solitarios
la facultad de despertarnos mutuamente voluptuosidad.






ph Erik Petersen
Tove Ditlevsen 
(Copenhaguen, Dinamarca, 1918 - 1976)
de Kvindesind, 1955
Traducción de Francisco J. Uriz
para leer MÁS

8 de julio de 2012

Tove Ditlevsen, Domingo


Fotografía de Michael Kellenter
DOMINGO

Nunca ocurre nada los domingos.
Nunca encuentras un nuevo amor en domingo.
Es el día de los infelices.
Día de pensión o día de familia.
Las horas más dolorosas de la amante
cuando se imagina a su amado
con sus hijos en las rodillas
mientras su mujer, sonriente,
entra y sale con tentadoras bandejas.
Un día maldito.

Alguna vez tuvo que haber sido diferente.
¿Por qué si no tendríamos todos
que esperar con ansias el domingo durante toda la semana?
¿Quizá cuando íbamos a la escuela?
Pero ya entonces las campanas sonaban
compungidas y grises como lluvia y muerte.
Ya entonces las voces de los adultos
eran débiles e insonoras como si buscasen a tientas
y en vano las palabras dominicales.

El olor a humedad y a pan mohoso,
a sueño, botas de goma y achicoria
ya subía entonces por la escalera
y la calle, que estaba dura, vacía y diferente
de una manera desolada ­
El olor dominical nos forraba
con la gruesa capa de la decepción
que sigue a una expectativa
sin meta específica.

Pero, entonces ¿cuándo? En un lugar anterior a la memoria
hubo felicidad, una expectativa irresistible
que todavía nadie había sido capaz de defraudar.
Entonces las campanas significaban que papá estaba en casa,
el bigote, las negras cejas y el olor a tabaco mascado
estaban allí y allí quedaban, en un lugar cercano,
y quizá la risa de tu joven madre
sonaba más alegre que los otros días.

Es domingo. Tú nunca encontrarás
un nuevo amor ese día.
Estás sentada en el cuarto de estar
apabullada y rígida como una figura de cartón
a los ojos de los niños.
Escarban con los pies
y se pelean sin energía.
«Deberíamos hacer algo», dices.
«Sí», dice una voz detrás del periódico.
Entonces os calláis los dos, porque todo lo que tenéis ganas
de hacer es oculto y secreto
y sería inaceptable para el otro.

Las campanas de la iglesia suenan. Las narices de los niños
se llenan de desesperanzado olor heredado.
Sobre sus dulces rostros se desliza
una fealdad pasajera.
Una luz marchita
nace en sus ojos.

Pero todos esperamos el domingo
toda la semana, toda nuestra vida,
esperamos la ilusión de cientos
de largos domingos vacíos, agotadores.
Día familiar, día de pensión,
el infierno de los amantes secretos.
Ese día en que la nauseabunda grisura de los adultos
impregna a los niños y establece
la incomprensible melancolía dominical de los años venideros.





Tove Ditlevsen  
(Copenhaguen, Dinamarca, 1918 - 1976)
de Den hemmelige rude, 1961
Traducción de Francisco J. Uriz
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